Cuando pensamos en la violencia, por lo general nos viene la imagen de conflictos armados como los que están viviendo los ciudadanos de Siria, o los muy difundidos atentados terroristas que han ocurrido en ciudades europeas como Barcelona, Francia, o Londres. Pero la violencia puede estar presente de muchas formas y manifestarse de formas diversas en las esferas de poder, en las cotidianidades y las formas de vida adoptadas por las personas en diferentes sociedades.

En este artículo voy a referirme a la violencia estructural que se pone de manifiesto en los trabajos de Sidney Mintz (Historia de una Plantación en Puerto Rico) y el de Katherine Verdery (Aventuras Antropológicas con el Mago de Oz en Rumanía), y cómo esta violencia genera unas formas de resistencia que se manifiestan en detalles de las cotidianidades de las personas en cada una de estas sociedades.

Para la realización del mismo me basaré en conceptos como poder (Foucault, 1977); hegemonía (Gramsci, 1971); resistencia (Lewellen, 2003); “habitus” (Bourdieu, 1990), relacionando estos conceptos y autores con las formas de violencia estructural y las formas de resistencia que se ponen de manifiesto en los dos artículos.

En su artículo Mintz (2013) hace referencia a la transformación que sufrieron las plantaciones de caña puertorriqueña, una vez que se produce la invasión norteamericana en la isla,  lo que produjo cambios en los habitantes locales, sobre todo porque los convertía en dependientes de una potencia externa, a través de un proceso de “proletarización de los trabajadores rurales”, incorporándolos en las filas de “trabajadores nacionales” con la consecuente pérdida de “características locales diferenciadoras”, tal como lo expresa el autor (Mintz, 2013: 219).

El autor indica que la “violencia estructural” (Galtung 1969) podría relacionarse con lo que expresa Lewllen (1975) sobre el poder: que “se representa como una imposición vertical de las élites sobre las clases inferiores, una cuestión del monopolio estatal, del control legítimo de la violencia o de la capacidad de quienes controlan los medios de producción de hacer que otros trabajen para ellos”. (Lewllen, 1975: 157).

En este caso, un poder impuesto por unas élites que inicialmente eran los hacendados (probablemente de ascendencia española)[1] que pertenecían a hacienda Vieja o “Cañamelar”, que constaba de cuatro plantaciones esclavistas, cuyos trabajadores eran descendientes de africanos y se dedicaban al cultivo de la caña y procesamiento el azúcar. Pero este poder que ejercían los hacendados estaba de alguna forma legitimado por una clase oprimida que entendía era favorecida por sus patronos, quienes los bautizaban y les profesaban un trato paternalista.

Este hecho se puede relacionar con lo expresado por Turner, Swartz y Tuden (2011) quienes postulan que “el poder se puede definir como algo que contiene de una forma u otras legitimidades, como uno de los medios para obtener obediencia frente a las obligaciones y su principal diferencia con otros medios de apoyo, lo que permite una mayor flexibilidad, que sería el poder consensuado” (Turner, Swartz y Tuden, 2011:74). Estas formas de poder se siguen reproduciendo en la actualidad en muchos países en vías de desarrollo (mal llamados tercermundistas), en los que se asientan muchas multinacionales, indicando que crean empleos y mejoran la calidad de vida de los ciudadanos, cuando en realidad, trabajan en unas condiciones de explotación, con salarios precarios, sin derechos, ni cobertura médica, pero, al fin y al cabo, les proporcionan el sustento que sus propios gobiernos no son capaces de darle. Por esta razón llegan a ser legitimados por los propios trabajadores a los que explotan.

Desde este punto de vista se ejercía (y se ejerce) una violencia estructural sobre una clase oprimida de la que se obtiene obediencia frente a unas obligaciones impuestas, y los trabajadores legitiman ese poder de sus opresores reconociéndolos como benevolentes y protectores, cosa que los hacendados prodigaban a través de su paternalismo. Pero esta opresión provocó, entre “los libertos y los agregados blancos” que se crearan mecanismos de resistencia frente a la clase dominante.

En este sentido, Gramsci nos dice que “es posible que la clase dominante necesite hacer concesiones económicas limitadas, pero lo hace sin renunciar a su poder sobre la propiedad de los medios de producción” (Grmasci, en Lewellen 2003:247-249). A este respecto Mintz expresa que antes de la invasión norteamericana a Puerto Rico, los anteriores esclavos eran “libertos” y recibían un salario y unas condiciones laborales supuestamente mejores. Sin embargo, esta situación se debía más a los propios intereses de los hacendados que a los de los trabajadores, fue sólo un cambio de estrategia en beneficio de una mayor producción para los hacendados.

