El siguiente artículo está basado en el Capítulo: “Economía Política del Tiempo” de la obra: “El corazón de la Zona Gris: Una Lectura Etnográfica de Los Campos de Auschwitz” de la antropóloga Paz Moreno Feliu.

¿Cuántas veces hemos oído la frase “el tiempo es oro”?, muchas a través del tiempo. Una frase con un sentido eminentemente capitalista, en la que el tiempo de productividad se le da un valor mercantil, que está por encima de la creatividad y el trabajo realizado. Como diría Karl Marx, se ha hecho una “fetichización” del tiempo, convirtiéndolo en una medida de bienes materiales, más que un uso de productividad humana. Pero ¿qué pasa cuando se nos despoja de la noción de tiempo?

Cuando no tenemos noción del tiempo, más que por el cambio de estaciones que en ocasiones se vuelve un eterno invierno gris aún sea primavera o verano (como pasaba en los campos de concentración de Auschwitz), eliminar el acceso a mecanismos de referencia al tiempo se puede convertir en una herramienta de poder y dominio, además de una forma de tortura en circunstancias como las vividas por las víctimas del holocausto.

Es importante relacionar “el tiempo de Auschwitz” con el tema de los rituales, las jerarquías y la organización. Temas que están estrechamente relacionados con el uso del tiempo en los campos, tanto por parte de los presos respecto a las jerarquías, como por los que lucharon por conservar la vida y lograr salir de los campos de concentración. Pero ¿Qué entendemos por tiempo?

En disciplinas como la física, se hace referencia al tiempo como algo “externo” a las cosas, “infinito”, “uniforme”, que carece de movimiento y en cuyo núcleo se llevan a cabo los sucesos y modificaciones de las cosas.[1] No obstante, desde una visión filosófica, para autores como Kant “El tiempo existe en cada uno de nosotros como una forma de ordenar nuestra experiencia interna, no existe como una realidad externa al hombre y es una cualidad de la conciencia del hombre[2].

Si tomamos en cuenta el concepto de tiempo de Kant, se puede entender lo difícil que sería para el hombre y la mujer de sociedades modernas la pérdida de referencias horarias, temporales o cronológicas, que establezcan una correlación entre lo sucedido y el espacio-tiempo, que pongan un orden en la sucesión de experiencias. Imaginaos en nuestro contexto actual, toda una semana sin tener idea de la fecha, ni la hora, se nos haría eterno e insoportable ¿No? Pues, aunque era otra época (sin acceso a las nuevas tecnologías) esta era la situación que vivían los presos en los campos de concentración de Auschwitz, despojados de una noción cronológica de los sucesos que acontecían.

En el capítulo “Economía Política del Tiempo”, Moreno Feliu (2010)[3] muestra como la apropiación del tiempo de las víctimas constituía una eliminación de la relación entre el espacio-tiempo de los prisioneros y lo vivido dentro del campo, lo cual, entre otras cosas, provocaba conflictos en las víctimas cuando intentaban hacer confluir el “presente de Auschwitz” con la vida “antes y después del campo”.

Es necesario comprender en qué consiste la apropiación del tiempo, cómo es llevada a cabo y cuáles son sus efectos, tanto en el contexto del campo de concentración como de forma comparativa en casos similares. De igual forma, analizar los medios adaptativos (y sociales) relativos al tiempo con los que se hicieron los prisioneros sobrevivientes, para sobrellevar la falta de un tiempo propio y para poder sobrevivir social y biológicamente en el campo, evaluando las potenciales consecuencias de dichos medios.

La apropiación del tiempo

Los dirigentes y oficiales de los campos de concentración nazis podían apropiarse del tiempo de los reclusos de dos maneras. Por un lado, con la imposición autoritaria de actividades diarias convirtiéndose así en dueños del diario vivir de los internos a través de la creación de una “rutina de vida” que podían modificar a su antojo y sin previo aviso. Por otro lado, controlando el nivel de conocimiento e información acerca del paso del tiempo en el campo.

Encargados de la planeación y ejecución forzada de cada actividad del campo, los nazis se habían apropiado, no solo del manejo que pudieran tener los prisioneros de su tiempo, sino que a través del mismo, habían logrado apropiarse de casi cada aspecto de la vida. La higiene, la alimentación, el trabajo, el reposo (relativo), el sueño, la atención médica y el momento en que se tenía derecho al acceso de estos, quedaba fuera del rango de control de los cautivos. Quién podía tomar una ducha, cuándo y dónde debía tomarla, era decisión de los “victimarios”.

