En los márgenes de la rutina, donde el ritmo frenético de nuestra modernidad silencia las voces más frágiles, viven los olvidados: ancianos cuya sabiduría se desvanece en un mundo utilitarista que ya no los necesita; enfermos que anhelan vivir plenamente; pueblos perseguidos por su fe o etnias minoritarias de tradiciones que se diluyen en atracciones para el turismo. Sus historias, cargadas de vida, amor y resistencia son legados de humanidad que claman por ser escuchados.

La lente sensible del cine viene recogiendo estos relatos desde sus inicios: películas, documentales, animación,… Pero son las producciones independientes y en industrias menos, digamos, mainstream, que desde hace tiempo vienen tejiendo las narrativas más auténticas y quizá las más bellas. Historias sencillas, simples y de gran corazón, que recuerdan la habilidad del medio para comunicar verdades universales a través de fronteras internacionales y culturales.

Personajes multidimensionales que trascienden sus condiciones y un arte visual que sabe capturar la belleza de lo cotidiano nos invitan a mirar hacia esos márgenes donde la vulnerabilidad se convierte en fortaleza; donde las luchas y sueños de los olvidados brillan con luz propia.

CAMINOS LENTOS EN UN MUNDO ACELERADO.

Nuestros mayores caminan lento en un mundo que corre y no los espera. Cargan con el peso de la experiencia y una sabiduría invisible. En sociedades utilitaristas definidas por la productividad son relegados a centros, sus voces ignoradas, sus creencias tildadas de anticuadas y sus necesidades, más allá de la supervivencia, se pasan por alto.

Shubhashi Bhutani parte de esto en su primera película, “Hotel Salvación” (2016), inspirada en la historia de un verdadero huesped del famoso Kashi Lab Mukti Bhavan de Benarés, India; uno de los  varios hoteles a orillas del Ganges en los que miles de ancianos y enfermos llevan décadas alojándose para esperar a su muerte. Daya decide tras un mal sueño que ha llegado su momento de peregrinar a Benarés para su mukti (liberación del espíritu del continuo ciclo de muerte y renacimiento). Indignado, su hijo se ve obligado a tomarse un tiempo del trabajo y su familia para acompañarlo en lo que termina siendo un viaje para reenamorarse de la vida, la reconciliación familiar, la comprensión de la finitud humana e incluso una celebración de la buena muerte.

Con una fotografía cálida y colorida y una narrativa pausada que captura la espiritualidad hindú, el director indio se desprende de sentimentalismos vacíos y dramas sensacionalistas para reivindicar la dignidad de envejecer. La película es una celebración de la vida, con sus complejidades y paradojas,  que reflexiona sobre el impacto de la vejez y la muerte sobre toda la familia repleta de compasión y del humor que los roces propios del afecto intergeneracional suelen provocar.

Porque Daya es viejo pero también es hombre y padre; y en la vulnerabilidad de sus últimos días – se supone – abraza su fe y trata de enseñar a su hijo el valor del cuidado mutuo hasta el final.

Es un cuento sencillo y profundo sobre cómo vivimos, cómo perseveramos, cómo interactuamos y cómo expresamos nuestro amor. Un cuento que nos habla sobre afrontar la vida tal cual es para seguir adelante con ella; que nos enseña que aceptar la verdad y vivir de acuerdo a ella es vivir una vida completa.

“Hotel Salvación” es un cuento sobre la vida tanto como sobre la muerte y así ofrece su lección más importante: que el adiós más perfecto y poético no tiene por qué esperar al final.

Así, da la mano a Tokue, la anciana que protagoniza “Una pastelería en Tokio” (Naomi Kawase, 2010). Enferma de lepra, encuentra trabajo en el humilde puesto de dorayakis de Sentarô. Su enfermedad la ha marginado toda la vida pero no la define: Tokue es una soñadora, una artesana, una paciente maestra de la pasta de judía dulce.

Kawase se recrea en la elaboración de la pasta de judías con primeros planos bañados de luz etérea y colores suaves intercalados con imágenes de hojas y pétalos de cerezo moviéndose al viento para convertir este relato en un poema sobre la libertad y la alegría en lo cotidiano.

Sin muchos diálogos, la amistad que crece entre Tokue, Wakana una joven que busca su camino en la vida y Sentarô, ahogado por las deudas, destilando afecto y servicio, resulta ser el gran revulsivo que necesitaban.

