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Si existe una disciplina consciente de lo resbaladizo del concepto de religión esa es la antropología. Estoy de acuerdo en que lo que llamamos religión es un artefacto ideológico “occidental” y los estudios religiosos una forma disfrazada de teología ecuménica liberal[i]. Pero estos límites teóricos, de los que somos conscientes, no estorban demasiado en el caso que nos ocupa, ya que hablaremos sobre una religiosidad que se encuadra sin mayor problema en el uso común que solemos hacer del término religión, si bien, empujándolo intencionadamente hacia sus límites.

La creencia secular da por hecho que lo sobrehumano, lo místico, lo espiritual, no cabe en las sociedades modernas más que como restos de tradiciones más o menos toleradas, más o menos preservadas. O como parte de un patrimonio inmaterial dispuesto a ser usado comercial y/o políticamente. Pretendo modestamente mostrar que incluso nuestras sociedades tecnológicamente avanzadas, siguen siendo una olla en la que bullen nuevas creencias y supersticiones que aspiran a formar parte de la estructura simbólica.

Las dos desapercibidas formas de religiosidad sobre las que voy a tratar son: una de carácter idolátrico que busca sustanciarse con una ritualidad pública y la otra, puritana, que fomenta la unión mística e íntima de cada individuo con la abstracción de un código moral incuestionable y que, en el sentido que da Mary Douglas, desprecia las formas rituales por verlas como empequeñecedoras del espíritu humano. No se conforman con pedirte que tengas fe, se te exige una adhesión “racional”[ii] a su código. No les basta con que lo “creas”, tienes que “saberlo”.  Tu reflexión, si realmente las has realizado adecuadamente, te llevará sin remedio a su formulación moral en sus propios términos, lo contrario te exigiría una rectificación o ser despreciado y anulado.

El Santo contemporáneo nos parece una extravagancia propia de instituciones que pueden resultar anacrónicas, de grupos clausurados contra una sociedad abierta, o de culturas exóticas resistentes al engranaje “civilizatorio” ¿Cómo un pueblo educado puede creer, a día de hoy, que una persona cualquiera sea portadora o vehículo, de fuerzas de un “más allá” sagrado, capaz de reordenar el “más acá” tan solo con su presencia?

Las multitudinarias muestras de duelo por el fallecimiento de Maradona y la posterior virulenta reacción de corte moralista en su contra, nos puede servir como excusa para preguntarnos por la conflictividad religiosa en las sociedades presuntamente secularizadas. Es una oportunidad para poner en duda si eso que llamamos comúnmente religión puede reducirse sólo a las acostumbradas y llamativas manifestaciones folclóricas o a reificadas “supervivencias” culturales.

Al fin y al cabo, los grupos humanos no dejan de producir sistemas simbólicos que lo único que necesitarían para convertirse en algún tipo de culto es que un grupo de personas se avenga a compartirlo y transmitirlo. Pero en el ideológicamente confuso mundo de nuestras sociedades de consumo, si queremos llegar a pensar esa conflictividad religiosa hay primero que encontrar esas religiones.

Como Clifford Geertz escribió: “El problema no consiste únicamente en construir definiciones de religión. Tenemos suficientes; su gran número es síntoma de nuestro malestar. Se trata justamente de describir qué tipo de creencias y prácticas a qué tipos de fe bajo qué condiciones. Nuestro problema, que se acrecienta día a día, no es definir la religión, sino encontrarla”.[iii] Recojamos, con obligada humildad, el guante de Geertz y busquemos.

Las personas religiosas a lo largo de la historia jamás se han dado cuenta que lo eran y hoy, en la mayoría de los casos, pasa exactamente lo mismo. ¿Qué diferencia existe entre esforzarse para tocar el manto de la virgen o hacerlo para rozar la mano de Lady Gaga? ¿Por qué aceptamos la experiencia espiritual a través de una figura policromada y no en una estrella de pop o en Maradona? Alguien objetará que el fan de Lady Gaga no reconocerá nunca su naturaleza sagrada, pero ¿estamos tan seguros? Si tan solo valorara su creación artística ¿cómo explicamos esa lucha descartando la recompensa de la vivencia mística? ¿Qué se lleva consigo en ese leve toque de dedos? El caso de Camarón de la Isla es bien conocido, madres acercándose con sus hijos en brazos buscando una bendición. A Deeksha bhoomi acuden en masa peregrinos a rendir homenaje a otro santo popular: el político, jurista y padre de la constitución India B.R. Ambedkar. La religiosidad más viva, en nuestras sociedades industrializadas quizá no esté en los esclerotizados rituales de las instituciones tradicionales; en las iglesias o sinagogas.

