La locura es relativa. Depende de quién encierre a quién en la jaula.

Ray Bradbury

La enfermedad mental es como una flor que crece allá donde sus raíces encuentran buen sustento. A veces comienza a gestarse dentro de nosotros a edades complicadas, camuflándose con la maraña de pensamientos y sentimientos propios de ciertas etapas del desarrollo intelectual. Crece silenciosamente, y a veces sus brotes no nos dicen mucho de ella, por lo que no les prestamos demasiada atención; otras veces, dichos brotes evidencian la llegada de una gran y llamativa flor que es preciso conocer, pues tal vez está sustrayendo demasiada energía de nosotros para crecer. En otros casos, la planta germina con lentitud y puede tardar años en florecer. En su lento desarrollo, extienden sus raíces alrededor de nuestra mente, llegando con ellas a los espacios más recónditos e inesperados, y su poda se hace realmente compleja.

Brain

Efectivamente, acabamos de comparar el desarrollo de la enfermedad mental con el crecimiento de una flor y, automáticamente, hemos mencionado su erradicación. Sin embargo, la visión de una flor no suele evocar el instinto de arrancarla. Por el contrario, las flores cuentan con una larga tradición de relación con conceptos positivos en diferentes culturas. ¿Por qué, en cambio, la enfermedad mental es percibida como negativa aun contando con una metáfora como esta? Porque la hemos llamado enfermedad y, por tanto, nos hace pensar en malestar y sufrimiento. Probablemente habría que estar “loco” para considerar que una persona que padece una enfermedad mental ha sido tocada por una especie de don que, sencillamente, la hace distinta. Al menos, así funcionan las cosas en Occidente.

La medicalización de todo tipo de trastornos y situaciones percibidas como negativas es absolutamente natural en la sociedad occidental. Todo aquello que se sale de la norma es extraño, y todo aquello IMG_0001que supone una desviación del comportamiento habitual rozando el bienestar de los demás es tachado de locura o enfermedad mental. Sin embargo, en muchas ocasiones no se aluden a esas personas enfermas como individuos susceptibles de recibir atención médica acorde a la condición que se les impone; por el contrario, se les denomina “locos” o “enfermos” con un matiz claramente peyorativo que les distingue del resto, convirtiéndolos en responsables de sus propias acciones, pero también de algún modo en culpables de la enfermedad de la que adolecen.

Las enfermedades mentales no entienden de exclusividad. Cualquiera de nosotros podría padecer una de ellas a lo largo de su vida (el 25% de la población, sufre un trastorno mental a lo largo de su vida, lo que significa que 450 millones de personas en todo el mundo están afectas por una enfermedad mental, neurológica o conductual, y se prevé que los trastornos mentales aumentarán considerablemente los próximos años) y, como buena sociedad con pastilla para todo, contamos con fármacos para controlar varias de ellas. Existe una amplia tendencia a narcotizar sin más (quizá influyan los intereses económicos de las farmacéuticas), pero la mayoría de tratamientos requieren –o deberían requerir –una terapia psicológica orientada no sólo a aliviar los síntomas, sino a tratar de guiar al enfermo hacia la superación de su dolencia o, al menos, a aceptarla de modo que le permita vivir de la forma más óptima posible.

Pero en todo momento hablamos de Occidente, como si sólo allí se produjesen brotes psicóticos, depresiones o crisis de ansiedad. Y esto es lo único que observamos de ellos, sin contemplar otros posibles efectos de los trastornos que los producen y que aportan unas innegables particularidades a las personas que los posee.

Mucho se ha hablado de las diferencias culturales que se dan a lo largo del mundo en cuanto a parentesco, economía, religión y un largo etcétera de dimensiones analizadas por antropólogos y otros estudios de lo social, pero todavía no se ha dicho lo suficiente en cuanto a las diferentes formas de tratar las mentalidades paralelas.

the-shamanLo que para muchas culturas es un síntoma de desviación social que ha de corregirse, para otras se trata de un regalo divino que coloca a quien lo posee en un escalón muy alto de la escala social. Es fácil, que si un psiquiatra occidental viajara a África y analizara a sus chamanes y líderes espirituales les recetara de inmediato algún tipo de antipsicótico o ansiolítico, frenando así aquello que les hace especiales y mantiene un equilibrio milenario. Y es que mucha parte del estatus de este tipo de personalidades se debe al hecho de que su mente no funciona de la misma manera que la del común de los mortales.

A lo largo de la historia y de las sociedades hemos comprobado como en muchos casos, los que se han considerado genios y han sido venerados como tales, han sido aquellas personas que presentaban una visión de la realidad propia, alejada de la imposición social del momento.

Entonces, ¿por qué existe en nuestra sociedad una persecución tan potente hacia todas aquellas maneras de pensar desviadas de lo común? ¿por qué ahora aparecen “enfermedades” nuevas como la hiperactividad, déficit de atención, depresión (en todas sus facetas) y un largo etcétera? Ya desde niños, se nos medica y alecciona para que nuestros pasos no se desvíen de ese camino que asegura la conformidad social. ¿No será que vivimos un momento de profunda represión mental? ¿No estaremos en un sistema en el que no se permite nada diferente por miedo? Miedo quizá a salir de narcotización o a cuestionar la cosmovisión vigente.

Aceptamos los axiomas psicológicos sin preguntarnos a dónde nos llevan y a quién favorecen.

Azalí Macías y María Valhallen

Referencias

http://www.asiem.org/

http://pijamasurf.com/


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