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Como sociedad, muchas veces nos hemos preguntado cómo pudo tener lugar el Holocausto. Los genocidios nos resultan incomprensibles por su atrocidad y como máxima expresión de violencia y odio extremos. Las respuestas nunca son simples para cuestiones de gran complejidad. Los genocidios no son espontáneos, no surgen de un día para otro. Son el resultado de un proceso largo que va fraguándose lentamente. En el caso de los judíos europeos, este proceso empezó a gestarse desde antiguo con los intentos de conversión religiosa, la exclusión y la expulsión, para concluir en el exterminio. El mensaje que cada uno de esos pasos transmitía, pasaba primero por «ustedes no podrán vivir entre nosotros como judíos», después por “ustedes ya no pueden vivir entre nosotros”, para por último decretar «ustedes ya no pueden vivir».

Este artículo se centra en los posibles caminos que pudieron conducir a los judíos europeos a la Shoah o Shoá (“La Catástrofe” en hebreo), durante la ocupación del continente por parte del Tercer Reich; una humilde aportación cuya intención es analizar cómo pudo llegarse a la aniquilación de seis millones de personas desde una convivencia de siglos. Permítaseme centrarme (en este caso) en dicho pueblo, ya que el análisis se basa en las circunstancias históricas, filosóficas, ideológicas, políticas, religiosas y culturales que condujeron al fatal desenlace de los judíos en Europa. Con ello, no pretendo minimizar el Holocausto reduciéndolo exclusivamente al pueblo judío. La razón que motiva este escrito no es otra que la inaplicabilidad de este conjunto de circunstancias a otros colectivos, víctimas indiscutibles del genocidio durante la Segunda Guerra Mundial.

El artículo se basa en antecedentes históricos, paralelismos y reminiscencias encontrados en el pasado, cuyo eco y rima fueron aumentando hasta alcanzar un desenlace sin precedentes. Aquí no se hablará de Israel desde 1948, ni del sufrimiento del pueblo Palestino, ni del resto de millones de víctimas que padecieron persecución, tortura, hambre, enfermedad, violencia y muerte durante la guerra. Tampoco se hablará del estalinismo o de los gulags. Únicamente se pretende exponer un proceso cuya semilla fue creciendo a lo largo de los siglos; una mera aproximación cuya síntesis en estas líneas impide ser desarrollada en la profundidad que merece.

Desde tiempos inmemoriales, los judíos han sufrido pogromos, confiscación de bienes y propiedades, así como exclusión y expulsión de los lugares donde habitaban.

En absoluto esos exilios históricos se reducen a la diáspora judía tras la destrucción de Jerusalén y del segundo templo, o a su expulsión de la Península Ibérica en el s. XV. Las acciones mencionadas fueron llevadas a cabo tanto antes como después de estos acontecimientos, por parte de distintos territorios.

En el s. IV, tienen lugar las Reformas de Constantino. En el ámbito jurídico del Derecho Canónico, se recogen a continuación, a la izquierda, las leyes aplicables desde dicho siglo y, a la derecha, las medidas nazis desde 1933. Las imágenes siguientes pertenecen a la obra de Raul Hilberg “La destrucción de los judíos europeos”:

Siguiendo a Raul Hilberg en la misma obra, comprobamos la evolución de las medidas dirigidas a los judíos desde el s. XIV hasta el nazismo:

Lejos de lo casual, lo que el régimen nazi hizo fue copiar y adaptar a su tiempo las leyes de siglos anteriores. Una vez más, volvió a fijarse en el pasado, igual que se fijó en la historia para recoger las teorías decimonónicas de filósofos y científicos, y moldearlas a su gusto en contra de lo que él bautizó como “raza judía”. Incluso se retrotrajo hasta Lutero para fundamentarse en su declarado antisemitismo. Intelectuales y académicos asimilaron un discurso antisemita que, añadido al adoctrinamiento educativo en las escuelas, los mítines y la propaganda política de Goebbels, fue calando en el pensamiento de la población alemana y no alemana. Esto echaba más leña al fuego y contribuía a reafirmar la judeofobia histórica latente que ya existía en Europa. Sin embargo, a pesar de todas las diferencias, la convivencia se produjo. Había judíos que llevaban siglos viviendo en países europeos. Eran ciudadanos como el resto. Se sentían ciudadanos y patriotas de la nación donde vivían, en contra del pensamiento y la ideología nacionalsocialista. Sin embargo, siguiendo el concepto de extranjero para Georg Simmel, “las personas no son extranjeras en sí mismas, sino para alguien o algunos que así los definen”.

