Este texto trata sobre las posibilidades que tiene la antropología para realizar crítica social, posibilidades muchas veces subestimadas o limitadas a determinados planos de lógicas de acción, olvidando el verdadero potencial que se ancla en la capacidad de deconstrucción social que la disciplina lleva implícita en su manera de operar y acercarse al conocer y a las formas de conocer. O, por lo menos, y por no arrogarme el derecho a hablar por “todos”, en la manera en que yo veo, creo y siento la disciplina. Con este fin, primero hablaré de Gramsci y su concepto de hegemonía cultural, comparándolo con mi visión de lo que son las dinámicas culturales; luego pasaré a analizar diferentes planos donde esta crítica se desarrolla para terminar proponiendo una ruptura de los discursos que se basan en las clasificaciones dicotómicas abogando por la necesidad de añadir la complejidad de las dinámicas sociales al pensamiento cotidiano.

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Gramsci, como hombre de su tiempo, planteo su concepto de hegemonía cultural adaptado a su realidad y posicionamiento dentro de su “sociedad”. Obviamente, los tiempos han cambiado (y la teoría también) y analizar las revisiones y extensiones del término no es lo que pretendo aquí. Me quedo, sin embargo, con el núcleo central del concepto tal y como lo definen  Rodríguez y Seco (2007): las clases “dirigentes” crean relaciones de poder desiguales a través de dinámicas de dominación cultural que re-formulan y mantienen formas de ver el mundo acordes a su propia perspectiva y que justifican su dominación,  naturalizándola y haciendo ver que “es así”, que “no podría ser de otra forma”. De entrada se puede observar la potencia que este concepto tiene en el análisis social y que es aplicable a mucho de lo que sucede a nuestro alrededor. Así, los discursos sobre las “igualdades de oportunidades” o sobre que “llegan arriba los que se lo curran”, enmascara muchas veces la realidad de que no todo el mundo parte de la misma casilla de salida. O las conceptualizaciones “occidentales” sobre el amor romántico, la pareja y el matrimonio, a menudo enmascaran procesos de desigualdad en base al sistema sexo-género y la función social del matrimonio dentro de determinados sistemas socio-económicos.

Confrontando el término hegemonía, como dinámica cultural que es, con un acercamiento a la cultura que pase por considerarla  como procesos grupales/individuales que condicionan las lógicas de acción de los agentes suceden dos cosas. En primer lugar, vemos que el término se adapta bien a una “realidad” manipulada por quienes pueden y que condiciona la “manera de mirar”. La segunda cuestión pasa por aquello que dice Lull (1997) cuando afirma que la transmisión mediática no depende sólo del emisor (el mercado y los intereses de multinacionales) sino de cómo interpreta y reconstruye el receptor el mensaje. Es sobre este punto sobre el que hay que reflexionar. Una visión excesivamente homogénea de lo social o del poder ejercido únicamente desde arriba no casa con otra que ve a las personas como agentes, operando con los mimbres que tienen, sí, pero decidiendo qué forma va a tener el cesto. Es por eso, siguiendo con Lull, que las propias hegemonías no son  constructos estables, sino procesos altamente inestables donde la interpretación de los agentes es variada y cambiante y donde las propias hegemonías tienen dentro su propia semilla de contrahegemonías, de pensamientos alternativos contrarios que. paradójicamente, suelen construirse con las propias herramientas que la hegemonía pone a disposición. No es casualidad que las revoluciones “del pueblo” comiencen a menudo por “los de arriba”, desde la Revolución francesa al subcomandante Marcos pasando por Marx.

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A menudo, en conversaciones sobre este tema y llegados a este punto, mi interlocutor cree comprenderme y a menudo se producen dos reacciones. Los que creen que el sistema puede cambiarse desde dentro asienten convencidos: “efectivamente, las cosas se pueden cambiar, es como tú dices”, “lo otro es una utopía porque no nos van a dejar” o porque “el sistema puede funcionar si lo dirigen las personas adecuadas”. En aquellos posicionados en el otro lado, y muchas veces conocedores de mis planteamientos políticos, en sus ojos se enciende la llama de la sospecha: ¿no se habrá vuelto este un “refor” ahora? En ambos casos creo que no me terminan de comprender. ¿Se trata de articular o justificar un discurso reformista? No. Se trata de formular un discurso honesto, responsable y radical, alejado del pensamiento dicotómico que precisamente forma parte de una manera de operar hegemónica y que no tiene en cuenta varias cosas: en primer lugar que al elegir A o B, negro o blanco, uno o cero, estamos ocultando una infinita gama de variantes a la que nos abrimos cuando entendemos que la complejidad social es tal que no se puede abarcar con un sí o un no; en segundo lugar, que “reformista” o “anti-sistema” sólo tienen sentido si las vemos dentro de una forma de pensamiento engendrada dentro de un determinado sistema cultural que precisamente busca ese resultado; en tercer lugar, que lo absoluto, en general, lleva a niveles de abstracción tan elevados que dejan de tener sentido. Lo contrario, lo que debemos buscar, es lo concreto anclado a lo abstracto. Es decir, contextualizar las situaciones sin perder un referente mucho más amplio, pero teniendo en cuenta la situación concreta a la que nos enfrentamos sin caer en dogmas o fanatismos, que al final se desvelan como atajos para “no-pensar”.

