Érase que se era una vez una ciudad que estaba ardiendo, y era esa novedad lo que la hacía enormemente bella.

La noche, maquillada por el rojo de las llamas, había separado la principal y más larga avenida de la ciudad en dos partes: a este lado aquellos, cuyos padres se habían sentido maltratados y parte de ese rencor lo habían vertido en las ubres de las vacas que habrían de amamantar a sus hijos, lanzaban adoquines. Al otro lado aquellos que los recibían por algo que supuestamente habían hecho pero que no recordaban haber hecho jamás pero que les hubiera gustado hacer porque igualmente odiaban, sin motivo alguno más allá de la mera existencia, a los del otro lado.

La línea divisoria estaba marcada por siete u ocho contenedores que, volcados, ardían soltando un humo negro que hacía llorar a aquello ojos que cruzaba y que cuando alcanzaba cierta altura se convertía en miles y miles de hormigas voladoras que, raudas, alzaban el vuelo para abandonar aquel infierno cuanto antes.

Los hombres de negocios, cuyo beneficio unía lo que no lograba hacer la geografía, se habían puesto de acuerdo desde que se iniciasen los disturbios para condenar aquello que estaba sucediendo en nombre de la integridad, la cordura y, claro está, el dinero. Uno de los casos más llamativo era precisamente el de don Manuel Altoplano, una de las primeras personas en hacer pública su repulsa pero que, bajo la mesa, se frotaba las manos calculando como de sus fábricas saldría nuevo, precisamente, todo aquello que estaba siendo destrozado.

Esto era lo que estaba pasando alrededor de un vidrio que se rompía y caía al suelo como una lluvia compuesta por millones de gotas de cristal tras el impacto de un bate de béisbol que había sido nombrado,paradójicamente, con el nombre de “Aristóteles”.

El escaparate de la tienda de juguetes del doctor Ripoll siempre había sido el objeto de deseo de aquel Espantapájaros. Es más, una vez llegó a conocer a aquel dentista que había decidido cumplir su sueño de vender los autómatas que fabricaba para sus hijos en el poco tiempo de ocio del que disfrutaba.

En algunos mentideros de la ciudad llegó a decirse, no con demasiado crédito, que las piezas dentales que extraía servían luego de materia prima para esta empresa. Fue cuando se acercó a aquel mismo escaparate que ahora rompía para poder admirar más de cerca a aquel payaso de hojalata con un cuerpo casi por completo de color amarillo y una sonrisa roja que resaltaba en el rostro blanco:

– ¡Vete de aquí, andrajoso! Nadie te quiere cerca y vienes a acercarte a mis juguetes ¡Fuera – aún recordaba los dientes que sobresalían en aquel grito- no eres más que una aberración encarnada!

Le había dicho el doctor amenazándole con golpear con una escoba…

Y ahora tenía a aquel autómata al alcance de la mano, extenderla, agarrar y al bolsillo.

– ¿A ti nunca te enseñaron que no está bien robar?

Espantapájaros giró la cabeza y pudo comprobar de dónde había nacido la voz aguda que le increpaba. Aquella chica parecía tan frágil que en cualquier momento fuera a romperse. Sobre los pies desnudos que pisaban el asfalto se elevaba un cuerpo compacto formado casi íntegramente por raspas al que solo cubría de la desnudez una larga camiseta que transparentaba cuanto había debajo. El rostro estaba cubierto casi al completo por un largo cabello negro y lacio del que se descolgaban gotas de agua, que parecían arañas corriendo, a través del cual se asomaban dos ojos grises en los que resaltaban unas pupilas diminutas.

A causa de la diferencia de estatura Espantapájaros bajó la mirada y apoyó el bate en su espalda dando a entender que no estaba dispuesto a usarlo con ella. Era sin lugar a dudas alguien del otro lado:

– ¿Tú no deberías de estar al otro lado de los cubos de basura? ¿Qué haces aquí?

Preguntó Espantapájaros con aquella voz que parecía brotar del fondo de una caverna.

– Me he perdido, salí a pasear y me he perdido ¿Por qué los de este lado siempre quemáis cosas y rompéis cosas, rompéis cosas?

Por un instante Espantapájaros quedó mudo, sin saber qué decir. Por una parte, las palabras de aquella chica le habían dejado sin respuesta. “Por qué es lo que ha de hacerse”, cruzó su cabeza como un relámpago. Pero por otra parte estaba tan acostumbrado a que la gente huyera en cuanto se daba cuenta de su auténtico aspecto que no sabía cómo actuar, y ella le había visto en toda su plenitud. Tal vez la falta de luz se hubiera convertido en su aliado.

