¿Quién no siente la magia del sonido de una gaita a manos de un highlander ataviado con un kilt, rodeado de paisajes poblados de lagos, verdes valles y castillos? Escocia rebosa historia, naturaleza, leyendas y creencias ancestrales. Desde William Wallace y Robert de Bruce hasta Bonnie Prince Charlie y los Jacobitas, Escocia ha estado sumida en una continua lucha por salvaguardar su independencia y libertad frente al ejército británico. Pero llegaron años oscuros para los clanes. Durante un tiempo, parte de la identidad escocesa fue extirpada de la sociedad y prohibida por ley.

Escocia fue habitada desde la época celta por un pueblo belicoso y amante de su independencia. Con el paso del tiempo, las tribus originales formaron alianzas y se distribuyeron el territorio, creándose así los conocidos clanes escoceses. Estos clanes entroncados a ramas de una misma familia, toman el nombre de la misma, unidos por un mismo idioma, el gaélico escocés. Se identifican por sus arraigadas tradiciones, entre ellas el uso del kilt, falda sujeta por un cinturón, del cual cuelga un sponan (morral o bolsa), útil para suplir la falta de bolsillos. Su atuendo generalmente se complementa con una boina y una manta.

Los kilt están confeccionados con una tela de lana llamada tartán con dibujos geométricos característicos (conocida como tela escocesa). Cada tartán está asociado a un clan escocés diferente, o bien a un regimiento Highland y a ciertos distritos de Escocia. Los dibujos y colores son distintos para cada uno de ellos. Cada clan se distinguía de los otros por los colores y las medidas de los cuadros en su ropa. Durante muchos siglos, el tartán fue la vestimenta diaria de la gente de las Tierras Altas de Escocia. Y fue aquí donde su uso evolucionó hasta llegar a convertirse en un símbolo identitario de cada familia o clan.

La Batalla de Culloden Moor (moor o muir significa “páramo” en gaélico escocés; culloden quiere decir “detrás del pantano”) acontecida el 16 de abril de 1746 entre los Jacobitas escoceses seguidores de Carlos Estuardo, hijo de Jacobo II, y el ejército del Duque de Cumberland, hijo del rey Jorge II de Inglaterra, supuso el sometimiento definitivo de los clanes por parte de la Corona Británica. Los Jacobitas fueron derrotados, con miles de muertos, y cientos de heridos y prisioneros en sus filas. A pesar de no existir consenso acerca de las cifras de uno y otro bando, la realidad es que las bajas escocesas fueron exageradamente mayores que las inglesas.

Las implicaciones políticas, el odio étnico-religioso y los intereses económicos incidieron de forma decisiva y mortal en el campo de Culloden. En esa batalla murieron algo más que soldados. En aquellos terrenos pantanosos se quedaron enterrados el orgullo, la ilusión, la identidad, la cultura y las costumbres de la sociedad de clanes de las Tierras Altas de Escocia. La cultura gaélica fue duramente golpeada, siendo Culloden el capítulo final de un proceso de declive que perduraba desde hacía siglos.

Tras la batalla, se le solicitaron órdenes al Duque de Cumberland. Éste escribió un conciso “Sin cuartel” detrás de un naipe con el 9 de diamantes. Desde entonces, esta carta es conocida como “La maldición de Escocia”. Apenas un par de días después de la catastrófica batalla, los guerreros del ejército jacobita que habían logrado escapar se dispersaban definitivamente como fuerza armada. Muchos volvieron a sus casas, intentando recuperar sus vidas anteriores al momento del levantamiento. Otros, más perspicaces, huyeron al monte como proscritos, convencidos de que los ingleses tomarían represalias sobre ellos por haber apoyado la causa de los Estuardo.

Los sucesivos gobiernos escoceses habían retratado a los clanes como bandidos, emprendiendo expediciones militares para mantenerlos bajo control y exigirles el pago de impuestos. Como los highlanders se asociaron con el Jacobismo y la rebelión, el gobierno hizo repetidos esfuerzos para frenar a los clanes, culminando con la brutal represión tras la batalla de Culloden Moor. El proceso de aculturación y homogeneización había comenzado.

