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Si esto fuera un artículo humorístico, empezaría hablando de cierta presidenta de cierta comunidad autónoma de cierto país de cuyo nombre no quiero acordarme. Porque bien podría esta señora engrosar las listas de cupletistas del Madrid de los años 20, que es de lo que este artículo pretende hablar. Los felices años 20 que en España no fueron tan prósperos como en Estados Unidos, Francia o Canadá, pero que tuvieron su dosis de grandes juergas. Y los que vivimos en la capital de este país quijotesco, conocemos bien las grandes juergas de esta señora, en forma de contratos de emergencia a dedo e indemnizaciones millonarias sin justificar. Dicho lo cual y sin ser este un artículo humorístico ¿o sí? veamos qué ocurrió en España en esta década para que ciertas mujeres tuvieran la libertad que tuvieron, no para robar dinero público, sino para salirse del rol femenino contrapuesto al rol que la sociedad patriarcal les había asignado. Ya sabemos, el de esposa obediente y madre abnegada.

Cuenta José Salvador Blasco Magraner, profesor de Didáctica de la Música en la Universidad de Valencia, que en la época de nuestras abuelas triunfó un género lírico llamado sicalíptico que abrió el camino del erotismo y la pornografía, pero también el de la libertad de la mujer. Esa libertad que cierta señora nos quiso vender a golpe de cervecitas en los bares y que ahora sufrimos en forma de centros de primaria cerrados, en los años 20 tenía mejor color. Vamos, nada que ver. Allende los mares del tiempo, durante el reinado de Alfonso XIII, este género erótico brotó como flor en primavera y volvió a brotar durante la II República, tras quedar moribundo con la dictadura de Miguel Primo de Rivera.

En el año 1904, se editó en Barcelona la revista ‘Sicalíptico’ que sirvió de pistoletazo de salida al género erótico. Éste se extendió por los teatros de todo el país, convirtiendo en templos del erotismo a algunos de ellos, como el teatro Eslava de Madrid. Pero, volviendo a la libertad de las señoras, que es lo que nos interesa ¿quiénes eran las sicalípticas? Podrían equipararse a las salonières parisinas de la misma época o a las preciosas de siglos anteriores, sin embargo, la comparativa se rompe al instalarnos en el contexto geográfico y cultural español. Y si eso no fuera suficiente diferencia, está el hecho de que estas mujeres no procedían de la nobleza, sino más bien de estamentos humildes. Cantaban, bailaban e interpretaban y eran creadoras de sus performances, tal y como cuenta Gloria Durán en su recomendable libro Sicalípticas. El gran libro del cuplé.

Una de las más conocidas fue María Yáñez García, la Bella Dorita, que pasó de trabajar en una fábrica de juguetes y bordadora en un taller, a ser una estrella del Teatro Apolo de Barcelona y triunfar en El Molino. No fue coser y cantar, por supuesto, como tampoco lo fue para La Chelito, Raquel Meller o la Fornarina, conocida como la reina del cuplé. Una reina de padre guardia civil y madre lavandera que a duras penas podía sobrevivir en el Madrid de principios del siglo XX. En 1902 comenzó su carrera artística como miembro del coro del Teatro de la Zarzuela y pocos años después triunfó en Francia, en Londres y en Lisboa.

Eran mujeres independientes económicamente y tenían poder, en definitiva, eran sujetos y ellas eran quienes convertían al hombre en objeto de su placer. Se dice que no cantaban demasiado bien ni tenían voces espectaculares, pero, sin duda, fueron fenómenos sociales. Rompieron la idea de la mujer sumisa y objeto de deseo. Y este rol contrapuesto al normativo viabilizó un cambio cultural muy potente en una época en la que estaba prohibido ser una mujer desinhibida. Quizás muchas mujeres en su vida diaria no podían aspirar a la libertad a la que las artistas sicalípticas las invitaban, pero fueron un revulsivo para abrir caminos y mentes. Sobre todo, mentes.

La Bella Dorita

La Fornarina

Susana R. Sousa

Susana R. Sousa

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