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Amsterdam

La última defensa que puso en marcha fue el cuello del sobretodo, vuelto hacia arriba. El invierno en Amsterdam es paradigma de la inclemencia. Cruzó un puente breve sobre un canal oscuro, y caminó por una calle que brillaba por el agua caída. A las cuatro de la tarde suele haber más luz en la ciudad, pero la misma nube que había llegado tres días atrás oscurecía el cielo y dejaba una llovizna horizontal y perpetua. En los coffee-shop no encontraría el paraíso, pero sí la pipa de la paz y buena calefacción. Y café espeso, y un partido del Ajax, que pasaban en pantalla gigante. No lo distrajo. La sensación de soledad más descarnada venció al hash y al fútbol, incluso a la televisión. El mundo era en su cabeza un infinito hostil, sin un lugar al que volver, apenas un mapa y una cinta azulceleste y blanca en una habitación alquilada. Y la lluvia horizontal. Salió a la calle sin pagar, el murmullo de los grupos le aumentaban el agobio. La carga le hizo lento el paso. Se palpó los bolsillos y encontró una moneda de medio guilder, olvidada del 2001. Tampoco la zona roja lo salvaría esa tarde. Otra mano salió del bolsillo con la carta, tinta negra. Los ojos saltaron la lectura de corrido, buscaron las cuatro palabras que se le habían grabado en el interior de los párpados: no vuelvas, por favor. Dudaba si sería capaz de cumplir con lo que le pedía. Miró con fuerza, se alegró al ver que comenzaban a disolverse las palabras. La lluvia horizontal.

Tenemos todo el tiempo

Abrimos los ojos. La lámpara del techo no la reconocimos, aunque el color de las paredes nos resulta familiar. No, definitivamente no estamos en casa; ni los muebles, ni el vaso de agua, ni el frasquito ocre, ni esa bata…¡qué cursi, la bata! ¿Dónde me trajiste, Vicente? ¡Mirá que sos loco, eh! ¿Por dónde andás? Habrás ido al baño, seguro, y ya te veo que vas a venir listo para…si siempre estás listo para eso! ¡Sos uno…! Pero te quiero tanto… Es lindo estar así, verdad? Juntos, con ganas de salir a la calle y disfrutar del sol. Buenos Aires se pone lindo en octubre si puedo ir de tu brazo, Vicente ¿Sabés?, soñé que era muy viejita, muy viejita, y que no estabas más conmigo, no sé por qué razón, no me lo preguntes porque todo era tan confuso…, no como esta claridad de esperar que vengas hasta la cama a darme los buenos días. Pero para qué contarte, era un sueño triste. Ahora estoy bien, porque oigo tus pasos, Vicente, mi amor. No me retes, por favor no seas malo, mejor decí mi nombre, sí, sí, ya voy. ¿Vos también con bata? No me apurés, si tenemos todo el tiempo. Ya va, ya voy a desayunar, no te preocupes, mi amor. Y dejá de llamarme Doña Mercedes, por favor Vicente, que me hacés vieja.

