Concluí mi anterior artículo en este espacio, en el que trataba de invitar a la aproximación a un referente intersexual y queer paradigmático[1], enarbolando conceptos tales como jerarquía y exclusión, emergencia y reivindicación, transformación y derecho. En esta ocasión partiré nuevamente de ellos para introducir un nuevo debate: el que subyace a la que quizás algunxs consideren la gran olvidada de las minorías afectivosexuales, a la vez que la más evidente de entre aquellas disidencias que han tenido el mérito y la oportunidad de comenzar su recorrido hacia la inteligibilidad pública. Hablo de la incipiente comunidad asexual, o quizás, más bien, de todxs aquellxs que se reconocen a sí mismxs orbitando, a mayor o menor distancia, de un centro que se ha dado a conocer como asexualidad.

Según el proyecto AsexualpediA[2], si bien ya en 1896 Magnus Hirschfeld redacta un texto con ideas y conceptos próximos a la asexualidad, parece ser que comienza a constatarse de forma rigurosa la existencia de personas que no se sienten sexualmente atraídas por otras personas concretas desde finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta. Lucía Soria, de la Universidad Nacional de la Plata, Argentina, ofrece una breve genealogía[3] y señala como primer atisbo de ello al grupo X, compuesto por sujetos de estudio desinteresados en cualquier contacto sexual, que el investigador estadounidense Alfred Kinsey excluyó de su famosa escala que pormenorizaba los estadíos del continuum desde la heterosexualidad hacia la homosexualidad. No es hasta finales de los años setenta que la población asexual deja de aparecer como una referencia secundaria y no depositaria del interés científico: Myra T. Johnson, que estudió a mujeres asexuales y autosexuales, habla de las personas asexuales como aquellas que parecen preferir no mantener actividad sexual, lo cual les convierte en grupo oprimido e invisible, ignorado por los movimientos feminista y de revolución sexual, por tratarse de un impensable social. En 1980 Michael D. Storms revisa la escala Kinsey y establece un modelo teórico de la orientación sexual en el cual la asexualidad, concebida como la falta de atracción por uno u otro sexo, es una cuarta orientación junto con la heterosexual, la homosexual y la bisexual. Luís Álvarez Munárriz, de la Universidad de Murcia, coincide al señalar estos hitos pero añade algunos otros[4], quizás los más cruciales: en 1983 Paula S. Nurius estudiaría la relación entre orientación sexual y salud mental, apareciendo lxs asexuales como más propensos a la depresión, la baja autoestima o la discordancia sexual, según AsexualpediA.

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Desde entonces y hasta principios de siglo la cuestión parece perder atención como objeto de debate, pero vuelve a ser materia de interés cuando comienzan a congregarse y movilizarse personas que han padecido respuestas discriminatorias y patologizantes a razón de su asexualidad: las nuevas tecnologías juegan un papel crucial en este momento de aparición de comunidades asexuales, cuyo liderazgo parece haber recaído, desde su fundación en 2001, en la comunidad virtual AVEN[5], siglas de Red para la Educación y Visibilidad Asexual, así como en AVENes, su versión en español. Este espacio de encuentro ha logrado ampliar y enriquecer de forma notoria la comprensión de la sexualidad, así como las distintas voces, relatos y autobiografías asexuales. Y a esta transformación se suma que, siguiendo de nuevo a Luís Álvarez Munárriz, a finales de la primera década de este siglo, tanto sexólogxs como psicólogxs concluyen que la población asexual no necesita terapia, ya que en el nuevo modelo terapéutico estar sanx consiste en sentirse bien y socialmente adaptadx, de modo que no sentir atracción sexual deja de considerarse patológico por norma. Así pues, los estudios y la curiosidad académica por la asexualidad se incrementan con la llegada del siglo veintiuno, pudiéndose señalar nombres como Anthony F. Bogaert  y Lori Brotto, y los nuevos enfoques intentan liberarla del estigma de la disfuncionalidad psíquica.

