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A partir de este número de Anthropologies publicaremos por capítulos la novela “Variaciones sobre el mismo tema”, de Fernando Blasco, escritor, periodista y coordinador de la sección de Arte y Periodismo de la revista.

 

Dolores  (1)

 

A Dolores no la conocí. Formaba parte de mi vida desde antes de mi primera memoria. Era una figura presente en casi todas las reuniones que mis padres organizaban en casa, y en muchas de las que íbamos fuera. En las primeras imágenes que tengo de ella la recuerdo como un bebé, como esos entes humanos asexuados y con apariencia frágil, que un adulto provoca estupidez y ternura, y en un niño, como en aquel tiempo era yo, curiosidad alerta. Digo asexuado y tal vez debería mencionar que ella llegó a ser una excepción. Tendría yo unos cuatro años y la primera conciencia de mí mismo el día en que descubrí el hecho diferencial. Fue una tarde en casa, no estoy seguro de si era el cumpleaños de alguien, o una bienvenida de algún viaje, el hecho es que era una de las primeras veces que Loli aparecía en nuestro círculo social, del cual era yo el único centro de atención hasta entonces, prerrogativa de niño único de las reuniones de adultos.

Percance común en el inicio de la vida, un fuerte olor y el primer berrido de la nena hicieron sospechar a los padres que la nena se había cagado. Efectivamente, una vez confirmado el diagnóstico, procedió la madre de la criatura a ocuparse de remediar el asunto, para bien de su hija y de los presentes. Valiente, acudí hasta el baño a presenciar la reparación a la dignidad de la beba, sin saber que encontraría en el hecho cotidiano la paradoja primera y tal vez más importante de mi existencia. Un niño, alguien como yo, aunque en una etapa anterior, no era en realidad como yo. Como uno más entre los pliegues regordetes de su cuerpo de recién nacida, la ínfima Loli tenía entre sus piernas uno más, de disposición vertical, contrario al resto, y ocupando un lugar en el cual yo ya no tenía pliegues, sino verdades tangibles, aunque curiosas, según había estado averiguando esos mismos días. Esto significó para mí un golpe doble. Por un lado había visto por primera vez un ser humano diferente de mí, incompleto, según lo había entendido, diferencia que curiosamente no había notado entre mis padres, por otro, aquel cuerpito gritón que comenzaba a serme familiar, Loli, pertenecía a esta extraña forma de nosotros mismos, que más adelante serían las mujeres.

Así fue creciendo, fuimos creciendo, distinta Loli de mí, y sin embargo nos entendíamos tanto. Los primeros años lo compartíamos todo, las veces que coincidíamos. Fue un tiempo de acontecimientos familiares, bodas, bautismos, comuniones, en cada uno nos encontrábamos y en cada uno jugábamos hasta cansarnos, o a nuestros padres. Debo reconocer que ella fue la que tomó la iniciativa sentimental entonces, con sus tres años y sus noventa centímetros desde el suelo, demostraba una especie de admiración entregada hacia mí, todo lo que yo hacía estaba bien, me defendía si alguien me atacaba, el primer rasgo de mujer que le descubrí, y que me hizo sentir varón y orgulloso. Yo, inerme ante su admiración, la quise. Familiarmente la quise.

Los días anteriores a esos encuentros los pasaba pensando en qué haríamos Loli y yo, a qué se lo antojaría jugar, qué me preguntaría, qué diría de mí a los otros. Si vendrían otros chicos. Este último caso se dio en dos o tres oportunidades, pero siempre terminó fortaleciendo nuestra unión.

Un día empezamos a oír los planes de los mayores, matizados por la broma, qué bien se llevan, decían en un principio, miralos, si parecen novios, un poco más adelante. No sabíamos bien qué implicaba eso de ser novios, y no protestábamos. Si el hecho de ser novios no cambiaba nuestra manera de divertirnos, podíamos serlo. Éramos novios. Pero las palabras de los grandes empezaron a ir acompañadas de risas con excepciones, y de tonos que ya no me gustaban. Creo que a ella tampoco. Uno de esos seres dijo una vez dale campeón, péguele fuerte nomás, estás hecho un tigre!, que no sabía qué quería decir, pero que me pareció que no era bueno. Recuerdo que en ese momento Dolores me miró, y la mirada se le cambió en desconfiada.

