La tribu del museo

El primer problema que Alfred Kroeber y los suyos tuvieron que afrontar a la llegada de Ishi a San Francisco fue cómo comunicarse fluidamente con él. Para ello pidieron la colaboración de Sam Batwi, un hombre de ascendencia Yana que había hablado el idioma en los tempos de su infancia. Su ayuda permitió cimentar los primeros nexos con Ishi pero, como se verá más adelante, la relación entre Batwi y el «salvaje» nunca llevó a fructificar: eran, a todas luces, personas con caracteres opuestos.

Por otra parte, la situación legal de Ishi era delicada. Según las leyes norteamericanas de la época, todos los indios del país se consideraban tutelados por el Estado, como si fueran menores de edad o discapacitados mentales. Para otorgar a Ishi una cierta independencia, se le proporcionó una habitación del Museo como residencia y se lo contrató formalmente como conserje asistente, cuyas tareas Ishi asumiría con la misma seriedad que otorgaba a todas las labores manuales.

Y así, entre 1911 y 1916, el Museo de Antropología de la universidad de Berkeley se convertiría en una singular familia: una auténtica tribu, aglutinada en torno al indio cuya risa fácil y silenciosa sabiduría nadie fue capaz de resistir. A la cabeza de la tribu estaban los amigos más cercanos de Ishi: los antropólogos Alfred Kroeber y Thomas Waterman y el médico Saxton Pope. Ishi, en cuanto aprendió unas pocas palabras de inglés, se acostumbró a llamar Chiep a Kroeber, es decir, el Jefe (en inglés, chief: en yahi no existe sonido «f»). Waterman se convirtió, tras el filtro de la pronunciación yahi, en Watamany, y el médico personal de Ishi, en cuanto ambos se tomaron cariño, fue desde entonces Popey. Durante los restantes años de vida de Ishi, aquellos serían los nombres por los que todo el personal del Museo los conocería: el bautizo de Kroeber a Ishi tuvo su particular retorno. Muchas de sus expresiones fueron adoptadas por los miembros de la nueva tribu: Evelybody hoppy?, le gustaba preguntar a sus amigos con una sonrisa. Watamany llegó a considerarlo su mejor amigo, y tanto él como Chiep invitaron a Ishi a sus respectivas casas en varias ocasiones.

Para Ishi, Pope era el kuwi de la tribu, un hechicero de gran poder: capaz de curar a los vivos —las operaciones quirúrgicas que Pope realizaba le interesaban enormemente, y se acostumbró a asistir a muchas de ellas en calidad de observador— pero también de contener las maldiciones de los muertos. Según la tradición de los Yahi, los muertos deben ser cremados rápidamente y no se debe hablar demasiado de ellos ni estar mucho tiempo junto a sus cuerpos, so pena de recibir terribles infortunios. La primera vez que vio la morgue del hospital anexo al Museo, donde Popey trabajaba, Ishi profirió exclamaciones de espanto. Pero pasaron los años y el médico no sufrió ninguna calamidad, lo que convenció al nativo: Saxton Pope era un kuwi poderosísimo.

El personal restante del Museo conformaba el resto de la tribu: Poyser, el primer conserje, Warburton, el preparador jefe, y Llewelyn Loud, su asistente. Con ellos Ishi tenía una asociación diaria; la variedad de utensilios de limpieza que Poyser utilizaba lo maravilló, convertido el nativo en su diligente ayudante. Warburton —o Worbinna, según Ishi—, un inglés que había trabajado en la armada británica, se tomaba su trabajo con la meticulosidad y disciplina propia del ejército. Era, además, un hombre habilidoso con las manos, un hacedor de herramientas: los dos se entendieron muy pronto. De Loud —o Loudy, su nombre tribal—, un austero y silencioso galés, Ishi aprendió una versión espartana de la cocina y el cuidado del hogar. Fue Loud quien le introdujo al panadero local y a muchos otros vecinos del entorno del Museo, su «ciudad».

Ishi se acostumbró sorprendentemente bien a su nueva vida, pese a lo alienígena que le parecería el mundo occidental. How mucha?, preguntaba con decisión cuando salía a comprar. En los tiempos de su ocultación en Wowunupa, creía que el ferrocarril era una serpiente-demonio que sólo podían utilizar los blancos sin sufrir daños. Sin embargo, en cuanto entró en su primer tren en presencia de Waterman y comprobó que no había nada que temer, se convirtió en un auténtico adepto de la red ferroviaria local, perfectamente capaz de moverse por los alrededores de su hogar en el Museo.