Esto trajo como consecuencia que los trabajadores desarrollaran modos de resistencia desde su cotidianidad, como mecanismos de supervivencia, como por ejemplo, la formación de “libertos” para la realización de trabajos especializados; el mantenimiento de pautas culturales, como los bailes y las uniones entre “libertos” y “los agregados blancos”, lo que remarcaba el rechazo a las diferencias raciales; y la formación de sindicatos y grupos políticos que intentaron producir cambios frente a los mecanismos de explotación y dominación extranjera.

Por su parte Verdery, aborda un tipo de violencia estructural, más directamente relacionada con las esferas del poder estatal. La autora relata su tercer viaje a la Rumania socialista, en el que realizaba su trabajo de campo, durante el mandato de Ceucescu. En su reflexión sobre su trabajo de campo manifiesta las diferentes interpretaciones que hizo de algunas situaciones con las que se encontró durante su investigación.

La autora hace referencia a lo que denomina “modos de desorganización del socialismo rumano” que en realidad son mecanismos de los que se valían los ciudadanos para obtener algún tipo de ventaja económica, o de acceso a recursos, instituciones, etc., a los que generalmente el Estado dificultaba el acceso. Aquí hay una vinculación de poder/resistencia, que indica cómo a partir de la estricta organización estatal se produce una (des) organización que permite a la población utilizar su creatividad para “saltarse las reglas” y sacar beneficio de ello. Lograban una agencia individual, a pesar de la violencia estructural que ejercía el Estado.

En muchas ocasiones la autora habla de una constante vigilancia a su estancia en Rumanía, país que ella había considerado uno de los más “férreos estados comunista, que ejercían el terror y la coacción sobre sus ciudadanos”. Posteriormente, reflexiona sobre esta idea de vigilancia constante y control absoluto del poder en Rumanía, entendiéndolo tal como lo expresa Foucault en relación a las prisiones: no es que los presos estuvieran siempre vigilados, “sino que la posibilidad y la idea de vigilancia constante eran suficientes para crear comportamientos correctos en la prisión”. “Ahora es visible el súbdito y el poder es que se esconde” (Foucault en Lewellwn, 2003:256).

En este caso, no es que no hubiese vigilancia, pero era más su inquietud ante la idea, que la constancia de la misma. Esta forma de violencia estructural ejercida desde las esferas del poder, en la que las personas son oprimidas en base a unas normas que suelen difundirse para someter y disciplinar a las masas, provocan en los ciudadanos una idea de control mucho mayor de lo que en realidad tienen. No deja de ser violencia y control, porque son mecanismos de coacción que mantienen la represión del poder establecido, pero hay una cierta “sutileza” (el entrecomillado es mío) en este tipo de violencia que deja margen para que las personas utilicen este aparente control a su favor y obtengan beneficios de ello[2], utilizándolo como otra forma más de resistencia.

En esta forma de violencia estructural que describe Verdery del régimen socialista, los y las ciudadanas aprendieron a establecer pequeñas formas de resistencia cotidiana, que muchas veces la autora interpretó como “formas de desorganización socialista o reciprocidad socialista”. A través de estas formas de resistencia los y las ciudadanas obtenían del estado los recursos a los que no podían acceder, ya sea por el total control de recursos por parte del estado o por los recortes a los que eran sometidas las administraciones. Pero esta no era sólo una práctica propia de los funcionarios del Estado, era una práctica llevada a cabo por cualquier ciudadano, en cualquier circunstancia.

A este respecto, A. Ledeneva (2008), en su estudio sobre Blat y Guanxy, nos habla de estas prácticas (los relatos de Verdery se relaciona más con el Blat en Rusia), como parte de una “práctica informal, que forma parte de unas estrategias habituales de las personas para manipular o explotar las reglas formales, instaurando normas informales y obligaciones personales en contextos formales”.

En el caso de Rumania, en ocasiones se utilizaba el Blat valiéndose de “redes personales” o “contactos informales” para obtener beneficios, “bienes y servicios escasos” [como una forma de agencia individual] que estaban “al margen de los procedimientos formales”, tal como lo expresa la autora del Blat y el Guanchy. (Ledeneva, 2008:118-144). En realidad, esto es lo que usualmete denominaríamos clientelismo o prevaricación, pero en otros contextos y circunstancias, que no lo justifican, pero que hacen comprensible que estas prácticas se convirtieran en parte de la cotidianidad de las personas.

