La década de los noventa empezó con las conmemoraciones del V centenario del Descubrimiento de América, que los indígenas se negaron a aceptar y lo transformaron en símbolo de resistencia y reconstrucción de sus identidades étnicas. Numerosas movilizaciones indígenas conmovieron el inicio de esa década. En Ecuador, se produce en 1991 un Levantamiento Indígena, liderado por la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador), que transformó radicalmente el cuadro sociopolítico de ese país andino. Al iniciarse el año de 1994 se produce el levantamiento de Chiapas liderado por el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional), el cual pone las reivindicaciones étnicas en el centro de debate de un México que se aprestaba a ingresar en el mundo globalizado formando el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Los acuerdos de Paz en Guatemala y la nominación al Premio Nobel de la Paz de Rigoberta Menchú, agregaran elementos simbólicos desconocidos hasta ese entonces al proceso de Emergencia Indígena. El reconocimiento institucional de los indígenas en la Constitución de la Republica de Colombia, y luego en casi todos los países Latinoamericanos, ha sido un proceso evidente de cambios, al menos en el marco jurídico. (José Bengoa. ¿Una segunda etapa de la emergencia indígena en América Latina?)

La mañana del uno de enero de 1994, en México nos despertamos con la televisión llena de imágenes, los indígenas en Chiapas habían tomado San Cristóbal de las Casas.

¡Los indígenas, esos indios, esas indias, las marías! Con sus trajes típicos con bordados de colores, con sus pasamontañas, con una escopeta o rifle o vete a saber qué tipo de arma, nosotros solo veíamos a esas mujeres y hombres. Unos en pie y otros ya muertos tirados como muñecos, como esos muñecos de trapo que venden en los tianguis de artesanías. Escuché decir a mi abuela decir: esa gente, la vana a matar. Escuché decir a mis vecinas, los indios están en guerra. Mi madre miraba a lo lejos y decía parece que el cielo esta rojo allá a lo lejos, será qué allá es donde está la guerra.

Si, esa mañana nos enteramos de que los indios salieron de su sopor y tuvieron la osadía de levantar primero la mirada, luego la voz y por último las armas. Aunque yo creo que lo primero que tuvieron que levantar, fueron las migajas esparcidas de su humanidad, esa que durante quinientos años les habían arrebatado los de arriba, hasta convertirlos en menos que nada; porque en México, ese México mestizo, hasta el treinta y uno de diciembre de 1993, existía la clase alta, la clase media, la clase baja, la clase miserable y por último los indígenas. Los indígenas solo eran reconocidos en las pinturas de Siqueiros, Diego Rivera, Frida Kahlo, reconocidos como parte del pasado. A los indígenas se les tatuó en la mente, en el cuerpo en su vida diaria, que ser indígena era lo peor, que ser indígena era sinónimo de no persona. Tanto es así, que los que migraban a las ciudades ocultaban su identidad. Entre ellos mi madre, nunca decía soy indígena, solo decía soy de Veracruz de un pueblo. Porque los indígenas que migraban a la ciudad dejaban su indigenismo en su comunidad, se vaciaban así mismos de su cultura. Porque en la ciudad no había cabida para el indigenismo, porque nadie quería ser indio o india.

En las comunidades cercanas a las ciudades, las mujeres que son las encargadas de los hijos decidieron no hablar su lengua con sus hijos, hablar una lengua era una prueba de ser indígena y eso significaba ser inferior. Mi abuela no enseño a sus hijos la lengua y tampoco sus costumbres, años después me dijo que se había arrepentido de eso.

Como ahora, me dijo; ya los muchachos no saben de nuestras tradiciones, pero es por nuestra culpa, nosotros queríamos que nuestros hijos no fueran indios, queríamos que fueran más que nosotros.

Poco después empezó a salir en la tele, una mujer. Era indígena, si, una indígena ocupaba el estrado en medio de los altos dirigentes. Era Rigoberta Menchú, con su traje típico, con su piel morena, con su acento de lengua indígena. En México nos dimos de frente con la realidad, los indígenas no eran lo que por años habíamos dado por hecho. Los indígenas tenían voz, las mujeres tenían voz. Aunque a Rigoberta Menchú le habían dado el Nobel de La Paz en 1992, no nos habíamos enterado, al menos nosotros los de clase media baja tirando a miserable, como se dice en México. Para nosotros los indígenas, inditos como les decían, eran los que llegaban a los mercados a vender, pero no sabíamos de donde venían, ni las miserias a las que eran sometidos.

Después apareció la comandanta Ramona, una mujer pequeñita, con su pasamontaña bien puesto, con su español un tanto oxidado, pero con una fuerza increíble, una mujer que alzaba la voz y hacia suya la palabra, no era cualquier mujer, era una indígena. Empezamos entonces a tener una idea diferente, muchos tomaron conciencia y se reconocieron como indígenas.

Creo que fue poco después cuando escuché decir a mi madre: mi mamá habla huasteco. Mi madre nos había contado historias que contaba mi abuelo, nos había llevado al pueblo, nos había contado su infancia y el amor que sentía por su pueblo y la lucha que tuvo, porque no la dejaron ir a la escuela, por ser mujer. Pero nunca había dicho mi madre habla huasteco, ese día lo dijo y no solo por decirlo, lo dijo con orgullo. A partir de ahí surgió una conciencia en ella. Ella también era indígena y por primera vez lo reconocía y se reconocía a sí misma como tal.

El levantamiento en Chiapas, desencadeno un conflicto brutal, el gobierno atacó con centenares de soldados, persiguió durante días a los rebeldes como les decían. En la televisión dijeron que los indígenas estaban liderados por extranjeros, por un gringo, luego que por un cubano. Los medios de comunicación no fueron neutrales, informaron para beneficiar al gobierno, culparon a los indígenas. Sin embargo, no lograron que la sociedad fuera un mero espectador, porque surgió un sentimiento de rebeldía y de lucha, los indígenas de la ciudad levantaron la voz y gritaron su identidad, salieron por miles, así como mi madre. Muchos se reconocieron y no dejaron solos a sus hermanos indígenas.

Cuando se convocó la marcha para exigir la paz, miles de personas acudieron, por primera vez los de abajo no estaban solos.

Si bien es cierto que el levantamiento no logró su principal objetivo que era la autonomía, logró lo más grande hasta entonces. A partir del uno de enero de 1994, los mexicanos nos enteramos que aquellos indios como les decían, existían más allá de las pintura, más allá de los libros y que no existiría más un México sin ellos. Porque otro mundo es posible, un mundo donde quepan todos los mundos.

Esto es lo que José Bengoa llamó: la primera emergencia indígena. En toda Latinoamérica los indígenas lograron ser visibles, no solo a nivel nacional, sino también internacional.

La segunda etapa la estamos viviendo, los indígenas han entrado a ocupar los cargos políticos, en el caso de Bolivia un Aimara es presidente. En México, Mari Chuy una mujer indígena, fue candidata a la presidencia de la republica.

En aquellos lugares donde los indígenas son mayoría, entran a formar parte del gobierno, no están dispuestos a ser gobernados por una minoría colonialista. En aquellos lugares donde los indígenas son minoría, ocupan pequeños cargos, como representantes comunales, como ayudantes municipales.

 Los indígenas que migran a la ciudad ya no se esconden, viven sus tradiciones. Porque hoy ser indígena es un orgullo.

                                                                                                                                                Aracely S.Cruz

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