Desde los días de Poulain de la Barre[1] y sus demás precursorxs e iniciadorxs, el feminismo tanto ha dado pasos de gigantx como sufrido retrocesos pendulares hasta alcanzar el florecimiento, si es que así pudiera llamarse, de nuestra actualidad. Y como venimos rastreando desde Andreja Pejic[2] -y valga la metáfora sexual primaveral en estas fechas-, uno de los frutos más jugosos nacidos del florecer teórico feminista ha sido la fragmentación analítica del sexo, el género, la sexualidad e incluso la maternidad. Tratar de establecer fronteras entre estas realidades ha iluminado sendas antes imperceptibles, visibilizado la gran cantidad de injusticias que albergan, y abierto los ojos ante realidades que ahora se revelan aunque llevan tiempo acompañándonos en un silencio a veces tenebroso. No obstante, me parece prudente subrayar que desligar sexo de género, sexualidad de maternidad o cualquiera que sea la combinación, no deja de ser un artificio que puede beneficiar a la investigación si se aplica con precisión, pero tales conceptos no dejan de aludir a parcelas de la realidad encadenadas, interdependientes y participantes de fenómenos que no serían comprensibles si no se atiende a todos los ingredientes a un tiempo. Y desde esta posición holística podemos intentar contemplar uno de tales fenómenos en los que todas las categorías se ven mezcladas poderosamente: hablamos, en sí mismo, del poder, o más bien del poder ejercido para la opresión y la marginación. Numerosxs autorxs se han volcado en el estudio de esta cuestión; hoy recurriré a cuatro cuyas aportaciones me servirán para entretejer, una vez más, el entramado, la telaraña, de hilos finos difíciles de ver, pero trampa fatal en función del papel de cazadorx o presa.

He trabajado sobre la base proporcionada por los -algunos clásicos- textos «Género, diferencia y desigualdad»[3] de Virginia Maquieira D’Angelo, «Reflexionando para el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad»[4] de Gayle Rubin, «Amor materno/amor alterno»[5] de Nancy Scheper-Hughes, y «¿Es el sexo para el género como la raza para la etnicidad?»[6] de Verena Stolcke. Si bien algunos de estos ensayos versan exclusivamente sobre una de las cuatro categorías a las que dirigiré mi análisis – recordemos: sexo, género, sexualidad y maternidad-, en su mayoría abordan varias o incluso todas, a veces de forma fragmentada y en otras ocasiones imbricándolas, dada la estrecha relación que guardan entre ellas. Y recomiendo con fervor su lectura porque es sencillo comprender, tras ella, que la significación y uso determinadxs de ciertos conceptos construyen realidades concretas y complejas, atravesadas por el poder y la desigualdad, y especialmente en el caso de aquellos conceptos que han sido pensados como naturales y universales, tal es el caso del sexo, el género, la sexualidad y la maternidad. Toda categoría es política, porque posee influencia sobre lxs seres humanxs y manifiesta potencial transformador, de modo que se vuelve relevante entender si el significado y la utilización de las categorías guardan relación con la dominación. Propongo un somero análisis.

Acerca del ‘sexo’, concluyo que el argumento biológico es constantemente utilizado por sectores interesados en legitimizar las desigualdades como el último argumento indiscutible. De forma reiterada la sociobiología es esgrimida como realidad diferenciadora verídica que entraña las bases de las cuales se derivan atribuciones jerarquizadas que configuran los desequilibrios entre mujeres y hombres. A pesar de que se haya constatado que existen más de dos sexos en el ser humano –cinco o más-; que el dimorfismo sexual se basa en la selección arbitraria de segmentos corporales que no ha sido históricamente estable; que es el género lo que nos permite dotar de significado a los cuerpos y que por tanto actúa sobre ellos; que genética y ambiente se influyen y condicionan bidireccionalmente; y que incluso hablar de la naturaleza supone ya un ejercicio intelectual y simbólico humanamente determinado, se sigue utilizando el cuerpo como una realidad física dual, que justifica cimientos lógicos de los que se derivan el género, las sexualidades y el resto de categorías. Y es tal la imbricación con las mismas, que incluso la maternidad es en ocasiones considerada fuente de transmisión genética de cualidades y circunstancias que pertenecen en realidad al orden sociocultural.

