Si hay algo que los estudiantes de letras tienen en común es, por lo general, la enemistad con las matemáticas. Muchos lanzan un suspiro de alivio cuando, al pasar a Bachillerato, comprueban que en su horario no hay matemáticas y todavía respiran más fuerte al llegar a la carrera y saber que su facultad está muy lejos de ecuaciones, funciones o logaritmos. No es una cuestión de preferencias, claro. Hay a quienes les gustan, pero por alguna misteriosa razón los números se ponen en su contra y deciden ser un obstáculo en su camino. Quién no se habrá preguntado alguna vez para qué sirven las divisiones por Ruffini, los diagramas de árbol o esas fórmulas con incógnitas si no guardan ninguna relación con las filologías, la historia, la filosofía o la literatura…

Bueno, siempre hay alguien dispuesto a romper algunas certezas y reconciliar las matemáticas con las letras para crear un juego, a veces enrevesado, y una nueva forma de contar historias, aunque esto signifique combatir la aversión del alumno de humanidades por los números y construir un texto a través de una serie de patrones matemáticos.

Para cualquiera que se haya enfrentado en algún momento con la hoja en blanco, escribiendo unas líneas para después arrugar la hoja y tirarla a la basura o para llenar el folio de tachones y anotaciones inteligibles, sabrá lo difícil que resulta el proceso de contar una historia, pero ¿qué pasaría si para escribir esa historia tuviéramos que aceptar las reglas de un juego que nosotros mismos nos planteamos? Este era el objetivo del grupo literario OULIPO.

OULIPO fue un grupo de literatos que se reunieron por primera vez en el año 1960 bajo la tutela del escritor Raymond Queneau y el matemático François Le Lionnais y que, a lo largo de su existencia, ha integrado a numerosos autores entre los que podemos contar a Italo Calvino entre otros.

El nombre del grupo nace de las siglas de Ouvroir de Littérature Potentielle, es decir, Talle de Literatura Potencial. Nació como una forma de enfrentarse a la página en blanco y, tal y como definiría Queneau, que una rata construya el laberinto del que se propone salir. El propio Queneau propondría un ejercicio de escritura en Exercises de style en la que se comienza con una anécdota, un joven que sube al autobús y al bajar lo hace de mal humor, proponiéndose noventa y nueve posibilidades diferentes de contar esa misma anécdota, que puede parecer simple y banal.

OULIPO utilizaba diferentes recursos para desenvolver la creatividad dentro de una estructura predefinida por el autor, como son los textos formados por lipogramas (omitir sistemáticamente alguna o algunas letras del alfabeto) o el logorallye (escribir un texto en el que aparezcan obligatoriamente, en un orden prestablecido, una serie de palabras sin relación entre sí, pero cuyo resultado sea coherente). De ambas técnicas tenemos ejemplos de Georges Perec, La disparition es una novela lipogramática de trescientas páginas en la que nunca aparece la letra E, la más frecuente en francés; y La vie mode d’emploi, un ejemplo de logo-rallye. Otro de los recursos es el S+7, que consiste en tomar un texto de otro autor y cada sustantivo que se encuentre canjearlo por el que aparece en séptimo lugar tras el original en el diccionario. El resultado puede ser semejante a un cadáver exquisito por la falta de coherencia.

Caledonio Junco de la Vega, bajo el seudónimo Martín de San Martín, escribió cinco sonetos en los que eliminaba una de las vocales en cada uno de ellos. Un ejemplo es el Soneto sin la I:

  

Blanca como la luz que el alba arroja,

pura como la flor que el aura mece,

por ella oculto, peor noble, crece,

este amor que locura se me antoja.

Cuando en llanto su faz la pena moja,

¡cuán hermosa a los ojos aparece!

¡Tanto el pudor en ella resplandece,

que, al ensalzar sus galas, se sonroja!

Pero su corazón amor no altera;

yo del suyo solando con la palma

juré adorarla con el alma entera.

¡Mas todo ve con desdeñosa calma!

¿qué alcanzará? Que grande, hasta que

muera,

guarde entero su amor por ella el alma.

José María de Pereda, al final de su novela Sotileza, incluyó una serie de voces técnicas y locales, entre las que se encuentran juegos oulipianos y que nos sirven para poner un ejemplo de logo-rallye:

Caboteaban arenques. Como abarrotes llevaban mallas de limones y ristras de ajos y cebollas. La mar estaba tan quieta que habían puesto alas en todas las velas. El patrón peroró sobre aligotes y amayuelas como un predicador del Pequod mientras sacaban a las amuras, bajo las arrastraderas, las artes de pescar. Consiguieron unas piezas hermosas que devoraron asadas. Al acercarse a la barra, se cruzaron con varios grupos, los remeros apretados contra las bagras para soportar los bandazos, buscando ganar un espacio tranquilo donde barloventear las barquías y salir del despotismo del barquín-barcón. También alcanzaron buques mayores con pasajeros ociosos en las batayolas y marineros que revisaban parsimoniosos las bitaduras, veleros ufanos de hacer bolinas hasta rozar el agua con las bordas y otros más de agua dulce que enseguida encontraban un pretexto para hacer bota arriba a la banda. Nada nuevo entre la brisa ni bajo el sol, que, a ratos, parecía teñir la calima con botabomba […]

Como podemos ver, los autores que formaron parte de OULIPO inventaron un juego literario en el que integraron a las matemáticas como base para sus construcciones. No se enmarcaban, sin embargo, en ninguna vanguardia, aunque hubo quienes relacionaron a este grupo con ellas. No se trataba ya de contar una historia ni de transmitir un mensaje, sino de poner la originalidad y la diversión al servicio de la creación. Los autores que formaron OULIPO, esas ratas en laberintos, demostraron que otra forma de hacer literatura era posible.

Rodolfo Padilla Sánchez

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