Nueve korrigan que danzan con flores en el pelo y vestidas de lana blanca,

alrededor de la fuente, a la luz de la luna llena.

El druida y el niño

Bretaña es poesía.

María de Francia

Quien haya viajado a la Bretaña francesa sabe que es un lugar peculiar. Reminiscente de Galicia, con sus costas verde esmeralda, sus bosques y su música, muestra un fuerte contraste con la Francia metropolitana. La música popular incluye gaitas y cornetas, bebe de motivos celtas británicos y utiliza un idioma propio, combativo pero moribundo. Alberga un enérgico movimiento regionalista y numerosos mitos que hablan de hadas, héroes condenados a la derrota, el rey Arturo y el mago Merlín.

El país que inspirara a artistas como Picasso tiene, desde luego, motivos para sentirse diferente. La región, conocida como Armórica en la Antigüedad, compartía lazos con la Galia, pero su cercanía con las islas británicas y su fuerte tradición marinera pronto la separaron del devenir del continente. En la Edad Oscura, tras el derrumbamiento del imperio, la región quedó despoblada y fue colonizada por emigrantes procedentes de los reinos británicos en retroceso, de lengua y costumbres celtas, que cedían cada vez más territorio frente a la presión de los anglos y sajones en expansión. Allí implantaron la lengua britónica —antecesora del galés, el córnico y el bretón— y crearon nuevas entidades políticas a imagen de aquellas que traían de Gales y Cornualles. Los francos los bautizaron como bretones; y sus tierras como la «Pequeña Bretaña», en oposición a la isla de la que procedían: la Gran Bretaña.

Los condes y caudillos bretones sólo se unieron en unefímero reino (851-938) ante la amenaza vikinga, primero y carolingia, después. Tras ser invadida por los normandos, el heredero al trono Alan II Barbatuerta sólo pudo recuperar su autoridad con ayuda franca, tras lo que se vio obligado a asumir el título de duque y jurar lealtad nominal a la corona francesa. Así comenzó el largo periodo del ducado de Bretaña (939-1547), en la que los gobernantes bretones lograron mantener la independencia de su pequeño país basculando en sus alianzas entre dos reinos medievales antagónicos: Inglaterra y Francia.

Finalmente incorporada en la corona francesa durante el turbulento siglo XVI y la boda de la duquesa Ana con el rey Carlos VIII, Bretaña fue relegada a un creciente ostracismo. Mantenida al margen de la revolución industrial y sometida a fuertes hambrunas y altos niveles de pobreza —tan sólo resistiría la industria naviera y marítima asentada en el puerto de Brest—, la imagen del «bretón pueblerino» se instaló muy pronto en el imaginario francés capitalino. La lengua bretona retrocedió de manera continua y fue duramente suprimida tras la Revolución Francesa. Según los ideales de la revolución, las lenguas regionales eran «caducos privilegios feudales» que debían ser perseguidos y eliminados, y el bretón no fue una excepción. La instalación de escuelas públicas vino acompañada de la supresión de las «costumbres irracionales». Además de castigos físicos, a los niños que eran sorprendidos hablando bretón se les colgaba un zapato de madera al cuello que debían llevar a todas partes en señal de escarnio público.

Justo en este contexto surge la figura del filólogo y folclorista bretón, el vizconde Théodore Hersart de la Villemarqué (1815-1895), una de las figuras más importantes y singulares del renacimiento bretón, contemporáneo de Chateaubriand, en el contexto del romanticismo europeo. Proveniente de una antigua familia nobiliaria bretona, Villemarqué viajó a París para estudiar Derecho pero abandonó la carrera tras descubrir las obras de Edward Williams, el poeta galés que protagonizara la creación de los primeros círculos neodruídicos bajo el nombre bárdico de Iolo Morganwg. Conocedor de los mitos de su tierra y entusiasmado ante la idea de recopilar el «conocimiento ancestral en peligro de desaparición», Villemarqué tomó lecciones de la lengua, que había aprendido fragmentaria y defectuosamente, y emprendió un largo viaje por la Bretaña que le llevaría a componer su obra más famosa, el Barzaz Breiz (“Las Baladas de Bretaña”, 1839), de enorme influencia en su tierra pero escasamente conocido en España.

