Si hay una palabra que, desde mi punto de vista, describe la situación que estamos viviendo desde hace un par de meses, esa es pérdida. En España se han producido hasta la fecha cerca de 30.000 fallecimientos, cifra equivalente a la práctica desaparición del conjunto de los habitantes de una pequeña capital de provincia, como Soria o Teruel. Como si de un mal sueño se tratara, nuestro pequeño, y a la vez global, mundo se ha desmoronado de un día para otro. Las cosas ya no serán igual, al menos durante un largo tiempo.

Se han ido para siempre muchas personas anónimas, en su mayor parte después de una vida de trabajo y sacrificios, pertenecientes a una generación que nunca lo tuvo fácil. También nos han dejado en estos días algunos personajes públicos, destacados periodistas, dibujantes, músicos… Y trabajadores sanitarios, demasiados, la primera línea de combate frente al virus, víctimas de la covid-19 y de las consecuencias que para el sistema de salud pública han tenido las políticas de recortes y la privatización de servicios y gestores.

Aunque no haya sido debido a esta enfermedad que nos asola, se acaba de ir Julio Anguita, un político tan necesario como irremplazable -resulta esclarecedor que al escribir su nombre en Google este vaya asociado a la palabra maestro, eso es lo que era en toda la extensión del término- la democracia española se ha quedado sin su mente más lúcida, sin uno de sus servidores más honestos.

Muchos hemos visto peligrar nuestro puesto de trabajo, y muchos lo han perdido temporal o definitivamente. En gran cantidad de hogares la situación económica, ya de por sí difícil, está siendo insostenible, como reflejan las imágenes de enormes colas para recibir una ayuda alimenticia. Qué complicada situación esta en la que resulta necesario hacer malabares entre la protección de la salud y la necesidad de sostener un sistema económico que nos permita seguir comiendo porque, por desgracia, de momento no tenemos otro.

Los que hemos tenido la suerte de no contraer la enfermedad, al menos por el momento, hemos recibido una gran ocasión para reflexionar. En lo personal han sido dos meses llenos de altibajos, a un primer momento en el que la sensación principal era similar a un frenazo en seco durante una carrera, le han sucedido instantes de miedo, incertidumbre laboral y apatía. Como trabajadora precaria que soy he tenido que esperar mes y medio hasta recibir la confirmación de que volveré en breve al trabajo, al menos a uno de ellos. Obligaciones laborales y de estudios me llevaban a caminar durante horas cada día, el hecho de tener que permanecer encerrada de manera casi permanente ha sido duro, física y psicológicamente. Por otra parte he tenido la posibilidad de ocuparme un poco más de mi misma, de realizar algunos pequeños proyectos para los que no encontraba hueco y de pensar, de informarme sobre algunos temas que había dejado de lado y que resultaron de gran ayuda a la hora de terminar con una relación que me estaba destrozando psíquica y emocionalmente.

Las crisis no nos hacen mejores ni peores, simplemente permiten que salga lo que llevamos dentro. La rutina diaria funciona como un piloto automático, no deja un margen adecuado al pensamiento reflexivo, si algo hemos ganado después de tanta pérdida ha sido eso, la oportunidad de pararnos a pensar.

Pilar López Vilas

   Send article as PDF   
anthropologies

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.