Una matriarca elefanta lidera su manada a través de la llanura. Se detiene ante un puñado de huesos semienterrados y agrietados calor y sol. Barrita pesarosa y permanece allí, ante los huesos, durante una eternidad. Al fin da la vuelta y se marcha.

Una mamá chimpancé lava fruta en el arroyo que corre cercano. Con insistencia hace venir a sus retoños y les enseña, lenta y cuidadosamente, a hacer lo mismo.

Un delfín fondea el lecho marino, arranca un fragmento de esponja y recubre sus fauces con ella. Con su flamante herramienta se dedica a otear el barro oceánico, protegido de arañazos y preparado para atrapar suculentos peces.

Conforme el ser humano observa a los animales que lo rodean, descubre —o redescubre: Aristóteles ya observó que algunos cantos de los pájaros son aprendidos, y no innatos— toda una serie de comportamientos complejos, transmitidos socialmente, que difícilmente son explicables a través del mero aporte del bagaje genético. Más bien parece que estos comportamientos y aptitudes son aprendidos; y no solo eso, sino que lo son en el seno de una comunidad. ¿Cómo podemos explicarlo? En la famosa novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, el autor explora la posibilidad de una humanidad sintética, y por fin concluye que, efectivamente, los androides sueñan, son humanos —son seres culturales. ¿Y bien? ¿Qué ocurre con los chimpancés, los bonobos, los gorilas; cetáceos como las ballenas jorobadas o los delfines; aves como los cuervos o los grajos? La evidencia se acumula: en ausencia de lenguaje articulado, alta tecnología, pulgar oponible, flamenco, bibliotecas, cuartetos de cuerda, calvicie androgenética; varias especies animales se las han apañado para desarrollar… para desarrollar… ¡cultura! ¿Es posible? ¿Ha llegado la temida hora de abandonar el trono, la cúspide de la evolución? ¿Verán invadido los muy humanos Adán y Eva su Jardín de la Cultura? Como veremos, la pregunta no es trivial y no puede esperar por más tiempo en el cajón de la ciencia. Es la hora.

¿Sueñan los chimpancés con la fuente de la eterna banana? ¿Sueñan las ballenas con jardines de plancton? Para responder a esta pregunta vamos a explorar primero las cavernas profundas de la inteligencia animal, para adentrarnos después en el océano de su cultura.

La traición del espejo mágico

La malvada Reina, madrastra de Blancanieves, solía acudir ante el espíritu de la sabiduría encarcelado en un espejo para preguntarle: “Espejito, espejito mágico, ¿quién es la más bella de este reino?” Esta mítica escena quizá sea más significativa de lo que creemos. Y es que los científicos llevan haciendo esta misma pregunta a un primo cercano del espejo mágico. Sin saberlo, han caído presas del embrujo… O eso opina la neurocientífica Lori Marino. El objeto de su crítica no es otro que la famosa prueba del espejo, desarrollada por Gordon Gallup en 1970.

¿Son inteligentes los animales? ¿Tienen consciencia propia? Estas preguntas, que han fascinado la imaginación de científicos y profanos por igual durante décadas, motivaron el desarrollo del test. Cuando los seres humanos observamos nuestro reflejo en el espejo, sabemos que nos estamos mirando a nosotros mismos: nos reconocemos. Esto es así porque, argumenta Gallup, tenemos consciencia individual. La prueba del espejo exige lo mismo al animal de turno: que se reconozca a sí mismo en su reflejo. Para ello se le pinta un punto de color en el rostro: si el animal se reconoce, sabrá que esa anomalía está en él, y no en un extraño que tiene enfrente, y la tocará o rascará con extrañeza.