Sin discursos explícitos, Tokue representa el estigma que viven los pacientes de cierto tipo de enfermedades, aún hoy en día, que quedan relegados al ostracismo incluso en países completamente desarrollados y tecnificados. Con todo, ella personifica la importancia de poner el corazón en el trabajo y apreciar nuestras experiencias sensoriales como caminos para enriquecer nuestra vida (ambos son valores antiguos japoneses arraigados en el budismo zen, actualmente más olvidados ante lo trepidante de la vida moderna).

No es capricho que esta historia se desarrolle durante la temporada de la flor del cerezo. Son flores enormemente valoradas por los japoneses que, por su belleza y brevedad, portan consigo un doble significado de esperanza y muerte en un recuerdo de que la vida es corta así que hay que vivirla al máximo.

ESPERANZA EN MOVIMIENTO

En un mundo que idolatra la capacidad y la productividad, la identidad de enfermos y discapacitados suele quedar reducida a etiquetas clínicas pues sus vidas se desarrollan muchas veces al margen de las del resto del mundo. Diagnosticados de enfermedades raras, con problemas de movilidad, con discapacidades sensoriales,… condiciones por lo general incurables y muchas veces degenerativas, se enfrentan al día a día con sus sueños, deseos y contradicciones, no con el objetivo de ser vistos como víctimas o héroes sino de conseguir vivir plenamente dentro de sus circunstancias.

La literatura y el cine, con su capacidad para la empatía, consiguen en los mejores casos capturar esas historias con una autenticidad que trasciende las etiquetas clínicas utilizando las condiciones de sus protagonistas como situación marco para presentar al público personajes fascinantes que a través del amor, la vulnerabilidad y el cuidado mutuo desafían toda exclusión. “Los principios del cuidado” (Rob Burnett, 2006) y “El color del paraíso” (Majid Majidi, 1999) son retratos conmovedores de esta lucha por una vida libre.

“Los principios del cuidado” – basada en el libro homónimo para el que Jonathan Evison se inspiró en su propia experiencia como cuidador de un adolescente llamado Case – presenta a Ben, un escritor retirado tras sufrir una tragedia personal que comienza a trabajar como cuidador con Trevor, un adolescente con distrofia muscular de Duchenne (enfermedad que afecta a uno de cada 3.500 hombres). Ante la vida monótona, rutinaria y confinada que lleva el joven, Ben les convence a él y a su sobreprotectora madre para emprender un viaje por carretera para visitar las atracciones ‘más cutres’ de Norteamérica, que Trevor ha ido marcando cuidadosamente en un mapa durante años. Durante el viaje, como en todo road-trip que se precie, se unen nuevos personajes y dificultades varias que ponen su amistad y capacidades a prueba.

La película no centra su narrativa en la discapacidad, sino en la relación entre Trevor y Ben, un vínculo ensamblado a base de humor, roces y un cuidado mutuo que transforma a ambos. Trevor no es sólo un joven con distrofia: es un adolescente ingenioso, sarcástico y lleno de sueños, como su obsesión por visitar el pozo más profundo del mundo.

En este sentido, es particularmente bonito, y divertido, cómo son una constante en la película los intentos de Ben por cumplir el mayor deseo de Trevor en caso de no estar enfermo: «mear de pie»; algo que es a la vez cotidiano y profundamente simbólico, una búsqueda de autonomía en un cuerpo que no responde para lo más básico.

Los vastos paisajes del oeste estadounidense reflejan la libertad que persiguen, mientras que los tonos cálidos de los atardeceres refuerzan la calidez de su conexión. Y los diálogos, repletos de humor e ironía cruda aprovechan para explicar con naturalidad las limitaciones que provoca la distrofia muscular de Duchenne sin caer en el pesimismo y la conmiseración.

Alejándose de la idea inspiracional/motivacional habitual de este tipo de films en los que el personaje central es, en cierto modo, un problema con nombre, presenta con realismo la relación entre cuidador y cuidado con la que muchos se han identificado pues el trabajo de un asistente debe orientarse, dicen, hacia conseguir que el cuidado viva una vida lo más completa y abundante posible. Aunque podría parecer excesivamente simple y llena de clichés, cada paso y personaje aparece de manera estudiada y deliberada para mantener una idea ya sabida pero que siempre conviene recordar: somos capaces de más – y mejor – de lo creemos; y la duración de la vida no importa tanto como su calidad; pero a menudo son las relaciones inesperadas que forjamos por el camino las que nos salvan.

