No hablar. No sentir. Esconderse… Aquella tarde, con el abismo infinito abriéndose bajo sus pies, vio quebrarse todas sus convicciones. Esconderse de lo ignoto era imposible, las palabras, que tocaban a rebato en su cabeza, asfixiaban el vértigo y recargaban el miedo. La rigidez que lo había salvado hasta entonces lo hizo vulnerable. Quiso mirar más allá, lanzarse al vacío y descubrir aquello que la oscuridad velaba. Una ráfaga de aire frío sopló a su alrededor y se reconoció demasiado cobarde para dar un paso adelante. Un paso atrás. No hablar. No sentir. Esconderse. De la realidad, de la Nada.


Desde Montsegur, el eco de cientos de voces dolientes rememoraba los gritos unánimes de una tierra quemada que había visto arder a sus hijos en incontables hogueras. La vegetación volvía a brotar de las cenizas esparcidas por el viento, del cieno carmesí por la sangre derramada, humeante e infortunada. El fuego contra los justos y la crueldad de los injustos hicieron que el repiqueteo victorioso de las campanas tocara a muerto, el contrariado homenaje de una tierra que no conoció de la compasión.


Apretó el gatillo y entre nubes de humo la bala se clavó en mitad del espejo. Círculos concéntricos bailaban por el cristal y el horror le hizo tirar la pistola y golpear las astillas, tantas veces que su propia sangre se filtró por las grietas y las unió haciendo saltar el plomo. Sus fantasmas lo perseguían. Un reflejo y el pandemónium de traiciones, miedos y sombras afloraron a su alrededor. Pensó que podría acabar con ellos y ahora se miraba en círculos fragmentados que le multiplicaban hasta el infinito la confusión que acabaría por consumirle. Quiso ser valiente -acaso temerario- y recogió la pistola del suelo. Aún estaba cargada. Su reflejo se mantuvo en pie, expectante mientras el cuerpo se desvanecía.


Volteó de nuevo el reloj y los granos dorados de arena volvieron a resbalar por las paredes de cristal. Vio su reflejo transparentarse en la superficie, como si proyectara la imagen, la visión incorpórea de su propio fantasma. Había visto el tiempo pasar encerrado en cuatro paredes, el tiempo había corrido, hasta agonizar, en aquella prisión de cristal. Palabras jamás pronunciadas, una tempestad de dudas, preguntas condenadas a la interrogación. Ahora todo se volvía más absurdo, efímero. Actuar o quedarse inmóvil perdían todo el sentido. Sólo quedaba esperar unos minutos más. Esperar, y volver a girar el reloj.


Escuchamos los primeros aviones en la distancia. El aire parecía quebrarse a su paso y el sonido de los motores resquebrajaba el cielo encapotado. Cuando se acercaron, las casas empezaron a temblar y el estruendo terminó por acallar los gritos y por engullir el miedo. Salimos a media noche, corriendo en mitad de la desesperación y en busca de un lugar donde refugiarnos, con la esperanza de sobrevivir a la inexorable batalla. El pánico nos inundaba y la iglesia de San Martín de Tours nos concedió el amparo que ansiábamos. En el interior apenas brillaban unas llamas titilantes, las sombras aparecían y desaparecían por cada resquicio y de nuestras bocas brotaron no sé qué suerte de plegarias que rogaban que los aviones pasaran de largo, suplicaban una última oportunidad, susurros que pretendían llegar a algún dios en medio del rumor de aviones y de silbidos fatales. Vimos una bola de fuego que crecía en el exterior, los ventanales reventaron y el humo arreció en el interior. Tuvimos miedo. Luego, todo se quedó en silencio. El dios al que rezábamos no acudió en nuestra ayuda esa noche. Ni esa noche, ni ninguna otra desde entonces.


Teseo perdió la cuenta del tiempo que pasó recorriendo las innumerables encrucijadas del laberinto. Por un momento pensó que no existía tal minotauro y que todo había sido en vano. El hilo no llegaría mucho más lejos. Daría la vuelta y el reencuentro con Ariadna, sin ápice de gloria, lo mantendría con vida. No necesitaba enfrentarse con una bestia imaginaria cuando el laberinto ya lo había puesto a prueba. Escuchó un bufido a su espalda y una cabeza de toro rodó hasta sus pies. La agarró por uno de los cuernos, sonriente. Ariadna tendría su cabeza y él su victoria. Después de todo, ni el monstruo era falso ni tuvo que mancharse las manos.


Rodolfo Padilla Sánchez

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