
Tengo buenas noticias: es posible otra forma de entender la vida en la ciudad y hay alternativas al asfalto, a las luces de neón y a los locales de gofres con fresa. La mala noticia es que hay que asociarse y cooperar tal y como hacen los árboles a través de la micorriza, que, como su propio nombre indica, es la unión simbiótica entre el micelio de un hongo y las raíces de una planta terrestre. El término micorriza fue acuñado por primera vez (que se sepa) en 1885 por el botánico Albert Bernard Frank, quien diferenció, además, dos tipos de micorrizas: las ecto y las endo. En definitiva, los árboles cooperan entre sí gracias a una red subterránea de hongos. Los árboles más antiguos nutren a los más jóvenes, les avisan cuando llega una plaga y los refuerzan en época de sequía.
Esto lo saben los botánicos hace mucho tiempo, pero una servidora lo acaba de descubrir y, como sucede con cada descubrimiento que tiene que ver con el mundo natural, ha disparado mi obsesión. Una obsesión que me ha llevado a seguir conociendo alternativas sostenibles y ha permitido que mi eco ansiedad se diluya un poco entre las horas de lectura y estudio. La pena es que ninguna de esas lecturas va a conseguir elevarse sobre mi torpeza natural para contar historias, ni siquiera escribiéndolas, y que este artículo no va hacer justicia a todas las maravillas aprendidas. Pero, solo sea por hacer visible las referencias y los referentes, este artículo tenía que salir y publicarse y, ojalá, leerse masivamente para hacer estallar una conciencia común en defensa de la naturaleza. O, en su defecto, y por no pecar de ambiciosa,hacer germinar la semilla de la curiosidad por los jardines y los huertos urbanos a dos o tres personas. Personas que, a su vez, podrían trasladar esta semilla a otras emulando el mecanismo de los hongos… No sé, soñemos.
Soñemos activamente como hace, por ejemplo, Pilar Sampietro en el libro “La ciudad comestible”, en el que nos invita a “ruralizar la ciudad” a través de personas anónimas que trabajan en huertos y jardines urbanos en la ciudad de Barcelona. El libro es una guía compartida y documentada sobre cómo se integra (ya, de facto) la naturaleza en las ciudades a través de iniciativas comunitarias. El texto se estructura en doce capítulos y cada uno de ellos se corresponde con un mes del año y narra una experiencia contada por sus protagonistas sobre la construcción de una ciudad verde. Pero, no solamente verde, sino fértil. Comestible.

Un ejemplo de esta ciudad comestible lo tenemos también en el corto Help Yourself Olea Europea, en el que la artista Laura Palau recolecta aceitunas de los olivos plantados en la vía pública de la ciudad ante el asombro de los viandantes. Sírvete tú misma es la propuesta que Laura inicia con esta acción que quiere visibilizar la desconexión existente entre el campo y la ciudad, y al tiempo, hacer manifiesta la naturaleza que se imbrica en lo urbano. De esta recolección concreta Laura extrae 40 litros de aceite de oliva que, aunque resultó ser un aceite apto para el consumo, ella lo utilizó para hacer 3 pastillas de jabón de metro y medio cada una (de las que podrían salir unas 73 pastillas de jabón de uso doméstico). Con este proyecto, la artista invita a la reflexión, poniendo en evidencia el desperdicio de recursos naturales en el ámbito urbano.
Es interesante porque, en líneas generales, el arte suele estar muy vinculado a la ciudad y al viandante urbanita, al turista de la metrópoli, a espacios cerrados e iluminados artificialmente y al mercado capitalista, pero Laura rompe ese vínculo. Ella aboga por unir agricultura y cultura y su mirada va más allá de las galerías de arte y los museos. ¿Se puede contribuir a la sostenibilidad desde cualquier campo de trabajo? La respuesta es que sí. También desde el arte, a pesar de que se trata de una actividad muy presionada por el sistema capitalista y la novedad constante. La agricultura es cultura, eso ya deberíamos tenerlo más que claro y, como dice la periodista José Parejo, alma mater de El bosque habitado de Radio 3: “es tiempo de volver a un modo de vida compasado con nuestro entorno vital y repensar las ciudades”.
Miguel de Unamuno escribió: “Hubo árboles antes que hubiera libros, y acaso cuando acaben los libros continúen los árboles. Y tal vez llegue la humanidad a un grado de cultura tal que no necesite ya de libros, pero siempre necesitará de árboles, y entonces abonará los árboles con libros”.
Hay muchos otros ejemplos e iniciativas, solo hay que encontrar la que mejor se adapte a cada una. Dejo enumeradas algunas de ellas:
Susana R. Sousa