Cuando se habla de religiones se suele suponer que debe asociarse con creencias y prácticas espirituales o sobrenaturales alejadas de todo lo que tenga que ver con las necesidades materiales de los humanos, nada más alejado de la realidad, porque la religión y el poder van de la mano, y a través de la historia se ha mostrado la conexión que hay entre prácticas políticas y prácticas religiosas. Las religiones consideradas como las más representativas (católica, anglicana, Islam, budismo, judaísmo…) tienen una gran carga de poder que, por lo general, determina la conformación de las estructuras de poder en las sociedades y determina las costumbres, normas y reglas de convivencia que deben adoptar los y las ciudadanas.

En muchos casos la religión es una representación de la clase social que está en el poder y legitima las élites, en otros el poder político se apoya en la religión (como en las teocracias) y en otros las creencias religiosas son utilizadas para manipular  quienes aspiran al poder, pero también “las religiones pueden ser utilizadas como fuerza vinculante en políticas de identidad”, (Lewellen. 2003. 197), como en el caso del nacionalismo islámico, aunque hay que dejar claro que no hay que asociar siempre el Islam con los fundamentalistas. También se da el caso de que la religión ha sido un instrumento de resistencia en contra del poder dominante pero, tal como lo establece Lewellen, “sólo cuando la religión se estandariza y logra una importante masa de seguidores es cuando se pasa del apoyo a la protesta”,[1] (como en el caso de Israel contra el Imperio romano).

La religión también puede convertirse en un instrumento de dominación de una fuerza extranjera hacia un grupo de nativos (como en el caso de las colonizaciones), donde la religión de los nativos intenta ser suprimida por parte del poder dominante, en cuyo caso lo nativos asimilan rasgos de la religión dominante, sin perder de todo su religión original, creándose un sincretismo entre ambas religiones, como ha pasado en África y la mayoría de las sociedades colonizadas.

Otras de las posibilidades, es que en un mismo espacio convivan dos tipos de religiones, en los que haya una pugna de poderes, ya no sólo religioso, sino geopolítico, de identidad, nacionalismo y representatividad (como en el caso de Israel y Palestina o del cristianismo y catolicismo en Irlanda). Una pugna por el poder que sienta las base de una lucha armada que suele relacionarse, únicamente con lo religioso, aún existiendo muchas otras razones de peso detrás del conflicto.

000494410 Las religiones también pueden fomentar la desigualdad y jerarquía social, imponiendo diferencias entre unos cultos y rituales realizados por un grupo (que se considera clase superior) sobre otros cultos y rituales entre otra clase que se considera inferior (como pasa con las castas y el Hinduismo o el Budismo y en diferentes prácticas del Islam realizadas en distintas zonas de África o de sudeste asiático). La religión se convierte en un instrumento de la clase que ostenta el poder legitimando la desigualdad social, pero al mismo tiempo hace que quienes se sienten en situación de desigualdad “constituyan una contrapartida del culto oficial”. Tal como lo expresa Joan Lewis en su descripción sobre “el culto de los espíritus”, practicado por las mujeres somalíes, como una forma de resistencia en el culto del Islam, en el que ellas no tienen ninguna representación.

Ernest Gellner, también hace alusión a unas prácticas del Islam asociadas a unas “culturas altas y culturas bajas” del Islam, en las que una hace referencia a una clase “más culta” del contexto urbano (“los Ulemas”) y otra a un contexto rural o popular, los sufíes, aunque Gellner afirma que en el lslam, la “alta cultura” es igualitaria, desprovista de jerarquía y puritana”, también indica que se establece una diferencia entre ”hombres santos” escogidos por Dios, con un papel permanente en las tribus y con funciones políticas relevantes en la sociedad bereber, y hombres laicos escogidos por el pueblo, que sólo gozan de poder por un año. (Morris, B. 2006.)[2]  Es decir que no es tanta la igualdad a la que hace referencia Gellner, sino más bien que desde los preceptos religioso de “los escogidos” se establecen estructuras jerárquicas de poder que fomentan la desigualdad en esta sociedad.