Por otra parte, siendo como fue un hombre perspicaz y preocupado por los modales, no tardó en dominar las normas occidentales de cortesía. Su mayor enemigo fueron los zapatos: encapsular los pies le parecía una completa aberración. De hecho, la primera vez que vio los pies desnudos de un blanco se echó a reír: las deformaciones que el calzado producen en el pie humano le parecían tremendamente ridículas. Sus pies, por el contrario, eran anchos y hábiles, capaces de caminar en el bosque en completo silencio y sin tropezar. Lo que más le asombraba de los blancos no era su tecnología ni su aspecto, sino algo más básico: su número. La primera vez que lo llevaron al teatro, no dejó de exclamar asombrado: hansi saltu, hansi saltu! «¡Muchos blancos, muchos blancos!». Ignorando la actuación, se giraba sin poder evitarlo para deleitarse ante la diversidad de rasgos. Para él, que había vivido la mayor parte de su vida acompañado de un máximo de cuatro personas, la multitud era un espectáculo infinitamente más interesante que cualquier cosa que pudiera ofrecer el teatro.

Muchos investigadores trabajaron con Ishi además del propio Kroeber, incluyendo a Edward Sapir, el famoso lingüista. Y es que la noticia del «salvaje» que habitaba las calles de San Francisco corrió como la pólvora por los Estados Unidos, e Ishi se convirtió sin pretenderlo en una celebridad —junto a Toro Sentado, fue el nativo de Norteamérica más fotografiado del siglo XX. Durante los numerosos eventos a los que fue invitado, Ishi permanecía siempre cerca de Chiep y Watamany, muy consciente de su dependencia, y tras cada nueva presentación —poco a poco se acostumbró a las extrañas costumbres de los blancos, que regalaban su nombre como si fuera bisutería y se tocaban las manos con desvergüenza— solía preguntar a Chiep:

Saltu malo? —«¿Blanco malo?». Como curiosidad lingüística, el yana que los antropólogos conocieron incluía muchos préstamos del español tras los siglos de influencia española primero y mexicana después; e Ishi, el «salvaje» que jamás había conocido ni un ápice de civilización, se refería a la maldad con la misma palabra que los españoles. Un significativo recordatorio del grado de contacto e interconexión cultural que ha existido desde hace milenios por todo el mundo.

Ante la pregunta, Chiep respondía afirmativa o negativamente. No era, como siempre ocurría con el nativo, una pregunta superficial; Ishi tenía una aguda percepción del espacio, tanto físico como social: la posición y el rango, tan importantes en el mundo occidental, y su propia debilidad en ese contexto. Ante su situación, sólo podía responder con dignidad. Por ejemplo, Sam Batwi, con sus maneras y su acento anglosajón, y especialmente con su poblada barba, le desagradaba profundamente: ningún indio que se respetara a sí mismo se dejaría barba y abandonaría las costumbres de su pueblo. Pero esa misma barba era natural entre los blancos, y de hecho, en su pequeña tribu, estaba perfectamente ordenada: Watamany, de rango menor, tenía una barba corta; y el mostacho de Kroeber, el Chiep del Museo, era poblado y abundante, tal y como correspondía a su posición.

Ishi era habitualmente calmado y amable, y le gustaba bromear y burlarse amistosamente de sus amigos. Y le encantaba hablar. De hecho, le gustaba tanto que sus compañeros tenían dificultades para seguirle el ritmo. En una carta de Kroeber a Sapir, fechada en 1915, el antropólogo afirma: «Encontrarás a Ishi a reventar de información mitológica, etnológica, tribal y geográfica, que él está encantado de impartir, pero quizá necesite un poco de entrenamiento antes de que pueda dictar textos conexos los suficientemente despacio como para escribirlos».

El orden y el amor por el trabajo eran características indisolubles de su temperamento. Su habitación estaba impecable, y pronto acostumbró a guardar los dólares que ahorraba cada mes —habitualmente, la mitad de su sueldo de veinticinco dólares— en montoncitos exactos de cuarenta monedas partidas por la mitad dentro de cilindros vacíos para películas. Al principio dejaba sus cilindros a la vista, sin plantearse la posibilidad del robo —la noción de «robar» le parecía inconcebible; cuando comprendió que, según las costumbres blancas, había «robado» el ganado de los vaqueros para comer durante sus largos años de soledad, sintió una profundísima vergüenza: para los Yana el ganado no era sino otro animal salvaje, perfectamente válido para ser cazado, y no una propiedad privada— pero Chiep, por lo que pudiera pasar, le ofreció su caja fuerte. Cuando comprendió el mecanismo y memorizó la clave, comprobó hasta qué punto estaban a salvo sus pertenencias allí, lo que le produjo un inmenso placer. Acostumbrado a guardar sus herramientas y flechas en precarios alijos colgados de las ramas de los árboles, el invento del hombre blanco le pareció muy astuto.