En un tono mucho más emotivo, como si de una fábula se tratara, “El color del paraíso”, de Majid Majidi, nos lleva al Irán rural, donde vive Mohammad, un niño ciego. La narrativa, impregnada de fe y poesía, se centra en su relación con su familia y su deseo de ser amado.

Su sensibilidad, plasmada en su capacidad para ‘escuchar’ la naturaleza, convierte su ceguera en una lente para ver lo invisible; es un poeta, un hijo, un creyente que encuentra en la tradición islámica un refugio espiritual.

Toda la familia ama profundamente a Mohammad pero Hashem, su padre, viudo, se debate entre el cariño que siente por el niño y la vergüenza que le provoca tener un hijo ciego. De hecho, ante su reciente compromiso, no ha hablado a su novia ni a su familia política del niño y cuando llegan las vacaciones, decide dejar a su hijo con un carpintero ciego para que le instruya.

La fotografía de Majidi, con campos verdes y ríos cristalinos y el uso magistral del sonido —el canto de los pájaros, el murmullo del agua— crea una narrativa sensorial que sumerge al espectador en el mundo de Mohammad; un canto a la belleza que el niño percibe a través del tacto y el sonido.

La película, que comienza con Mohammad subiendo a un árbol para devolver cuidadosamente a un pajarillo a su nido, cuida en extremo la documentación del Irán rural y sus dinámicas familiares, evita los clichés trágicos en secuencias cargadas de esperanza. Como la conversación con el carpintero en la que entre lloros porque su padre le ha dejado ahí, el niño cuestiona por qué Dios le haría ciego si le ama más que a nada. La ternura y belleza del diálogo que sigue, aunque triste, descubre cómo cómo el amor de Mohammad por el mundo que lo rodea y su fe lo sostienen frente al rechazo de su padre.

Hashem, demasiado preocupado por el qué diran y las supersticiones, da la espalda a los consejos de su familia, incluso de su madre, y esto hace que pierda todas sus esperanzas.

Es un un cuento de final agridulce, no hecho según los cánones occidentales, en el que Majidi nos recuerda la importancia del amor más puro del que el crítico Roger Ebert decía que si había un trabajo para gloria de Dios por la belleza de su historia, era este.

HEREDEROS DE LA TIERRA: LA LUCHA POR LA FE Y LA TRADICIÓN.

Si los enfermos luchan por ser incluidos en un mundo que los margina por su capacidad, encontramos un desafío igualmente visceral en aquellos perseguidos por su fe y anulados por la etnia en la que nacen. Ante la conformidad exigida, la fe y la tradición se convierten en actos de resistencia a menudo pagados con sangre o con el lento borrado cultural.

Si bien la persecución religiosa ha dado lugar a numerosos guiones a lo largo de las décadas, las masacres que se vienen perpetrando contra los cristianos en los últimos años principalmente – aunque no sólo –  por el islamismo radical (más de 52.00 muertos sólo a manos de Boko Haram entre 2009 y 2023) no están encontrando el espacio en el diálogo común proporcional a las cifras y daños que produce. A pesar de ello, sí encontramos algunas producciones que recogen y profundizan en estos estos hechos y dejan un legado audiovisual que recuerda y honra a las víctícmas ahondando además en aquello que ellos mismos valoraron más que sus vidas.

Es el caso de “The 21” (Tod Polson, 2024), un cortometraje inspirado por el video que el ISIS publicó el 15 de febrero de 2015 con la decapitación en una playa de Libia de veintiún trabajadores de la construcción (veinte egipcios y un ghanés) cristianos coptos.

Secuestrados durante cuarenta días, se les ofreció la libertad varias veces a cambio de renegar del cristianismo y convertirse al islam, pero todos ellos se negaron una y otra vez a pesar de las crecientes torturas físicas y psicológicas a las que fueron sometidos hasta su decapitación.