Con la intención de destruir la cultura gaélica, los ingleses iniciaron una limpieza étnica sin precedentes: prohibieron cualquier manifestación cultural escocesa, expropiaron sus tierras y se las entregaron a terratenientes del sur, que acabaron expulsando a la gente del lugar, quienes fueron hacinados en barcos y forzados a emigrar.

La Ley de Proscripción prohibía, bajo pena de muerte, la posesión privada de armas de cualquier tipo, vestir el kilt (salvo que se sirviera en los regimientos escoceses destinados a las colonias del ejército británico de los Hannover) e incluso tocar la gaita. Arruinados y sin futuro, más de 40.000 escoceses no tuvieron otra salida que emigrar a América, Canadá, Australia o Nueva Zelanda. Asimismo, la Ley de Jurisdicciones Hereditarias retiró la autoridad feudal a los jefes de los clanes.

El Duque de Cumberland pasó en Escocia los tres meses posteriores a la batalla y puso en marcha una terrorífica represión contra los sublevados, sus familias y cualquier presunto simpatizante de los Jacobitas, con continuos registros y el encarcelamiento de sospechosos como magistralmente recuerda John Seymour Lucas en su espléndido cuadro After Culloden: Rebel Hunting:

Ocupó militarmente el país, detuvo a más de 3.200 personas y ordenó asesinar al menos a 120. Los nobles fueron decapitados, y el resto ahorcados o fusilados. En el caso de la horca, según la Ley de Ejecución aprobada en época medieval por Eduardo III y aún vigente, se establecía un tiempo máximo colgando de la soga de apenas tres minutos, lo que en la mayoría de casos no bastaba para matar al reo, que acto seguido era descolgado, degollado (en la mayoría de ocasiones todavía semiinconsciente) y destripado, arrojándose sus vísceras a una hoguera entre los vítores del populacho congregado para asistir a la ejecución. Por su parte, las tropas mataron a varios centenares más y devastaron las Tierras Altas sin respetar a mujeres, ancianos y niños, practicando todo tipo de tropelías en el marco de una feroz política de “tierra quemada” por la que el Duque de Cumberland se ganó merecidamente el sobrenombre de “El Carnicero”.

La mayoría del ganado, el recurso clave en la economía de los escoceses, fue tomado como botín de guerra por los ingleses, y vendido a precios irrisorios con el objetivo de despoblar las Tierras Altas de sus moradores. De esta manera esquilmaron las bases sobre las que descansaba su economía, matando de hambre y frío a una población arrojada sin piedad a la intemperie prácticamente con lo puesto. Incluso en el Parlamento de Londres se debatió la posibilidad de esterilizar a las mujeres de las Tierras Altas y de expulsar por la fuerza a todos sus habitantes para reemplazarlos por colonos del sur, fieles a la dinastía de los Hannover. Afortunadamente, estas medidas nunca fueron llevadas a la práctica.

A finales del siglo XVIII e iniciado el siglo XIX las fincas de las Tierras Altas pasaron de ser terrenos cultivables y mixtos, que sostenían a una gran población de arrendatarios, a criaderos de ovejas más rentables. Los arrendatarios sobrantes fueron desalojados de sus fincas hacia 1780. Estas “limpiezas” continuaron durante aproximadamente 70 años.

Los desalojos de las Tierras Altas acabaron con la cultura gaélica y la sociedad de clanes, expulsando a la gente de la tierra a la que sus ancestros habían llamado hogar desde hacía siglos. Se trataba de erradicar a una etnia a la que consideraban salvaje, cuya cultura y forma de vida veían atrasadas.

Algunos pueblos se alzaron y tomaron ciertos lugares, pero la inmensa mayoría de highlanders se vieron forzados a emigrar a las ciudades o al extranjero. La primera gran migración ocurrió en 1792, conocida como “El año de las ovejas”, cuando la mayoría de los clanes se marcharon a Canadá, y a Carolina del Sur y del Norte.

