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El Holocausto no fue una mera interrupción del normal fluir de la historia, sino que fue producto de una sociedad concreta y un sistema específico. El proceso diacrónico del odio racial no se debió a hechos aislados, sino que formaba parte de un contexto multifactorial, un continuum que hundía sus raíces en tiempos lejanos. Tal desarrollo alcanzó un mayor impulso a partir de la Segunda Revolución Industrial, momento en el que se acuñó el término “antisemitismo”, generalizándose a partir de finales del s. XIX. El proceso tuvo como culmen la industrialización del genocidio mediante una cadena de producción de muerte.

Los conquistadores pecan contra el principio de la conservación de la pureza de su sangre que habían respetado en un comienzo. Empiezan a mezclarse con los autóctonos y cierran con ello el capítulo de su propia existencia.

Adolf Hitler – Mi lucha

Hitler, tras el fallido Putsch de Múnich en noviembre de 1923, fue encarcelado en el Castillo de Landsberg. Ocupó su tiempo leyendo a grandes filósofos y pensadores, la mayoría alemanes. Eligió ciertas ideas para alimentar su ideología racial y escribiría “Mi lucha”. Se limitó a tergiversar, mezclar e interpretar las teorías de algunos autores decimonónicos, para proveer de fundamento a sus fervientes creencias. Hitler, como observó Ernst Hanfstaengl, “no era tanto un productor de licores, como un genial cocktelero. Tomó todos los ingredientes que le ofreció la tradición alemana y los mezcló con su personal alquimia, obteniendo como resultado un cóctel que todos querían beber” (Sherratt, 2014: 57). Lo que Hitler hizo fue despertar el recelo histórico que ya existía sobre los judíos y se postuló a sí mismo como el “filósofo líder” dirigido por la Providencia. Su oratoria y retórica, unidas a su carácter ególatra y paranoide fueron calando en la sociedad alemana.

Algunos de los autores por los que se sintió influido fueron Immanuel Kant, George Wilhelm Friedrich Hegel, Charles Darwin, Ernst Haeckel, Paul de Lagarde, Joseph Arthur de Gobineau, Martin Lutero, Richard Wagner y Friedrich Nietzsche. Esta es, apenas, una somera selección de pensadores dentro de un amplio abanico de influencias.

En la parte I del artículo se hizo referencia al “racismo científico” de Gobineau, a la manipulación de la teoría de Darwin sobre la “Selección natural” y al antisemitismo de Lutero.

Intencionadamente manipulada y adulterada, la teoría darwinista devino en la ley de la supervivencia de los más aptos o fuertes. Acorde a ella, se tomaba como referencia de raza superior a la “raza aria”, considerando “razas inferiores” a todos aquellos sujetos sociales definidos como “no arios”. Se fue progresivamente convirtiendo a estos sujetos sociales en individuos reificados. Este supremacismo invocaba la existencia de una raza dominante sobre las demás, una “Nación de Señores” (Herrenvolk) y “Hombres Superiores” (Übermenschen).

Haeckel, férreo defensor del “darwinismo social”, dejó poso en la mentalidad de Hitler y sentó algunas bases de las teorías racistas del nazismo. Abogaba por una “selección artificial controlada” para conservar la “raza germánica”. Solo tenían derecho a sobrevivir aquellos individuos que pertenecieran a la “raza superior”. El resto, los “subhumanos”, estarían condenados a ser eliminados mediante la eutanasia masiva (la cual derivaría en eugenesia durante el Tercer Reich). Según su “lógica”, el mundo quedaría en manos de una “raza” pura, limpia de contaminación: una comunidad de sangre aria germánica, la comunidad de “naturaleza” nórdica defendida por Gobineau. Como si Hitler, Göring, Himmler, Bormann o Goebbels representasen estéticamente los cánones de esa supuesta “raza” a la que creían pertenecer…

El idealismo alemán de Kant y su definición de los judíos como un colectivo supersticioso, primitivo e irracional alimentaron el odio de Hitler por este pueblo. Kant negó que el judaísmo fuera una religión y la consideró inmoral. Como la racionalidad era la base de la moral y los judíos eran irracionales, también eran inmorales. Hegel se reafirmó en estas ideas arguyendo que “El templo de la razón es más sublime que el templo de Salomón”. De nuevo, los judíos fueron designados como irracionales, siendo excluidos de la “civilización” y relegados a un estatus inferior.