Aquí es donde entra el potencial de la antropología, su capacidad para la crítica, para deconstruir la “realidad social” y mostrar de dónde vienen las cosas, el por qué son “así”, pero justamente al contrario de cómo lo hace la hegemonía cultural; es decir: desnaturalizándolas, contextualizándolas, reflexionando sobre el etnocentrismo y los prejuicios propios y extrapolándolos a las relaciones sociales en nuestro entorno. Ese potencial crítico se encuentra ya directamente en los inicios “vergonzosos” de la disciplina. En aquellos/as antropólogos al servicio del poder colonial que iban a estudiar al “otro”, a lo “exótico” pero que a la vez instrumentalizaban su propio cuerpo para la investigación  y como fruto de este proceso no podían menos que encontrar a seres humanos y empatizar con ellos. Hacer antropología no es estudiar folklores pintorescos de negros con lanzas. Se trata de ir más allá, de ejercer una constante sospecha sobre aquello que creemos que “es así” y profundizar en el interior de lo que como seres humanos llevamos dentro.

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Y esta capacidad crítica se puede ejercer de diferentes formas. Una de ellas es la inmediata, como aquella que pone las herramientas que brinda la investigación etnográfica para luchas contra el machismo o el racismo. O para denunciar aquellas cosas que vemos a nuestro alrededor, ya sea las condiciones de represión que viven día a día las personas migrantes en Madrid  o para denunciar la situación de miles de personas de los países periféricos dentro del mercado de órganos  anclado al sistema capitalista mundial. (Scheper Hugues, 2005). Pero el otro potencial, por otro lado solo separable de manera analítica,  quizá menos directo, más abstracto y filosófico, pero también mucho más radical es aquel que se dirige a la crítica de las bases sobre las que se asientan nuestros pies. Aquellos intentos que van en la dirección de romper el pensamiento hegemónico, de cuestionar nuestras percepciones y convicciones más asentadas y, todo lo que nos dejen nuestros propios condicionantes (tampoco seamos ilusos/as), ir más allá de formas de ver la realidad profundamente asentadas en nuestro interior.

Este es un tema complejo lleno de dilemas, interrogantes e interconexiones que no se puede liquidar en unas pocas líneas. Pero comprometidos/as  con el cambio social, esta visión de la manera de hacer antropología nos aleja de discursos reformistas. Es más, nos lleva más allá de una supuesta dicotomía entre reformar / romper el sistema. Porque romper el sistema dentro de este discurso funciona a su vez dentro de un sistema de marcadas dicotomías hegemónico, que nos limita la capacidad de ver fuera de esos límites. Y pensar dicotómicamente, pretender que la “verdad” es tan sencilla como adscribirse a un credo es seguir viviendo sobre raíles. Hablo de una crítica que se desplaza, sin necesariamente despegarse, de “ideologías” políticas para revisar la base sobre las que estas se asientan sin que ello tenga que implicar  “neutralidad” ni amoralidad. No podemos ni debemos dejar de percibir lo que es la justicia o el bien en nuestra vida. Pero haciendo antropología podemos pensar sobre ello e intentar rebasar las líneas  ya  marcadas de la carretera. La cuestión es oscura y difícil, pero el camino se extiende frente a nosotros en muchas direcciones.

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Juan R. Méndez

 

Referencias

Lull, James 1997. Medios, comunicación, cultura. Buenos aires. Amorrortu

Rodríguez Prieto, R. / Seco Martínez, J. M. (2007) Hegemonía y Democracia en el siglo XXI: ¿Por qué Gramsci? Cuadernos electrónicos de filosofía del derecho, Nº. 15, 2007

Scheper-Hughes, Nancy (2005) El comercio infame: capitalismo milenarista, valores humanos y justicia global en el tráfico de órganos. Revista de Antropología Social, 14 195-236

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