
Fue la escritora y activista Françoise d’Eaubonne quien acuñó por primera vez el término “ecofeminismo” en 1974. Dos siglos antes, en 1730, una mujer llamada Amrita Devi Bishnoi lideró un movimiento que hoy podría denominarse ecofeminista con el que consiguió frenar por decreto la tala de los árboles de su aldea. Pero no solo eso, este acto no violento que, sin embargo, tuvo como respuesta tanta violencia, sentó precedente para reivindicaciones ambientalistas posteriores en otras partes del mundo. Estamos ante un hito ecológico olvidado cuyo éxito Amrita no pudo ver ya que fue decapitada junto a sus tres hijas y a más de 300 personas que, como ella, se abrazaron a los árboles Khejri para impedir su tala.
Inspiró, entre otros, al movimiento Chipko que tuvo su origen en la década de los 60 a raíz de la tala indiscriminada de árboles en las laderas del Himalaya para desarrollar la agricultura extensiva y abastecer a las industrias madereras. La sobreexplotación de los recursos naturales ocasionó un desequilibrio ecológico que afectó directamente a las comunidades cercanas. Devastadoras inundaciones y deslizamientos de tierra destruyeron muchas aldeas que, previamente, habían perdido su modo de vida con la tala de sus bosques.
En 1974, una campesina, Gaura Devi, organizó una resistencia no violenta en la que animó a todas las mujeres de su aldea a abrazar los árboles para impedir su tala. Posteriormente se investigaron las consecuencias ambientales y se prohibió la tala durante 10 años. Acciones similares se extendieron hasta 1979 por más de un centenar de aldeas del norte de la India y se llevaron a cabo otros movimientos simbólicos y pacíficos orientados tanto a proteger los bosques locales como la naturaleza a nivel global. Como escribió en 1982 la socióloga Shobita Jain: “Las mujeres que han participado en el movimiento chipko han tomado conciencia de sus potencialidades y exigen una participación en el proceso de adopción de decisiones a nivel de la comunidad”.
Esta toma de conciencia fue el motor de otra activista olvidada que, sin embargo, desarrolló uno de los movimientos ecologistas más importantes de la historia de la humanidad: The Green beld movement Internacional. Premio Nobel de la Paz en 2004, Wangari Muta Maathai alentó a las mujeres de su Kenia natal a recolectar semillas de árboles oriundos de la zona para crear invernaderos. Su legado permanece, como permanece el de Gaura Devi y el de Amrita, con más de 40 millones de árboles plantados en África y más de 3.000 viveros atendidos por unas 35.000 mujeres. El movimiento Cinturón Verde sigue trabajando por todo el continente africano y sus ideas se expanden por todo el planeta.
Siempre que surge una moda me pregunto por su origen, porque incluso las modas y costumbres más grotescas, a veces tienen orígenes dignos y hermosos. En ocasiones, la moda es la punta del iceberg, lo que queda de un acontecimiento que, aunque sí provocó un cambio, no trascendió lo suficiente como para que hoy se enseñe en las escuelas, por ejemplo. Hay muchos ejemplos y casi todos están protagonizados por mujeres, cuya historia ha sido silenciada con premeditación y alevosía, como ya sabemos, son las grandes olvidadas de la historia y no podíamos dejarlas a un lado en un especial como este. Además de las mujeres, la defensa del medio ambiente, aunque ahora haya despuntado la preocupación por parte de algunos colectivos, siempre ha sido una causa olvidada e injustamente tratada, por lo que si unimos ambas cosas: defensa del medio ambiente y mujeres, nos encontramos con un vacío ensordecedor y con mucha violencia.
Berta Cáceres, defensora ambientalista hondureña, fue asesinada en su casa en 2016 por su oposición a la construcción del proyecto hidroeléctrico Agua Zarca, una represa en el río Gualcarque. Según Amnistía Internacional, tres cuartas partes de los ataques letales registrados contra activistas ambientales en 2020 tuvieron lugar en América Latina. Unas 165 personas fueron asesinadas en la región por defender su tierra y el planeta. A nivel mundial, se registraron 227 ataques letales.
La moda de abrazar árboles. Me quedo mirando a aquellos que pululan por las redes mostrándose ante al mundo realizando este sencillo y, algo ridículo todo hay que decirlo, gesto. Como en las redes todo está hecho para el postureo, la imagen suele ir acompañada de alguna frase vacua cuyo mensaje suele dar vergüenza ajena. Desconozco si aquellos que se fotografían abrazando árboles conocen el origen del gesto o si lo hacen sin conciencia ninguna, a pesar de que usen el término “conciencia” cada dos frases. Abrazar árboles es un gesto muy digno, pero solo si se hace para evitar su tala, nunca lo es si va acompañado de finalidades mercantilistas. Los expertos apuntan, además, a una degradación y compactación del entorno por la visita masiva y continuada en el acto de “abrazar árboles”.
“¡Despertemos! ¡Despertemos Humanidad! Ya no hay tiempo. Nuestras conciencias serán sacudidas por el hecho de sólo estar contemplando la autodestrucción basada en la depredación capitalista, racista y patriarcal”. Berta Cáceres.
Susana R. Sousa