Corría el año 1950. En pleno contexto de guerra fría, un subgénero literario nacido en revistas baratas se encontraba en su máximo apogeo. La ciencia ficción, que durante años había alimentado el imaginario de adolescentes inquietos con disparatadas historias acerca de terroríficos alienígenas y hermosas mujeres, estaba lejos ya de aquella concepción. En los años cincuenta se había instaurado como un género en sí mismo gracias a las aportaciones de autores como Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Aldous Huxley o George Orwell. Aquellas viejas portadas en las que muchachas semidesnudas huían de las monstruosas criaturas de otros mundos habían dejado de ilustrar lo que la ciencia ficción significaba, pues ya no se trataba de un entretenimiento banal, sino de una forma de literatura que invitaba a reflexionar de forma madura a la par que interesante sobre lo que podía haber más allá de la Tierra y sobre el lugar que ocupaba la humanidad en la infinitud del universo.

Fue entonces, en el año del que hablábamos, cuando llegó Ray Bradbury con “Crónicas Marcianas”, una recopilación de relatos cortos que narran la colonización de Marte por parte del ser humano. Sin embargo, lo que parece no ser más que una colección de pequeños cuentos algunos de los cuales no presentan relación entre sí, constituye una elaborada crítica social. Y es que Bradbury retrata de forma certera la sociedad estadounidense de su tiempo mediante el miedo a la destrucción de la Tierra y la prometedora imagen de Marte como un mundo nuevo en el que poder empezar desde cero, lejos del clima de tensión permanente de nuestro viejo planeta. Nos presenta también una carrera espacial por alcanzar esa esperanza en los cielos, ese lugar virgen que no sólo podría ser, sino que debe ser nuestro nuevo hogar. Porque el ser humano está por encima de todas las cosas, en especial de aquellas que desconoce, y por ello tiene derecho a arrancar la identidad de lo nuevo e imponer la suya propia, tal y como Bradbury expone en el siguiente fragmento:

«-Pensé en ellos. En ellos que nos miran mientras hacemos el ridículo.

-¿Ellos?

-Los marcianos, muertos o vivos.

-Muertos, la mayoría al menos -dijo el capitán-. ¿Usted cree que saben que estamos aquí?

-¿Acaso lo más viejo no se entera siempre de la llegada de lo nuevo?

-Quizás. Habla como si creyera en los espíritus.

-Creo en las obras, y hay muchas obras en marte. Hay calles y casas, e imagino que también habrá libros, y grandes canales, y relojes, y cuadras, si no para caballos quizá para animales domésticos de doce patas, ¿quién sabe? En todas partes veo cosas usadas. Cosas que fueron tocadas y manejadas durante siglos. Si usted me pregunta si creo en el espíritu de las cosas usadas, le diré que sí. Ahí están todas esas cosas que sirvieron algún día para algo. Nunca podremos utilizarlas sin sentirnos incómodos. Y esas montañas, por ejemplo, tienen nombres… Nunca nos serán familiares; las bautizaremos de nuevo, pero sus verdaderos nombres son los antiguos. La gente que vio cambiar estas montañas las conocía por sus antiguos nombres. Los nombres con que bautizaremos las montañas y los canales resbalarán sobre ellos como agua sobre el lomo de un pato. Por mucho que nos acerquemos a Marte, jamás lo alcanzaremos. Y nos pondremos furiosos, ¿y sabe usted qué haremos entonces? Lo destrozaremos, le arrancaremos la piel y lo transformaremos a nuestra imagen y semejanza.»

Desde que Bradbury nos brindó la posibilidad de leer el retrato que hizo del hombre de los años cincuenta, la tecnología y la ciencia ficción han seguido evolucionando de forma que el concepto de ambas ha cambiado necesariamente. Muchas de las cosas que en el pasado se consideraban posibles sólo a través de la literatura son ahora visibles, palpables o incluso reales. Las barreras entre la ciencia y la ficción se desdibujan en muchos aspectos. Pero si algo no ha cambiado es, sin duda, el ser humano. Se sirve de sus cada vez mayores posibilidades científicas para adaptar a él lo que desee, sea viejo o nuevo. Aunque sea infinito como el Universo. Porque el desarrollo tecnológico no se corresponde necesariamente con el progreso moral; y Ray Bradbury, como otros muchos escritores del género, lo sabía. Y lo escribió.

María Valhallen

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