Enfundado en una chaqueta negra de cuero, con la barba desaliñada y el pelo encerado, Marlon Brando parece más una estrella del rock que uno de los actores más laureados de su tiempo. Sin embargo, cuando abre la boca no habla de conciertos, drogas ni letras; ni siquiera de cine. Con gravedad en la mirada —consciente, quizá, del impacto que sus palabras pueden tener en la muy orgullosa sociedad norteamericana de los años 70—, afirma: “Leí un libro llamado Indians of the Americas [Indios de las Américas] y, tras leerlo, me di cuenta de que no sabía nada de los indios americanos y que todo lo que nos cuentan de los indios americanos es falso, es inexacto; y nuestros libros escolares fallan de forma espantosa, quizá incluso criminal, en revelar cuál fue nuestra verdadera relación con los indios.”

Su afirmación no cae en saco roto ni carece de convicción. En el año 1973, durante la 45ª edición de los Premios Óscar, Marlon Brando fue galardonado con el Óscar al mejor actor por su famosa actuación en la película El Padrino. En su lugar acudió la activista Sacheen Littlefeather —Pluma Pequeña— que, enfundada en la vestimenta de los nativos Apache, arrojó la bomba sobre el público, dividido entre aplausos y abucheos: “Represento a Marlon Brando esta tarde que […] lamentablemente no puede aceptar este generoso premio. Y las razones de ello son el trato dado a los indios americanos a día de hoy por la industria cinematográfica, la televisión y las reposiciones…”.

Marlon Brando educates us about Native Americans

Este episodio no fue un hecho aislado, sino la culminación de varios años de protestas y desafíos. La relación entre el cine y los nativos americanos es casi tan antigua como la propia industria y, como ocurre en casi todos los territorios explorados por Hollywood, esta relación nunca fue neutral. Las películas contribuyeron decisivamente a forjar el imaginario de los norteamericanos —y, a través de la expansión de su industria, de todo el globo— en un mundo en el que las sociedades premodernas se desvanecían progresivamente en el olvido, carecían de poder político y, por tanto, de voz efectiva para contrarrestar las ideas que Hollywood difundía.

Sin embargo, en pleno siglo XXI, las comunidades indígenas americanas se encuentran lejos de desaparecer. Al contrario, han experimentado una revigorización de su activismo y su presencia en la arena pública. Al mismo tiempo, los estereotipos sobre sus «costumbres», su forma de vida o incluso su color de piel resultan cada vez más insostenibles, y chocan con sus realidades cotidianas, o su propia percepción de la identidad indígena.

Sobre este conflicto entre los estereotipos y las realidades indígenas trata la exposición Beyond Hollywood: Identidades Indígenas Norteamericanas, organizada por el Museu Valencià d’Etnologia en colaboración con instituciones culturales de Estados Unidos, Francia y España. Según el museo, la exposición, que cuenta con más de 70 piezas, “yuxtapone las ideas estereotipadas que sobre los pueblos indios norteamericanos ha creado y propagado Hollywood por una parte y, por otra, los conocimientos que los pueblos nativos mantienen todavía acerca de ellos mismos”. Así mismo, busca mostrar la discriminación crónica a la que los indígenas norteamericanos han sido, y siguen siendo, sometidos.

Beyond Hollywood

Según la antropóloga Paz Moreno Feliu, tras los primeros experimentos de película etnográfica, donde se buscaba reconstruir la “pureza” de la vida primitiva anterior al contacto europeo —pese a que ese contacto se había producido en todas partes varios cientos años antes del invento de los Lumière—, el enfoque de la industria comercial fue representar a los indígenas como un Otro exótico que podía adoptar dos variantes opuestas pero complementarias, como las dos caras de una misma moneda: el noble salvaje o el bárbaro inasimilable. El primero encarna valores morales positivos que el hombre occidental siente perdidos con la industrialización: el igualitarismo político-económico, una manera de vivir sencilla, y una organización respetuosa con la naturaleza. El segundo representa el oscuro salvajismo: una sociedad irracionalmente violenta con la que no existe diálogo posible. En los westerns encontramos ejemplos icónicos de ambos estereotipos. Incluso en películas más recientes como El último mohicano (1992) conocemos a Nathaniel, el último mohicano, noble y honorable, conocedor del mundo natural; y al cacique hurón Mawa, violento y vengativo, imposible de redimir.

El punto clave es que, en ambos casos, las realidades indias se representan incompatibles con el modo de vida occidental. Los estereotipos no guardan relación con la verdadera forma de vida indígena —la variedad cultural de las sociedades americanas antes de la colonización no aparece representada ni en una minúscula parte—, sino con el espectro ideológico occidental y su agenda colonial (Moreno Feliu, 2014).

Así, la exposición contiene distintas piezas indígenas, especialmente centradas en la región de los Grandes Lagos y los Anishinaabe (o mejor dicho Anishinaabeg, en plural) que allí habitaban, para mostrar “la diversidad cultural y las creencias compartidas a lo largo y ancho de todo un continente, las tradiciones vivas y el cambio continuo, la creatividad y la resistencia nativa contemporánea”.