Mientras tanto yo iba mirando en las películas de la televisión que las personas acercaban las caras, y tocaban la boca con la boca.

  • Eso es un beso -me dijo mamá, ante mi interés.

 Yo le dije que ella me daba muchos besos pero nunca de esa manera, y me explicó que era distinto, que esos eran besos que se daban eran besos entre un hombre y una mujer, entre un chico y una chica. ¿Entonces tendría de hacer eso con Loli? Fue menor el asco que la curiosidad. Si todo el mundo lo hacía, porque después de la conversación con mamá comencé a fijarme que por la calle, si los hombres y las mujeres de verdad también se besaban, algo tenía que tener de interesante. Y estaba deseando averiguarlo.

Desde esa misma tarde de descubrimiento, comenzó a ganarme el pensamiento de cómo debía ser dar un beso a una chica. Pensaba que tendría que pedirle permiso para hacerlo, el primer paso, y acercar muy poco a poco la cara, mientras ella cerraba los ojos y esperaba. Había algunos que eran exagerados, meditaba, que abrían la boca, y que demoraban casi un minuto en el trámite. ¿Cómo respirarían?

No sabía cuando tendría la oportunidad de ver a Loli, y mi curiosidad no podía esperar, así que inspiré hondo, cerré la boca, y conté. Uno, dos…la primera vez llegué hasta siete, mirándome los ojos muy abiertos en el espejo del baño, los cachetes inflados, y me pareció demasiado poco. Lo intenté de nuevo, pero con una variante, esta vez inspiraría más fuerte, hasta que hiciera ruido, y además contaría un poco más rápido. Unodostrescuatro…y logré llegar al final, hasta diez, que era por entonces el límite seguro de las matemáticas para mí. Es cierto que el progreso había sido notable, pero no estaba satisfecho. Cuando estaba por probar la tercera vez, me preparé mejor y repetí la operación, acercando esta vez mi boca al espejo, hasta que se encontró su frío con mi otra boca, obediente. La sensación anodina del primer beso no me hizo renunciar a la búsqueda, sin embargo.

Por esos días había logrado hilvanar por primera vez varias notas de manera que se adivinara una melodía. Era mi logro inicial en la música y en la guitarra, lo que después de varias clases de solfeo sin casi contactar con el instrumento era la motivación que necesitaban mis ya siete años. Ahora imagino que a los oídos de mis padres y de mi hermano esas pocas notas sonando una vez y otra vez en la casa debían de ser una gota malaya auditiva, pero a mí nunca se me terminaba el asombro de ser capaz de lograr ese prodigio. Si lo miro desde ahora me resulta curioso recordar que mi deleite no estaba en llegar a tocar como Segovia, por ejemplo, que por aquellos días era muy difundido, y al que mi profesora ponía como modelo, no era, decía, en la perspectiva de que mi evolución en el aprendizaje me hiciera interpretar algún día como ellos, sino en el asombro que me provocaba cada pequeño adelanto. La primera vez que mis dedos fueron capaces de tocar sin disonancias un arpegio, sentí más que supe cuál sería el camino por el que viviría.

La primera melodía que aprendí a pedirle a mi guitarra fueron los compases iniciales de “Para Elisa”, una pieza de Beethoven de no muy complicada ejecución, adecuada para mis primeros pasos. Creo que fue un jueves que conseguí una interpretación acabada de esos primeros compases, y terminar con el aprendizaje para seguir con él. Pero mi primer logro estaba conseguido, el repertorio era ínfimo, pero era un repertorio.

A partir de ese momento, viví deseando que bautizaran a alguien conocido, o que fuera navidad, algún acontecimiento que mereciera una reunión familiar. No dejaban de serlo mis últimos descubrimientos, la posibilidad de hacer música y la curiosidad de besar, pero los guardaba en secreto, como tesoro particular, de manera que mal podía la familia celebrar algo que no conocía. Sólo quedaba esperar una de las fechas fijas, o el buen hacer de la providencia.