– Vaya, vaya- prosiguió la chica- así que el extraño tipo del bate no tiene nada que decir. Veamos- y en ese momento se puso a andar a su alrededor, estudiándolo- un sucio sombrero, una nariz roja, unos ridículos pantalones verdes con más agujeros que tela…

Espantapájaros se sentía bastante incómodo ante el modo en el que aquella chica lo miraba y que ahora se asomaba por debajo de su chaqueta.

– ¡Oh, Dios mío! – en ese momento Espantapájaros daba un salto hacia atrás- Debajo de la chaqueta eres todo esqueleto, todo esqueleto.

– No, yo…

– ¡Me encanta! ¡Déjame ver más!

Espantapájaros se sujetó con fuerza la chaqueta, pero poco pudo hacer, pues la chica había logrado deslizarse bajo ella como una lagartija.

-¡Oh, vaya! – decía la vocecita desde dentro- desde aquí veo latir tu corazón ¡y veo hincharse y deshincharse tus pulmones como si fueran un gran acordeón!

En ese momento notó como la chica presionaba su hígado con dos dedos:

– Cuidado, no hagas eso por favor.

Dijo en voz baja, tal vez con miedo de poderla asustar.

– Perdón, perdón. Es increíble lo que puedo ver desde aquí- en ese momento salía nuevamente de dentro de la chaqueta, por la parte inferior -. Aquí donde me ves, por fuera parezco estar completamente perfecta, completamente perfecta, pero por dentro estoy completamente destrozada.

En ese momento la chica abría sus brazos para mostrarse ante él en todo su esplendor.

Espantapájaros se fijó en como transparentaban los pezones de unos pequeños senos a través de la camiseta blanca y la sombra del vello púbico.

– Tengo los huesos de cristal, o eso me han dicho porque yo no soy como tú. No soy como tú. Quiero decir que no se me pude ver el interior como a ti. Eso hace que con el frío y el calor mis huesos se agrandan y encojen, y encojen. Y eso hace que se claven en mis músculos que continuamente buscan el modo de acoplarse a ellos. Cuando eso sucede apenas puedo moverme de la cama. Y eso sucede casi todo el tiempo.

Espantapájaros se había dado cuenta de que la chica tenía tendencia a repetir algunas palabras, llegó a parecerle algo simpático. Algunas gotas comenzaron a caer, por lo que la chica levantó la palma de su mano para cerciorarse de que así era, guardando en ella algunas de aquellas gotas.

– Y eso no es todo- prosiguió-, a veces…

En ese momento presionó su globo ocular con el dedo índice. Espantapájaros al ver eso, no pudo menos que dibujar en su rostro lo que parecía ser un gesto a medio camino entre el asco y el dolor. Por aquel hueco que había hecho entre el ojo y el hueso comenzaron a aparecer lo que se asemejaban a dos antenas seguidas de una cabeza. Cuando la cucaracha terminó de aparecer la cogió con delicadeza entre sus dedos índice y pulgar y con la otra mano levantó la gran palma de Espantapájaros para posarla allí como si fuese algo tremendamente valioso. Entonces comenzó a corretear alegre por el brazo hasta que desapareció dentro de la chaqueta.

– ¿No ves?

Dijo la chica encogiéndose de hombros.

– Estoy tan enferma- decía dando vueltas sobre si misma bajo la fina lluvia – en contra de lo que pudiera parecer, lo que pudiera parecer, que no recuerdo la última vez que salí a la calle.

Espantapájaros estaba un tanto desubicado, nunca nadie se había tomado la molestia de hablarle y aquella chica no solo, al menos para él, era normal, o al menos más que él, sino que era portadora de una enigmática belleza.

– ¿No es maravillosa la lluvia cayendo sobre alguien? Aquellos que tenéis todo no sabéis apreciar la auténtica belleza.

Los pensamientos comenzaron a agolparse bajo el sombrero de Espantapájaros, que había quedado bastante sorprendido de que alguien en este mundo pudiera llegar a considerar que un tipo como él pudiera tenerlo todo. Hasta que la chica empezó a doblarse sobre si misma, sujetando su tripa.

– Aquí vienen- dijo con voz ronca-, tú no te preocupes. A veces simplemente pasa…

Espantapájaros hizo el intento de acercarse, pero ella indicó con una mano extendida que lo mejor era no hacerlo. El gesto de dolor en su rostro era evidente, hasta que la parte de la camiseta que cubría su entrepierna comenzó a teñirse de rojo y un hilo de sangre comenzó a recorrer su muslo como un riachuelo dispuesto a morir en la rodilla.