Por otro lado, esa forma de violencia estructural ejercida por una maquinaria de poder (como lo era el Partido Comunista) al que la autora en un principio había otorgado un totalitarismo y represión que luego le parecían imaginarios, al que  denominó “El Mago de Oz”, pueden relacionarse con lo que plantea Catherine Lutz, quien pone de manifiesto “las funciones legitimadoras de las redes imaginarias”, explicando que “se trata de un proceso de estimulación y creación de franjas imaginarias de [grupos estigmatizados] y toda clase de seres  que la autora irónicamente denomina “anormales y liminales”, que amenazan con su presencia—real o imaginaria—la estabilidad de la política hegemónica” Entendiendo como grupos estigmatizados, los grupos que Bartra señala como “franjas imaginarias de terroristas, sectas religiosas, enfermos mentales, desclasados, indígenas, déspotas musulmanes, minorías étnicas, guerrilleros, emigrantes ilegales exóticos, jóvenes obligaos a convertirse en narcotraficantes”, etc. (Bartra, 2011: 141). Grupos que los mismos que ostentan el poder han excluido al margen de la sociedad y luego estigmatizan.

En el caso de Verdery, la autora reconoce que creció en un contexto en el que se demonizaba a los regímenes comunistas, por lo que ella interiorizó de forma inconsciente esos prejuicios sobre los países de la antigua URSS, prejuicios que llegaron a determinar su forma de actuar, durante la realización de su trabajo de campo en Rumanía. Esto es lo que Bourdieu (1990) denomina habitus, “la internalización inconsciente de las normas y reglas que sugieren como debemos actuar en determinadas situaciones”. (Bourdieu en Lewellen, 2003:250-254). Esto es algo de lo que no estamos libres los y las antropólogas cuando accedemos al campo, pero que la reflexividad nos ayuda a reconocer y replantear.

No se trata de que no hubiese represión durante el régimen comunista de la URSS, cómo he dicho antes (y en el caso que narra Verdery), era más efectivo imponer medios que fomenten una férrea idea de represión, que las personas interiorizaban y asumían, de lo que en realidad era, y así lo había asumido también la antropóloga.

Conclusión

En este artículo abordado el tema de la violencia estructural planteada en los trabajos de Verdery y Mintz y cómo esta situación genera unos mecanismos de resistencia en la cotidianeidad de las personas, a través de mecanismo de supervivencia ante el dominio, la explotación y la hegemonía.

En el caso de Mintz, la referencia de un poder local pone de manifiesto una violencia estructural que siempre ha estado presente entre los trabajadores del azúcar en Puerto Rico y que se agudiza bajo el dominio de los norteamericanos. Sin embargo, los trabajadores del azúcar, tanto “libertos” como “agregados blancos” desarrollaron mecanismos de resistencia que contrarrestaban las diferencias raciales y la persistencia de sus pautas culturales. En el caso de Verdery, las creencias interiorizadas sobre la demonización de los regímenes comunistas le hicieron legitimar unas “redes imaginarias de coerción y vigilancia” en la Rumania socialista, bajo el régimen de Ceucescu, lo que en un principio le hizo mal interpretar los mecanismos de resistencia que adoptaban los y las rumanas para acceder a los recursos que les limitaba el Estado

Ambos/as autores/as hacen referencia a una violencia estructural ejercida por grupos de poder que provoca en las personas formas de resistencia que facilita la supervivencia en estos contextos de desigualdad y exclusión social.

                                                                                               Kattya Núñez Castillo

Referencias

– Bartra, en Cañedo R. y Marquina, M. E. A. (2011), Antropología Política. Temas Contemporáneos, Bella Terra, S.L. Barcelona. p:141

– Cañedo, R. Montserrat (2013) “Cosmopolíticas. Perspectivas Antropológicas”, Trotta, S.A. pp. 202-206.

-Cañedo, R. y Marquina, M. E. A. (2011), Antropología Política. Temas Contemporáneos, Bella Terra, S.L. Barcelona. pp.156-204

– Ledeneva, A. (2008) “Blat and Guanxi: Informal Practices in Rusia and China. Comparative Studies in Society and History. pp. 118-144.

– Lewllen, T. C. (2003), Introducción a la Antropología Política. Bella Terra, S.L. Barcelona. pp. 155-179; 245-269

– Mintz, en Cañedo, R. y Marquina, M. E. A. (2011), Antropología Política. Temas Contemporáneos, Bella Terra, S.L. Barcelona. p: 219

Turner, Swartz y Tuden, en Cañedo, R. y Marquina, M. E. A. (2011), Antropología Política. Temas Contemporáneos, Bella Terra, S.L. Barcelona. p: 74.

 

Imágenes

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[1] Mintz relata en su artículo que “de las cuatro plantaciones esclavistas documentadas, una la inició un realista venezolano, el otro un español de Canarias y otros dos españoles cuyo origen exacto se desconoce. En cuanto al realista venezolano, dice que era hijo de un capitán de caballería que llegó a Puerto Rico huyendo del gobierno de Bolívar en Venezuela. (Mintz, 2013:202 y 206)

[2] Como en el caso del policía que se vale del control policial para mantener vigilada a la antropóloga de manera que nadie se diera cuenta de los trapicheos que realizaban. Más que controlar las actividades de la antropóloga a instancias del régimen, utilizaba ese control para un beneficio individual.

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