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Querido lector o lectora, estoy seguro de que has leído u oído más de una vez la celebérrima frase de Antonio Gramsci, “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. La nueva revolución industrial, la cuarta, aunque hay voces expertas que dicen que en realidad es la quinta, ya está aquí. De hecho, ya lleva algunos años aquí, con nosotros. No obstante, es ahora cuando se está materializando de forma inequívoca y adquiriendo gran velocidad, todo ello a raíz de la pandemia de la Covid-19.

Digitalización, robótica, inteligencia artificial, biotecnología, nanotecnología, y un largo etcétera de palabras y conceptos que hasta hace muy poco tiempo estaban encerradas en ese universo, casi paralelo, de la Ciencia Ficción, aparecen cada vez más en los medios de comunicación, en las publicaciones generalistas, en los periódicos, incluso se cuelan en las conversaciones de las personas como un tema más. Aun así, también es cierto que estos términos suelen encontrarse encapsulados en noticias cortas que muestran visiones muy esquemáticas y que se centran en estudios o pruebas concretas, en investigaciones científicas y en sus aplicaciones técnicas. Porque, y eso es importante, tan sólo se trata de avances que se prevén, pero que en estos momentos todavía no están al alcance del público en general o lo están simplemente cómo prototipos.

En el fondo, todo parece tan lejano y tan idílico como la visión casi romántica que ha llegado a nosotros de la expectación, exaltación y efervescencia que se vivía en la Europa de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX cuando las ciencias recién creadas competían entre sí y la tecnología y los inventos revolucionarios prometían un sinfín de productos, objetos y avances para lograr el máximo bienestar humano. Todos sabemos que esa imagen escondía grandes problemas sociales, explotación y un sistema productivo que era demoledor. Pero lo cierto es que ambas dos vertientes estaban presentes. Bien, hoy en día se sigue con el mismo planteamiento: viajes al espacio, automóviles que se conducen solos, grandes avances médicos, y biológicos que nos permitirán vivir mucho más tiempo y con muchísima más calidad…La cara amable, no por ello menos cierta, siempre es la que se enseña, la que se muestra al mundo y la que poco a poco va calando en la sociedad.

Pero ¿realmente de qué estamos hablando? Para intentar centrar el foco y empezar a ordenar las piezas del enorme rompecabezas que compone este cambio nos puede ayudar la definición de Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial y autor del libro «La cuarta revolución industrial«.  Klaus Schwab asocia esta revolución tecnológica e industrial a un cambio de paradigma en los procesos productivos y la define cómo la “segunda era de la máquina”. En definitiva y expuesto de forma muy básica, es una nueva automatización e intercambio de datos en los procesos manufactureros que crea la idea de “Fabrica Inteligente” y que amplía lo conseguido durante la 3ª Revolución Industrial basada en la creación del concepto “digital” y su posterior explotación para llegar a los sistemas ciberfísicos, la computación en la nube y el IOT (el internet de las cosas). Todo ello, se prevé, hará que el impacto sea general en todos los rincones del planeta y que llegue a afectar, incluso, en cómo somos. Por descontado, el mercado del empleo, las desigualdades en los salarios y oportunidades serán, aunque ya lo son desde hace tiempo, ámbitos plenamente afectados por este enorme cambio, que también puede impactar en el equilibrio geopolítico actual, e incluso, en los marcos éticos en los que se basa las normas sociales de países diferentes.

Aunque pueda parecer un detalle sin importancia, lo cierto es que no se trata de un nuevo desarrollo, se trata del encuentro o la unión de procesos existentes, tanto tecnológicos como organizativos, a los que hemos ido llegando en las últimas décadas, combinados todos ellos con nuevas tecnologías basadas en la investigación científica frenética. Antes de hacer un breve repaso de lo que hay en el concepto IOT es conveniente recalcar y hacer hincapié en la idea de procesos organizativos que normalmente son olvidados y que quedan eclipsados bajo el brillo y el glamur de las nuevas tecnologías y de los descubrimientos científicos.

