Una de las mayores dificultades a la hora de estudiarla se debe a la falta de documentación, aun así, diferentes corrientes historiográficas han hecho estudios exhaustivos sobre dicha etapa.

La Prehistoria ibérica es heterogénea tanto en sus componentes culturales como el origen de estos.

La sexualidad

Darwin les daba especial importancia a los caracteres hereditarios.  Lo que quiere decir, que aquellas características que tengan más posibilidades de reiterarse serán las que se transmitan en dicha población y/o individuo. Por tanto, las conductas sexuales tanto prehistóricas, así como las actuales, son derivadas de las costumbres de quienes más se hayan reproducido.

No obstante, debemos tener en cuenta, que no siempre el crecimiento demográfico neto mayor tiene por qué corresponder a la población con más alto índice de natalidad. Siendo un ejemplo de ello, las poblaciones bélicas más efectivas, porque tendrían menos víctimas y por ende un mayor número de individuos crecerían.

Las relaciones afectivas surgieron conforme se fue desarrollando el ser humano, comenzando con los Neandertales (170.000-30.000 a. C.). porque en su contexto histórico como consecuencia de cambios climáticos se enfrentaron a bienes escasos de manera que tuvieron que proteger o anteponer sus bienes frente a lo ajeno. En esto tenía especial importancia la fuerza, motivo por el cual en muchas culturas primitivas la masculinidad iba ligada al espíritu guerrero.

Siendo esta representada en diversas iconografías como: figurillas (exvotos) o en pinturas rupestres, así mismo tenía que ver también con la fuerza (hecho importante para obtener buena descendencia).

Por ello, se les representaba realzando su musculatura junto con la robustez de ciertas partes del cuerpo como los brazos y las piernas por medio de vestidos especiales (un ejemplo de ello serían los tocados de plumas plasmados en los arqueros del arte naturalista levantino).

No obstante, cabe destacar la vinculación de la fuerza masculina con los animales más fieros, poderosos y respetados que habitaban en los determinados ecosistemas donde se encontraban. En el caso de la Prehistoria reciente ibérica, dicho protagonismo, lo tuvieron los bóvidos, y por ello, adaptaron su imagen como símbolo para enfatizar dichos tributos.

A finales de la Edad de Bronce (1.700 – 750 a.C.) se asoció en buena medida, el valor del guerrero y el poder del toro por su fuerza y virilidad. Llegó a tener tanta importancia, que en los rituales de transición hacia la adultez se empleaban para hacer determinadas pruebas. Siendo un ejemplo de ello, la taurocatapsia.

Ritual que se celebraba en Creta que realizaban los chicos en su tránsito hacia la edad adulta, y consistía en saltar a un toro. Tanto la fuerza como la potencia sexual se simbolizaban a través de sus cuernos. Por tanto, cuanto mayor fuesen mayor serían dichas condiciones. Los jefes de los clanes solían representarse con estos cuernos desproporcionados para resaltar la importancia que tenían.

No obstante, durante la Edad de Hierro (800-218 a.C) se produjeron intercambios culturales entre los pueblos del Mediterráneo que terminaron introduciendo en la Península Ibérica la mitología relacionada con el toro y la potencia sexual masculina. Cristalizándose en el sacrificio de bóvidos machos para al dios fenicio Baal y las vacas a la diosa Astarté. Los textos religiosos ugaríticos comparaban constantemente los tributos sexuales de la mujer y el hombre con el ritual citado anteriormente. Todo ello beneficiaba a los guerreros representantes de la defensa del bienestar y, por tanto, podrían hacerlo con su familia en un futuro, ganando muchos puntos para poder formalizar una.

Seducción y cortejo

Cualquier animal realiza una serie de rituales antes de las relaciones sexuales y para ello, hay una serie de señales de atención y competitividad mediante estrategias. Lo mismo ocurre en el ser humano y por ello usarían costumbres para el embellecimiento del rostro mediante el uso de cosméticos como los coloretes en las mejillas, pintarse los labios de rojo; dicho color ha sido muy importante desde tiempos memoriales representando el color de la sangre y de la vida, usándose incluso con fines religiosos o simbólicos (se han encontrado cadáveres con restos de pintura ocre probablemente porque simbolizase el otorgamiento de una nueva vida) o los ojos (hay que recalcar que en Egipto se hacía por motivos de salud y lo usaban tanto hombres como mujeres).

