“Postular que el individuo humano tiene derecho al agua, cuando no podría existir sin ella, parece una curiosa perogrullada que, no obstante, cobra sentido para denunciar que, tras tanta civilización y tanto progreso, existen hoy personas con serias dificultades para abastecerse de agua de calidad. Pero postular ese derecho cerrando los ojos al comportamiento antiecológico e insolidario de la propia sociedad humana que lo está amenazando resulta un grave despropósito, fruto a la vez de los excesos de un antropocentrismo y un individualismo muy arraigados (…) Es ese individuo el que, como rey de la creación, exige derechos, por el mero hecho de nacer, sin hablar de deberes hacia la sociedad y la biosfera, sin las que no cabe concebir su existencia” (Naredo, 2008)

En este tiempo pausado, abramos conversaciones. Ahora que sentimos de cerca la interdependencia, que nos paramos a pensar en la co-evolución continua de las cosas, aquella que involucra la multitud de seres vivientes e inanimados que pueblan nuestro planeta, surgen numerosos interrogantes. Ahora que las múltiples interconexiones que caracterizan el sistema mundo se presentan con mayor claridad y criticidad, me pregunto por el estatus de lo humano.

En este pequeño ensayo, busco abrir un dialogo con aquella identidad, fruto de la modernidad, en la que durante años nos hemos reflejado buscando “la esencia”, definiendo y reproduciendo aquellas características que constituían, a los ojos de occidente, un “universal antropológico”, potencia intrínseca al común de los mortales. No obstante, ¿quién puede ajustarse al modelo?

Buscaremos rastrear los límites de un modelo, cuya lógica se desvela imperialista, autodisciplinante y excluyente. Una identidad frontera, en términos de Castells (2003), que limita nuestra capacidad de comunicar con el mundo, de interaccionar con El Todo.

“En el siglo XVIII, en el ateísmo de los filósofos, la noción de Dios es suprimida, pero no pasa lo mismo con la idea de que la esencia precede a la existencia (…) El hombre es poseedor de una naturaleza humana; esta naturaleza humana, que es el concepto humano, se encuentra en todos los hombres, lo que significa que cada hombre es un ejemplo particular de un concepto universal, el hombre” (Sartre, 1973:3)[1]

La palabra identidad, en su sentido moderno, se cierra sobre sí misma, pues hace referencia a una esencia que no muta, que es siempre igual, semper idem. No obstante, y bajando al plano material, vemos que nada es idéntico ni a sí mismo, ni al otro, y mucho menos que esta condición se pueda mantener en el tiempo. Siguiendo la metáfora propuesta por Bauman (2007), en los jardines del Ministerio de la Verdad, se construyen simulaciones que no existían previamente, simulacros “perfectos” a los cuales se debe ajustar la realidad. Así se desarrolla también el sueño moderno de belleza y orden entorno a identidades semper idem.

Llegados a este punto, ¿qué hay detrás de la supuesta identidad humana? La corriente humanista propone un estándar de sujeto humano que entiende como modelo universal de humanidad; sin embargo, se trata de un modelo particular –eurocéntrico- de entender la “esencia” humana que, como sostienen Rosi Braidotti (2015) bebe de la ilustración y el renacimiento. Por ello, el ideal clásico de humano, además de entrar dentro de unos parámetros de perfección corporal, debe presentar ciertos valores intelectuales, discursivos y espirituales. El sujeto humano, desde este paradigma, debe poseer una racionalidad universal y un comportamiento ético autodisciplinante.

Aquellos sujetos que no se ajustasen al modelo conformaban la contraparte negativa, los “otros”, múltiples e inferiores, a los cuales habría que redireccionar hacia el modelo ideal; en esto consistiría el proyecto civilizatorio del humanismo, en tratar de traducir un modelo ideal de identidad humana en un universal antropológico. Dicha actitud universalista expansiva hace del humanismo una forma de imperialismo, y su reducida noción de aquello que define lo humano resulta clave para entender la inflexión poshumanista.

“El humanismo es un imperialismo. Un imperialismo eurocéntrico y patriarcal. El humanismo como concepción del hombre que está por debajo de las ciencias humanas y de las instituciones políticas de la modernidad, se basa en la concepción que tiene de sí mismo el hombre masculino, blanco, burgués y europeo y se impone como hegemónica sobre cualquier otra concepción de lo humano, dentro y fuera de Europa” (Garcés, 2018:67)

Así pues, cabe llamar la atención sobre el poder que ejerce dicho diseño artificial, simbólico, sobre el conjunto de seres vivos. La época de las utopías, en la que se confía en la ilimitada capacidad humana para perseguir la perfección individual y colectiva a través del progreso racional, es conocida como Antropoceno (Haraway, 2016). En base a la propuesta de esta autora, Antropoceno haría referencia a un tiempo en el que “lo humano”, ese sujeto único e ideal, se sitúa en el centro y por encima de la existencia terrenal, produciendo efectos planetarios. Una lectura limitada de las cosas que lleva aparejada (re)formaciones ecosistémicas a nivel global.

Por tanto, el ideal de sujeto humano propuesto por el humanismo, con sus derechos y su libertad, no es más que eso, un ideal, al igual que las identidades semper idem y, siendo conscientes de este hecho, solo queda hacer. Anzaldúa (2016) nos habla de una conciencia mestiza, ajena, Haraway (2016) de hacer parientes…

Hay gente que habla de nuestro tiempo presente como aquel del “fin de las utopías”. A mí me gusta más imaginármelo como aquel del pálpito común. La gente no ha perdido el interés por entender y dar sentido a su experiencia individual y colectiva, pero existe un reclamo colectivo de nuevas formas. Nos encontramos ante una reorganización de nuestras cosmovisiones. Dejemos de ser asépticos, limpios, puros, ordenados y manchémonos las manos para acabar con la desconexión de los discursos respecto a la realidad.

Hoponopono

Leyre Apellaniz Rodriguez

Referencias

Anzaldúa, G. (2016). Borderland/La frontera. La nueva mestiza. Madrid: Capitán swing.

Bauman, Z. (2007). Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre. Barcelona: Tusquets Editores.

Castells, M. (2003). La era de la Información. Economía, sociedad y cultura. Volumen II: El poder de la identidad. Madrid: Alianza.

Garcés, M. (2018). Nueva ilustración radical. 3ª ed. Barcelona: Anagrama.

Haraway, D. (2016). «Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chthuluceno: Generando relaciones de parentesco». Revista latinoamericana de estudios críticos animales, vol. 1, nº 1, pp. 15-26.

Naredo, J. M. (2008). «Retórica de los derechos e ignorancia de los deberes». Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, nº 102, pp. 155-166.

Sartre, J. P. (1973). El existencialismo es un humanismo. Buenos Aires: Sur.

[1] Incluyo esta cita de Sartre, representante del existencialismo, sin pretender posicionarme del lado de sus planteamientos teóricos pues, tal como sentencia el título del artículo citado, “el existencialismo es un humanismo” Sartre se mueve dentro de los parámetros delimitados por los contenedores de identidad modernos y no niega la existencia de una esencia, simplemente la coloca en un lugar secundario, detrás de la existencia. Aun con todo, defender que el sujeto humano se define dentro del mundo, es sin duda una observación pertinente.

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