La figura de Villemarqué ilustra a la perfección las obras de aquellos primeros folcloristas, antecesores de los modernos antropólogos que, carentes de herramientas conceptuales ni metodologías concretas, emprendieron la recopilación de los «patrimonios culturales». Así, el Barzaz Breiz es una recopilación monumental de cantos y cuentos populares bretones. En muchos de ellos se distingue la fuerte influencia celta británica: los mitos del rey Arturo y su mago Merlín, la magia y los druidas, los bardos y los guerreros heroicos; más o menos barnizados de simbología cristiana. Muchos son cantos entonados en las procesiones y peregrinajes, de fuerte implantación en Bretaña. En otros, el mundo campesino canta a los cultivos, al amor, a las bellas doncellas o a la vida. Y aun otros nos abren una pequeña ventana a un pasado histórico antiquísimo: la balada «El vino de los galos» se hace eco de las incursiones militares que realizaran los bretones en el siglo VI a tierras de los francos, a quienes ellos denominaban galos; muchas veces para defender su independencia, pero otras para abastecerse de aquello de lo que carecían en su tierra, particularmente vino.

Villemarqué publicó varios estudios sobre los cuentos y la poesía popular bretona e impulsó una versión renovada del diccionario francés-bretón de Le Gonidec. Sin embargo, su trabajo no fue inmune a las críticas. Ernest Renan, bretón como él, fue el primero que acusó a Villemarqué de fraude, y pronto le siguieron otros. El Barzaz Breiz era demasiado bello para ser cierto, tenía que haber sido inventado: según sus detractores, el pueblo llano no hablaba así. Se le acusó de haber inventado muchos de los cantos y embellecido todos ellos, y la controversia —que, a día de hoy, sigue existiendo en Francia— osciló entre sus defensores y detractores durante décadas. Hoy en día, la opinión más extendida es que la base del Barzaz es verídica, pero Villemarqué ordenó y dotó de coherencia a las historias, y embelleció la poesía de algunos cantos.

Al margen de los defectos de su obra, su trabajo recopilatorio permitió conservar muchos de los cantos populares de la Bretaña y dio un impulso definitivo al renacimiento bretón, que consiguió que la lengua bretona sobreviviera, aun a duras penas, hasta el siglo XXI.

A día de hoy, la legislación francesa continúa impidiendo que la escuela pública enseñe el bretón o cualquiera de las lenguas regionales de Francia. No en vano, Francia nunca ha aprobado la Carta Europea de Lenguas Regionales y Minoritarias. En 2007 quedaban unos 220.000 hablantes nativos (un 7% de la población bretona), la mayoría de ellos mayores de 65 años. A pesar de ello, muchos de los músicos contemporáneos se inspiraron —y se siguen inspirando— en las obras de Villemarqué, y la música popular bretona goza de una salud extraordinaria: aunque su población apenas se corresponde con el 6% del total del país, más de la mitad de los músicos «tradicionales» de toda Francia proceden de la Bretaña.

Gortoz a ran (Estoy esperando) – Denez Prigent

Gortozet ‘m eus, gortozet pell                     Estoy esperando, espero un largo tiempo

E skeud teñval tourioù gell                          En la sombra oscura de torres grises

E skeud teñval tourioù gell                          En la sombre oscura de torres grises

E skeud teñval an tourioù glav                    En la sombra oscura de torres lluviosas

C’hwi am gwelo ‘c’hortoz atav                    Me verás esperando siempre

C’hwi am gwelo ‘c’hortoz atav                    Me verás esperando siempre

Un deiz a vo ‘teuio en-dro                           Un día volverá

Dreist ar maezioù, dreist ar morioù           Sobre las tierras, sobre los mares

‘Teuio en-dro an avel c’hlas                        Volverá el viento azul

Da analañ va c’halon c’hloaz’t                     Y se llevará con él mi corazón herido

Kaset e vin diouzh e alan                             Su aliento me llevará lejos

Pell anta r red, hervez ‘deus c’hoant        Más allá del arroyo, donde desee

Hervez ‘deus c’hoant pell eus ar bed          Allí donde quiera, lejos de este mundo

Etre ar mor hag ar stered                            Entre el mar y las estrellas

Miguel Tofiño Vian

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