La segregación y marginación de los judíos en juderías durante la Edad Media permitía que los propios judíos se aislasen para preservar su identidad y vivieran practicando sus costumbres. En realidad significaba, llegados a cierta fecha, la exclusión de la sociedad para evitar que la fe de los cristianos fuera “contaminada y dañada”. Los intentos de conversión por parte de los cristianos no tuvieron el éxito esperado. Durante siglos, se buscaron las formas de forzar a los judíos a ser aculturados y asimilados. Es relevante indicar que los judíos conversos recibían el apelativo de “marranos” en nuestra lengua. Según la RAE, marrano significa “persona sucia y desaseada”; “persona grosera, sin modales”; “persona que procede o se porta de manera baja o rastrera”. La RAE también recoge “dicho de un judío converso: sospechoso de practicar ocultamente su religión”. Roma, antes de aceptar el cristianismo, veía en el judaísmo una amenaza de una religión monoteísta. Para los cristianos, los judíos siempre fueron los responsables de la muerte y crucifixión de Cristo. No toleraban que no reconocieran a esta figura como hijo de Dios.

Por largo tiempo, incluido el Ancien Régime, muchos trabajaron para los señores (quienes les ofrecían su protección), desempeñando la labor de recaudadores. Como consecuencia, las clases inferiores, los campesinos y pobres, los veían como usureros y especuladores, además de protectores y protegidos de los opresores. En realidad, eran mediadores, meros intermediarios. La aristocracia y la burguesía tampoco les veían con buenos ojos porque los consideraba inferiores, como a los campesinos. Los judíos se encontraban en el medio de una lucha de clases, y eran odiados y vistos con desconfianza por unos y por otros. Sin embargo, una gran parte de los judíos se dedicaba a otros oficios, como la artesanía, la medicina o el comercio. El comercio estaba mal visto por los cristianos y sus valores religiosos, al considerarlo inmoral. Pero, de alguna manera debían ganarse el sustento, ya que, en cierto momento, se les prohibió ejercer sus oficios.

El prejuicio de la identificación de los judíos con un alto poder adquisitivo se ha mantenido y se sigue manteniendo hasta nuestros días. Sin embargo, entre ellos también ha habido clases sociales diferenciadas. Había quienes vivían en aljamas, pero también fuera de ellas. Los había al servicio de la nobleza, pero otros eran tan pobres como los campesinos.

Esta serie de prejuicios derivaban en leyendas populares que demonizaban la figura del judío por parte de los cristianos. Fueron acusados de infanticidas y de beber la sangre de los niños en la práctica de sus rituales religiosos, de envenenar los pozos y provocar epidemias. Se los hizo responsables de la peste negra que asoló Europa en el s. XIV. Durante siglos, fueron considerados una casta de parias. La metáfora de enfermedad y judeidad se remonta a pasados oscuros. Hitler se refería a ellos como peste, pestilencia, parásitos, ratas o piojos. En los guetos y los campos de concentración y exterminio creados durante la Segunda Guerra Mundial, la enfermedad estaba presente por el hacinamiento y las condiciones de vida infrahumanas a las que se vieron sometidos. El tifus campaba a sus anchas en el gueto de Varsovia. Para los nazis, tifus equivalía a judío.

En el s. XV los judíos eran propiedad de los Reyes Católicos. Estaban bajo su protección. Sin embargo, los clérigos católicos no cesaban en su tarea de perseguirlos porque amenazaban la doctrina cristiana, pero también el poder de la iglesia. Como última solución a la discriminación y a los conflictos continuos en los que se veían envueltos, se decretó su expulsión de la Península Ibérica: primero en 1492 de España, y luego en 1497 de Portugal por presiones de la monarquía hispánica vecina.

Tras el Ancien Régime, se produjo una emancipación de los judíos: pudieron tener tierras en propiedad, ingresar en la administración pública y desempeñarse como oficiales en las fuerzas armadas nacionales. Sin embargo, tras la Primera Guerra Mundial y hasta el auge de los fascismos en Europa y del nacionalsocialismo, el ambiente volvió a tensarse y regresaron los fantasmas del pasado. Y regresaron hasta tal punto, que se dio una situación nueva e inesperada en la historia de los judíos.