Curiosamente, los antropólogos pudieron aprender los numerales yahi gracias a los cilindros de medios dólares. En una de sus sesiones, Kroeber le había pedido que contara, e Ishi así lo hizo, del uno al diez: baiyu, uhmitsi, bulmitsi, daumi, djiman, baimami, uhmami, bulmami, daumima y hadjad. Entonces le pidió que continuara, pero Ishi respondió: ya está, no hay más. Sapir y Kroeber supusieron entonces que los dramáticos últimos años de los Yahi habían supuesto una pérdida creciente de su cultura, de modo que los numerales superiores no habían llegado a Ishi.

Se equivocaban, y lo comprobaron pronto. Cuando tenía algo de tiempo libre, Ishi acostumbraba a ir a su habitación y abrir los cilindros para contar los dólares: un rey entre sus tesoros. Una vez, Kroeber lo vio y se acercó a él. «¿Cuánto? ¿Cuánto dinero?» le preguntó, señalando el montoncito. Daumistsa, respondió Ishi: cuarenta. ¿Y medio montón?, preguntó Chiep. Uhsiwai, veinte. ¿Y tres montones? Baimamikab, sesenta. ¿Y cuatro? Bulmamikab. El vocabulario numeral de Ishi no parecía limitado en absoluto. ¿Por qué había respondido entonces que «no había más» que diez números? Probablemente, porque no estaba acostumbrado a contar en abstracto. Para él resultaba cansado y, seguramente, inútil. Contar tenía sentido cuando se hacía con cosas reales, como medios dólares o puntas de flecha. Sus matemáticas estaban insertas en la forma de pensar yana, una cosmovisión en la que lo sagrado y lo profano, lo natural y lo sobrenatural, lo práctico y lo metafórico no eran sino una misma cosa.

No es casualidad que fuera Edward Sapir, junto a Benjamin Whorf, quien formulara la famosa «hipótesis de Sapir-Whorf» del relativismo lingüístico, según la cual la naturaleza y la estructura del lenguaje materno determinan en gran medida la propia forma de pensar y el comportamiento de la persona adulta, inserta en su contexto cultural.

El último embajador

Ishi era muy consciente de su propia soledad. Sabía que era el último de los suyos, y que con su muerte los Yahi desaparecerían para siempre. Por eso, pronto vio —y aceptó con entusiasmo— su oportunidad de dar testimonio: de enseñar lo que sus parientes le habían enseñado. Cuando él muriera, los Yahi desaparecerían, pero no serían olvidados. Si su nuevo nombre significaba «persona», se convertiría exactamente en eso, en pleno sentido antropológico: un conducto a través del que transmitir su cultura.

Y él era, por encima de todo, un cazador. Durante los años antes de caer enfermo, Ishi enseñó sus habilidades para la caza, sus técnicas de arquería, su manera de moverse y de acechar, su manera de disparar; y su artesanía, desde la elaboración de arcos hasta puntas de flecha de obsidiana: en los términos de la época, un auténtico hombre de la Edad de Piedra que acudía al presente para enseñar sus artes. Ishi se tomaba este trabajo muy en serio; de hecho, su voracidad de materiales superó hasta tal punto las capacidades del Museo que pronto los investigadores que salían a hacer trabajo de campo recibieron discretas «peticiones extra» de determinados tipos de madera o piedras, con los que el artesano fabricaba su arsenal.

El año 1914 fue, en términos de Theodora Kroeber, «el más brillante». La división californiana del Boureau of Indian Affairs se interesó por Ishi y le ofreció la posibilidad de volver al Arroyo de los Venados o ser insertado en una reserva, pero el Yahi declaró en su lengua: «Viviré como el hombre blanco el resto de mis días. Quiero permanecer aquí, donde ahora estoy. Envejeceré en esta casa, y será aquí donde moriré». Kroeber pudo organizar una excursión al Arroyo de los Venados en compañía de Watamany y Popey, entre otros. El propio Ishi manifestó numerosas reticencias —quizá, temeroso de revivir episodios traumáticos de su vida anterior— pero por fin accedió y se pusieron en marcha. La fuerza arrolladora de los recuerdos venció todos los recelos, y en poco tiempo los investigadores se encontraron siguiendo a duras penas el ritmo de Ishi, que los llevaba a toda velocidad de un lado a otro, sin parar de hablar: allí había estado su campamento, allí había guardado su alijo, allí había matado a un oso… Cientos de nombres nativos de especies vegetales y lugares significativos fueron anotados por Pope, en el primer caso, y los antropólogos en el segundo. Una información de valor incalculable.