El concepto del tiempo es del todo diferente para la providencia que para el hábito, y llegó antes el cumpleaños de Dolores. La ventaja de la demora, fue que dos semanas antes, y a sabiendas del encuentro apuré los tiempos y la paciencia de mi familia, y fui capaz de tocar Para Elisa, entera. Algo me había hecho intuir que el camino que lleva a la boca de una mujer no es llano, y que hay que entregar siempre algo a cambio. Lo que no entendía era por qué, pero una pieza musical clásica, creada por el carácter de Bonn, y aprendida después de muchas semanas de esfuerzo, entusiasmo y perseverancia, era una ofrenda muy importante, incluso demasiado para el hecho mediano de poner en contacto dos bocas. Y que unas de ellas fuera la mía. Y la otra, claro, la de Loli.

Dejé de practicar el beso al espejo, sin embargo, la experiencia era demasiado fría. Pero me apliqué en observar las técnicas que utilizaban las actrices y los actores de las películas de la televisión, a veces escondido detrás de unas cortinas que había en el comedor de casa, porque me habían mandado a dormir.

Llegó el día del cumpleaños de Loli, e interpelé a mamá:

  • Má, ¿le compramos algún regalo a Dolores?
  • Si, por supuesto –contestó- le compramos un conjuntito de pollera y camisa, muy lindo, de color rosita. ¿Por?
  • Ah –supe decir, sin poder disimular el rechazo que me causaba la posibilidad de recibir un regalo semejante, incluso cambiando la pollera por un pantalón- no, por nada.
  • No, decime –mamá no se iba a quedar sin respuesta-, ¿por qué querés saberlo? ¿Te parece bien?
  • Sí –me defendí-, me parece bien, lo que pasa es que siempre llevamos regalos a todos los cumples que vamos, y quería saber si a ella también le íbamos a llevar…

Mamá miró mi retirada estratégica con una media sonrisa. En el auto, camino de la casa de tío Carlos y tía Juana, haciéndose la distraída me pidió que le llevara el regalo, porque ella iba muy cargada.

Desde ahora, desde mi visión de adulto, sé que lo hizo adrede para ayudarme, esa tarde agradecí a mi suerte y me aferré al paquetito con papel crêpe como a la posibilidad de ser feliz.

Al llegar, corrí dentro, sin saludar a los tíos, y me encontré a Loli vestida de fiesta, de pie en medio del salón. Frené mi carrera al entrar, me acerqué caminando y la saludé con un beso de siempre.

  • Feliz cumpleaños –le dije, y le extendí el paquete arrugado por mi entusiasmo.
  • Gracias –dijo ella, recibiéndolo- ya tengo siete años – y me mostró siete dedos.

Después le dije que en realidad ése no era mi regalo; se lo dije en cuanto lo desenvolvió, con una paz que yo no conocía, para desmarcarme sobre todo del color, que a ella le gustó, sin embargo. Le dije que mi regalo se lo daría más tarde.

Fue antes de que apareciera la torta con las siete velitas, momento culminante de la fiesta, a partir del cual todo pasa de ser un caos acotado, a convertirse en un movimiento perpetuo de fuga de los invitados, con el ineludible compromiso del saludo de despedida, por parte de la anfitriona. Antes de eso, noté que comenzaba a llevar los regalos a su habitación, ocasión que aproveché para ayudarla. Entre los dos, en tres viajes habíamos librado del lío la cama paterna, y lo habíamos trasladado a la suya.

Durante el traslado me fijé que guardaba una guitarra en uno de los rincones de la habitación, medio escondida detrás de una silla, y pensé que era ése el momento.

– ¿Querés que te dé mi regalo? –le dije después de haber comprobado que seguía teniendo la guitarra en el rincón.

  • ¿Tu regalo? –preguntó confundida. ¡Si ya me lo diste cuando llegaron!
  • No, ese es el regalo de mi familia, yo te preparé algo para vos. Sentate.

En el momento de sacar la guitarra de su funda, toda la tranquilidad que me acompañaba desde que logré tener mi repertorio volaron de mí, de la habitación, y del país, y volvieron los nervios. Fue en ese segundo, más breve que el eterno instante en el que transcurrió, en el que debutó mi valentía. La profesora de solfeo me había enseñado técnica, tiempos, ritmos, pero nunca a enfrentarme a esta breve fatalidad. Respiré hondo mientras afinaba y antes de empezar, y me lancé. Empecé bien. Los primeros compases me salieron sin errores. Imagino que muy posiblemente transformé en negras a varias corcheas, pero a mis dedos inseguros eso tenía una importancia menor. El éxito de interpretación, sumado a los ojos desmesurados de Loli, que pude ver en una ráfaga mirada que me permití, me infundió una confianza poco recomendable para un músico principiante, como más tarde sabría. Un par de pifias en el diapasón fueron suficientes para que, al terminar la segunda variación sobre el tema de la obra, diera por terminado el concierto.