Para contarlo, se nos ofrece un corto extremadamente cuidadoso a la hora de reflejar la fe y tradiciones de “Los 21”. La historia, condensada en pocos minutos, no necesita adornos para transmitir su peso: las imágenes del mar, que oscila entre la calma y la violencia, simbolizan tanto la tragedia como la trascendencia de su fe. Los tonos apagados y el sonido de las olas crean una atmósfera de solemnidad que refleja la crudeza de su sacrificio. La producción requirió de especialistas e iconógrafos para desarrollar un estilo visual que se asemeje al simbolismo de la estética tradicional copta.

La banda sonora y el diseño de sonido se inspiraron en la vasta herencia musical de la zona: las compositoras contaron con músicos clásicos coptos para componer y grabar una obra sinfónica adornada con instrumentos tradicionales egipcios.

Una producción de cinco años en la que el equipo se documentó con periodistas asociados al ejército libio, familiares de los asesinados y ex-miembros del Estado Islámico para poder reproducir lo ocurrido durante su cautividad con exactitud. De hecho, recrean partes de video original que el ISIS hizo público, sin temor a la violencia que de ello se desprende pero en el contexto de la heroicidad espiritual de los hombres que murieron.

Ésta queda plasmada en la narración con cielos que se abren en rabioso llanto y un ejército celestial que escolta a los veintiún hombres mientras caminan hacia su muerte. Mandi Hart, productora de la cinta, reflexionó cuando le preguntaron por la inclusión de estos elementos sobrenaturales: «Sólo nosotros. Solo el Occidente cultural tiene dificultades con lo sobrenatural. Es una afrenta a lo racional. Pero somos la minoría. La mayoría, con menos poder cultural, no tiene ninguna dificultad con eso».

Para Polson y su equipo (más de setenta personas de veinticuatro países), este film busca ser un tributo estos mártires y sus familias y, también, un eco de la persecución que continúa en África, desde Nigeria hasta Mozambique, regiones dominadas por el islamismo radical, como los ataques de Boko Haram o ISIS en el Sahel y Oriente Medio. lejos de ser derrotista, exalta la fe y el amor que estos hombres profesan, convirtiendo su historia en un testimonio universal.

Los veintiuno son mártires oficiales, reconocidos por las iglesias católica y ortodoxa, y se los celebra el 15 de febrero.

La uniformización cultural se explora en “Ainu Mosir” (Takeshi Fukunaga, 2020). La película sigue a Kanto, un joven descendiente del pueblo ainu en Japón, que acaba de perder a su padre y debe enfrentarse a una vida entre dos mundos: el moderno, en el que desea vivir, y el de sus ancestros, que está comenzando a descubrir y a amar.

Fukunaga colabora directamente con la comunidad ainu para rodar esta cinta, sin actores profesionales, centrada en la relación del protagonista con su madre y su comunidad, donde la tradición ainu —sus rituales, su conexión con la naturaleza— choca con el turismo, provocado por la curiosidad ante su modo de vida, y la modernidad de la globalización.

La autenticidad de lo que se muestra resalta la lucha por preservar una tradición viva. De hecho, de manera sutil, se insinua veladamente la existencia de programas reales de preservación y revitalización cultural.

Esto, teniendo en cuenta que la historia de Kanto es su rito de paso a la madurez, representada por la ceremonia Iomante: prohibida completamente desde el año 2007, un oso pardo que ha sido criado con esmero se mata en sacrificio ritual al final de una ceremonia para recordar la sacralidad de la vida en agradecimiento a la naturaleza. El alma del oso regresa así al Kamuy Mosir (o Kamuy Moshiri, el Mundo de los dioses; en contraposición Ainu Mosir/Moshiri es el Mundo de los humanos) y su cuerpo, su disfraz, queda como regalo de los dioses a los hombres para servir de abrigo y comida en gratitud por la hospitalidad recibida.

Su realización íntima, estilo fly-on-the-wall, la fotografía de paisajes nevados de Hokkaido y los rituales ainu capturados con respeto son un canto a la identidad cultural. El director premite así que las emociones surjan a través de las interpretaciones y la música en lugar de depender de los diálogos construyendo escenas que comunican por sí solas y enriquecen la historia con una fuerza silenciosa que nos introduce al mundo de aquellos a los que miramos de lejos.