Desde el último cambio de siglo las cadenas productivas y de administración que los regulan, y que gestionan prácticamente todos los aspectos de la vida en nuestra sociedad, han sufrido una importante transformación. Esta evolución basada en la especialización de todos y cada uno de los eslabones que conforman la cadena de valor del proceso completo, ha estado basada en dos ideas: la digitalización y mecanización máxima de las tareas y, por otra parte, la especificad de las tareas humanas asociadas a una parte concreta del proceso. De esta manera, al trocear los procesos y basar la carga de trabajo en soluciones técnicas se ha conseguido, por una parte, que sólo la capa organizativa de la jerarquía sea capaz de conocer la existencia del proceso en sí, las uniones de las diferentes partes y, además, el objetivo final del mismo. Y, por otra, que la función humana que puede existir en un momento concreto no esté íntimamente asociado al conocimiento excesivo del proceso o experiencia adquirida más allá del puesto concreto que ocupa, lo que consigue que sea fácilmente intercambiable y/o sustituido por otro humano o, llegado el caso, por nuevas soluciones mecánicas y digitales que puedan surgir en la evolución tecnológica.

Así pues, el concepto de “cadena de montaje” se ha ido depurando y desarrollando de forma progresiva y sin pausa e, incluso, ha salido de las industrias ensambladoras para extenderse como una mancha de aceite en todas direcciones, en todas las industrias, en la administración tanto pública como privada, en la banca, en definitiva, en todos los sectores. Existen infinidad de ejemplos que a poco que pensemos en ello y/o utilicemos la memoria nos confirmaran esos cambios, tanto si los hemos sufrido como si nos hemos beneficiado de los mismos. Como ejemplo reciente en España, reciente porque está ocurriendo en estos momentos, no porque sea nuevo, podemos utilizar las fusiones bancarias que se están orquestando y que implican cierres de oficinas y, por supuesto, despidos masivos. Sin una tecnología y unos procesos organizativos que se han ido consolidando a lo largo del tiempo y que han permitido reproducir las operativas y necesidades que realizan y tienen los clientes no se podría llevar a cabo estos cierres sin perder cuota de mercado. Hoy en día, cualquiera puede operar con una entidad bancaria sin apenas interactuar con un empleado, con un humano. Es más, dependiendo de la edad del cliente, considerará un atraso y un trámite indeseable el acudir de forma física a una oficina de su entidad para realizar una operación. Las app desarrolladas y pensadas para una utilización fácil, la progresiva desaparición de la moneda física, así como, el cambio cultural que se ha ido produciendo en la sociedad permiten que el empleado haya sido sustituido y, que esta sustitución no sea percibida como un problema desde el punto de vista del servicio recibido por el cliente.

El Internet de las cosas, IoT, por sus siglas en inglés, es el concepto en el que cabe la conexión de diferentes máquinas sin la intervención de un humano en ningún momento. Gracias a esta conexión rápida es posible que una acción conjunta de todos sus elementos adopten tareas complejas que hasta la fecha están reservadas únicamente a los humanos. Obviamente, se necesita bastante más que una conexión rápida, aquí entra en juego la famosa Internet 5G. Estamos hablando de la gestión de grandes cantidades de datos, Big Data- De enormes capacidades de proceso, procesos en el Cloud, de capacidad de aprendizaje, o lo que es lo mismo IA (Inteligencia Artificial)

Quizás sea necesario profundizar, un poco, en la conexión de diferentes máquinas para comprender que, la acción autónoma de la máquina resultante sería la suma de acciones de un gran número de sensores, cámaras, indicadores GPS, etc.. Para ello, lo mejor es acudir a la Federación Internacional de Robótica, IFR por sus siglas en inglés, y poder comprobar cómo las acciones de los robots actuales están limitadas a acciones muy controladas y en espacios muy delimitados y, aunque pueden tener un cierto grado de autonomía, ésta está en un estado embrionario por la falta del desarrollo de las tecnologías de las que hemos hablado con anterioridad. Sus funciones divididas en dos grandes grupos, robots industriales y robots de servicios, no hacen sino crecer y diversificarse en los diferentes sectores que componen la economía. La definición que se ofrece oficialmente en la IFR para los robots industriales es “Manipulador multipropósito, reprogramable, controlado automáticamente y programable en tres o más ejes”, mientras que para los robots de servicio es “un robot que realiza tareas para humanos o equipamientos excluidas las aplicaciones de automatización industrial”. La mayor parte de los robots industriales, también llamados enjaulados por estar separados de los humanos en las plantas de producción, están ubicados y centrados en el sector automovilístico, mientras que los robots de servicios tienen aplicaciones variopintas, desde la limpieza a escala doméstica e industrial hasta su uso en el ámbito de la medicina, de la logística o de la agricultura.