Hitler quedó totalmente fascinado por este compendio de ideas xenófobas, reafirmándose aún más en las dos figuras por las que sentía una mayor admiración: Richard Wagner y Friedrich Nietzsche. Wagner, ensayista filosófico y compositor, quizá fue el más violento de los antisemitas. Se refería a ellos como “maldita escoria judía”. Los consideró parásitos y explotadores, y los acusó de haberse adueñado de la vida cultural y comercial alemana. Para Hitler, era uno de los precursores intelectuales del nacionalsocialismo; era mucho más que un músico.

“Para entender al nazismo hay que entender primero a Wagner”.

Adolf Hitler

Leer las obras de Nietzsche para Hitler fue una revelación. El modelo de la perfección para el filósofo era una cultura que no apoyase la igualdad, sino la grandeza en el carácter, la filosofía, la literatura, el arte, la música. Quien abrazara todos estos ideales se convertiría en el Übermensch: el “Superhombre”.

Pensador complejo y ambiguo, sus obras estaban abiertas a muy variadas interpretaciones. Quizá por ello, se hallen contradicciones en algunos de sus escritos. 150.000 ejemplares de “Así habló Zarathustra” se imprimieron durante la Primera Guerra Mundial, obsequiando con esta obra a los soldados que iban al frente para que leyeran en las trincheras. La lectura de libros por parte de las tropas beligerantes en la contienda fue generalizada y no se limitó únicamente al ejército alemán.

Una Feldbuchhandlung: librería alemana para soldados cerca del frente (A. González Quesada)

Tras la humillante derrota de Alemania, la obsesión por la supervivencia, la exaltación extrema del nacionalismo y las ideas antisemitas invadieron el pensamiento de los vencidos. Durante el periodo de dominio nazi, las obras de Nietzsche fueron muy estudiadas en los colegios y universidades alemanas.

Los nazis creyeron ver en Nietzsche a uno de sus padres fundadores. Sin embargo, existen muy pocas, si acaso alguna, similitudes entre Nietzsche y el nazismo. En ciertos contenidos de sus obras, defiende ardorosamente a los judíos, y expresa su rabia contra la corriente antisemita que se iba gestando en Alemania, personificada en su propia familia a través de su hermana, que adoptó con entusiasmo el ideario racista de su marido Bernhard Förster. De hecho, sería ella, Elisabeth, quien seleccionaría, manipularía y publicaría notas informales inconexas de la obra de su hermano tras su muerte, y custodiaría y dirigiría el Archivo de Nietzsche.

Hitler de visita al Archivo de Nietzsche en 1934, recibido por Elisabeth Förster-Nietzsche

El Nietzsche de Elisabeth pareció satisfacer la mayoría de las necesidades del Tercer Reich: fanatismo bélico, antisemitismo, el “Superhombre” y el nacionalismo. Sin embargo, se había limitado a exhibir ciertos elementos del militarismo o del antisemitismo, cuya oscuridad contaminó un magnífico trabajo en otros aspectos. Hitler incidiría demasiado en esa parte oscura, profanando la voz de Nietzsche.

Uno de los más importantes estudiosos de Nietzsche fue el reconocido filósofo alemán Martin Heidegger. Los nazis necesitaban un “genio” del presente y le eligieron a él. Considerado un “Superhombre”, ocupó el puesto de catedrático de la Universidad de Friburgo y, más tarde sería su rector. La nazificación dentro de las universidades, la hegemonía del discurso y la propaganda de Goebbels fueron armas poderosas.