En cuanto al ‘género’ como categoría, cabe decir que su incorporación como sustitución del concepto ‘sexo’ a la hora de investigar y analizar la opresión sobre las mujeres ha sido históricamente revolucionaria, especialmente en lo que atañe a la artificiosa y lesiva fragmentación de las esferas de actividad pública y privada, que durante siglos ha limitado el acceso femenino al poder y los recursos y el libre desarrollo de la personalidad en igualdad junto a los varones. Además, su potencialidad se ha incrementado cuando la masculinidad se ha incluido como objeto de estudio del género, en tanto constructo cultural. Pero a la vez, la amplitud de sus implicaciones, y su estrecha conexión con el sexo, la sexualidad y la maternidad, han hecho del género un concepto complicado, difuso, y por supuesto mutable, sujeto a variaciones en función del contexto espacial e histórico. Aglomera numerosos componentes que cristalizan en la definición de cánones a imitar, que se interiorizan en la psique a través de la socialización y que funcionan a distintos niveles de la experiencia humana, de modo que el abordaje analítico del género, pese a haber calado en los imaginarios colectivos, es arduo por el holismo que exige.

represion-derechos-8En lo que respecta a la categoría de ‘sexualidad’, extraigo de las aportaciones de las autoras antes citadas que precisa de un corpus teórico específico porque, como objeto de estudio a nivel analítico desde las ciencias sociales, su importancia ha sido tradicionalmente minimizada, al menos de forma explícita. Pero la atribución de importancia a la sexualidad no ha sido igual de nimia en relación a la moralidad y la legalidad. La diversidad sexual y las minorías disidentes eróticas han sido tildadas en numerosas ocasiones de viciosas, inmorales y peligrosas. Por extensión, la sexualidad ha sido tratada como factor o fuente de posibles delitos, crímenes y amenazas para la salud física y el desarrollo sano de la psique, lo cual la ha convertido en prioridad en las instituciones de control, poder y capacidad para la represión. La sexualidad ha estado y está altamente politizada, convirtiéndose lxs practicantes de determinadas sexualidades en víctimas de cuantiosas injusticias. En la actualidad, y contemplando la sexualidad desde una mirada crítica, conviene no esencializarla sino entender que está contextualmente condicionada, comprender que aunque guarde relación con las demás categorías merece y exige erigirse en espacio teórico autónomo aunque interconectado, y entender que su potencial transformador pasa por reivindicar la desestabilización y alteración de las distintas sexualidades en la escala de la aprobación social, para así superar la nociva estratificación que la jerarquiza.

Y en cuarto lugar, deseo mencionar en torno a la ‘maternidad’ como categoría, que se trata de fenómeno enormemente ligado esencialismos, mitos y tabúes, mientras que son menos conocidas o atendidas sus afecciones y transacciones simbólicas y funcionales con el poder. Suele pensarse que el instinto maternal es una fuerza innata universal, que las madres son todopoderosas o víctimas, y que la maternidad condiciona y se superpone a cualquier otra dimensión de la experiencia femenina. Pero la maternidad, en tanto punto de encuentro de numerosas circunstancias y presiones, se encuentra inevitablemente afligida por los desequilibrios culturales, económicos y políticos, que en ocasiones tiñen la llegada de lxs hijxs de fatalismo. La negación de este hecho invisibiliza y niega la participación de las madres del llamado Tercer Mundo en la definición de una maternidad que atienda a las particularidades culturales y rompa con el universalismo etnocentrista. El poder se convierte en elemento central en la vivencia de la maternidad, y más aún si se contemplan sus imbricaciones con la etnicidad, el clasismo y el abuso de las mujeres, deviniendo el ser madre en un vector de opresión e injusticia por albergar el cuerpo femenino un gran potencial de reproducción cultural.