Desde su creación, decenas de especies han sido sometidas a la prueba del espejo: desde primates hasta osos panda, mantas raya o incluso un robot. Varios simios, delfines, elefantes y urracas —con mayor o menor claridad— han pasado el test. Otros, como los perros o los gatos, no lo han hecho —quienes tengan mascotas habrán podido comprobar la cómica sorpresa del perro cuando descubre a ese extraño al otro lado del cristal, del que no puede librarse por mucho que lo intente. Ahora bien, ¿significa esto que carecen de consciencia propia? ¿O el problema radica, más bien, en el diseño del test? Alexandra Horowitz, del Barnard College en Nueva York, opina que la prueba es antropocéntrica, porque se basa en un sentido particular: la visión. «Para saber qué hay en la mente de un animal, tienes que considerar […] qué es importante para ellos».

Los perros, por ejemplo, tienen una visión muy poco desarrollada; reconocen a propios y extraños a través del olfato. Así, Horowitz adaptó el test de Gallup al perro a través de un «espejo olfatorio». En un contenedor puso la orina del perro; en otros, la orina del perro mezclada con la de otros animales. El perro dedicó más tiempo a oler la orina mezclada. Esto, según la autora, demuestra que el animal se reconocía a sí mismo: sabía cómo debía oler, y se extrañaba ante las mezclas, tal y como nosotros hacemos. Nosotros pensamos: «qué aspecto tan extraño». Un perro pensaría: «qué olor tan extraño».

¿Hay un «yo» en el interior de las especies? Cada vez más investigadores creen que sí. En 2012, un grupo de neurocientíficos, etólogos y psicólogos firmó la «Declaración de Cambridge de la Consciencia». En ella aseguran que «los humanos no son los únicos poseedores de los sustratos neurológicos que posibilitan la consciencia. Diversos animales no-humanos, incluyendo todos los mamíferos y las aves, y otras criaturas como los pulpos, también los poseen».

Atrapados en nuestra mente humana, nos resulta casi imposible imaginar la consciencia de un animal cuadrúpedo, carente de herramientas o lenguaje articulado. ¿Cómo siente su cuerpo un delfín, o el espacio tridimensional que habita? ¿Cómo se relaciona con sus semejantes? ¿Qué opina de los animales humanos y sus extrañas pieles sintéticas? ¿Qué hay en la mente de un cuervo que aprende a tirar nueces a la carretera para que los neumáticos de los coches rompan las cáscaras por ellos, y espera como paciente peatón para cruzar y recoger su premio?

Quizá, para saberlo, la prueba del espejo no sea la mejor solución. Como a la malvada Reina, nos ha dado la respuesta que queríamos escuchar. Pero, ¿es la inteligencia y la consciencia prueba de cultura? ¿Qué relación tienen ambos conceptos? Nosotros, para empezar, somos animales afectivos mucho antes que animales racionales. Quizá sea el momento de adentrarnos en las comunidades y familias que estos maravillosos seres forman, tan complejas y llenas de vida en algunos aspectos como las nuestras.

Pero mezclar «cultura» y «animal» puede tener consecuencias inesperadas. Puede provocar una pandemia.

Las guerras de la cultura

Ahora que la crisis del coronavirus ha popularizado expresiones como «grupo de riesgo», es posible que los antropólogos constituyan un grupo de riesgo propio… para sufrir enfermedades epiteliales. Cuando un antropólogo escucha definiciones de la palabra «cultura» en la televisión o en la radio siente una poderosa e irremediable urticaria. Cuando se le pide una definición propia de esa temible palabra, «cultura», ríe nerviosamente, tiembla, sufre tics en el párpado derecho y nota cómo el acné brota por todo su rostro. Y es que la antropología académica ha dedicado siglo y medio de agrios debates para tratar de definir qué es ese objeto de estudio suyo tan esquivo, la cultura. El resultado no ha sido tanto un consenso como un alto el fuego; un let’s agree to disagree, que dirían los británicos. Definir cultura es definir al ser humano: la empresa titánica que constituye la dicha y la maldición de la antropología.