Una vez que los jefes de los clanes perdieron su poder tras la Batalla de Culloden, muchos de ellos también perdieron cualquier interés de parentesco con sus propios clanes. A lo largo de los siguientes 100 años trabajaron para  el ejército de Cumberland.  Por lo tanto, tuvieron que alquilar sus tierras a criadores de ovejas de las Tierras Bajas o de Inglaterra. Muchos highlanders, incluidos ancianos, niños y mujeres, fueron entonces abandonados a su suerte y traicionados. Se daba prioridad a las ovejas por encima de las personas, mientras que se usaban bayonetas, porras y fuego para echarlos de sus casas.

Se dice que las “limpiezas” son cosa del pasado y que hay que olvidarlas. Sin embargo, la limpieza étnica transformó el paisaje cultural de las Tierras Altas de Escocia para siempre. En menos de 50 años, las Highlands se convirtieron en una de las áreas más escasamente pobladas de Europa. Y debe tenerse en cuenta que las Highlands y las islas comprenden un área mayor que la de algunas naciones industrializadas, tales como Holanda o Bélgica. Hoy en día, las colinas todavía están vacías.

No obstante, la gente no fue lo único que desapareció. El patrón de asentamiento, las casas centenarias se desvanecieron, convirtiéndose en meros restos arqueológicos. Muchos países europeos muestran ejemplos de viviendas campesinas tradicionales que se remontan a la Edad Media. Esto sucede en Inglaterra y, hasta cierto punto, en el sur de Escocia. Pero, en lo que se refiere a las Tierras Altas, hay muy pocas construcciones de este tipo que daten de antes de principios del s. XIX.

Antes de la limpieza étnica, la mayoría de las familias montañesas vivían en esos municipios, en una suerte de granja colectiva que albergaba alrededor de cien personas, normalmente parientes. Las edificaciones eran sólidas, con las paredes hechas de arcilla, palos, hierba y tierra, a veces aglutinado con piedras. Los tejados eran cubiertos de paja, juncos, brezo, retama, helechos o juncos. Una vez abandonadas las viviendas, la naturaleza hizo el resto.

Incluso el idioma de los highlanders se vio amenazado, ya que el sistema educativo estatal promovió fervientemente la lengua inglesa por encima del gaélico escocés.

Vale la pena recordar además que, mientras que el resto de Escocia permitía la expulsión de sus highlanders, contribuía al mismo tiempo a forjar la romántica unión al kilt y al tartán.

Sin embargo, autores como Eric Hobsbawm y Terence Granger no están en absoluto de acuerdo con que el uso del kilt y la gaita sean símbolos de identidad escocesa tan ancestrales como se cree. Según ellos, el kilt fue inventado por un inglés después de la Unión de 1707, y los diferentes “tartanes de los clanes” son incluso una invención más tardía.

Pero, en realidad poco importa la antigüedad de la identidad escocesa basada en el kilt o en la gaita. Lo verdaderamente importante es que, más tarde o más temprano, fueron señas de su identidad, reforzadas y afianzadas precisamente por aquellos que pretendían acabar con ellas, barrerlas, erradicarlas… En una palabra: exterminarlas. Muy al contrario de experimentar desarraigo hacia dichas señas, los escoceses se sintieron aún más unidos a ellas; tanto que hoy en día todos las seguimos asociando a ellos.

La política de exterminio era ejercida por los terratenientes con una implacabilidad inigualable. En general, las leyes y la justicia, la religión y la humanidad, fueron completamente ignoradas. O, lo que es peor aún, en muchos casos, utilizados como instrumentos de opresión. Se usaron todos los medios imaginables, además de mosquetes y espadas, para expulsar a los nativos de la tierra que amaban y obligarles a intercambiar sus granjas y casas – trabajadas y construidas por ellos mismos o por sus antepasados –  por terrenos precarios en páramos yermos a orillas del mar. Tuvieron que depender del mar para sobrevivir, tras perder su ganado y sus casas. En muchos casos, estas personas no estaban en absoluto familiarizadas con la vida en el mar, ni mucho menos con la gestión de sus peligros.