Como se ha visto, ninguna de las ideas previas de segregación, persecución, exclusión o expulsión contra los judíos fue original del Tercer Reich. Lo verdaderamente novedoso por parte del nacionalsocialismo fue la aniquilación planificada, el exterminio de todos los judíos que habitasen en Europa, así como la forma de acometerlo y los medios utilizados. Todo ello no hubiera sido posible sin las características de la época en la cual se vivía, ni del sistema económico establecido. Esa organización para la eliminación de millones de judíos no hubiera sido posible sin la Modernidad. Pero a este punto llegaremos en la parte II del artículo. Antes, es preciso plantearse la pregunta crucial: ¿Cómo se llegó a una forma de violencia tan extrema como el exterminio?

Hay diferentes factores que confluyen en la respuesta. Diversos motivos fueron apoyándose unos sobre otros para configurar la imagen del “judío conceptual” que menciona Zygmunt Bauman. En primer lugar, Hitler necesitaba encontrar culpables tras la vergonzosa derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Apuntó al pueblo judío. Pero, ¿qué relación podía haber entre los judíos y la Alemania vencida? ¿Cómo se explica esa relación? A los judíos se los consideraba apátridas, una nación no-nacional, un pueblo cosmopolita que vivía en todas partes, pero no pertenecía a ninguna, ubícuo, inter-nacional, transnacional.

Los judíos representaban lo contrario del espíritu tradicional alemán: eran la antítesis de la tradición völkisch, el insulto a los valores germanos, a la comunidad racial de sangre y a la identidad nacional alemana. Así, se los culpó de no haber sido lo suficientemente patriotas, de no haber puesto el suficiente empeño y entusiasmo para combatir a los enemigos de la nación en el campo de batalla. Se determinó que no sentían la patria como los alemanes; que no podían sentirla, ya que era contrario a su naturaleza. Su dimensión supra-nacional bastó para elegirlos como cabeza de turco.

Añadido a esto, se ha de tener en cuenta la situación económica del país después de perder la guerra, una situación precaria que se agravó con el Crack del 29 y la Gran Depresión posterior.

En un ambiente de pobreza, con índices de paro de hasta el 50%, el populismo vagaba a sus anchas, como vaga y triunfa en tiempos de crisis extrema prometiendo esperanza. El pueblo estaba enfadado, frustrado, hambriento. Se necesitaba buscar una solución para la supervivencia del pueblo alemán. La idea de Hitler era replicar el Sacro Imperio Romano Germánico. Para ello, conquistaría países vecinos como Austria (mediante la anexión o Anschluss), Polonia, Países Bajos o Bélgica, ocuparía sus territorios y le devolvería a Alemania la grandeza que merecía. Como dictador, Hitler se convirtió en una especie de emperador con un poder absoluto: su meta era fundar el Reich de los mil años. De este modo, decidió que traduciría los millones de judíos del territorio germanizado en dinero. Tenía claro que el dinero estaba en la sociedad y no en los Estados.

Consideró que los judíos europeos de clase media y media alta serían perfectos activos económicos. Así, comenzó por la expropiación de negocios, bienes y propiedades. Uno de los motivos de la aniquilación fue, en efecto, económica, con el objetivo de aportar financiación a la maquinaria nazi durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, los judíos no solo se vieron obligados jurídicamente a financiar parte de la guerra, sino que financiaron por completo su propia opresión en los guetos y su exterminio.

Para lograr su objetivo, Hitler y el Reich recuperaron aquella judeofobia diacrónica y la introdujeron en la sociedad a través de la propaganda política, la educación en las escuelas, la filosofía, la ciencia (pseudociencia, mejor dicho) y el arte. Con todo ello, elevó su discurso a algo incontestable e indiscutible, avalado por el pensamiento de académicos, juristas, intelectuales, “científicos” y filósofos. Retomó las ideas antisemitas de Lutero, resaltó la figura de Wagner (también antisemita) y otros autores alemanes denostando a los no nacionales, se organizaron quemas de libros considerados peligrosos por parte de universidades y universitarios, etc. El poder supremacista y el discurso de odio racial habían enraizado en todos los ámbitos de la realidad social alemana.

La “contaminación” de la santa fe cristiana durante el medievo derivó en la idea de “contaminación” de los valores tradicionales nacionalistas del pueblo alemán. Por ello, no encontraron otra explicación que la de la inmutabilidad del carácter judío, de base biológica, genética y hereditaria.