Por esta razón, quizá no sea difícil imaginar las controversias que protagonizaron sociobiólogos y ecólogos conductuales, por un lado, y antropólogos y psicólogos, por otro, durante décadas. ¿Y la razón para tamaña guerra? Pues bien… la cultura animal.

Los antecedentes ya indicaban que el canto de numerosas aves era un ejemplo paradigmático de aprendizaje social. Pronto, sin embargo, emergieron los chimpancés. En los años 50-60, varios científicos japoneses observaron tradiciones que se transmitían socialmente en grupos de macacos: en la isla Koshima, por ejemplo, lavaban las batatas antes de consumirlas, para limpiarlas de arena. Lo importante aquí no es tanto el comportamiento en sí, por curioso que nos parezca, sino su naturaleza social. Se observan mutuamente, enseñan sus conocimientos, se imitan: rasgos fundamentales de la sociabilidad humana; de la cultura. O eso parece.

En el año 78 se publicaron hallazgos que dieron la vuelta al mundo. William McGrew y Dorothy Tutin describieron variaciones locales en el apretón de manos de los chimpancés. Los chimpancés de un clan se saludan apretando las manos; pues bien, la manera de hacerlo es diferente en función del grupo. Este comportamiento, que es «arbitrario» —no tiene un impacto directo en cuestiones como la alimentación, lo que es de enorme importancia porque no parece, a priori, que esté sujeto a la selección natural genética—, fundamentalmente social, se nos revela como un marcador de diferencia entre los clanes de chimpancés. Los distintos grupos —¿las distintas etnias? — se saludan de manera diferente. Las implicaciones son evocadoras. ¿Se reconocen los chimpancés como miembros de un grupo a través de comportamientos como el saludo?

Los antropólogos sociales, inmersos en la excelencia de la cultura humana, con su tecnología, su lenguaje articulado, sus religiones y sus mitos, no querían ni oír hablar de cultura animal. Había, además, dudas razonables: ¿hasta qué punto un comportamiento es fruto de la genética, de la sociabilidad, del ambiente, o de una mezcla? ¿Cómo podemos saberlo? En chimpancés, que son extraordinariamente parecidos a nosotros en tantos aspectos, ya resulta complicado. ¿Qué pasa con los cetáceos o las aves, cuyo comportamiento es radicalmente diferente al nuestro? ¿Cómo distinguir entre lo «innato» y lo «cultural»? Si apenas sabemos distinguir entre lo natural y lo cultural en nuestra propia especie —Clifford Geertz argumentaba que esta distinción, de hecho, carece de sentido, porque lo cultural también emerge de la naturaleza—, ¿cómo hacerlo en una ballena o un delfín?

La ciencia sólo sabe hacerlo de una manera: a través de la paciente, ardua y constante acumulación de evidencias empíricas.

Rosalía en el fondo del mar

A finales de los años 60, aprovechando los hidrófonos de la marina estadounidense, el científico Roger Payne escuchó el canto de la ballena jorobada. Fue una experiencia asombrosa. «La primera noche que escuché el canto […] fue también la primera vez que escuché el abismo. Normalmente no oyes el tamaño del océano cuando escuchas, pero lo oí esa noche… Eso es lo que hacen las ballenas; le dan al océano su voz, y la voz que le dan es etérea y sobrenatural».

Tras publicar sus hallazgos, Payne recopiló sus grabaciones en un álbum, Songs of the Humpback Whale, que publicó en 1970. En las postrimerías del movimiento hippie, fue un hit instantáneo. El músico de jazz Paul Winter lo describió como «un clásico eterno de la música de la Tierra. Merece un lugar en nuestro panteón cultural, junto a la música de Bach, Stravinsky y Ellington». Sin el impacto que tuvo este descubrimiento en el imaginario colectivo no sería posible explicar el auge del movimiento conservacionista, ni la moratoria a la caza de ballenas aprobada en 1982. Fue una coincidencia milagrosa. En los años 60 las poblaciones mundiales de ballenas se encontraban al borde de la extinción.