Tal dominio absoluto del tiempo del individuo se extiende por consecuencia a la vida en sociedad: a la sociedad misma, al grupo como un conjunto o un todo, creando un contexto social tan particular como el vivido en el “Lager”. Esto sin mencionar la explotación laboral extrema que este tipo de control propiciaba. No sólo poseían el dominio del tiempo transcurrido dentro del campo, sino también del futuro y destino mismo de los que lograsen sobrevivir.

Así lo muestra la autora en “los momentos estructurales de Auschwitz”[4] donde hace referencia “al universo social en el que transcurría la vida de los prisioneros”. Un universo donde no se contemplaba el futuro de las víctimas. Para los presos de los campos nunca existió un tiempo penal-legal, en el que fueran juzgados ni condenados. Su condición de prisioneros venia dada por la estigmatización que habían sufrido por parte de los nazis, quienes tenían el poder de decidir lo que era “ser judío” como enemigo del pueblo alemán.

Este absolutismo arbitrario tan marcado en la gestión del dominio del tiempo y la rutina diaria, junto a la incertidumbre completa acerca del futuro, de seguro pudieron crear una contagiosa visión determinista y fatalista de la vida en la mente de los reclusos (y por consecuente en su sociedad), desproveyéndolos de herramientas de soporte emocionales y convirtiéndolos en una “masa humana” de fácil manejo.

En cuanto al control de la información acerca del tiempo que transcurría, esta era producto principalmente de la prohibición de relojes y calendarios dentro del campo. Así, el prisionero quedaba despojado de toda referencia temporal externa, con excepción de los cambios estacionales y la alternancia de los días y las noches que resultaban obvios durante los trabajos a la intemperie. Con esto se creaba una especie de “universo Auschwitz” (que abarcaría no solo al universo meramente social antes mencionado, sino de forma holística a la existencia misma del individuo) cuyo tiempo, como lo indica la autora, no correspondía al tiempo cronológico/ecológico habitual, sino que se constituía como tiempo alterno, propio de una sociedad “paralela” y de carácter estructural por la escasez misma de referencias ecológicas. Es a este tiempo que la autora llama “tiempo Auschwitz”.

Es indudable que la existencia prolongada en un sistema social y temporal de este tipo acarreaba consigo una pérdida de contacto con la realidad “externa” conocida previamente, provocando en estos individuos una desorientación tajante, tanto en relación a la sociedad de la cual provenían (y a la cual, en el caso de los sobrevivientes debían retornar) como a su identidad personal, al “yo” del “antes y después del campo”.

El aprisionamiento dejaba de ser solamente físico para convertirse en una prisión psíquica por vías de la reclusión y el aislamiento. Aislamiento que a su vez no se limitaba a separar a la víctima del mundo “exterior al campo”, de la sociedad, sino también de sí misma, e inclusive (en cierta medida) de aquellos con quienes coexistía bajo las mismas reglas y duras condiciones.

La falta de referentes temporales se añadía, como fuente de angustia a las ya intrincadas circunstancias de los reclusos: además de las tribulaciones del trabajo forzado a merced del clima, no podían (por la imprecisión del horario laboral) calcular como distribuirían sus reducidas energías durante el día de trabajo, ni cuando éste terminaría. Lo cual según podemos constatar en las memorias, era motivo de ansiedades, sufrimiento emocional, agotamiento y lesiones físicas.

Las mujeres, que bien hubiesen podido valerse de sus ciclos menstruales como referente biológico-temporal, perdían los mismos a causa de la pobre alimentación y las duras condiciones de trabajo y de vida: se veían igual de desorientadas que los hombres en cuanto al paso de los meses. Pero la pérdida de este posible referente temporal instituía, al igual que la pérdida de otros referentes mencionados con anterioridad, el detrimento de su sentido de identidad como mujeres, diluyendo al mínimo su autoestima y convirtiéndolas en un número más, sin identidad propia. No era solo la desaparición del ciclo menstrual, que en este caso parecía el único indicio de su idea de pérdida de filiación al “género femenino”, sino que a esta se sumaba la delgadez extrema por inanición y el uso del uniforme que resultaba poco apropiado para su anatomía, anulándolas totalmente.

