Como es habitual en los tiempos que corren, tras el fallecimiento de una figura clave en la historia reciente de España, la prensa se llena de artículos, los informativos hacen un repaso, más o menos extenso, a su figura y las redes sociales de mensajes de condolencia, acabando la cosa con un “like” un retuiteo o un comentario más o menos.

Sí, Julio Anguita nació en 1941 en Fuengirola, provincia de Málaga. Sí, Julio Anguita murió ayer, 16 de mayo de 2020, en Córdoba. Y sí, fue el Secretario General del Partido Comunista de España, Coordinador de Izquierda Unida, Alcalde de Córdoba y Diputado en el Congreso de los Diputados. Sí, Julio Anguita fue todo eso pero, también fue mucho más, muchísimo más.

Julio Anguita fue, lo expreso en pasado, aunque hasta hace bien poco fue en presente, un referente para las nuevas generaciones de militantes de izquierda y para muchos de sus nuevos dirigentes. Más allá de su retirada de la escena política pública en el año 1999 del pasado siglo, su figura ha ido creciendo como referente tanto por su independencia como por su altura moral, ética y, también estética, en un país donde quién no se aprovecha de las coyunturas que le son favorables se pueden contar en unidades.

Se forjó en política en un país y una época en la que SÍ había una dictadura real. Cuando la pertenencia al Partido Comunista era tener muchos números para sufrir detenciones, torturas, encarcelaciones y, según como, la propia muerte. Una época en que estas contingencias no eran meras palabras a utilizar en un discurso retórico como ahora. Una época en la que la lucha obrera y por los derechos de la ciudadanía estaba dividida entre partidos y asociaciones de diferentes sensibilidades pero que confluían en ese pretendido bien común. Una época en la que existía una diferencia muy marcada entre los que lucharon desde el exilio y los que lo hacían en el interior, tocando y sintiendo la realidad social a la vez que los peligros de hacerlo, haciendo a estos últimos mucho más abiertos, menos dogmáticos, más plurales.

Me vienen a la memoria nombres que puedo relacionar con el de Julio Anguita: Marcelino Camacho, Nicolás Redondo y Gerardo Iglesias entre otros muchos. Hombres luchadores, comprometidos, con ideales y con fuerza para defenderlos tanto en la época de la clandestinidad como de forma pública tras la llegada de la democracia. Referentes morales, que basaron tanto su acción política, su lucha y su compromiso en la restauración de las libertades individuales, los derechos colectivos y la mejora de las condiciones de vida de la ciudadanía en general. Personas que creían en la unión de los derechos con los deberes, que defendían lo de los límites de mí libertad respecto al inicio de la tuya. Personas de posiciones claras y firmes, pero, a la vez, sin frentismos ni negación o estigmatización, bastante la habían sufrido en sus propias carnes, del adversario político, que no enemigo.

Palabras claras y hechos más claros todavía. Posición adulta en un hemiciclo donde no se escenificaban sainetes. Pensamiento crítico siempre, casi anarquista. Seriedad. Gesto y comportamiento adusto. Programa-programa. Primero el acuerdo, luego el reparto de cargos. Renuncia a su pensión vitalicia por ser diputado. Derechos sí pero…con ética, y ¿por qué no?, con estética

Carlos Marqués Lacalle

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