En el caso del catolicismo, su propagación por todas los lugares colonizados, la convierten en una religión del imperio sobre los dominados, en la que se establece un orden jerárquico y se intenta suprimir por todos los medios la religión de los nativos. Un claro ejemplo de esto, es el caso del vudú, practicado por los nativos africanos, llevados desde África occidental, a toda América, para realizar trabajos forzosos en las plantaciones, sin ninguna remuneración y en condiciones infrahumanas. Los habitantes de la parte de la isla ocupada por Haití, tenían su propia religión exportada desde África, por los esclavos traídos a Santo Domingo. Sin embargo esta religión ha sido considerada como “un culto exótico, pueril, depravado, identificado con rituales estrambóticos y orgiásticos, con la hechicería, los zombies, el canibalismo y las prácticas satánicas” (Morris, B. 2006).

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Este no ha sido más que el intento de la religión considerada “dominante”, por los que ejercen el poder, para erradicar el culto vudú. Lo miembros de las élites burguesas y católicas han insistido en establecer diferencias entre el vudú y el catolicismo, cosa que no hace el campesino común, quienes no establecen diferencias entre ambos sistemas religiosos. Morris hace referencia a autores como Metreaux, que “habla de un paralelismo entre ambas formas de ritual, más que un sincretismo religioso. El autor también hace referencia a Lucy Mair, quien dice que  el vudú es “simplemente como una religión popular”.

Mientras en un principio hubo todo una campaña de desprestigio, persecución y anulación a todo lo que representaba el vudú por las élites y la iglesia católica, el dictador Francois Duvalier (“papá Doc”) se sirvió del vudú para su régimen represivo y de terror hacia la población haitiana. (Morris, B. 2006. 243-252). Por lo que las distintas representación del poder  han utilizado el vudú para oprimir a la población haitiana, quitándole su carácter de práctica religiosa y mostrándola como la representación de los instintos más bajos de la clase menos privilegiada de Haití.

Hay muchas otras representaciones religiosas en las que el límite entre la política, el poder y la religión es sumamente difuso, hay una solapamiento entre una esfera y otra que imposibilita separar las relaciones de poder y las relaciones establecidas desde la  religión. Las prácticas minoritarias como el Chamanismo (en la que el chamán ostenta un gran poder en su grupo) o las prácticas más espiritualistas (como la de los melanesios, o los Kwaio, entre otras) en las que los líderes espirituales tienen un gran poder económico, político y social, con respecto al grupo,  tampoco están exentas de unas prácticas religiosas ligadas al poder, aunque no necesariamente fomenten la desigualdad, ni signifiquen la existencia de unas sociedades estructuradas jerárquicamente, desde la concepción occidental.

Estos son sólo algunos ejemplos, pero hay muchas otras formas y prácticas religiosas que no es posible contemplar en este artículo, lo que sí he querido plasmar en el mismo es que no es posible entender la religión sólo desde sus prácticas, desde sus rituales. La religión es una forma de poder que impone su impronta en todas las sociedades, unas veces impone normas, reglas, decide lo correcto o incorrecto, el comportamiento de los miembros de una sociedad, las luchas que deben librarse, y desde unos criterios misóginos y patriarcales, fomenta la desigualdad hacia la mujer, relegándola  a  un estado primigenio de naturaleza y sustentando las ideas misóginas ilustradas de seres pasionales, no racionales e incapaces de ascender dentro del espacio público asignado a los hombres. Al mismo tiempo provoca prácticas de resistencia contra el dominio y la desigualdad que fomenta entre las minorías y los grupos que no representan el poder. Con lo que, en mi opinión, no se trata sólo de una cuestión de fe ya que las religiones no están exentas de poder, sea cual sea la óptica desde la que se contemple.

 

 

                                                                                                          Kattya Núñez Castillo

Referencias

 

 

 

[1] Lewllen, T. C. (2003), Introducción a la Antropología Política. Bella Terra, S.L. Barcelona. pp. 97-115.

 

[2] Morris, Brian. 2006. Religión y Antropología. Una Descripción Crítica. Ediciones Akai S.L. Madrid. Pp.116-132-/243-252.

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