La mayoría de nosotros, en estos momentos, no sabríamos dar un número aproximado de los robots que existen y están operando en el mundo. En el año 2019 en el mundo existía un censo de 2.722.000 robots industriales y tal y como recoge el resumen ejecutivo del año 2020 de la IFR, sus conclusiones son:

 The global economic crisis attached to the COVID-19 pandemic will shape industrial robot sales in 2020. A major contraction must be expected in the short run. In the medium term, this crisis will be a digitalization booster that will create growth opportunities for the robotics industry worldwide. The long-run perspectives remain excellent.”

De la misma manera, tampoco sabríamos decir hasta qué punto según que marcas de vehículos de alta gama controlan desde algún lugar del mundo esos vehículos, que fabrican y una vez ya vendidos y en manos de sus propietarios. Parámetros tales como su rendimiento, su estado de mantenimiento, sus emisiones…hasta la presión de los neumáticos, son medidos por diferentes sensores que proporcionan y registran esos datos sin que ni siquiera el propietario sea consciente de ello y que software especializado analiza, evalúa y gestiona. Ese control se realiza mediante IoT, mediante la unión de conceptos que hemos enumerado y gracias a unas conexiones cada vez óptimas y rápidas, aunque aún estén muy lejos de las que se tendrán en un futuro muy cercano.

Otro ejemplo que quizás es cercano al público en general, por esa noticias cortas y amables a las que antes nos referíamos, sería la conducción autónoma de vehículos particulares. Existen marcas comerciales que ya informan, o generan expectativas, de sus vehículos como prototipos en periodo de pruebas. Pero, a su vez, estas pruebas se están llevando a la conducción de los vehículos industriales dedicados al trasporte por carretera y a la logística en general, obteniendo unos resultados preliminares en dichos ensayos de un ahorro, sólo en el consumo de combustible, de hasta un 46%.

Siempre, se cree que la innovación tiene un componente puramente científico-tecnológico, pero a su vez, lo tiene en su reflejo en la sociedad, en todos los ámbitos de la sociedad, incluso y dependiendo de la profundidad de los mismos, en grandes cambios culturales,

En este momento, y pese a todo, un planteamiento tan duro como el que propuso en su día Herbert Spencer en la década de los 70 del siglo XIX es casi inconcebible. El Darwinismo social que durante la primera y segunda revolución industrial se consideró implícito al “progreso” y por lo tanto una idea naturalizada y beneficiosa para el mismo, con matices, es desechada en los países occidentales en forma de norma social. Pese a todo, esta naturalización de la lucha por la supervivencia, como ya sabemos, conllevó y sigue conllevando altos niveles de desigualdad, explotación y situaciones que hoy consideramos inhumanas en aras de la producción y del mercado. Como resultado de todo ello las revueltas y luchas obreras y sociales, que han marcado y jalonado desde el final del siglo XIX hasta nuestros días y que se espera que con el avance imparable de los nuevos procesos productivos puedan llegar a importantes revueltas.

Tanto es así, que el propio FMI está realizando estudios prospectivos en un intento de evaluar hasta qué punto la robotización y todo el planteamiento sobre el que se sustenta esta 4ª revolución industrial tendrá un impacto negativo en el empleo y en las sociedades dependiendo del desarrollo actual de su nivel tecnológico y económico. Tal y como Tahsin Saadi Sedik y Jiae Yoo describen en su artículo, las enormes desigualdades que se pueden generar tanto en las sociedades occidentales, industrializadas y con importantes coberturas sociales, como en los llamados países emergentes pueden ser la vuelta de tuerca que haga estallar revueltas y conflictos sociales. Es por ello por lo que instan, en nombre del FMI, a los diferentes gobiernos para que de forma inmediata preparen un plan de acción económico y social que permita rebajar las tensiones, al menos en el corto plazo, hasta que, como se quiere creer, pase la primera ola y se vuelvan a crear empleos, y éstos sean de calidad.