En el condado de Sutherland la situación fue de suma gravedad. Según un testigo, sus habitantes literalmente se fueron consumiendo. Se adoptaron estrategias terribles para conseguir extirpar la etnia. Muchas vidas se perdieron a causa del hambre y de la miseria extrema. Muchas personas, sobre todo los más jóvenes, buscaron trabajo en las Tierras Bajas y en Inglaterra donde, sólo algunos trabajadores habilidosos eran obligados a competir con obreros profesionales, en comunidades donde, por su lengua y sus costumbres, eran objeto de burla. Los ancianos y los débiles, las viudas y los huérfanos, junto con aquellos familiares que se quedaron para ayudarles, o aquellos que prefirieron no abandonar su lazo de unión con la tierra que albergaba las cenizas de sus ancestros, fueron obligados a aceptar las parcelas de estériles páramos.

Su desconocimiento de la lengua inglesa y la falta de líderes, hicieron imposible dar a conocer todas aquellas injusticias al mundo exterior. Fueron pues, maltratados impunemente. La mayoría de los ministros se posicionaron del lado de los terratenientes, quienes contaban además con el apoyo de la Iglesia. Los actos más viles se pasaron por alto, y todo el mal que no podía atribuirse a los indígenas, como las estaciones duras, las hambrunas y las consiguientes enfermedades, fueron atribuidos a la Divina Providencia, como castigo por el pecado.

Al principio de los desalojos, se les permitía llevar la madera de sus casas para así poder erigir una nueva en un territorio diferente. Pero llegó un momento en el que incluso esto se prohibió; un momento en el que se prendía fuego a las viviendas con la madera y las pertenencias dentro; e incluso con personas ancianas o enfermas en su interior que no podían ser trasladadas. Muchas personas murieron a causa del frío, la fatiga, de enfermedades contraídas como consecuencia del abandono sufrido a merced de los elementos. Otras personas perdieron el juicio, e incluso mujeres embarazadas dieron a luz de forma prematura, pereciendo muchas criaturas en un vano intento por sobrevivir.

La Batalla de Culloden Moor supuso no sólo la muerte física de cientos de personas, sino también el inicio de un proceso de exterminio cultural y muerte social de la forma de vida de los clanes que duró décadas. Los highlanders fueron sometidos a un enorme sufrimiento y las Tierras Altas de Escocia nunca volvieron a ser las mismas. Ahora son el testigo de su triste pasado… Repletas de colinas deshabitadas, de castillos derruidos, de alegóricos paisajes que una vez vieron nacer, y luego desaparecer, a una de las culturas más emblemáticas de la historia europea.

Susana Callizo Fernández

Refrerencias

http://www.almargen.com.ar/sitio/seccion/historia/culloden/

http://almargen.com.ar/sitio/seccion/historia/culloden2/index.html

http://www.odisea2008.com/2009/03/los-clanes-escoceses.html

http://archive.org/search.php?query=Scottish%20Clans%20AND%20mediatype%3Atexts

http://www.conventionscotland.com/Spain/Elige-Escocia/Historia-y-Cultura

http://www.visitscotland.com/about/ancestry/

http://www.scottishhistory.com/articles/Tierras Altas/clearances/clearance_page1.html

http://www.bbc.co.uk/history/british/civil_war_revolution/scotland_clearances_01.shtml

http://nobleyreal.blogspot.com.es/2011/08/simbolos-escoceses-i-el-clan.html

http://web.archive.org/web/20100101002937/http://www.highlanderweb.co.uk/clearanc.htm

http://web.archive.org/web/20090326191257/http://www.ehs.org.uk/society/pdfs/Devine%204b.pdf

IMAGEN 1: http://excursionesdesdeinverness.com/tour/isla-de-skye/

IMAGEN 2: http://horapensar.blogspot.com.es/2010/04/16-de-abril-el-dia-que-cambio-el-mundo.html

IMAGEN 4: https://en.wikipedia.org/wiki/Battle_of_Culloden

The Highland Clearances, by John Prebble. A Penquin Book, 1969.

Mackenzie’s Pamphlet, by Alexander MacKenzie, F.S.A., Scot. Edited by Janet MacKay, B.R.E.,B.Sc., 1881

La invención de la tradición, Eric Hobsbawm y Terence Granger, 1983

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