Un arma, nos guste o no, ese fue el uso original que se le dio a la antropología. Retrocedamos hasta el siglo XV, cuando las principales potencias se disponen a explorar el mundo, cuando se llega a América y se ponen pies sobre África. Fue bien sabido en su momento por los conquistadores, que para abrirse camino en la nueva tierra donde habitaban seres humanos distintos a todo cuanto se había visto antes, un paso importante era conocer a la población a la que se enfrentaban, esencialmente sus costumbres para de esa manera consumar la dominación. Ejemplos de esto sobran en la historia, desde la batalla del Pelusio, cuando los persas, conociendo la adoración de los egipcios por los felinos, utilizaron gatos como proyectiles, hasta las más recientes intervenciones de países en naciones extranjeras, en organizaciones paramilitares, en carteles de droga, etc.

Hablar sobre ética en la disciplina es hablar sobre la historia misma de la antropología. Desde un inicio surge la discusión respecto a los fines, los intereses y la manera en que esta rama de la filosofía debía involucrarse con el estudio del ser humano. Llegamos a un debate sobre la ética. Para ilustrar el punto anterior, cabe considerar que, siendo ningún secreto, y esto no es difícil de corroborar, a nivel mundial el segundo mayor empleador de antropólogos es la compañía Microsoft, tan solo por detrás de nada más ni nada menos que el gobierno de los Estados Unidos.

Hace un tiempo me dispuse a leer el código de ética presentado por la Asociación Americana de Antropología (AAA) de la cual célebres miembros fueron parte, entre ellos Boas, Kluckhohn, Linton, White y en quien nos centraremos, Ruth Benedict.

En el año 1947, dicha antropóloga publica su famosa obra «El crisantemo y la espada» sobre sus vivencias en el país Nipón. Ya concluida la segunda guerra mundial, coincidentemente, fue en este mismo año cuando un conglomerado de países liderados por EUA hizo ocupación de territorio japonés. Sintetizando un poco esta curiosa historia, el punto central es que al ejército occidental las costumbres de los nativos de la isla se les hacían cuando menos extrañas. El gobierno norteamericano destinó a un grupo de antropólogos, entre ellos Ruth Benedict, a estudiar la cultura de Japón, a fin de descifrar patrones de comportamiento y abordar de la mejor manera posible la ocupación en curso. La investigadora en cuestión no solo era miembro de la asociación americana de antropología, ese año fue la presidenta.

Es probable que sea en la antropología más que en cualquier otra carrera en donde abundan las perspectivas relativistas, lo que influye en la falta de consenso a la hora de tratar estos temas. Por un lado, unos opinan que es decisión de cada uno elegir en que área desempeñarse, mientras que otros consideran que la aplicación poco ética de la antropología podría desencadenar efectos adversos sobre algún grupo en particular. Se presentan dificultades a la hora de pensar sobre las implicaciones y responsabilidades éticas que a cada uno concierne.

Hay que preguntar entonces: ¿Realmente puede existir un consenso en la disciplina respecto de normas éticas?

Creo firmemente que la respuesta para los antropólogos es bastante clara, no. Se alude con la ética a una consideración personal, después de todo, aun existiendo códigos de ética, estos en la práctica no son considerados sino más bien como sugerencias hacia el desarrollo profesional, siendo las consecuencias de violar lo ahí establecido no más que una suerte de exclusión en los círculos académicos, entre una que otra crítica. Pero no se equivoquen, pues lejos de parecer una reprimenda menor, esto último puede convertirse en un verdadero problema en cuanto al pleno desarrollo de la vida profesional.

Por lo general este tópico no goza de popularidad al ser mencionado, pero todos deberíamos ser honestos con nosotros mismos y reconocer cuando existen actitudes poco consecuentes al interior de la disciplina. Me refiero a acciones o hechos que han sido condenados, reprochados, muchas veces con justa razón, por personas o entidades que sin embargo no se hallan libres de culpa en estos aspectos. El caso narrado sobre el uso de antropólogos en guerras no es un hecho pasado, es un hecho contemporáneo, consecuencia de las necesidades por parte de distintas organizaciones, las mismas que en su momento recriminan este tipo de aplicación del conocimiento antropológico.

Al imponer un código ético ¿No se coarta nuestra libertad de sacar conclusiones individuales? Para ser honesto dudo que esto tenga que ser así necesariamente. Pueden ser impuestas una serie de normas como aquello sugeridamente correcto, persuadiendo a las personas de no trabajar para determinadas entidades (agencias gubernamentales, empresas forestales, compañías mineras, etc.), trazando el camino que se debe seguir, limitando muchas veces, como ya lo hemos comentado en otras ocasiones, el campo laboral en el cual la persona creerá poder desarrollarse. Sin embargo, la decisión sigue estando sobre nosotros, seguimos teniendo el poder de juicio, de juzgar aquello que se nos presenta y de comprenderlo antes que criticarlo, una capacidad que afortunadamente aún poseemos.

De alguna manera, luchar contra la corriente puede volverse algo inútil pues, para este caso, nadie nunca jamás va a estar exento de las críticas. Vale tan solo aplicar nuestras aptitudes según nuestros valores y aquellos que, esperemos, nos halla inculcado nuestra casa de estudios.

Es interesante ver cuánto han cambiado los paradigmas en la antropología, cuanto ahínco han puesto nuestros predecesores con el fin de perfeccionar la disciplina. De cualquier manera, es excelente y muy necesario que, en las universidades, futuras antropólogas y antropólogos sean instruidos en estos temas, poner sobre la mesa el debate en cuestión y plantear de manera enfática el proceso reflexivo. Es muy comprensible que a cualquier persona se le pida el uso de su propia razón para sacar conclusiones éticas, sin embargo, en el caso del cientista social esto se vuelve una práctica primordial.

Se trata de otorgar las nociones básicas y esenciales a los alumnos, mostrar preocupación por clarificar la importancia de la ética al interior de la antropología, pero, al mismo tiempo, promover que ellos mismos logren juzgar y analizar por su cuenta. De esto depende el sustento y la posición de la antropología como la ciencia social que muchos decidimos abrazar.

Manuel Gutiérrez

Universidad Austral de Chile

Instagram: @_ma.milo.

Imagen portada: https://diarioresponsable.com/

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