– Tú no te preocupes cuando sucedan estas cosas, estas cosas. Tú simplemente ten paciencia- y se esforzó en poner en su rostro la mejor de sus sonrisas- ¿Sabes qué? Que no eres feo del todo.

En ese momento Espantapájaros a punto estuvo de ahogarse en su propia saliva. Sin embargo, dio un respingo en cuanto vio que la chica ponía sus manos sobre su boca haciendo de altavoz:

– ¡Soy libre! – gritaba a voz en grito- Por primera vez en mi vida me siento completamente libre.

Y su voz ascendió por la noche hasta resonar por encima del ruido de los impactos que se estaban produciendo. Fue, por tanto, así como Espantapájaros tuvo que coger de la mano a la chica para arrojarla, literalmente, al interior de la tienda de juguetes del doctor Ripoll.

– ¡Estás loca, chica! – decía la voz cavernosa de Espantapájaros- completamente loca ¿no sabes aún que vienes del otro lado y que es peligroso?

No habían terminado de aterrizar sobre el polvoriento suelo cuando por allí pasaban tres adolescentes haciendo rodar otros tantos neumáticos prendidos y empujados por una vara de metal.

Miraban a un lado y al otro buscando, tratando de averiguar de dónde venían aquellas voces. Como la búsqueda se antojaba que llevaría algo de tiempo la propia adrenalina los llevó a seguir hacia delante tratando de buscar víctimas más accesibles.

La huesuda mano de Espantapájaros tapaba con fuerza la boca de la chica, que puso las suyas sobre aquella:

– Es la última vez que se te ocurre hacer algo así ¿me estás oyendo? De lo contrario me veré obligado a…

Y la dirigió hacia un rincón de la estancia, donde se tiró al suelo sin soltarla aún. La respiración de ambos se fundió con el polvo que, suspendido, flotaba. Cuando sintió que el peligro había pasado por fin la soltó. Ella empezó a decirle:

– Voy a tener que enseñarte modales, monstruito- y en ese momento elevó la mirada para hacer coincidir sus ojos con los de él-. Por cierto, me gusta el tacto de tu mano.

Espantapájaros notó en ese momento una delicada mano que sostenía la suya.

– No me llames monstruo, soy Espantapájaros.

– Cállate-, respondió sin dejar de acariciar la mano- te llamaré como me dé a mí la gana. Estás haciendo feliz a una chica que habitualmente, la mayor parte del tiempo, no lo es, no lo es ¿no hace un poco de frío monstruito?

– No me llames…

Pero no terminó la frase porque la chica le interrumpió.

– Te noto un poco tenso, monstruito- Espantapájaros sentía que desde que había dicho que no se le llamase así ella lo hacía con mayor insistencia-. Tranquilo, nadie nos encontrará aquí. Sólo un degenerado se pondría a asaltar una tienda de trozos de hojalata mecanizados- al decir esto último, Espantapájaros tuvo auténticos deseos de apretar su cuello fuertemente con sus manos para que callara de una vez-mecanizados. Y en caso de encontrarnos ¿no crees que si acaban con nosotros nos hacen un favor antes que un perjuicio?

Aquello dejó a Espantapájaros sin saber muy bien qué responder. En parte tenía algo de razón, pero hasta los seres más despreciables sentían el instinto de permanecer con vida a toda costa. Por otra parte, cada vez notaba más el peso del cuerpo de aquella chica sobre el suyo, sentados en aquel rincón. La espalda contra la pared y las piernas en el frío suelo. A su alrededor se amontonaban los juguetes que habían sido la delicia de cualquier niño, pero de otro tiempo: una bailarina, un mono saltarían…

Por un instante sonó un crujido, un resorte pareció activarse, como si hubiera estado aguantando durante muchísimo tiempo para ponerse en movimiento cuando hubiera quien mirase. De algún sitio oculto por la oscuridad llegó un diminuto hombre de hojalata vestido como si fuera el jefe de pista de un circo decimonónico. La chica no pudo menos que sonreír justo antes de que el autómata hiciera una leve reverencia ante ellos y chocase con el enorme pie de Espantapájaros. Lo que provocó que siguiera moviendo sus piernas en el aire caído de medio lado.

– Tengo frío monstruito.

Dijo en un bostezo y metiéndose bajo la chaqueta de Espantapájaros, el cual sentía que poca oposición podía hacer ante lo que aquella extraña chica quisiera hacer.

-Oh, esto es mejor.

Oyó como decía una voz aguda dentro de él y como una cabeza se introducía bajo su caja torácica, lo que produjo que se retorciera un poco y soltase un, apenas audible, quejido.

– Podrías meterte en el papel y abrazarme un poco ¿es mucho pedir monstruito?

