Noli turbare circulos meos”

Arquímedes

Arquímedes: el mito

Cuenta la leyenda que hubo una vez un hombre que se enfrentó a todo un ejército. Más concretamente al ejército más poderoso del mundo antiguo: el romano. Y no solo eso, si no que apunto estuvo de vencer.

El hombre que mostró tal osadía no era alguien cualquiera. No era un feroz guerrero, ni siquiera un sesudo estratega. Se trataba de un anciano que había pasado los setenta.

Las fuerzas romanas al mando del general Marco Aurelio Marcelo hostigaban la ciudad de Siracusa, en aquel tiempo colonia de la Magna Grecia. Estaban sucediendo las segundas guerras púnicas.

Arquímedes, como así se llamaba el anciano, había desarrollado armas para defender la ciudad del asedio romano. Cualquier artefacto, por disparatado que este pareciera, era válido con tal de mantener a raya al enemigo.

Los romanos se encontraban tan nerviosos con los inventos de Arquímedes que la aparición de cualquier viga o polea en las murallas de la ciudad era suficiente como para provocar el pánico entre los sitiadores”, había dicho el mismísimo Plutarco.

Cualquier invento era válido; ya fuese aumentando el poder y la precisión de la catapulta o creando el odómetro, un carro con un mecanismo de engranaje que lanzaba, proyectada, una bola de metal.

Pero que decir de la “manus ferrea”. Cuando los romanos acercaban sus barcos al muro de la ciudad para colocar escaleras y saltar a su interior, un brazo del que pendía un gancho de metal caía sobre estos y los hundía.

Este prototipo de grúa moderna desbarató los planes iniciales de los romanos: tomar la ciudad por asalto. Por lo que tuvieron que cambiar de estrategia y planear un hostigamiento de larga duración.

Sin embargo, por desgracia para los romanos, las muestras del genio de Arquímedes no terminaban aquí e ideó un sistema de espejos ustorios que reflejaban la luz solar en los barcos enemigos incendiándolos a continuación.

La credibilidad de esta hazaña había sido puesta en tela de juicio desde el renacimiento, hasta que en 1973 se llevó a cabo, en Grecia, una recreación de lo sucedido para valorar su veracidad. El resultado fue positivo.

Al final la lógica se impuso y los romanos tomaron la ciudad en el instante en el que nuestro protagonista se encontraba en su taller tratando de resolver un problema. El soldado de turno le pidió que se rindiera y fuera al encuentro del general, a lo que Arquímedes le respondió: “No molestes a mis círculos”. El problema a resolver era para él más importante que una minucia como el saqueo de una ciudad. El romano enfurecido saca su espada y pone fin a la vida de la mente más brillante del mundo antiguo.

El general Marcelo, al enterarse de lo sucedido, se mostró furioso. Había dado órdenes precisas de mantener con vida al ciudadano mas ilustre de Siracusa. Era buen sabedor de lo que podía haberle aportado aquel anciano que a punto había estado de derrotarle. Era el año 212 a.C.

Años después Cicerón, tras ser enviado como cuestor a Sicilia, comenzó una labor de investigación con el fin de hallar la tumba de aquel de hombre cuyas gestas tanto había oído hablar durante su infancia. Preguntaba a los lugareños, pero nadie sabía nada. Todos parecían haber olvidado a Arquímedes de Siracusa. Hasta que al final la encuentra cerca de la puerta de Agrigento. Está descuidada, sucia y poblada por arbustos. La tumba de aquel que tanto había dado a su ciudad permanecía en el olvido. Tras tratar de condicionarla descubrió que sobre ella se habían escrito versos y se había colocado una esfera inscrita en un cilindro.

Arquímedes: el hombre

Poco se sabe de los primeros años del siracusano; que había nacido en el 287 a.C. y que, según Plutarco, su padre era Fidias, el astrónomo, el cual estaba emparentado con el tirano Hierón II.

Había estudiado en Alejandría, Egipto, centro intelectual del mundo mediterráneo. Pronto demostró al ya citado, su pariente, Hierón II su valía.

En una ocasión este último había ordenado a un orfebre la fabricación de una corona de oro macizo. Sin embargo estaba con la mosca detrás de la oreja, tanto fue así que encomendó a Arquímedes la tarea de descubrir si el orfebre había fabricado la corona de oro puro, o si, por el contrario, se había quedado con parte de este produciendo una aleación, de plata o cobre.

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Tras tratar Arquímedes de resolver el problema y no lograrlo, un día se encontraba en los baños públicos cuando notó que al sumergir su cuerpo en la bañera el agua se desplazaba. Al darse cuenta de su descubrimiento salió corriendo, desnudo y empapado, por las calles de Siracusa gritando: “Lo encontré, lo encontré”, solo que en griego, lo que viene a sonar como. “Eureka, eureka”. Así fue como nació el “principio de Arquímedes” y también la causa por la que aquel deshonesto orfebre fue mandado ejecutar.

Pero el mayor encargo que le hiciera su pariente fue el de un enorme barco (el Siracusia), el más grande de la antigüedad clásica con cabida para seiscientas personas, jardines decorativos, gimnasio y un templo dedicado a la diosa Afrodita. Para ello se inventó el “tornillo de Arquímedes”, y así extraer el agua que se acumulaba en el casco.

Nunca inventó la palanca pese a que dijera “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, pero esto es otra historia…

meter

Como dijo Isaac Asimov: “hoy día creemos que el gran deber de la ciencia es comprender el universo, pero también mejorar las condiciones de la vida de la humanidad en cualquier rincón de la tierra”, y ese es, precisamente, el mayor legado que nos dejó Arquímedes.

Rubén Blasco

Referencias

  1. Wikipedia
  2. Momentos estelares de la ciencia” de Isaac Asimov
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