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En este país bendito, dejado de la mano de dios y a veces ahogado por de la de los hombres, vivimos una irrealidad de modernidad, diseño, vanguardia. Nos creemos los más coloridos, los más innovadores, los más “futuro venturoso”. Pero la verdad es que cargamos, seguimos cargando, con una piedra enorme, pesada, de la que parece que no nos pudiéramos deshacer. Esa piedra nos retiene el pensamiento, nos impulsa a juzgar al vecino, nos hace creer en espejitos -hoy trapitos, loguitos- de colores, nos convierte en simples de no retorno. ¿Ustedes se dieron cuenta de que la publicidad en este país bendito es para infradotaditos? ¿Han escuchado los diálogos imbéciles con los que nos quieren vender en las radios yogures, fajas, filtros de agua, seguros de bicicletas? ¿Se han fijado en las historias burdas de las publicidades de televisión? Ni siquiera utilizan con nosotros la sexualidad subliminal, porque en el fondo saben que somos unos reprimidos. Y saben también que somos un poquito infradotados; antes pensaba que los cortos de entendederas eran los publicistas, deducción directa de la calidad de sus publicidades, pero después me di cuenta de que no, de que éramos nosotros, porque los tipos se juegan los cuartos cada segundo de televisión que nos hablan, y ellos no son parte de la masa de compradores por cuenta ajena. Estamos enzarzados desde hace años en discusiones superfluas pero sin dialogar sobre ningún tema. ¿Ustedes llegaron a un acuerdo con alguien alguna vez a través del insulto o de la descalificación? Nunca, ¿verdad? Es así como funciona. La roca que no deja ver el mundo de detrás. La roca que impide levantarse y avanzar. ¿No la sienten? Durante cuatro décadas la regaron y creció, y se arraigó. Sé que parece absurdo, que la imagen tiene un estilo Monty Python, pero es lo más parecido a la realidad, que también parece su creación, a veces. Miren si no los ejemplos que tenemos, cómo son los que nos representan. Corruptos, ladrones, insensibles, mentirosos. ¿Quién es capaz de asumir una moral en este merdé? Personalmente, me cuesta cada vez más. ¿Yo tengo que atenerme a unas reglas que los que mandan se pasan por el forro? ¿Ustedes tienen que respetarlas? ¿Por qué? ¿Y por qué, estimado Blasco, nos viene a decir esto a estas horas, con lo tranquilos que estábamos y toda la navidad por delante? Como a veces sucede, por un cabreo. Un cabreo como una catedral que tuve hace unos días, y que tenía que dejar que se asentara. El cabreo viene de la idea que tiene la sociedad, es decir, nosotros, de mi profesión, del periodismo. En realidad, el motivo es lo que estuvimos haciendo todos estos años para que la sociedad, recuerden, nosotros, tenga esta idea. Hace años ya que el periodismo agoniza de diversas muertes naturales. La primera es la empresa, que parece tan necesaria como incompatible con esta profesión. Una empresa, por definición, tiene por objetivo el beneficio, hacer caja. La pasta, para hablar claro. Y muchas veces lo que deberíamos decir choca de frente con ese afán. Un pequeño anuncio que te pone la gran tienda española del triangulito verde y quince o veinte empresas que ya no debes ni siquiera mirar, porque a la que las miras un poco ves la mierda que sale de sus actos. Un anuncio que te ponga el ayuntamiento de Villacenizo del monte y ojo con cuestionar al señor alcalde, que se cabrea y nos retira el anuncio de la fiesta del chorizo ibérico, y las cuentas no dan. El otro mal es el de la piedra. Durante todos estos años, los cuarenta más los cuarenta siguientes, como temía Sacristán en aquella película en la que todos nos vimos un poco, hemos mamado escalafón, jerarquía a respetar, mando y obediencia. Y de ahí viene que muchos periodistas de hoy, que crecieron en la idea jerárquica, confundan su profesión con la del juez, o con la del chivato, o con la del cortesano. Incluso con la del soldado, que actúa según las órdenes del superior, y cree que no es responsable de nada. Estamos ciegos. Los periodistas y la sociedad que nos parió. No hemos sido capaces de crecer y de hacernos cargo de nosotros mismos. No hemos sido capaces de mirar atrás, y saber dónde enterraron nuestros abuelos paternos a nuestros abuelos maternos. No somos capaces de mirarnos al espejo y preguntárnoslo. Y seguimos tratándonos como a imbéciles. Y disculpen la vehemencia de las palabras, son hijas de la decepción que reverdece. Porque ni siquiera sirvió esperar a que se muriera aquel de la voz penosa, ni esperar a que los jóvenes tomaran el lugar de los viejos, porque la paciencia no trae otra cosa que más paciencia, y menuda leche mamaron los jóvenes, que ahora son los viejos que nos mandan, y que siguen utilizando los mismos trucos, miren aquí que les meto la mano allí. Seguimos respondiendo al mandato antiguo, no pienses, no razones, obedece, odia a tu vecino. Disculpen la vehemencia y el rollo que les he soltado con la excusa de la editorial y toda la pesca. Espero compensarlo con Luis Eduardo Aute y La Belleza, una declaración de principios que sí me representa. Vamos a jugar a la radio, bienvenidas todos. Click aquí.

Fernando Blasco

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