En la calle Letort, frente al bar Dionis donde algunas tardes sucede el té verde a la menta o la cerveza, según lo que el termómetro sugiera, hay un local chiquito, apenas rectangular, casi vacío pero siempre ocupado. La fachada de Le Barbier des Faubourgs está pintada de blanco, sencillo y limpio como una panadería de pueblo, y tiene un gran cristal por el que se puede mirar sin espiar. En la parte central de la vidriera, una foto que anticipa las intenciones de su propietario: un grupo de una treintena de personas, mujeres y hombres, edades diferentes, en formación de plantel de futbol en foto de temporada, todas ellas luciendo un bigote mostacho que las uniforma. Anticipa. Dentro, un espejo mural una mesa y un sillón de barbería, antiguo, de esos de los que ignoro el modelo pero lo tienen, y hasta debe de haber expertos que discutan el año de fabricación como un dato fundamental para la vida futura.

El barbero es un tipo joven, cuando la juventud es un concepto subjetivo, y cada vez son más viejos los que son jóvenes, digamos unos casi cuarenta. Barba larga, entrecana y cuidada, pelo casi rapado en los costados y apenas largo en la coronilla, lo suficiente para peinarlo en una especie de casco aerodinámico, liso, prolijo, y también entrecano.  Seguramente no seré capaz de que mis palabras contengan el grado justo de curiosidad, atención y simpatía que me merece el personaje. Un delantal blanco corto, a medio muslo, y maneja las manos con destreza. Lo sé porque paso por la puerta con frecuencia y nunca lo hago sin detener el paso y observar. Siempre tiene algún cliente en el sillón y alguien más esperando. Siempre trabaja. Y siempre prometo que llegara el día en el que me decida a entrar, solo me detiene la duda de si seré capaz de explicarme, si será capaz de entender mi maraña.

Hace dos días pasé una vez más por el frente de la peluquería, era cerca de la hora de comer y Jean, llamémoslo Jean, no tenia clientela, terminaba en ese instante de barrer el suelo del local y se sacaba el delantal blanco. Los contrastes siempre me atrajeron. Debajo del blanco apareció un rocker consumado, armónico con el corte y la barba, y apareció también lo que no ocultaba, y que entonces tuvo armonía, unas botas de cuero marrones, cerradas por encima del tobillo y del pantalón. Entonces me decidí, y mis intenciones de convertirme en cliente de la barbería del barrio tomo forma.

Lección primera: Siempre siempre siempre desconfiar de los uniformes. Y una vez más: siempre.

Tarea para el mes que viene: ir a la peluquería.

Fernando Blascoa

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