Hubo un tiempo en que llevar cicatrices en el rostro era un gesto de hombría. En contra de lo que pueda parecer no fue en África, sino en Europa occidental, Alemania concretamente.

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 “Las cicatrices son sitios por donde el alma ha intentado marcharse y ha sido obligada a volver, ha sido encerrada, cosida dentro”

M. Coetzee en “La edad de hierro»

Algún comentario escuché cuando llegaron las escarificaciones al arte corporal acerca de que si no teníamos suficiente con los pendientes, piercings, tatuajes, dilataciones que ahora también nos íbamos a hacer cicatrices como si fuéramos tribus africanas. Ante este tipo de comentarios no puedo menos que sonreír ante la idea que se tiene de que únicamente existen tribus en África.

Como con casi todo, hay tantas opiniones como gustos. Max Weber aprobaba esta práctica. Sí, el propio Max Weber aprobando que la gente fuera por ahí haciéndose cicatrices en el rostro. Es más, no solo lo aprobaba sino que veía beneficios en ella. Algo que aborrecía Heidegger, y que preocupaba que su admirado Webber defendiese. Pero la cosa no queda ahí, pues corría 1878 cuando Mark Twain se fue de viaje a Alemania, y en la ciudad universitaria de Heidelberg quedó sorprendido al ver tanta gente con cicatrices que “les atraviesan la cara en zigzag, en agresivos tajos enrojecidos, permanentes e imborrables. Algunas de estas cicatrices tienen un aspecto muy extraño y terrible”.

Sin embargo no se trataba de una “moda” decorativa y dolorosa sin más. Tiene nombre propio: el Schmiss (con mayúscula y todo, que no es una cicatriz cualquiera).

Pero tal vez sea mejor empezar por el principio…

Las cofradías de universitarios

Hubo un tiempo en que, sobre todo en Europa y los Estados Unidos, empezaron a proliferar clubs de todo tipo. A ellos solía pertenecer aquel que tuviera tiempo de ocio suficiente para poder participar, claro está. Esto nos da una idea del carácter elitista de estas asociaciones; también había que ser hombre, salvo casos excepcionales, y contar con algún que otro contacto social.

En Alemania, principalmente, aunque se exportó a otros lugares de la Europa oriental como Austria, Suiza, Polonia… empezaron a aparecer las studentenverbindung (cofradías de universitarios), clubs que siguen existiendo aún hoy día y llevando a cabo sus actividades, aunque no tal vez como se llevaron a cabo antaño.

Se trata de hermandades de estudiantes universitarios, varones provenientes de familias acaudaladas y que están llamados a ser la élite del futuro.

Los que nos interesa en concreto es una de las prácticas que se llevan a cabo en su seno.

El Mensur

Porque esta gente no solo se dedica a estudiar, también practica esgrima con otros miembros de estas cofradías. Estos se llevan a cabo siguiente unas reglas muy estrictas con armas afiladas (y cortantes). El propio término surge durante el s.XVI haciendo referencia a la distancia que debía de haber entre los duelistas, en torno al metro. Y lejos de ser una práctica residual se estima que antes de la Primera Guerra Mundial ya se habían llevado a cabo unas 12.000 mensures… por año.

El Mensur, pese a tener un poco de ambos no es un deporte ni un duelo; no tiene porqué llevarse a cabo cuando existe antipatía entre los rivales, es más; resulta necesario que haya cierta confianza. Nadie gana, nadie pierde, pues es más importante la “participación altiva” que la victoria en la que el desempeño de los contenientes es evaluada de forma independiente a la del rival. En esto resulta importante que los participantes adopten una técnica limpia de combate.

Durante unos quince minutos se turnan en procurar hacerle al contrincante-amigo un tajo en el rostro, y mientras esto sucede se puede proteger el ataque con el propio brazo protegido, eso sí, con pesadas vendas de seda. Lo que uno no puede hacer es apartarse o tratar de esquivar el golpe. Pero para proteger las partes más importantes del rostro, los duelistas llevaban el cuello vendado, gafas especiales de hierro y protectores en la nariz y a veces en las orejas.

Sin embargo, sí que representa un combate entre dos hombres que no pueden retirarse de la lucha, pues el objetivo es disciplinar; que el coraje supere el miedo. La única derrota posible es la retirada. Y la victoria tal vez sea llevarse una cicatriz. Únicamente se detiene el combate si ha habido heridas de consideración.

A pesar de ello hay sangre, consiste en eso precisamente, pero el combate se desarrolla en condiciones muy concretas para que no aparezcan heridas graves o mortales.

Finalizado el intercambio de golpes un médico cosía. Sin anestesia, claro está. Mark Twain hablaba de estudiantes paseándose orgullosamente con media cabeza vendada.

El schmiss

Las cicatrices resultantes estuvieron consideradas como una señal de honor hasta la década de 1930 y, curiosamente, con la identificación de excelencia en el ámbito académico, como si tener cicatrices subiera nota. Este se mostraba con orgullo; era el ideal de hombre enérgico, bravo, que no se amilana. Y llegó a representar un cierto ideal de belleza.

Muchos jóvenes aspiraban a lucir su propia Schmiss y para ello trataban de agrandar pequeñas heridas faciales frotándolas con sal o insertando crines de caballo para dificultar su curación. Muchos de ellos incluso trataban de llevarlas a cabo en sus propias casas con cuchillas de afeitar.

Uno de los portadores de la Schmiss más espectacular fue el nazi austriaco Otto Skorzeny, el que gustaba retratarse del lado “bueno”, precisamente aquel que portada la herida. Por esto fue conocido entre los americanos como “caracortada”. Por cierto, este tipo murió en 1975 en una isla del Mediterráneo.

Mallorca concretamente, donde gozó de la protección del que descansa en el Valle de los Caídos.

Hoy día

Rehabilitada a principios de los cincuenta, el Mensur es un ritual que aún se sigue practicando en diversas fraternidades universitarias alemanas, suizas y austriacas. Entretanto los Schmiss han perdido su respetabilidad social por su asociación con el nacionalismo y la extrema derecha, de modo que algunas fraternidades practican la Mensur sobre el pecho a fin de obtener cicatrices más discretas.

El ritual demuestra la importancia del dolor, la violencia y del autocontrol que trataba de imbuirse en la sociedad Guillermina; hubo épocas, como en la República de Weimar, por ejemplo, en la que fue considerada ilegal. Pero ni con esas lograron que dejara de practicarse.

Rubén Blasco

Referencias

http://www.altairblog.com/

https://es.wikipedia.org

http://rosasalarose.es

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