Los sentimientos finales de Kanto no quedan claros para dar espacio a los del espectador, pero el tono, cálido y esperanzador, celebra la capacidad de permanecer de Kanto y su pueblo.

Lunana, un yak en la escuela” (Pawo Choyning Dorji, 2019), nos lleva a Lunana, la aldea más remota de Bután, junto con Ugyen, un joven maestro que sueña con ser cantante en Australia pero antes debe pasar su último año de formación allí. La aldea no es sólo remota sino absolutamente pobre; o eso cree Ugyen, hasta que descubre el valor que la comunidad, la tradición y la atención pueden llegar a tener en un lugar como ese. Y un yak. El yak es fundamental.

La película se rodó en una de las aldeas más remotas del mundo y muestra con cuidado la cultura butanesa y cómo la educación puede ser un puente entre mundos pues en Lunana los niños «creen que los profesores pueden tocar el futuro».

Protagonizada por habitantes de la zona que en su mayoría no habían visto jamás una película o, siquiera, utilizado pasta de dientes; la película incluye anécdotas y momentos reales de la vida diaria de los personajes y entreteje en la trama una realidad palpable para las poblaciones remotas de muchos países: la educación es el vehículo principal que puede llevarles a ser algo más que criadores de yaks o recolectores de cordiceps (los trabajos mayoritarios de la aldea).

Rodada in situ, la fotografía escénica y la grabación casi documental de Lunana han sido, probablemente, el último registro de la zona antes de que el gobierno del páis hiciera llegar las nuevas comunicaciones. Esto, junto al realismo de las actuaciones le da un valor humano del que Dorji se ha mostrado más orgulloso que de cualquier premio.

Durante su tiempo en Lunana queda expuesto el contraste entre la modernidad que nos rodea y la vida de los aldeanos arraigada en la fe budista y el cuidado mutuo; la verdadera lección para Ugyen no es sobre los bienes materiales sino sobre lo que una persona puede valer para las demás, aunque él no se valore de esa manera.

EL REFUGIO DEL CUIDADO: AMOR EN LOS PLIEGUES DE LA VIDA

En “El caftán azul” (Maryam Touzani, 2022), teje un canto íntimo al amor de las personas por encima de todo.

Halim, un sastre marroquí, vive con una enfermedad terminal y un secreto que, de saberse, lo condenaría en la sociedad en la que vive: su homosexualidad. Junto a su esposa Mina, también enferma, y un joven aprendiz, Youssef, Halim cose maravillosos caftanes como un legado de afecto y arte. Halim no es su enfermedad ni su deseo; es un artesano que acaricia la tela con manos temblorosas, un esposo que sostiene a Mina en el silencio de la noche y deja que ella lo abrace, un hombre que encuentra refugio en la tradición de su oficio.

La narrativa de Touzani, pausada y sin aspavientos, se detiene en los gestos cotidianos: una mirada compartida, un caftán bordado con esmero, un roce que dice lo que las palabras callan. La fotografía, bañada en tonos azules que evocan calma y melancolía, transforma el taller de Halim en un santuario de intimidad, mientras la banda sonora, con sus notas suaves, susurra la ternura de sus vínculos.

Basada en historias reales de Marruecos, la película honra con delicadeza las tradiciones marroquíes y captura sutilmente las dinámicas de exclusión en una sociedad donde la enfermedad y la diferencia son condenas silenciosas. Sin embargo, “El caftán azul” no es un lamento. Es un poema sobre la libertad que nace del cuidado, sobre el amor que florece en la vulnerabilidad. Halim y Mina, en su fragilidad, se cuidan mutuamente, sin secretos, tejiendo una relación que trasciende el dolor. Youssef, con su juventud y su mirada limpia, aprende de ellos el valor del servicio, de coser no solo telas, sino vidas.

Son muchas películas, pero estas como tantas otras, nos recuerdan que los olvidados, aun cuando libran sus luchas en privado, brillan con una dignidad que ninguna nadie puede apagar.

Virginia Cortina Aracil

X: @Nas_t_enka

Bluesky: @nastenka.bsky.social

 

Anthropologies
info@anthropologies.es
Entrada anterior EL ORIGEN OLVIDADO DEL ABRAZO A LOS ARBOLES.
Entrada siguiente LAS OLVIDADAS DEL HOGAR Y LOS CUIDADOS.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

WP Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com