La expedición fue un rotundo éxito. Chiep planeaba ya la siguiente cuando el mundo truncó sus esperanzas: la Gran Guerra dio comienzo. Y algo más personal, algo que marcaría como una cicatriz a todos los amigos del Yahi. En diciembre de 1914, Ishi sufrió un episodio de tos seca. En el hospital se analizó su esputo, pero no se encontró ningún patógeno. Pronto se recuperó, pero a principios de primavera tuvo que volver a ser ingresado. El test de la tuberculina resultó, esta vez, positivo. Al término de la primavera parecía recuperado y los médicos pensaban que la enfermedad había sido vencida antes de que progresara. A final de semestre, Kroeber partió para Europa con reticencias, no del todo convencido de la recuperación de su amigo.

Tenía razón. Ya no volvería a ver a Ishi con vida.

A partir de agosto, Waterman notó que Ishi se cansaba fácilmente y tenía poco apetito. Fue ingresado en el hospital bajo el atento cuidado de Saxton Pope. Kroeber exigió que se le enviaran boletines diarios con la temperatura de Ishi, si estaba alegre o deprimido, y cualquier mensaje que tuviera para él. Ambos estuvieron en contacto hasta el final, aunque un continente los separaba e Ishi no sabía leer ni escribir.

Sus amigos notaron que, en el hospital, Ishi parecía infeliz. Recordaron el apasionado deseo de muchos nativos americanos de estar en el hogar, en casa, cuando llega el momento de viajar a la Tierra de los Muertos. Lo trasladaron al Museo, donde desmantelaron una exposición sobre el Pacífico y habilitaron la sala para él. Era la estancia más luminosa del Museo, con amplias vistas al parque de la universidad y los bosques aledaños. Popey lo visitaba varias veces al día, siempre lo acompañaba al menos un miembro del personal, y Worbinna se encargaba personalmente de su cuidado y su comida.

Ishi murió el 26 de marzo de 1916, vencido por una enfermedad europea como tantos millones de personas antes que él. Se acordó que el cuerpo sería manipulado lo menos posible y cremado cuanto antes, sus cenizas enterradas al aire libre según las costumbres de los Yahi. Ante la perspectiva de una autopsia, Kroeber escribió desde Nueva York: «No hay objeción a una máscara mortuoria. No veo, sin embargo, que una autopsia llevara a nada de consecuencia […]. Si hay alguna conversación acerca de los intereses de la ciencia, di de mi parte que la ciencia se puede ir al infierno. Pretendemos estar junto a nuestros amigos». Sus pocas posesiones pasaron a ser parte del Museo. El decano de la Facultad de Medicina recibió doscientos sesenta dólares en metálico: el dinero que Ishi había ahorrado en cilindros, como pago simbólico por los cuidados médicos recibidos. El decano afirmó que nunca se había planteado la idea de cobrar al nativo, y decidió invertir el dinero en un fondo de investigación, de modo que el tesoro de Ishi pudiera contribuir al desarrollo de la hechicería curativa, ese arte que él tanto admirara.

Waterman y Kroeber no hicieron ninguna declaración pública; llevaron siempre con ellos el dolor de la pérdida. Habían dado por sentada la presencia del hombre de la Edad de Piedra en sus vidas, cuya simple existencia era testimonio de lo que antropólogos como el propio Kroeber habían defendido con fiereza: que la humanidad es única en sensibilidad e intelecto, y que la civilización no es función de la tecnología ni la ley, ni siquiera de la escritura, sino de las personas y su carácter. Treinta años antes de que Hitler convirtiera el racismo en ideología de Estado, había hombres y mujeres que repudiaban con convicción ese mismo racismo: un digno recordatorio para el mundo que está por venir.

Sobre la muerte de Ishi, Saxton Pope escribió:

«Y así, estoico y sin miedo, se fue el último indio salvaje de América. Cierra un capítulo de la Historia. Él nos miraba como niños sofisticados —listos, pero no sabios. Nosotros conocíamos muchas cosas, muchas de las cuales son falsas. Él conocía la naturaleza, que es siempre verdadera. Las suyas fueron las cualidades de carácter que perduran por siempre. Era amable; tenía coraje y autocontrol, y aunque todo se lo habían quitado, no había amargura en su corazón. Su alma era la de un niño, su mente la de un filósofo».

Miguel Tofiño Vian

Referencias

Theodora Kroeber (1961). Ishi in Two Worlds: a biography of the last wild Indian in North America. El extraordinario trabajo literario y documental de Theodora Kroeber ha inspirado la publicación de este ensayo-recordatorio en dos capítulos sobre la vida de Ishi. El enfoque, la estructura y la mayor parte de la información que aparece en ellos deben un infinito tributo a la autora y su obra.

Theodora Kroeber and Robert Heizer (1979). Ishi, the Last Yahi: A Documentary History.

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