Tal como lo indica la autora, haciendo referencia a un escrito realizado por una sobreviviente, ilustra a la perfección este hecho:

“[…] Esto, el pelo afeitado, y parecer un hombre en pantalones, hizo que ya no me creyese una mujer, ni que pudiera volver a serlo de nuevo (Shelley, 1992: 106).”[5]

En este sentido, vale la pena notar (en cuanto a la apropiación del tiempo) que la experiencia de la mujer en el campo de concentración resulta diferente y quizás de cierta forma más compleja que la del hombre, además de poseer sus propios dilemas morales y adaptativos.

Es así como la falta de referencias temporales, de diferentes formas, además de crear un estado de angustia emocional y de desmoralización, era uno de los tantos agentes catalizadores que en los campos de concentración contribuían a una dilución progresiva de la identidad tanto social como personal, un puente roto e irreparable entre el “yo” del “antes y después del campo” y el “yo” de “entonces” tal y como los expone la autora. Por ende, se erguía como forma de vilipendio a la dignidad del ser humano al atentar contra su sentido de continuidad y de ente indivisible.

Es bien sabido que la tortura busca someter al individuo, propiciando un quebrantamiento de la autoestima y la resistencia moral que permita (como ya ha sido mencionado) un mayor dominio y control de las masas humanas y evidentemente este era el objetivo de los nazis en aquel entonces. En este caso, vale destacar que el dominio y la tortura se interrelacionan de forma retro-alimentaria y reciproca: el control se ejerce como forma de tortura y la tortura funge como instrumento de control. Con las implicaciones de orden socio-conductual que este círculo vicioso conlleva.

Estableciendo una relación con otros contextos, según relata un artículo de El Obrero Revolucionario, (12 de diciembre de 2004), la situación del control absoluto del tiempo de los prisioneros de Auschwitz, se puede comparar con la en la actualidad se ejerce sobre los presos de Guantánamo:

“Los presos están detenidos por tiempo indefinido sin recurso a los tribunales; nunca saben cuándo volverán a someterlos a golpizas, interrogatorios, tormento psicológico o humillación. Todo con el fin de quebrarles el espíritu y la voluntad. Los más de 500 adultos y menores presos en Guantánamo tampoco saben cuándo los van a interrogar, o si por fin les permitirán ver a un abogado, por no decir nada de su familia.  A la mayoría los capturaron durante la invasión de Afganistán y en otras operaciones de la “guerra contra el terrorismo” y los acusaron de ser combatientes de Al Qaeda o de ser Talibanes. Los han designado “combatientes enemigos” y les han negado las protecciones jurídicas de los prisioneros de guerra”.[6]

Podemos ver como ambas situaciones, distantes en el tiempo (el contexto de los prisioneros de Auschwitz es el comprendido entre los años 1940-1945 y el de Guantánamo entre 2004-2005), se relacionan, como ha sido expuesto, en cuanto a que el tiempo es utilizado desde los mecanismos de dominio y de poder, convirtiéndose en un medio de tortura, explotación y dominio para los seres humanos. La apropiación del tiempo es un ejemplo de las relaciones de violencia estructural, basada en la estigmatización y desigualdad de hombres y mujeres, por parte de los que ejercen arbitraria y absolutamente el poder.

Está claro que hay una gran diferencia entre quienes están acusados de cometer actos de terrorismo y quienes hayan sufrido las torturas en los campos de concentración durante el holocausto, no se trata de establecer comparaciones a este respecto. Pero quienes hayan cometido actos de terrorismo deben cumplir las condenas que les corresponda, tras un proceso judicial (ya sea cadena perpetua o pena de muerte, según las leyes de EE.UU.), lo que no procede es actuar de la misma forma que quienes han cometido actos deleznables, imponiendo torturas, sin aplicar el peso de la ley que corresponda, tal como lo expresa el artículo referenciado.