Songs of the Humpback Whale

Hoy en día se sabe que el canto de las ballenas es largo —puede durar horas— y tiene una estructura rítmica: suelen terminar en las mismas notas, como nuestras canciones y poesías. Contienen patrones y estructuras recurrentes que parecen indicar la existencia de reglas. A partir de estos patrones, la ballena construye su canción. ¿Para qué la utiliza? La respuesta tradicional es el apareamiento: sólo los machos cantan, y su canción podría hacer más receptivas a las hembras. También se ha explicado como un mecanismo de cooperación entre machos. Sin embargo, ¿por qué un despliegue tan complejo, tan dinámico?

Las canciones de las ballenas cambian a velocidades asombrosas. Son probablemente el ejemplo más claro de cambio cultural en una especie animal —de hecho, de revolución cultural, como observaron Garland y sus colaboradores al estudiar la transmisión geográfica y temporal de «modas artísticas» entre las poblaciones de ballenas.

En Australia, un clan de ballenas jorobadas inventa una nueva canción. En apenas un par de años, todas las poblaciones de ballenas desde allí hasta la Polinesia francesa la están cantando. Rosalía, nos dicen las ballenas, no es única: el mar nos oculta cientos de Rosalías cuyas letras no sabemos ni cómo empezar a traducir. Las novedades artísticas de las ballenas son auténticas modas: atraviesan miles de kilómetros de océano abierto en cuestión de meses siguiendo las rutas migratorias. De hecho, la comparación con el arte humano no es trivial. Como la música o la literatura, el canto de la ballena jorobada incluye cambios graduales, pero también revoluciones, y tiene esa mezcla que caracteriza a las obras artísticas, señalizando dos mensajes al mismo tiempo: pertenencia, pues la ballena conoce las reglas que su grupo dictamina como de una buena canción, e individualidad, pues incorpora sonidos de su propia invención; quizá, para mostrar lo especial que ella, en concreto, es.

En la naturaleza encontramos ejemplos asombrosos que desafían nuestro antropocentrismo. Como aseguran los biólogos marinos Hal Whitehead y Luke Rendell, Las ballenas jorobadas no son los únicos cetáceos culturales; ni siquiera los únicos que cantan. Los delfines, por ejemplo, emiten vocalizaciones complejas que incluyen el famoso signature whistle o «silbido de firma», un silbido aprendido socialmente que caracteriza al individuo y define su identidad: su nombre. El repertorio de actividades culturales y aprendizaje social es elevadísimo y creciente. Para cazar, por ejemplo, los delfines forman grupos cooperativos con distintas estrategias. En una de las más típicas, uno de los delfines levanta un anillo de barro alrededor de un banco de peces, lo que provoca que estos asciendan y salten para escapar de él. El grupo de caza no tiene más que recoger la cosecha y disfrutar del festín.

Dolphins trick fish with mud “nets”

Las interacciones entre humanos y delfines han hecho correr ríos de tinta. Existen manadas de delfines que se han acostumbrado a un peculiar modo de vida, cooperando con los empresarios turísticos. Permiten que los humanos se acerquen a verlos siempre y cuando después reciban un premio en forma de alimento. Pero hay más: estas asociaciones nos han dado valiosísimas fotografías. En numerosas ocasiones, cuando los turistas se exceden y se acercan a un delfín más de lo acordado, uno de los delfines —el líder del grupo— acude como representante ante el guía turístico —el líder humano— y golpea el agua violentamente ante él, en protesta. ¿Existe un eje moral en la mente de los delfines? ¿Distinguen lo correcto de lo incorrecto?

