Vaya por delante la advertencia al lector que se encontrará en este texto un lenguaje que se aproxima peligrosamente a lo metafísico, casi poético. No pretendo con esto perder a nadie en un lodazal de concepciones e interpretaciones abstractas, simplemente considero que, para explicar al ser humano, a veces, lo reduccionista es tratar de describir las prácticas sociales como formas mecánicas sin anclaje en lo simbólico y en las emociones que produce en los individuos.

Seguramente es igual de arriesgado deslizarse por el lado contrario, el del “psicologicismo” o el del misticismo. Pero los antropólogos no se cansan de repetir que no les interesa demasiado la Verdad, de eso se encargan de manera admirable otras disciplinas. A los antropólogos les interesa lo que sucede; a cualquiera en cualquier lugar. Y lo que sucede a las personas es también lo que creen y sienten que ha sucedido. Si lo obviamos, abandonaríamos más de la mitad de la tarea que decidimos emprender: entender a nuestra especie.

Creo que, si queremos explicarnos, por ejemplo, algo tan cierto como la comunicación entre las íntimas subjetividades del poeta y su lector u oyente, para ser competentes, habrá que apoyarse con cautela, pero sin complejos, en el lenguaje poético con el que estamos habilitados culturalmente.

Son interesantes las teorías al respecto del origen o función de la risa, o la sonrisa[i] , en la evolución del ser humano. Es tanto una acción como, sobre todo, una reacción comunicativa. Aunque pueda sobrevenir en soledad, como la palabra, parece desplegar todo su sentido si hay un otro, receptor e intérprete de su significado. Lo mismo nos da si la tomamos como un acto reflejo, que al igual que la mirada o la respiración, sin tener intencionalidad comunicativa alguna, sí que comunican: ansiedad, aceptación, odio, compasión, tranquilidad… por mucho que lo intentemos no podemos dejar de traducir los estímulos recibidos, sean del tipo que sean, a nuestro propio código cultural. Y es que el ser humano es un animal tan social, que es un animal al que le hablan, incluso, las cosas; continuamente. Con la única pega de que las interpreta a “su manera”.

La risa se define como comunicación no verbal, pero con frecuencia puede acompañar a la palabra como pareja cómplice en un baile de significados sobre los pequeños escenarios de la cotidianeidad humana. Puede servir, a su vez, para enfatizar una acción, a menudo cruel o fortuita. En una conferencia titulada “Reírse de su padre”, Agustín García Calvo, a modo introductorio, habla sobre el tipo de risa a la que no va a referirse, que es precisamente de la que habla este artículo: la risa como el asomo de un paraíso perdido, como de fuera de este mundo, y lo ilustra, haciendo bastante trampa, citando el final la Égloga IV de Virgilio:

Comienza, dulce niño, a conocer a tu madre con una sonrisa

Madre que por ti sufrió diez meses de ansia espera

Comienza así dulce niño;

Que aquel que no sabe sonreír a la madre que lo alumbró,

No le concede ni un dios la mesa, ni una diosa el lecho[ii]

Parece ser que un recién nacido empieza a sonreír sobre los tres meses de edad, cuando precisamente es capaz de distinguir los rasgos faciales de su madre. Bien por Virgilio, maldición incluida.

Muchas son las situaciones propiciatorias del “asomo”. Qué madre o padre no queda hechizado ante la risa de su hija o hijo, e intentan provocarla una y otra vez.

Experiencia numinosa donde las haya, que como el personaje de una novela de Cormac Mcarthy, emocionado viendo dormir a su hijo pensaba: si esto no es la palabra de dios, es que dios no ha hablado nunca[iii]. Esta es sólo la primera, pero hay infinitas: toparnos inesperadamente en la calle con un ser querido nos arrancará ese tipo de sonrisa; o un reencuentro tras largo tiempo separados; o el alivio al comprobar que el motivo de preocupación ha pasado; los gratos recuerdos, siempre nostálgicos, por ser a la vez presencia y ausencia; la ágil conversación que surge, como sin querer, de una mente ingeniosa;  o la que aparece, fruto de la confianza, entre dos cuerpos desnudos que se quieren y desean como son…etc

Los antropólogos sociales han descrito la risa, sobre todo el “reírse de”, como una manera de controlar el ego individual, para proteger al grupo de los posibles desmanes autoritarios de las personalidades carismáticas. Algunos llegan al punto de asegurar que los seres humanos somos instintivamente igualitarios[iv], y que la risa podría ser esa herramienta evolutiva que, por como reorganiza el estado emocional colectivo, lo demuestra.

Ese “reírse de” es lo que llamamos sentido del humor, que es un producto cultural y por tanto relativo; concretado en un lugar, por unas personas. El “asomo” del que hablamos, puede ser la génesis del sentido del humor, su mecanismo más puro y esencial, a la espera de ser elaborado e interpretado, o no, en la interacción social.

Todos conocemos a personas, que da igual de lo que hablen, si es más o menos apropiado lo que revelan, que sin saber explicar cómo, nos mantienen hipnotizados con su sonrisa siempre espontánea. No son pocos los testimonios de quienes, aun sometidas a las situaciones más extremas, cuentan haberse encontrado con alguien así, capaces de hacer olvidar, aunque sea por un momento, el infierno que viven.  Ese don, casi infantil, crea alrededor suyo una esfera de influencia social que automáticamente hace sentir bien a las personas que la prestan atención, abriendo ese portal al paraíso de un tiempo perdido.

Esa sonrisa es un banquete compartido y ciertamente igualitario, ya que no es que tengan algo y deciden, estableciendo jerarquías, a quien se lo otorgan. Simplemente les sale, ya que es su presencia misma.

Tal vez esté describiendo una sociabilidad impresionista, pero las impresiones también suceden y como hemos dicho, no debemos rehuir pensarlas. Es por tanto esa forma de sonrisa, casi siempre inesperada, a veces buscada, pero nunca segura, que rasga el tejido de lo previsto para derramar el paraíso sobre el espacio donde ocurren las cosas que nos interesan: el que queda entre las personas que se buscan.

Es un espejismo que parece sacarnos de la corriente temporal, nos sitúa por encima de ella y apenas nos salpica. Capaz de crear instantes que parecen llenar sin problema una vida entera, convirtiendo ese momento en algo sucedido, más que en una atemporalidad, en un “tiempo total”; que se basta a sí mismo de forma completa y que no deja espacio para nada más.

Pablo Martínez Tobía

Referencias

[i] Usaré en el texto los términos risa y sonrisa indistintamente para referirme al fenómeno que trato de describir.

[ii] Bucólicas, Égloga IV. Virgilio.

[iii] The road, Cormac McCarthy (2006)

[iv] Did laughter make the mind?, Chris Knight. (2019)

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