Volviendo al tiempo, en la narración de las memorias de los sobrevivientes puede observarse que se hace referencia al “presente de Auschwitz” (frente lineal, como lo denomina la autora), un tiempo que como apunta la autora, “establece una relación dialéctica” entre el pasado de Auschwitz y “el antes y después de Auschwitz” (frente dialéctico). En las memorias las víctimas hacen referencia al “antes y después de Auschwitz”, en los datos narrados sobre la vida antes o después de su ingreso en los campos de concentración, pero no son capaces de narrar los terribles sucesos del campo de concentración desde una perspectiva posterior a su salida. Hay una incapacidad de relacionar el “presente de Auschwitz” con el “presente” posterior a Auschwitz o el pasado anterior a este.

Vemos como ante la falta de apropiación del tiempo los prisioneros recurrían entonces a las actividades diarias como referentes para la propia ubicación espacial-temporal, como forma de adaptarse a las circunstancias. El aislamiento propiciado por esta falta de apropiación del tiempo y el “desdoblamiento” personal posterior, sin embargo, permanecían con la visión retrospectiva de los hechos desde el tiempo “después de Auschwitz”, como lo muestra la incapacidad de los memorialistas de acoplar las vivencias del “tiempo Auschwitz”.

Por otro lado, como en toda situación donde peligra la supervivencia, se engendra un sistema de jerarquías sociales, donde reina una especie de “ley del más fuerte” o del más astuto (o en todo caso del que posea algún beneficio que los demás no posean). En este caso, dicha jerarquía social estaba estrechamente ligada al tiempo estructural y a las actividades que lo marcaban, al igual que al “monopolio de la información” acerca del tiempo en general que controlaban aquellos pocos que lograban tener acceso a la misma.

Como medidas de adaptación al fin, en contextos tan fuera de lo común como los de un campo de concentración, tuvieron sus consecuencias (su costo), que muchas veces era de naturaleza moral.

Relación tiempo-jerarquía

Sobrevivir en Auschwitz podía lograse también gracias a la relación jerarquía-tiempo. Formaba parte del tiempo estructural de Auschwitz. Uno de los rituales de iniciación en el campo era tatuar a los prisioneros un número en el brazo izquierdo con los que se les identificaba dentro del campo. Este número iba en aumento de dígitos según iban llegando prisioneros. Los prisioneros con números de cuatro dígitos, habían sido de los primeros en llegar, gozaban de cierto respeto por parte de los otros prisioneros, de una posición jerárquica frente a los demás. Habían sobrevivido en el tiempo de Auschwitz.

El tiempo estructural de Auschwitz era definido por las relaciones de poder que se establecían desde los comandos. Moreno Feliu (2010) señala que, por ejemplo, en el comando “Kanada”[7] se acumulaban y almacenaban los bienes y riquezas cuyo aumento dependía de la llegada de nuevas víctimas y del exterminio de otros. El acceso a esos bienes y riquezas garantizaba el ascenso de esos prisioneros dentro del campo. En muchas de las memorias el ingreso al comando Kanada se toma como referencia para marcar una fecha importante en el campo.

La pertenencia a escalas más altas en la jerarquía social del campo proporcionaba cierta protección y un sentido de supervivencia social, tal vez igual a una especie de recuperación de la dignidad perdida. Aquellos que al hacerse de un reloj o un calendario pudieran obtener información sobre el tiempo “fuera de Auschwitz” y la situación del mundo “exterior” gozarían también de ciertos privilegios, de la consideración y respeto de sus iguales.

La moral en el tiempo Auschwitz

Como consecuencia de una adaptación forzada a circunstancias inhumanas (propiciadas por una falta de apropiación del tiempo y por ende de la vida misma), muchas de las acciones en las que se veían involucrados los prisioneros para asegurar su supervivencia se oponían a lo que en situaciones “normales” hubiesen considerado moralmente aceptable. Desde el robo de pan a un compañero hasta el asesinato, de ser necesario, todo se valía con tal de sobrevivir un día más.