La epidemia

Se esforzaron hasta el límite se su humanidad, que es largo límite. Dedicaron días y días con sus horas y horas a investigar el origen del mal, de hecho los que no han sido todavía afectados siguen haciéndolo, sin turnos, sin horarios. Lo que los mueve a esta altura de la desgracia es más la desesperanza no resignada que la desesperación. Pocos son en realidad los que guardan un brote mínimo de fe. Tal vez lo peor del caso sea que no hay un cabeza de turco, con todo respeto al admirable pueblo turco, que no estoy en conocimiento de por qué carga con este lugar común, quiero decir que no hay alguien a quien echarle la culpa. Hay, eso sí, quien habla del tantas veces anunciado fin del mundo, en razón de una serie de pecados cometidos. Las noticias acerca del origen son confusas, imprecisas y variadas. La versión más difundida (y por eso la más aceptada, aunque no la más verosímil, y mucho menos la verdadera) afirma que el primer caso de lo que hoy, tan extendida la enfermedad todos denominamos la sopa, se dio en las afueras de la ciudad, hace ahora tres meses. Un varón, de 57 años, ochenta y cinco kilos, un metro setenta, con antecedentes familiares de patologías hepáticas, desarrolló sin motivo aparente en principio, una disfunción, que en un principio se creyó ocular, pero que hoy es unánimemente considerada neurológica. Tal disfunción consistía ( y consiste, porque a cada día que pasa se extiende más y más, por los suburbios primero, y ahora por la ciudad) en la parcialización de la capacidad visual del afectado, seguida de la incapacidad de percibir los objetos tal y como están dispuestos ante nuestros ojos. El primero de los enfermos tuvo el primer síntoma justo antes de reclamar la mala factura del talón con el que cobraría un trabajo de electricidad realizado en un departamento de una señora jubilada. Aseguraba que su clienta se había descuidado de escribir la palabra mil en la cantidad, y de nada sirvió que la mujer le jurara y prejurara que lo había dejado preparado su hijo, que ella no entendía de cheques noi talones, pero el hombre argumentaba que las personas mayores, con todo el respeto que le merecían (que, tal y como se verá, no debía de ser mucho), se equivocaban siempre a su favor, y que no era la primera vez que le pasaba. Peor fue cuando, antes de entrar en el banco, quiso volver a comprobar la cifra, y no encontró delante sino letras sin orden ni concierto, zetas donde debía haber eles, eñes donde debía haber y griegas, y ceros en lugar de erres. El caos letrado se multiplicó sin número cuando levantó la mirada hacia los carteles de la calle. A partir de ese momento, los casos se sucedieron, aparentemente sin estar relacionados, en personas de diversas características y en puntos de la ciudad diferentes, algunos alejados entre sí. Los síntomas son los mismos, y nadie ha logrado develar la incógnita de las causas de la enfermedad. No se han establecido, como en anteriores ocasiones, grupos de riesgo. Todos estamos expuestos. Según han informado en las noticias de las cinco, los casos conocidos alcanzan al cincuenta y tres porciento de la población de la ciudad. Y cada vez es más veloz la propagación. Las autoridades sanitarias ya han cambiado el término epidemia por el de catá trofe. Si esto sigue este rumbo, si nadie es capaz de encontrar una explicación primero, y una solución después a este desastre, terminará por con ertirse en algo irreversible. La gente que no está afec ada ha optedo por huir, las autop stas están colapsadas, pero naides sabe hacia dónfe tiene que yr. Los transportes públicos no cemplen suf ioraois ni fus recolidos. Pero eb medio de la trajedia tau ina rspedanca. Las botivias de las feiz esaguren que huy iha sojufión. Wue bo bergamos la palme. Jo únito que fay qut fasel er aofiru syr iretngt seinforps t sidjrmps p ow Erbs. Q weo oityoclg.

Historia

Europa a punto de estallar, una vez más, al otro lado de la meseta, y los Pirineos como un corral seguro para que la paz no se escape. El ripio del camino marca dos ritmos, uno pizzicato y tenue, el otro profundo y lento. El catedrático recuperado camina orondo y seguro hacia su nuevo despacho; un paso por detrás lo sigue un soldado flaco y en harapos, que carga al hombro un baúl pequeño.

  • ¿De verdad son tan importantes estos papeles, señor doctor? –pregunta el muchacho-, ¿no podríamos descansar un momento?

El gesto del hombre no escucha, y sin embargo un minuto después responde su voz:

  • Demasiadas preguntas haces.
  • Es que no puedo dar un paso más, señor, llevamos más de una hora y media de camino, desde que la gasolina se acabó. Y si estos papeles no son importantes.
  • ¡Importantísimos! –interrumpe el doctor.
  • Pues eso, importantísimos, pero no dejarán de serlo porque descansemos cinco minutos antes de seguir. Si nadie los espera…
  • ¡La Historia los espera, muchacho! ¡Y ánimos, que allí se ve Salamanca!

El soldado acomoda en el hombro con un movimiento su carga que calcula en quintales.

  • ¡Piensa que con tu esfuerzo construyes la verdad, hijo!– se entusiasma el erudito, mientras recoge un puñado de barro y cubre las cuatro barras del escudo del baúl.

El muchacho quiere mirar hacia atrás su esfuerzo. Como huella ve un reguero de sangre.

Fin y principio

Un pie y después el otro. Pasos de cadencia sin avanzar, que hacen subir entre los dedos el jugo dulce de la uva al peso acompasado que cambia de pie. El peso son 54 kilos de promesa, juventud y temblor, y ojos del color de las almendras que no me miran desde hace algunos años, y que ignoran que me acerco de nuevo. Bailan limpios y con la sonrisa y el sol brillando en las pupilas. Llego al borde del tonel y miro pies jugosos y piernas blancas, y rodillas que van atrás y adelante, y originan el baile de su cuerpo y mi imaginación. El camino de regreso termina unos segundos después, cuando ella siente que alguien la mira desde abajo y se encuentra con mi mirada que llega a sus ojos, el exacto punto del regreso. La sonrisa brillante corre a la velocidad de la conciencia perseguida por la sorpresa, la incredulidad, el miedo, el rencor, el perdón. Una nueva sonrisa en contrapicado me recibe, levanta un pie y me lo ofrece:

  • Bienvenido, te esperaba.

El mosto que besé los dioses lo querrían.

+ info :

anthropologies.es/fernando-blasco/

fernandoblasco.com

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