Miles de millones de personas en el mundo creen en un dios. Fernando Trueba cree en Billy Wilder. Yo creo en la novela. Y tengo mis razones. La novela es ancha, es generosa, es mágica, es real. En sus amplios brazos recibe a todo el mundo que quiera ser participe, sin imponerle condiciones abusivas ni penitencias. La novela es un largo viaje que se comienza a solas y se termina en multitud. Es capaz de crear un mundo nuevo, de llevarnos a vivir en él. Y es huérfana. Desde que el pasado 14 de abril de abril en Ciudad de México se despidió Gabriel García Márquez, la novela anda necesitando consuelo para su alma.

Es cierto que Gabo fue también periodista, y que escribió cuentos, y cine, y otros géneros, pero sus novelas fueron ejemplos de novela. En el largo viaje fue donde ofreció su genio desplegado, dando la forma suprema a ese subgénero que tiene antecedentes en Cortázar y otros pero que fue él quien le otorgo la gama suprema, las deformidades justas, el simbolismo exacto. Quienes nunca vivieron en América Latina pueden seguir pensando que el eje del fenómeno es la magia. Pero si hacen la prueba, verán que es la otra mitad, el realismo duro, porque es la magia la realidad del continente. Afortunados, ya no tenemos que ver uniformes ocupando la mayor parte de las fotos de los diarios; los generales y sus delirios de grandeza absurda y nosotros hemos pasado a mejor vida, pero la vida sigue siendo exacerbada. Las urnas no son necesariamente garantía de democracia, y arreglan solo algunas cosas.

Las novelas de Gabo son un espejo donde mirarnos; un espejo delicado, hiperbólico y piadoso, que nos devuelve una imagen precisa de nuestro subconsciente colectivo. Conocer el milagro del hielo a través de un circo, embarcarse en un viaje de ida y vuelta sin final, vivir con el conocimiento de la muerte susurrándonos al oído, todo es maravillosamente posible en el espíritu latinoamericano y en las novelas de García Márquez. Sus novelas eran exuberantes porque la realidad lo es. Gabo consideraba que la imaginación es un instrumento de la elaboración de la realidad y que una novela es la representación cifrada de la realidad. Cuando le preguntaron alguna vez si lo que escribía tenía una base real, dijo  que “no hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad”.

En junio de 1967 tenia cuarenta años y publicó Cien años de soledad, su novela fundamental –aunque no su preferida-, y llegaron las consagraciones, la suya como escritor y la del boom latinoamericano como fenómeno, refrendadas por el Nobel de Literatura en 1982. Hay quienes entendieron premiados a otros escritores del movimiento (Fuentes, Cortázar, Rulfo tal vez) en el Nobel a García Márquez, acaso el más sólido de todos, al entender de la Fundación. El caso es que vivió media vida siendo Nobel, un infrecuente privilegio. Y como formamos una sociedad exitista, la literatura latinoamericana comenzó oficialmente a existir. Un mérito que le debemos. Cien años de soledad fue un éxito inmediato, la primera semana vendió 8000 ejemplares, y en tres años llegó al medio millón, fue traducida a veinticuatro idiomas y se convirtió en la novela del Realismo Mágico por antonomasia.

Otro mérito es que, contra todos los obstáculos que la vida le va poniendo, y que con la vejez arrecian, Gabo siguió escribiendo y escribiendo, y publicando. En 2002 completó su autobiografía, Vivir para contarlo, una extensa obra publicada en dos volúmenes. Y le quedo fuerza para más, su última novela publicada, Memoria de mis putas tristes.

Entre otros muchos trabajos, Gabriel García Márquez publicó, incluidas La Hojarasca, de 1955 y Memoria de mis putas tristes, de 2004 once novelas, y dejó inédita una duodécima, En agosto nos vemos. Fue un extraordinario creador de mundos.

Como símbolo de la magia en la realidad, durante la ceremonia del adiós, en Ciudad de México, cientos de mariposas amarillas despidieron al escritor.

Fernando Blasco

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Un comentario sobre “Un adiós de mariposas amarillas”

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