Espantapájaros la rodeó con los brazos de un modo torpe e inexperto. Pronto comenzó a darse cuenta de que le gustaba el calor que desprendía el cuerpo de aquella chica. Eso le llevó a fantasear con la idea de que sería bonito tener a alguien viviendo detrás de sus costillas, compartiendo espacio con pulmones y corazón, como un pequeño gorrión viviendo en una jaula de huesos que se pone a piar por la mañana pidiendo su ración de sangre. Y que es incapaz de vivir en otro sitio que no sea ese. Y cuyo único calor que recibe es el de ese corazón que se pone en movimiento y esos pulmones capaces de ofrecer un lecho de lo más confortable para un simple polluelo.

Pero aquellos pensamientos fueron detenidos por las piernas desnudas que sobresalían bajo su chaqueta que comenzaban a separarse lentamente la una de la otra, tal vez buscando una posición más cómoda.

– Monstruito, he notado el modo en el que me miras. Te dejo que guardes un dedo dentro de mí. No te preocupes, no eres el primero: mi padrastro lo hacía muchas veces. Creo que es de esas cosas que os gusta hacer, os gusta hacer.

En medio del silencio que se había producido entre los dos, la mano inexperta de Espantapájaros surcaba un muslo como si fuese una carretera hacia el infierno mientras la ciudad seguía ardiendo, y las estrellas incandescentes, caían sobre el asfalto como ceniza de pirotecnia.

– Tus tripas son tan calentitas, me recuerdan al brasero que siempre tenía la señora Márquez bajo la mesa, daba igual fuera invierno o verano, o verano ¿sabes? Siempre quise dormir sobre el corazón de alguien, de alguien – dijo la chica apoyando la cabeza en aquel lugar al mismo tiempo que bostezaba, presa del sueño producido por el sobre esfuerzo que había hecho aquella noche.

Su cabeza subía y bajaba siguiendo el ritmo de los latidos, y en su oído podía oír el trabajo que se estaba llevando a cabo allí dentro con la sangre pasando de un compartimento a otro.

– No sé por qué nos estamos matando, nos estamos matando, – continuó diciendo- no dejes que pase frío, por favor. Pero si no llega a ser por esto que está pasando probablemente me hubiera muerto sin haber salido de casa ¿me dejas quedarme a vivir dentro de ti? Me siento protegida aquí dentro ¿tendrás que matarme cuando se haga de día? Se supone que es lo que deberíamos de hacer, eso dice la radio, eso es lo que está haciendo todo el mundo, todo el mundo.

Tras unos segundos en que la respuesta se había quedado al borde de los labios de Espantapájaros pero que no terminaba de decidirse a darle el último empujón contestó:

– Sí, desde luego que te dejo, que te dejo.

Lo dijo tan bajo que apenas se oyó, pero no importaba. Ella ya dormía a la vez que su cabeza subía y bajaba y algunos mechones de pelo se habían enredado en las costillas que la protegían mientras una mano la protegía como si fuera una flor y otra se hundía dentro de ella.

Al día siguiente todos los diarios de tirada nacional abrían en portada hablando de los bárbaros que incendiaban la ciudad. Su locura había llegado a tal extremo que habían comenzado a atacarse entre ellos mismos. El mayor ejemplo de esto era el del cadáver aparecido en la juguetería del doctor Ripoll.

Pero los diarios nunca hablaron de la sonrisa en el rostro de aquel cuerpo inerte, ni del abrazo al vacío con el que había decidido entrar a la eternidad. Latido a latido.

Los periódicos de tirada local, por su parte, hablaban de cómo eran maltratados por los de tirada nacional, e invitaban a todo el mundo a disfrutar del festival de pirotecnia que se estaba celebrando.

Si la ciudad quedaba arrasada ya no importaría, pues las personas que vivían en ella no solo habían olvidado que aquellos que eran sus enemigos ahora hacía no mucho era con quienes tomaban café, hablaban de fútbol o hacían el amor. Habían perdido tanto el norte que ya no sabían dónde estaba el sur.

El caso más llamativo fue el del reputado hombre de negocios don Manuel Altoplano que se vio obligado a presentarse a las puertas del psiquiátrico de San Juan con su enferma hijastra: había amanecido con el pelo cortado a mechones, envuelta en unas tripas de quién sabe qué, de las que se negaba a soltarse alegando que el frío se había metido dentro de sus huesos de cristal y aquello era el único abrigo que lograba hacer que entrase en calor. De las cucarachas que aparecieron bajo su cama no dijo nada.

Nunca más volvería a salir de allí, pero el recuerdo de una noche que durmió en el suelo de la tienda de los autómatas le acompañó hasta el final de sus días.

Y esta es mi historia

Rubén Blasco

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