La relación hombre máquina, siempre ha sido cuando menos conflictiva. Según Marc Vidal, experto consultor y conferenciante económico y en nuevas tecnologías, las máquinas de la primera revolución industrial demostraron al humano que eran más fuertes, las de la segunda revolución industrial que eran más rápidas que nosotros y la de la tercera y cuarta que, además, son más inteligentes y fiables. La experiencia que tenemos es que estas demostraciones siempre provocan un rechazo inicial y una posterior aceptación que lentamente se naturaliza y acaba asimilándose. No obstante, tal y cómo hemos visto a lo largo del artículo, esta última, ésta en la que estamos inmersos, tiene un componente muchísimo más inquietante y difícil de asumir. Es la “desaparición“ humana en esa relación, o si se prefiere, la dependencia de lo humano respecto a la máquina.

Frente a los pretendidos beneficios tanto para el mercado económico como en nivel de confort y de vida humanos tenemos uno de los problemas más claros, el empleo. El empleo, que es una cuestión de gran importancia en cualquier sociedad, lleva mucho tiempo deteriorándose tanto en volumen total como en su calidad. El constructo cultural que imperó en los países europeos al acabar la II Guerra Mundial y del cual ha ido emergiendo, con sus luchas sindicales incluidas, todo el sistema de protección social que conocemos a día de hoy depende en buena medida de él. El profesor Ubaldo Martínez Veigas ya trató la complejidad de este tema en su artículo “El otro desempleo” en 1989. La economía formal, con el empleo formal estructurado, gira en torno a la reglamentación del Estado que se desarrolla en los puestos de trabajo llenos de seguridad, complementos salariales, cotizaciones sociales, etc., y es la base sobre la que descansa el estado de bienestar. Mientras que el concepto contrario el llamado “empleo informal” que no puede ser considerado desempleo, ni asociado a economías precapitalista, según los parámetros de la OIT, Organización Internacional del Trabajo, https://www.ilo.org/global/lang–es/index.htm constituye un formato paralelo y necesario para el propio sistema económico que escapa a las regulaciones estatales y que imprimen flexibilidad y rapidez de adaptación. Desde el punto del empleo y de los empleados, las diferencias son notables. Así, mientras los empleados en el sistema regulado disponen de amplias coberturas aquellos que se encuentran en el sistema informal ven como la desprotección, la inseguridad, la inestabilidad y la vulnerabilidad forman parte de su día a día. Actualmente la desregulación, o, mejor dicho, la regulación estatal laxa y el imperativo económico asociado al liberalismo está ganando grandes cuotas dentro del mercado laboral dejando enormes bolsas de trabajadores desprotegidos y al albur de los vaivenes del mercado.

Como es previsible que buena parte de los empleos y los oficios realizados actualmente por humanos desaparezcan y pasen a ser realizados por robots o por la combinación de dispositivos que tendrá la segunda era de la máquina, el problema laboral puede no sólo agravarse, sino, aún peor, puede ser la confirmación y, sobre todo, la expansión de enormes desigualdades. Esta enorme desigualdad plantea tres niveles diferentes en la sociedad respecto al encaje en el nuevo mercado laboral. Una capa que aporta valor y es creativa a la que esta revolución premiará beneficiándola, otra capa que realiza trabajos que, simplemente no son rentables a la hora de robotizarlos y que generan muy poco valor añadido, manteniendo niveles económicos muy pobres y un muy bajo estatus social constituyendo sectores marginales dentro del mercado. Y, por último, una enorme capa que actualmente conforman la clase media u obrera especializada que simplemente verán desaparecer sus oportunidades laborales al ser sustituidos sus empleos por las diferentes formas tecnológicas que lo vayan permitiendo. Estos últimos serán los que irán recibiendo progresivamente los golpes del cambio y no tendrán otra salida que la reconversión. Reconversión, que, por otra parte, ha de estar dentro de los horizontes y constituir una prioridad de los gobiernos, tal y cómo hemos visto que recomienda el propio FMI para poder gestionar y, si es posible, evitar las previsibles revueltas sociales.

                                                                                   Carlos Marques Lacalle

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