La escritora Hanna Arendt en su obra “Eichmann en Jerusalén” (La banalidad del mal) analiza cómo nazis y alemanes pudieron llegar a cometer verdaderas atrocidades y luego justificarse detrás de las circunstancias, unos al servicio del sistema y otros en nombre de la supervivencia. Arendt indica: “El mal, en el Tercer Reich, había perdido aquella característica por la que generalmente se le distingue, es decir, la característica de constituir una tentación. Muchos alemanes y muchos nazis, probablemente la inmensa mayoría, tuvieron la tentación de no matar, de no robar, de no permitir que sus semejantes fueran enviados al exterminio […], de no convertirse en cómplices de estos crímenes al beneficiarse de ellos. Pero, bien lo sabe el Señor, los nazis habían aprendido a resistir la tentación”.[8]

A pesar de que la cita se refiere a los nazis, el concepto de “banalización del mal” puede igualmente aplicarse al caso de los prisioneros comunes. En una de las narraciones más escalofriantes una enfermera relata cómo las profesionales de la medicina (quienes también eran prisioneras), tuvieron que tomar decisiones que fuera de Auschwitz las pone ante un “dilema moral”[9].

Para salvar la vida de las mujeres embarazadas (que eran enviadas junto con sus hijos a las cámaras de gas si lograban consumar el parto) algunas enfermeras se vieron en la necesidad de matar a los bebés recién nacidos, haciéndolos pasar por prematuros muertos en el parto. En el “tiempo Auschwitz” llegaron a convertirse en asesinas para salvar por lo menos la vida de otras mujeres. Una práctica completamente fuera de la ética médica llegó a convertirse en una cotidianidad en Auschwitz. Es obvio que para las prisioneras que tuvieron que someterse a este tipo de práctica (tanto las madres como las profesionales) no hay en la narrativa de la memorialista la intención de justificar un hecho tan horrendo como este.

Cabe destacar que este ejemplo muestra una vez más que, aunque no se ha registrado un desequilibrio en la desigualdad de género en los campos (se sometía, torturaba, explotaba y mataba en la misma medida a hombres, mujeres, mayores y niños), la experiencia de la mujer prisionera difiere de la del hombre y trae sus propias dificultades, circunstancias y consecuencias que se añaden al hecho de ser mujeres y que colman sus vidas en el campo de una complejidad propia, digna de análisis.

La pérdida de la moral de las prisioneras en “el presente Auschwitz” chocaba de frente con la moral establecida en el “presente fuera del campo” y era a la vez causa y consecuencia (cual círculo que se cierra sobre sí mismo) de los fenómenos de dilución de la identidad mencionados anteriormente. Primo Levi, prisionero judío, expresó por su parte:

Los justos de entre nosotros, ni más ni menos numerosos que en cualquier grupo humano, han experimentado remordimiento, vergüenza, dolor, en resumen, por culpas que otros y no ellos habían cometido, y a las cuales se han sentido arrastrados, porque sentían que cuanto había sucedido a su alrededor en su presencia, y en ellos mismos, era irrevocable. No podría ser lavado jamás; había demostrado que el hombre, el género humano, es decir, nosotros, éramos potencialmente capaces de causar una mole infinita de dolor, y que el dolor es la única fuerza que se crea de la nada, sin gasto y sin trabajo. Es suficiente no mirar, no escuchar, no hacer nada (Levi, 1987: 75)”[10].

Varias memorias de prisioneros, al igual que esta, expresan un sentimiento de vergüenza y culpabilidad tras la liberación. No sólo por los actos de moralidad dudosa que pudiesen haber cometido, sino más bien por los horrores que habían acontecido en su presencia y a los cuales no tuvieron más remedio que adaptarse. Afrontar el hecho de haber aceptado humillaciones y abusos de tal magnitud, lleva a un sentimiento de impotencia, de debilidad, que contribuye a la desmoralización del prisionero y que perdura en el tiempo, incluso luego de haber recuperado la libertad y la apropiación temporal.

Para concluir, podemos ver como la suspensión del tiempo favorece a la creación de un contexto social en el que la moral también queda suspendida, incluso para aquellos que lograsen no cometer faltas morales.

Los racionalistas tenían un concepto absoluto del tiempo, aún más que el de los absolutistas. Su visión del tiempo era total, desde la globalidad del mundo. Cualquier acontecimiento, aún de poca relevancia, forma parte de ese todo desde la concepción racionalista del tiempo. En Auschwitz, para los prisioneros sin control de su tiempo y sin ninguna visión de futuro, cualquier acontecimiento también formaba parte de un todo. Un detalle que hoy puede ser insignificante para cualquier ser humano (como el disponer de un reloj), para un prisionero en Auschwitz era un símbolo de prestigio, de estatus, de jerarquía, sobre todo, de supervivencia.