La exposición comienza con la obra del artista canadiense Kent Monkman, a su vez miembro de la tribu Cree; sus pinturas buscan conscientemente la confrontación de los estereotipos y la ruptura con las imágenes más extendidas del imaginario nativo americano. Para ello, adopta el estilo clásico de las pinturas del siglo XIX para abordar temas como la persecución policial contemporánea o la apropiación de la cultura indígena.

El grueso de la exposición se organiza en cuatro secciones temática: Orígenes, Diversidad, Confrontaciones y Respuestas, y concluye con algunos ejemplos sobre las disyuntivas que constituyen el día a día de los indígenas en Norteamérica a nivel de identidad.

De este modo, la sección Orígenes explora algunos mitos cosmogónicos nativos americanos y las teorías más recientes sobre las migraciones que, desde Siberia hace 13-22000 años, permitieron la entrada de diversos pueblos en América a través de un puente de tierra en el estrecho de Bering. La sección de Diversidad contrapone la realidad etnográfica —no existe nada que pueda considerarse «indio» en términos generales más allá de una amalgama de cientos de culturas diferentes de una diversidad portentosa: en Norteamérica se hablaban más de 300 lenguas diferentes antes de la llegada de los europeos— con la perspectiva occidental clásica representada por el evolucionismo de Lewis H. Morgan, el «padre de la antropología americana». Incluso los propios museos contribuyeron a difundir los estereotipos sobre estas civilizaciones «inferiores» al hacer énfasis en la tecnología: los distintos pueblos se organizaban en base a su «nivel tecnológico», siempre contrapuesto al europeo, y no por ejemplo en función de su filosofía, su arte o sus concepciones estéticas.

Por su parte, las Confrontaciones entre nativos y europeos encuentran su expresión gráfica en la batalla de Little Bighorn, en la que una coalición de indígenas liderados por el sioux Toro Sentado (en lakota: Tȟatȟáŋka Íyotake) derrotó ostensiblemente al 7º de Caballería liderado por el coronel George A. Custer, que fue muerto en la contienda. Mientras que el gobierno estadounidense representó la batalla como una masacre salvaje y entronizó al coronel Custer como un héroe, los indígenas recuerdan el enfrentamiento como un acto de defensa para proteger sus tierras, sus familias y su forma de vida contra la agresión cada vez mayor de los occidentales.  IMAGEN 3

Por último, la exposición dedica una sección a mostrar cómo los indígenas elaboran y reelaboran su identidad, la celebran —a través, por ejemplo, de los powwows, antiguamente celebraciones formales con danzas y espectáculos que hoy son abiertas al público—, la defienden a través del activismo y la organización, la representan, la venden a los turistas y, por último, cómo obtienen su aprobación por parte de las autoridades. Porque, a día de hoy, los nativos deben demostrar su ascendencia. El gobierno federal impulsó en el siglo XIX el concepto de «coeficiente sanguíneo» para definir la identidad en base a la pureza de sangre. Los problemas que este concepto han generado son una de las fuentes de controversia más importantes en los círculos indígenas norteamericanos contemporáneos: los indígenas deben demostrar su identidad si pretenden ser reconocidos como tales por el Gobierno; pero no sólo esto, sino que se ven obligados a elegir porciones de identidad. Como se ha mencionado antes, la nativa Sacheen Littlefeather era mestiza: mitad Apache, mitad Yaqui. Según las leyes federales, no puede ser reconocida como miembro de ambas tribus al mismo tiempo, y debe elegir a cuál pertenecer. Esta es la realidad cotidiana de los indígenas norteamericanos. En la sociedad estadounidense contemporánea, crecientemente híbrida y multiétnica, la segregación por «pureza» genera tensiones cada vez mayores.

En conclusión, la exposición nos recuerda que los indígenas norteamericanos no son, en absoluto, un asunto del pasado, sino que constituyen una parte activa y vibrante del mundo contemporáneo; y no sólo eso sino que, si pretendemos afrontar una vida en común, debemos abandonar los prejuicios de Hollywood y el viejo colonialismo y mirar a los rostros indígenas con la mirada limpia y la mente vacía: son ellos mismos, sus cuerpos y sus voces, quienes deben contar la historia de su identidad.

Beyond Hollywood, organizada por el Museu Valencià d’Etnologia, estaba programada desde el 28 de junio hasta el 2 de diciembre de 2018, pero ha sido ampliada hasta el 27 de enero de 2019.

Miguel Tofiño Vian

Referencias

Moreno Feliu, Paz, 2014. De lo próximo a lo lejano. Un viaje por la Antropología y sus encrucijadas, pp. 158-168. Ed. Universitaria Ramón Areces.

Imagen principal: Museu Valencià d’Etnologia

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