Aquellos que critican la adoración, aparentemente desmesurada a la figura de Maradona, no se dan cuenta que poco tiene que ver con una puesta en valor de su habilidad profesional, y mucho menos de su, por motivos de sobra conocidos, ejemplaridad ética. Maradona es un elemento hierofánico, es decir, una figura por la que se manifiesta lo sobrenatural. A través de él se consigue lo que sería imposible de otra manera, la comunión espiritual de, al menos, una nación entera.

A la manera de las Kumari nepalíes, Maradona dejó de ser alguien, para convertirse en “algo” sagrado, pero al contrario de las niñas diosas que sólo retienen de forma temporal su divinidad, a Maradona no le dejaron volver a ser él, por eso a Maradona en realidad lo mataron, la mayor parte de él, hace mucho tiempo. Y por eso le perdonan todo, porque el que comete los crímenes es apenas “nadie”. Las personas sólo pueden ser santas si dejan de ser personas. Es más, para lo fieles de Maradona supone un alivio, nunca confesado, quitarse de encima el estorbo biológico de la persona, para dar rienda suelta definitiva al mito. Así que probablemente no podamos encontrar muchos fenómenos sociales a los convenga mejor asociarle el calificativo de religioso. A este y, como veremos, al que forman parte quienes reaccionan con violencia en contra de esta advocación.

Muchos movimientos religiosos, como las sectas sunís o cristianas protestantes, sostienen como uno de los mayores pecados el de la idolatría y puesto que rechazan la adoración a una figura santificada, basan todas sus creencias en un férreo sistema moral, al que atribuyen origen divino. Así, todos y cada uno de los fieles es depositario y guardián de dicho código, que deben cumplir y hacer cumplir con rigurosidad. Ese origen divino no tiene porqué surgir sólo de un creador todopoderoso, eso es lo menos importante. A menudo se cree que no observar dichos comportamientos de la manera correcta es ir en contra de algo mucho más metafísico que un Dios, es ir contra “el orden natural”, como si eso fuera posible. Y las agrias críticas, más allá del asombro, que vierten contra los movimientos devocionales a la figura de Maradona, no esconden más que otra forma de religiosidad bien conocida: el puritanismo.

Como vemos se rechaza, por supuesto, su santidad, pero tampoco tienen ninguna intención de aceptar la complejidad de la persona. Entonces podemos preguntarnos ¿es una persona sólo las cosas malas que ha hecho? Para un puritano la respuesta es siempre sí. Por eso idolatrar a una persona contemporánea cualquiera, es siempre idolatrar a un pecador. Es inadmisible. Y no sólo eso, sino que cualquiera que reconozca lo paradójico de una existencia humana, aun cuando haya condenado sus posibles crímenes, pero crea justo reconocer algunos méritos, será automáticamente identificado como apologeta de dichos crímenes. En definitiva, una persona es sólo las cosas malas que hace, y el que se atreva a valorarla en cualquier otro aspecto, las justifica y merece la misma reprobación.

Pero este reproche radical que conlleva la anulación de todo lo valorado en el Santo contemporáneo por sus seguidores, no puede tomarse de otra manera que como una blasfemia. Así el círculo de la violencia religiosa y el de su justificación se pone en marcha sin dar espacio posible al otro, tal y como ha sucedido siempre en la historia. Pero jamás nos reconoceremos a nosotros mismos en esta lucha, somos “gente civilizada” que valoramos la “verdad” frente a la superstición, y sabemos bien que, al fin y al cabo, la religión es siempre la creencia de los “otros”.

Pablo Martínez Tobía

Referencias

Imagen: https://tercerangel.org/maradona-sincretismo-y-la-religion-del-dios-lejano/

[i] La ideología de los estudios religiosos, Timothy Fitzgerald (2000)

[ii] Símbolos naturales-Exploraciones en cosmología, Mary Douglas (1970-1973)

[iii] Observando el Islam, Clifford Geertz (1968).

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