El pecado contra la sangre y la raza constituye el pecado original de ese mundo y marca el ocaso de la humanidad que se le rinde.

Adolf Hitler – Mi lucha

El racismo “científico” de Joseph Arthur de Gobineau se hizo presente a través de la publicación del “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas” a mediados del s. XIX. Este filósofo abogó por el determinismo racial, único factor relevante en la historia de la humanidad. Según su pensamiento, los seres humanos son intrínsecamente desiguales y están diferenciados y jerarquizados por “razas inferiores” (principalmente negros y semitas), y “razas superiores o más puras, como los arios y los teutones.

En el año 1859 se publicó “El origen de las especies” de Charles Darwin, obra en la que reflejaba su teoría sobre la selección natural y la supervivencia de los más aptos, de aquellos que se adaptan mejor a los cambios. La teoría de la selección de Darwin fue malinterpretada y manipulada, derivándola hacia la idea de la supervivencia de los más fuertes, además de los más aptos. La Europa del s. XIX fue escenario para la interpretación de la teoría darwinista por parte de filósofos influyentes y, rápidamente, las teorías biológicas de Darwin se filtraron en el campo de lo social. El darwinismo social fue claramente uno de los elementos presentes en la ideología nazi desde sus inicios, unido a la antropología racial de Gobineau. Ambas hacían uso de la biología para naturalizar la diferencia, legitimar la superioridad de ciertas razas creando jerarquías y atribuir relaciones naturales entre los individuos y los grupos humanos. Afirmaban que la sociedad humana era como un organismo biológico y que, por lo tanto, los principios de la selección, “el descarte” y el “derecho del más fuerte” que tienen lugar en la naturaleza, deberían también regir las relaciones sociales entre los individuos y los grupos humanos.

El antisemitismo alemán llegó a ser implacablemente mortífero cuando se fusionaron en él las visiones místicas de la grandeza del pasado germánico-ario como comunidad Volk (Volksgemeinschaft), y las especulaciones pseudocientíficas sobre los fundamentos raciales de la civilización.

Por ello, era imprescindible poner en práctica una limpieza racial para librar de peligros la pureza de la raza aria. Igual que en el pasado se excluyó y se expulsó a los judíos de diferentes países y territorios, el Reich siguió el mismo camino apelando al Lebensraum o espacio vital. Un espacio libre de veneno y de contaminación de la raza aria. Para ello, pondría en práctica diversas políticas de limpieza e higiene racial contra los elementos que amenazaban el orden alemán.

A lo largo de la historia, diversos mensajes fueron dirigidos al pueblo judío. Primero, la conversión. Después, la exclusión y la expulsión. Finalmente, el exterminio. El mensaje de cada situación pasaba primero por «ustedes no podrán vivir entre nosotros como judíos», después por “ustedes ya no pueden vivir entre nosotros”, para finalmente decretar «ustedes ya no pueden vivir».

(Continúa en la parte II del artículo)

Susana Callizo Fernández

Susana Callizo Fernández

Referencias

INABE – Instituto Nacional Auschwitz Birkenau España: Exposición “El Campo de la Muerte Nazi Alemán Konzentrationslager Auschwitz”.

LANZMANN, C. (1985). “Shoah” película documental.

BRUNETEAU, B. (2004). “El siglo de los genocidios”. Madrid: Alianza Editorial.

HILBERG, R. (2005). “La destrucción de los judíos europeos”. Madrid: Akal.

RAMÍREZ GOICOECHEA, E. (2013). “Evolución biosocial. Biología, cultura y sociedad”. Madrid: Editorial Universitaria Ramón Areces.

Imagen de portada: https://twitter.com/israelinspain/status/1059741913983664134

Imagen 2: https://www.equintanilla.com/documentos/sefarad4/t3_maphisto.html

Imagen 3:  https://es.wikipedia.org/wiki/Expulsi%C3%B3n_de_los_jud%C3%ADos

Imagen 4: https://www.radiosefarad.com/sefarad-exilio-y-clandestinidad-20a-parte-en-europa-oriental/

https://www.yadvashem.org/yv/es/holocaust/about/docs/nazi_racial_ideology_fraenkel.pdf

https://encyclopedia.ushmm.org

https://www.nuevatribuna.es/articulo/historia/persecucion-judios-crisis-medieval/20170127165345136150.html

https://www.abc.es/internacional/20141017/abci-hostilidad-historica-contra-judios-201410141754.html

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