Sin embargo, cabe preguntarse qué sucedió en ese enorme paréntesis desde los años ochenta hasta el comienzo de las demandas críticas, y es que el estado de la cuestión hasta ese tramo temporal de vacío trae consigo importantes consecuencias, rastreables hasta hoy. De este modo, no me propongo con este artículo desentrañar en qué consiste la asexualidad, ni pretendo dar cuenta de la diversidad de posibles definiciones o de la cantidad de elementos interesantes para el análisis. Más bien, el objeto de mi ensayo, a partir del sucinto recorrido histórico que he señalado, es señalar dos efectos especialmente lesivos de su devenir, que me parecen básicos para dar comienzo a una exploración realista de las consideraciones en torno a la asexualidad.

Toronto Pride Parade 2011
Toronto Pride Parade 2011

En primer lugar, la asexualidad ha quedado afectada por su identificación con la enfermedad mental, y una herencia tal, depositada en las grandes masas y en la opinión pública, sigue siendo en la actualidad difícil de eludir: asexual parece sinónimo de anormal y enfermx, sin demasiados argumentos legítimos e inteligibles para defender lo contrario. Por ejemplo, Elsa Ortiz Rosero, de la Universidad de Salamanca[6], critica un artículo publicado en El País[7] por ofrecer una imagen de la asexualidad sesgada, estereotipada y patologizante, a pesar de que en dicho artículo se recoge la voz de un componente de AVEN que precisamente señala como el principal problema en torno a la asexualidad la dificultad de convencer de que no entraña problema alguno. A este respecto, AVEN señala como principales objeciones y prejuicios ante la asexualidad[8] la creencia de que se trata de un síntoma depresivo, de trastornos endocrinos, o del llamado trastorno del deseo sexual hipoactivo; que la asexualidad es fruto de traumas por acoso o abuso sexual durante la infancia; que se trata de un pasajero retraso en el despertar del deseo sexual; que se debe a la inhibición de deseos homosexuales latentes; que es originada por fuertes censuras y represiones morales o ideológicas; o incluso que no es sino la cristalización de la falta de autoestima de personas que se sienten poco atractivas y deseables. Afortunadamente, AVEN ofrece respuestas razonables a todos estos mitos. Sin embargo, la existencia de artículos como el de El País, según Elsa Ortiz Rosero, continúa reproduciendo la incomprensión aunque aparentemente persiga el respeto a la diversidad, dado el arraigo del androcentrismo, el binarismo sexual y la heteronormatividad, la etiqueta de anormalidad que se esconde tras lo políticamente correcto, la importancia del biologicismo y la comprensión médica de la sexualidad, la vinculación casi exclusiva del placer a la actividad sexual, o el mal uso, a veces contradictorio, de citas de autoridad de expertxs en la materia.

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Y en segundo lugar, quienes se autoidentifican como asexuales no se enfrentan únicamente a la patologización, sino a duros cuestionamientos acerca de la existencia misma de la asexualidad, constatada la dificultad de imaginar una vida que pueda permitirse prescindir de la actividad sexual compartida, como efecto y respuesta sencilla y fluida ante la ausencia del deseo erótico por otras personas. De este modo la asexualidad se pone en entredicho como orientación sexual, como posibilidad identitaria y como categoría vivencial en sí misma. Nuevamente AVEN, entre las principales objeciones y prejuicios ante la asexualidad, recoge algunos de los argumentos empleados por quienes alegan que las personas que se sienten asexuales están confundidas y no se conocen a sí mismas, amparándose en que al ser vírgenes confunden falta de deseo con desinterés por desconocimiento del placer, o en que no se puede ser asexual si se practica la masturbación, o si se tienen sentimientos románticos por otras personas, o en que es contradictorio autodenominarse asexual si se tienen relaciones sexuales. Y es que, como señala María Eugenia Martí[9], la asexualidad constituye el afuera absoluto del dispositivo de la sexualidad, y por ello la demanda de reconocimiento social, como estrategia para validarla como posición identitaria, intenta lamentablemente ser frenada por sectores de la psiquiatría y la sexología que insisten en su anormalidad y patología. Porque la asexualidad es la negación y la ausencia de la sexualidad, “fatalidad primaria omnipresente” y “condición intrínsecamente universal”, exigencia social y requisito irrenunciable para descubrir el propio cuerpo, la identidad, la inteligibilidad. La asexualidad se convierte en lo absurdo, la irrealidad, el imposible, la incapacidad para habitar lo existente y acceder al reconocimiento. Pero pese a todo ello, como enuncia la autora, “es posible también reivindicar esa anomalía y reconocer la potencialidad subversiva respecto de las configuraciones ontológicas permitidas y ver la potencia de su negatividad como un afuera constitutivo que habilita todas y ninguna de las configuraciones posibles”. Y es aquí donde podemos asistir a un nuevo campo de batalla de jerarquía y exclusión, emergencia y reivindicación, transformación y derecho.