El canto de los pájaros no es el único ejemplo de cultura aviaria. Los cuervos, los grajos y las urracas forman grupos sociales complejos con afinidades diferenciales: distinguen clanes étnicos, pero también amigos y enemigos individualmente. La intuición nos dice que esto es solo la punta del iceberg, pues apenas hemos comenzado a comprender el significado de sus comportamientos. El ejemplo clásico de aprendizaje social en las aves ocurrió a mediados del siglo XX en Inglaterra. Por aquel entonces, los lecheros repartían leche embotellada a los hogares durante la mañana temprana. Varias especies de pájaros —como los páridos carboneros— identificaron esta costumbre y se habituaron a esperar el reparto, abrir las tapas y beber plácidamente la nata. Además de asombroso ejercicio de astucia, este ejemplo es uno de los testimonios más tempranos y elocuentes de cultura animal: el comportamiento surgió de manera independiente en diversas poblaciones y se transmitió de forma horizontal, a través de imitación o aprendizaje social.

Aceptemos, pues, que muchos animales tienen cultura, aunque apenas hayamos empezado a comprenderla. Pero ¿qué significa eso? ¿Qué importancia tienen estos sueños culturales? Para un número creciente de investigadores y activistas, tienen una importancia crucial.

Varias especies de primates, como los chimpancés, los bonobos, los gorilas o los orangutanes, deberían ser consideradas seres humanos. Eso es lo que opinan primatólogos como Jane Goodall y Dawn Prince-Hughes, filósofos como Peter Singer y Paola Cavalieri, o biólogos como Richard Dawkins. Deberían ser considerados personas sujetas a la protección de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Estas especies, según los autores, demuestran un grado altísimo de sofisticación individual y cultural, exhiben empatía y emociones complejas, y dotan su vida de un sentido moral: distinguen entre lo que está bien de lo que están mal, definidos ambos de manera cultural.

Reconocer su estatus humano es, por tanto, una obligación moral ineludible, e implicaría cambios legales radicales, como prohibir la tala de bosques que está exterminando a los orangutanes, por poner un ejemplo. Reconocer el estatus cultural de otras especies debería reforzar los esfuerzos por su preservación. Aun así, y aunque esto nos parezca un cambio profundo y radical en la manera de relacionarnos con ellas, ni siquiera sabemos si será suficiente. Nos encontramos en los albores de una sexta extinción masiva que nosotros mismos hemos provocado. Si no lo evitamos, la pérdida de hábitats naturales será irreversible; con ellos perecerán muchas de estas culturas, como antes lo hicieron innumerables etnias humanas.

Lágrimas en la lluvia

Bajo una lluvia plomiza, en los últimos minutos de la película Blade Runner, el replicante Roy Batty declama ante Rick Deckard uno de los monólogos más célebres de la historia del cine: «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir».

A día de hoy no sabemos con certeza la profundidad cultural de especies animales como los delfines, las urracas o los chimpancés. No sabemos si las ballenas sueñan con jardines de plancton. Pero podemos intuir, cada vez con mayor intensidad, unas vidas vividas con tamaña riqueza y complejidad que estremece pensar cómo el ser humano se relaciona con sus parientes biológicos. Estremece imaginar la ternura de una madre ballena hacia su recién nacido, que será cuidado y alimentado durante años. Estremece la silenciosa dignidad de las matriarcas elefantas y el tacto preciso y sensible de sus trompas.

No conocemos los sueños del reino animal. Pero sabemos ya que existen. Nuestra mayor y más trágica certeza es que, si no hacemos nada para preservar las vidas y el hábitat de estos seres maravillosos que nos acompañan, sus sueños con toda seguridad se perderán para siempre… como lágrimas en la lluvia.

Miguel Tofiño Vian

Refrencias

What do mirror tests test? Virginia Morell. Aeon Magazine, 2019.

The cultural lives of whales and dolphins. Hal Whitehead y Luke Rendell. Chicago Press, 2015.

Dynamic horizontal cultural transmission of humpback whale song at the ocean basin scale. Ellen Garland et al. Current Biology, 2011.

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