La apropiación del tiempo de los prisioneros por parte de los nazis representa por ende una de las muchas pérdidas de las víctimas en los campos de concentración y no la menos importante. La pérdida del control de su tiempo supone a los prisioneros una falta de referencia y la no secuencia de sucesos en la narrativa de sus memorias. Era otro de los tantos métodos de tortura infringida a los prisioneros en una época gris, no sólo en Alemania, sino en Europa y el resto del mundo.

Lo lamentable es que, al parecer, en la actualidad, en algunos países y en determinadas circunstancias, se siguen cometiendo actos atroces de tortura, que incluyen la suspensión de tiempo, provocando así la quiebra de la autoestima de los torturados, diluyendo su identidad social y su identidad, además de anular su visión de futuro y por tanto su estabilidad psíquica y emocional.

El tiempo, nuestro bien preciado, no como medida de productividad, sino como medida del paso hacia nuestro crecimiento personal, emocional y espiritual, nos pertenece y no debe ser propiedad ni apropiación de nadie.

Katia Núñez Castillo

Referencias

– Moreno Feliu, P. 2010. En el corazón de la zona gris: Una lectura etnográfica de los campos de Auschwitz. Madrid, Trotta. 87-111.

– Tiempo. Wikipedia.org. 24/09/ 2017. Consultado el 8 de abril de 2018. https://es.wikipedia.org/wiki/Tiempo

– Arendt, Hanna. 2006. Eichmann en Jerusalén (La banalización del mal). Barcelona, De bolsillo.

– Tortura en Guantánamo. Periódico El Obrero revolucionario. #1261, 12 de diciembre, 2004, posted at rwor.org

– De Luze, Guilles. Sobre Kant. 1978. sobre Kant. Dictadas entre marzo y abril de 1978. Escuela de Filosofía Universidad de Arcis. www.philosophia.cl.

Imágenes:

http://webphilosophia.com/estrategia/anaximandro-sentencia-del-tiempo/

https://www.definicionabc.com/social/banco-de-tiempo.php

https://recuerdosdepandora.com/filosofia/existe-el-tiempo/

http://www.writerbeat.com/#!authors+sub=view&id=6988

¿Qué es el Tiempo?

http://www.chitomorales.net/?p=2736

http://www.surysur.net/el-misterio-del-tiempo/

https://trigramaton.wordpress.com/2011/06/16/mario-benedetti-tiempo-sin-tiempo/

[1] Para ampliar información sobre la concepción del tiempo ver: https://www.uv.es/martinez/pdfs/Tiempo.pdf

[2] Me ha parecido interesante hacer referencia sobre Inmanuel Kant, quien ha sido uno de los filósofos que más ha escrito sobre el tiempo. De luze, Guilles. Sobre Kant. 1978. Dictadas entre marzo y abril de 1978.

[3] Moreno Feliu, 2010: 113-135.

[4] Hago referencia al capítulo: Las jerarquías del Lagr: Arios, Triángulos y números. (Moreno Feliu, 2010: 113-135).

[5] Shelley citada en Moreno Feliu, 2010: 87-111.

[6] Datos recogidos de un artículo publicado por un diario de circulación libre en Internet, que narra las torturas de los presos de Guantánamo. Torturas relacionadas con la apropiación del tiempo. En el artículo se oculta la identidad del autor. Para ampliar información ver: Tortura en Guantánamo. Periódico El obrero Revolucionario. # 261,12 de diciembre de 2004, posted at rwor.org

[7] “En el capítulo Circulación de bienes: Organizar”, la autora hace referencia al comando “Kanada”, que posiblemente lleve ese nombre por los pañuelos rojo que llevaban las mujeres de ese comando, el rojo era el mismo tono de las manzanas canadienses. (Moreno Feliu, 2010, 137-178)

[8] La autora en su libro hace referencia a la frialdad con la que Eichmann, justifica su actitud, alegando que obedecía órdenes, intentando todo el tiempo “banalizar” los horrores que él y otros nazis cometieron durante el holocausto. (Arendt, 2006).

[9] No es mi intención comparar la enfermera a la que hace alusión la autora, sólo establecer el paralelismo sobre cómo el ser humano puede llegar a saltarse sus valores, dependiendo de la situación en la que se encuentre.

[10] Primo Levi, citado en Moreno, 2010: 87-111.

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