Salmacis Ávila

Referencias

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http://brottolab.com/wp-content/uploads/2014/12/asexuality-feature-1.jpg

https://d1j2diro5xke84.cloudfront.net/photo-articles/featured_images/1685/original/Asexuality.jpg?1363395670

[1] Consultado en https://anthropologies.es/arte-y-disidencia-crudeza-y-belleza-hermaphrodite-torso/, a fecha 30/06/2015.

[2] Consultado en http://asexuality.org/sp/wiki/index.php?title=Historia_de_la_asexualidad#Primera_investigaciones_relacionadas_con_la_asexualidad, a fecha 29/06/2015.

[3] Soria, Lucía (2013). ASEXUALIDAD: PRIMERAS APROXIMACIONES, PRIMEROS INTERROGANTES. V Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología XX Jornadas de Investigación Noveno Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR. Facultad de Psicología – Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires. Consultado en http://www.aacademica.com/000-054/824, a fecha 25/06/2015.

[4] Álvarez Munárriz, Luis. La identidad ‘asexual’. En: Gazeta de Antropología, Nº 26 /2, 2010, Artículo 40. Consultado en http://digibug.ugr.es/html/10481/6777/G26_40Luis_Alvarez_Munarriz.html, a fecha 30/06/2015.

[5] Consultado en http://www.asexuality.org/sp/sobre-asexualidad/aven-avenes, a fecha 20/06&2015.

[6] Ortiz Sotero, Elsa. Soy asexual, no estoy enferma. En II Coloquio Internacional `Saberes contemporáneos desde la diversidad sexual: teoría, crítica, praxis’. Programa Universitario de Diversidad Sexual, Centro de Estudios Interdisciplinarios de la Universidad Nacional de Rosario. 27 y 28 de junio de 2013. Consultado en http://www.puds.unr.edu.ar/wp-content/uploads/2014/06/Ortiz-Rosero-E.-Soy-asexual-no-estoy-enferma1.pdf, a fecha 01/07/2015.

[7] Abundancia, Rita. Los que pasan del sexo. El País (digital), 24 de enero de 2013. Consultado en

 http://smoda.elpais.com/articulos/los-que-pasan-del-sexo/2986, a fecha 01/07/2015.

[8] Consultado en

 http://asexuality.org/sp/wiki/index.php?title=Objeciones_y_prejuicios_ante_la_asexualidad, a fecha 26/066/2015.

[9] Martí, María Eugenia. Desde afuera del dispositivo: la asexualidad o el reverso ilegible de la identidad. En II Coloquio Internacional `Saberes contemporáneos desde la diversidad sexual: teoría, crítica, praxis’. Programa Universitario de Diversidad Sexual, Centro de Estudios Interdisciplinarios de la Universidad Nacional de Rosario. 27 y 28 de junio de 2013. Consultado en http://www.puds.unr.edu.ar/wp-content/uploads/2014/06/Mart%C3%AD-M.E.-Desde-afuera-del-dispositivo.-La-asexualidad-o-el-reverso-ilegible-de-la-identidad1.pdf, a fecha 01/07/2015.

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Un comentario sobre “Atracción ausente: la sexualidad trastornada e impensable”

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