“El movimiento Nacional Socialista pronto ganará una fuerza completamente diferente. No se trata de la mera política partidista —se trata de la redención o caída de Europa y la civilización occidental. Cualquiera que no lo entienda merece ser aplastado por el caos”

Carta de 18 de diciembre de 1931 de Martin Heidegger a su hermano Fritz. “Martin Heidegger und der Antisemitismus”

Alfred Rosenberg, ferviente admirador de las ideas antisemitas de Paul de Lagarde y del anti-modernismo y nacionalismo de Julius Langbehn, fue uno de los ideólogos del nazismo. A él se le atribuye la idea del Lebensraum (espacio vital), siendo el responsable político de los territorios ocupados por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Según su ideología, ese espacio vital debía ser Judenfrei (libre de judíos). Para él, el pueblo judío era “el falso demonio de la decadencia de la humanidad”.

Todos los aspectos contextuales ya indicados (histórico, económico, filosófico, “pseudocientífico”, ideológico) se utilizaron conjuntamente en la propaganda nazi, que, en efecto, propagó la idea estigmatizadora del “judío conceptual”. Esto contribuyó a afianzar la germaneidad e impulsó el proceso de nazificación de sociedades y territorios.

Se identificó al judío con el cosmopolitismo, la democracia y el universalismo. Esto chocaba frontalmente con el conservadurismo, el patriotismo, el pensamiento völkisch y el nacionalismo romántico alemán. En los judíos veían el triunfo del capitalismo que traía consigo la Modernidad: avaricia, acumulación de riqueza, interés propio y regateo.

Sin embargo, el proceso de exterminio no hubiera sido posible sin la Modernidad. Y esto supone otra paradoja, ya que la ideología nazi se declaraba anti-moderna.

El empresario estadounidense antisemita Henry Ford, en su visita a un matadero de Chicago, quedó perplejo al comprobar cómo los animales entraban en la fábrica y salían troceados, siguiendo un moderno proceso de producción industrial en cadena. Implantó el mismo método para producir sus automóviles Ford, dando lugar al fordismo. Es relevante apuntar que, entre las fuentes utilizadas por Hitler para escribir “Mi lucha”, destaca el libro “El judío internacional: el primer problema del mundo (1920)” del propio Ford. Ambos sentían una admiración recíproca.

Así, los guetos rebosantes de personas serían simbólicamente considerados almacenes de materia prima, recursos humanos y económicos. Las deportaciones en trenes de ganado tendrían su paralelismo en el transporte de la carga para ser manufacturada. Los campos serían las fábricas, sobre todo Auschwitz, seguido de Treblinka en número de judíos asesinados y como cadena de producción primitiva. Antes de estos, Chelmno y Belzec sirvieron como ensayo para probar la efectividad del método. A la llegada a los campos, se etiquetaba a los presos (no solo a los judíos) con un número. En origen, sobre el uniforme de rayas, y más tarde, tatuado en el brazo para identificar mejor a las víctimas una vez desnudas y asesinadas. Finalmente, la cadena de muerte continuaría en la cámara de gas seguida de la cremación, donde la producción concluía.

En esta “empresa” de ingeniería social, la propia “mercancía” era la fuerza del trabajo al tiempo que financiaba el proceso de producción.

Cuando se les ordenó a los judíos construir el muro del gueto de Varsovia para evitar que “sus enfermedades” contaminasen al resto de la población civil, tuvieron que pagar por levantarlo.

El muro perimetral del gueto de Cracovia se edificó siguiendo un patrón con la forma de las lápidas de las tumbas judías. Allí quedarían encerrados, apartados de la sociedad, simbólicamente muertos ya en vida.

Arco de entrada al gueto de Cracovia alrededor de 1941. Foto: United States Holocaust Memorial Museum, cortesía del Instytut Pamieci Narodowej

Parte del muro que se conserva en el antiguo gueto de Cracovia. Foto: Czarek Sokolowski

Cuando los nazis quemaron la sinagoga del gueto de Varsovia con la excusa de eliminar la suciedad e higienizar la zona, se ordenó al Consejo judío que abonara los gastos.