En la arqueología hispana es más difícil encontrar testimonios que garanticen que las mujeres se pintaban sus ojos puesto que no se han encontrado ni en las pinturas rupestres ni en las vasijas de barro, aunque la Dama de Baza sería la excepción porque sí los tiene junto con sus cejas y pestañas.

Por otra parte, estaría el volumen de la cabeza. En algunas culturas antiguas mediante ciertas técnicas de vendaje sobre el cráneo a los niños se la deformaban intencionadamente, aunque no hay restos de ello en la Península Ibérica y dicho comportamiento se realizó posteriormente a la Prehistoria reciente. Aun así,usaban distintos adornos y peinados para poder aumentar el volumen del cabello. Representándose en esculturas como la Dama de Elche frente a las estelas de guerrero que son más pequeñas.

Por último, la limpieza tanto del cuerpo como del hogar era fundamental y servían de preámbulo. Por consiguiente, utilizaban toda clase de perfumes, ungüentos o esencias, traídas en algunos casos, desde el Mediterráneo Oriental. De hecho, se han encontrado abundantes recipientes de la Protohistoria hispana ubicados en contextos femeninos.

Atracción sexual

A lo largo de los siglos los cánones de belleza han ido variando según las pautas culturales del momento.

En el caso del hombre, sería un cuerpo atlético, alto, musculoso y fuerte de esta manera, aseguraría la protección familiar y por otro lado en el caso femenino serían pechos prominentes (al principio su importancia se centraba en la alimentación de las crías y no será hasta tiempos prehistóricos tardíos cuando tendrán la importancia de manera sexual), glúteos pronunciados al igual que las caderas reflejando una menor dificultad en el parto. Sin embargo, en la Prehistoria reciente de la Península aún no se sabe con claridad los gustos estéticos debido a la insuficiencia de datos registrados y/o encontrados.

La ocultación de determinadas partes del cuerpo indicaba la sexualización de las mismas, durante la Edad del Cobre, las mujeres se representaban desnudas por completo, lo que indicaba que ninguna parte del cuerpo estaba sexualizada. Todo lo contrario, a los dioses, que, al carecer del recato de los seres humanos, se representaban desnudos (un ejemplo de ello sería la escultura encontrada en Camas de la diosa Astarté).

Reproducción

El estudio de la sexualidad es importante como una de las posibles vías de estudio de la evolución cultural de las comunidades humanas prehistóricas.

De manera que, cualquier comportamiento o idea que contribuya al aumento demográfico quedará incorporado culturalmente en dicha población. Por otro lado, los tabúes sexuales que pudieran existir desaparecerían en caso de que estos repercutiesen de forma negativa. Esto lo que quiere decir es que al igual que en la tradición judeocristiana hay una serie de normas (como poder mantener relaciones sexuales una vez casados y así perpetuar la familia).

Se cree que también las hubo en aquella época, aunque no se han encontrado prohibiciones en los textos religiosos cananeos. Sin embargo, en algunos documentos orientales del S. II a. C. Se hablaba de relaciones amorosas entre las propias divinidades, aunque limitándose la mayor parte de las veces, al coito y siempre acababa la diosa fecundada y dando a luz.

Así mismo, los matrimonios se hacían a edades tempranas como consecuencia de la corta esperanza de vida (en algunas poblaciones femeninas se limitaban a los 20 años por problemas paritarios).

Alicia Bernal Sánchez del Busto

Referencias

Escacena, J.L., Dioses, toros y altares. Un santuario para Baal en la antigua desembocadura del Guadalquivir, en E. Ferrer (de.), Ex Oriente Lux: las religiones orientales antiguas en la Península Ibérica, Universidad de Sevilla Fundación El Monte, Sevilla, 2002, págs. 33-75

Celestino Pérez,S., La imagen del sexo en la Antigüedad. Barcelona: Tusquets, 2007, págs 67-107

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