De los dos aplausos que me brindó el público, el que más me gustó fue el de la mirada.

  • ¡Qué bien que tocás! ¿Cuándo aprendiste? -dijo ella, sin disimular su admiración.
  • Hace dos años que voy a guitarra –expliqué-. ¿En serio te gustó?
  • Muchísimo. No sabía que ibas a guitarra. ¿Y tocás muchos instrumentos?
  • No –dije casi en risa-, solamente guitarra; en realidad solamente Para Elisa, me la sé toda, pero es muy larga.
  • A mí me gusta, dale.
  • No, no, ahora no, otro día que vengas a visitarme a casa. Ese era mi regalo.
  • Ufa, bueno –protestó Loli.

El regalo que tanto tiempo me había costado preparar, estaba entregado, había sido recibido de buena gana. Era el momento de enfrentar la nueva curiosidad. Fue más fácil enfrentar que el público solitario, cinco minutos antes.

  • Qué
  • ¿Te acordás de que somos novios, no?
  • Sí, me acuerdo, ¿por?
  • No, por nada, pero…estuve pensando, ¿sabés?, los novios hacen cosas juntos.
  • Sí, yo le pregunté a mi mamá, y ella me dijo que se casan al final.
  • No, qué decís, eso lo hacen los maridos.
  • Y los novios también, me lo dijo mi mamá.
  • Bueno, si te lo dijo tu mamá, vaya y pase, pero también hacen otras cosas.
  • ¿Qué cosas?
  • Y…no sé, besarse, por ejemplo.
  • ¿Besarse?
  • Si, besarse, darse besos, como los grandes; si querés te enseño.
  • ¿Y vos sabés besar? ¿Le diste un beso a alguna chica alguna vez?
  • No, tonta –me defendí- por las películas!

Ella aceptó la explicación.

  • ¿Y los novios se besan?
  • Claro –dije con seguridad-, si no, no son novios.
  • Y bueno –dijo ella, y cerró los ojos.

Me acerqué como quien tiene un deber que cumplir, y ninguna dificultad se opone. Adelanté mi boca cerrada, los labios fruncidos, y apreté suave la suya. Algo me hizo cerrar los ojos también. Al sentir el contacto tibio, tierno y a ciegas, mis pulmones necesitaron más aire del que lleva el viento del sur, una ráfaga hacia adentro para calmar el ansia que crecía en mí. No estoy seguro de que ella sintiera algo parecido, tampoco tuve claridad para observarlo, ocupado como estaba en asimilar mi asombro y mi viento.

  • Ya está, ya somos novios -dijo ella mientras se separaba de mí-, ¿tenemos que besarnos siempre?
  • Me parece que sí, cada vez que nos veamos –habló mi asombro, previsor.
  • Vamos al patio.

Aquella fue la primera vez, con el tiempo aprendería que las mujeres dan fin a las cosas importantes de extrañas maneras.

En encuentros posteriores, aquel beso no siempre se repitió, y si bien nunca volvió a provocar vendavales de perplejidad, sí hacía que me sintiera en armonía con mi mundo en perpetuo movimiento de ya casi no niño.

Un día, después de una discusión muy fuerte entre papá y el tío Carlos, en la que mamá lloraba, y que escuché detrás de la puerta, se dejó de hablar en casa de la familia de Dolores, que no era prima mía porque sus padres no eran mis tíos como tales, sino como amigos de papá y mamá. Me encontré de pronto sin besos y sin Dolores. Y sin sus perspectivas, que es algo peor.

Después de un tiempo, mis padres se separaron. En casa, mi madre pocas veces hablaba de Loli, y fui dejando de extrañarla. Cuando el tío Carlos aparecía, muy de vez en cuando, le preguntaba por ella, en un principio con interés, luego por cortesía, más tarde por inercia. Siempre estaba bien, muy bien, y me mandaba saludos.

Un día, ya adolescente, me olvidé de preguntar por ella, y no me mandó saludos.

Fernando Blasco

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