La “mercancía” seguía siendo productiva post mortem mediante la extracción de sus dientes de oro. Los propios cuerpos de las víctimas sirvieron como fuentes de financiación (el cabello de las mujeres fue procesado para producir aislantes y mantas). Se los usó como mano de obra esclava, algunos fueron miembros de los Sonderkommando, otros fueron sujetos de experimentos y torturas médicas.

Hay quienes indican que los judíos cooperaron en su propio proceso de despersonalización y exterminio. Si a esto puede llamarse cooperación, desde luego lo fue para intentar preservar la vida un día más. Sobrevivir cada minuto era un acto de rebeldía contra la exterminación de su pueblo. Pero recordemos el levantamiento por parte de los grupos de la Resistencia del Gueto de Varsovia y de los Sonderkommando en Auschwitz, por citar algunos.

Los judíos no solamente fueron despojados de todas sus pertenencias, sino que debían comprar sus propios billetes de tren a los campos. La agencia de viajes de Europa Central del Ministerio de Transporte del Reich organizaba al mismo tiempo viajes de ocio para la sociedad alemana y deportaciones en masa a los campos de concentración y exterminio.

Los menores de 4 años “gozaban” de gratuidad, mientras que a los menores de 10 años se les aplicaba una reducción del 50% de la tarifa de adulto. Se pagaba solo la ida, y a los guardias se les incluía la vuelta. Hubo incluso tarifas de grupo, como si de una excursión se tratara, a partir de un mínimo de 400 personas. Alrededor del 5%-10% moría en el trayecto. Si había daños o demasiada suciedad en los vagones, se aplicaba un suplemento. Mientras hubo pago, hubo transporte. También se financiaban los transportes con los bienes confiscados y los depósitos bancarios de los judíos, sobre todo en relación con el cambio de divisa al tener que atravesar fronteras de países con diferente moneda.

Esta industrialización de la muerte, planificada mucho antes de la “Solución final a la cuestión judía” de la Conferencia de Wannsee (20 de enero de 1942), dependía de un complejo e imbricado aparato orquestado por los burócratas. Estos funcionarios del Reich manejaban personas invisibles que se reducían a meros números y letras en documentos de papel. Perpetraron el genocidio de millones de personas sentados en sus despachos, amparados por la inhibición moral que les procuraba la distancia física respecto a las víctimas.

“La maquinaria de la destrucción no era estructuralmente distinta a la organizada sociedad alemana en su conjunto. La maquinaria de la destrucción era la comunidad organizada realizando una de sus funciones especiales”

Raul Hilberg

Para que todo funcionase sin contratiempos y la cadena de producción no se viera interrumpida, se hizo uso de toda serie de artimañas, engaños y mentiras para ocultar la realidad del destino de las víctimas.

Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad

Joseph Goebbels

Se utilizaron eufemismos como “unidades de producción”, “transportes de transferidos”, “tratamiento especial”, “acciones de transferencia”, “reubicación”.

La vida en el gueto era insoportable, y las promesas de que serían trasladados a un lugar de trabajo donde vivirían mejor, hicieron que los judíos desearan marchar de allí cuanto antes. A pesar de los rumores que se oían, excepto los grupos de la Resistencia, el resto aceptaba el traslado y pagaba por él porque creían que no podrían vivir peor de lo que ya vivían. No perdían la esperanza.

De sobra es conocido que, una vez en la rampa de Auschwitz, a pesar de haber presenciado la muerte de personas dentro de los vagones, la suciedad, la denegación de agua o alimento, se les notificaba que disfrutarían de una ducha tras el “incómodo” viaje. Entraban confiados a la cámara de gas. Engañados. Antes de eso, se les prometía que se les devolverían sus pertenencias. Ingenuamente, escribían sobre las maletas sus datos personales

Cuando los trenes llegaban a Treblinka, a los hombres se les indicaba el camino hacia un supuesto “hospital”. En realidad, les esperaba una fosa.  A las mujeres se las afeitaba la cabeza para ser gaseadas después. La atrocidad era tal, que resultaba inverosímil.