Si algo puede sacarse en claro de todo lo anterior es que han existido y volverán a ser factibles mparir3-001odelos de organización del sexo, el género, la sexualidad y la maternidad diferentes a los nuestros -y cuyo conocimiento interesa de un modo situado y contextualizado-, para entender cómo se construyen relaciones de poder concretas, a la vez que nos preguntamos qué constructos se crean, cómo, por parte de quién, por qué y para qué, atendiendo a que no todos los grupos poseen igual acceso al poder definitorio.

La importancia, pues, de los contextos es innegable, dado que en función de ellos varían los significados. Por ejemplo, la biología se manifiesta como un argumento prostituido en función de la dirección de los intereses: es esgrimida de un modo u otro dependiendo de lo que se pretenda demostrar, mantener o transformar, debido a que es fuertemente legitimadora, a que confiere estabilidad. O por ejemplo, el traspase de determinadas cualidades o atributos desde la esfera biológica a la cultural es pensable, pero, ¿de qué sirve culturalizar una realidad si lo que se cree sobre ella sigue siendo lo mismo aunque el foco se desplace? Conviene ser cautelosxs con estas y otras cuestiones porque los acuerdos sobre las categorías diferenciadoras que dotan de significado y atraviesan las vidas humanas, pueden reducir estatus jurídico, derechos, oportunidades y capacidad de agencia. De modo que, previamente al pacto, negociación o búsqueda de consenso sobre los símbolos que articulan nuestras experiencias, es preciso perseguir que se produzcan  sobre condiciones de igualdad y equilibrio del poder.

Cuando tendemos a esencializar realidades en lugar de adoptar actitudes críticas en cuanto a nuestra participación en su significación, olvidamos la trascendencia de la reproducción cultural, el condicionamiento al que estructuralmente estamos todxs sometidos y a la vez nuestra potencial capacidad de agencia, subversiva, deconstructora y reconstructora. Y reproducir cultura y reproducir especie son procesos que van de la mano, de modo que ejercitar el análisis profundo del sexo, el género, la sexualidad y la maternidad puede servirnos para replantearnos en qué tipo de mundo, situado y contextualizado, nos movemos y nos gustaría movernos en el futuro.

Salmacis Ávila

Referencias

[1] Consultado en http://www.anthropologies.es/mujeres-y-educacion-antes-de-la-modernidad-feminismo-en-el-siglo-xvii/, a fecha 12/03/2015.

[2] Consultado en http://www.anthropologies.es/andreja-pejic-de-transgenero-a-mujer/, a fecha 12/03/2015.

[3] Maquieira D’Angelo, Virginia (2001). «Género, diferencia y desigualdad», en Beltrán, Elena y Maquieira, Virginia (eds): Feminismos: debates teóricos contemporáneos, Ed. Alianza, Barcelona, pp. 127-190.

[4] Rubin, Gayle (1989). «Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad», en Vance, Carol (comp): Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina. Ed. Revolución, Madrid, pp. 113-190.

[5] Scheper-Hughes, Nancy (1997). «Amor materno/amor alterno», en La muerte sin llanto, Ed. Ariel, Barcelona, pp. 327-381.

[6] Stolcke, Verena (1992). «¿Es el sexo para el género como la raza para la etnicidad?», Mientras Tanto, vol. nº 48, pp. 87-111.

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One thought on “Poder encarnado, carne apoderada, carne no empoderada”

  1. Un artículo muy rico e interesante. Destaco el uso de la biología como motivo inamovible e incuestionable para mucho de los debates que requerirían otras perspectivas, tal y como señalas.

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