La negación de agua y alimento era maquiavélicamente intencionada. Las víctimas llegaban tan sedientas, hambrientas y exhaustas, que sería mucho más fácil que cumplieran órdenes sin protestas o altercados que interrumpieran la prioridad: el proceso de producción.

La ley del más fuerte se veía gráficamente reflejada al abrir las puertas de los vagones y de las cámaras de gas. Los más débiles (niños, enfermos y ancianos, por ejemplo) quedaban aplastados bajo aquellos que se abalanzaban sobre las puertas, bajo aquellos que intentaban trepar sobre otros cuando se liberaba el Zyklon B. A menudo, tras días de viaje en condiciones infrahumanas en los trenes, al llegar a destino y abrir la puerta de los vagones, se encontraba a personas sentadas sobre los cadáveres de aquellos que no habían resistido el duro trayecto.

La guerra contra los judíos era una guerra paralela a la Segunda Guerra Mundial. A pesar de que en 1943 las potencias del Eje veían cada vez más cerca la derrota, la intención de Hitler hasta el final fue la destrucción sistemática total del pueblo judío europeo. Quería ganar a toda costa su guerra personal contra los judíos. No tenían cabida en el nuevo orden nacional y social que Hitler soñaba con establecer.

Conforme avanzaba la contienda en favor de los Aliados, un mayor número de trenes llegaba a los campos. Las cámaras de gas funcionaban a pleno rendimiento y los crematorios no daban abasto, por lo que se incineraba a cadáveres en piras al aire libre. No solo se trataba de acabar con cuantas más personas mejor, sino de intentar no dejar rastro del genocidio.

Dentro de la maquinaria nazi, la violencia estaba autorizada (institucionalizada) y era legítima. Las acciones se desarrollaban dentro de una rutina. Y las víctimas de esa violencia estaban deshumanizadas. No solo se trataba de aniquilar a los cuerpos individuales para acabar con el cuerpo colectivo judío. Se provocó además la ruptura, tanto de su tejido social, como de su identidad y estructura, a la vez que se construía una nueva identidad social para ellos.

Siguiendo al sociólogo Zygmunt Bauman, el Holocausto no puede considerarse una interrupción del normal fluir de la historia, una demencia momentánea en medio de la cordura. El genocidio se puso en práctica en la sociedad europea, considerada “moderna”, “racional”, “civilizada”, y por ello, es un problema de esa sociedad, de esa civilización y de esa cultura.

Suponer que civilización y crueldad son antitéticos es un completo y claro error. La crueldad no ha dejado de existir, sino que se administra de una forma más efectiva que en el pasado. Construcción y destrucción son conceptos inseparables dentro de eso que llamamos “civilización”.

Susana Callizo Fernández

Referencias

HITLER, A. “Mi lucha”. (2018). Barcelona: Galabooks Ediciones.

SHERRATT, Y. “Los filósofos de Hitler”. (2014), Ediciones Cátedra (Grupo Anaya, S.A.).

BAUMAN, Z. (2019). “Modernidad y Holocausto”. Madrid: Ediciones sequitur.

HILBERG, R. (2005). “La destrucción de los judíos europeos”. Madrid: Akal.

LANZMANN, C. (1985). “Shoah” película documental.

INABE – Instituto Nacional Auschwitz Birkenau España: Exposición “El Campo de la Muerte Nazi Alemán Konzentrationslager Auschwitz”.

Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid. “Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos”. (2017-2018).

https://encyclopedia.ushmm.org

Imagen de portada: https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2018-02-03/holocausto-auschwitz-edith-fox-nazis_1515373/

Imagen 2: https://acento.com.do/opinion/elisabeth-nietzsche-el-archivo-nietzsche-y-la-voluntad-de-poderio-8819659.html

Imagen 3: https://www.lavanguardia.com/historiayvida/historia-contemporanea/20200821/32896/que-leian-soldados-primera-guerra-mundial.html

Imágenes 4 y 5: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/cracovia-1939-1945-espantosa-persecucion-judios-por-nazis_11617/17

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