Vamos a embarcar en el navío Madera de deriva, flotado por la compañía Libros del Innombrable (2025). Lo vemos a lo lejos, recortado por el arrebol, y algo resalta a la vista: las velas y la popa muestran una dirección divergente a la acostumbrada; el simple hecho pudiera parecer una minucia fruto de alguna ilusión óptica, y es que, aunque así fuera ya determina que no va a ser un viaje ordinario. La impresión cobra fuerza al saber que su capitán es Ángel Olgoso, aventurero de reconocido prestigio por haber degustado las frutas de la luna y transitado en incontables veces la laguna Estigia y salir indemne para revelarnos los secretos de la tierra de los muertos, mientras que experiencias siderales lo llevaron a conocer todas las eras humanas y a reconocer la naturaleza caprichosa de Dios. Ahora su ambición es mayor si cabe, pues después de casi un millar de maravillosas aventuras, en este viaje misceláneo pone rumbo hacia la Belleza, buscándola en lo cotidiano sin menoscabar su particular mirada del mundo.
Conforme soltamos amarras comprendemos que la belleza es esquiva y para localizarla hace falta identificar primero la fealdad y destruirla, sólo entonces nuestros ojos quedarán libres para observar la naturaleza primigenia y aprender cómo levantar utopías. Por eso, en nuestra primera parada escuchamos el «Papel sonoro» de hojas caídas y libros rescatados entre novedades invasivas y superfluas, aquejadas de la misma prisa con que serán olvidadas, pues en «La pocilga de la facilidad» hay mucha soberbia y reconocimiento efímero, mucho impostor que se cree escritor por publicar e ignora que la creación se parece más a «La lentitud del meteoro» que fragua obras de artesanía únicas e irrepetibles como el «Hápax» hallado en libros aún no escritos. Observar la alienación le llevará a preguntarse «si el grito tiene sintaxis» cuando contemplemos los «forúnculos ciclópeos» cuya desaparición sería imprescindible para recuperar la pureza frente al vandalismo visual; luego podremos ser testigos en «El resplandor de lejanos incendios» de cómo hechos y actos insignificantes en apariencia tienen mayor repercusión que la vana grandeza.
Tendremos ocasión de compartir momentos de intimidad con Ángel Olgoso en los que confesará alguna de sus derrotas como esos «Besos de fantasmas» que quiso dibujar con palabras y nunca llegó a escribir, aunque sus descripciones serán tan precisas, sus referencias de autores previos tan valiosas, que nos introducirá en la paradoja de visualizar como obra terminada lo no realizado; y aunque no es desconocida su afición por el más allá, son variados los espectros que habitan en su «Glosario», como el propio amor, que pese a su concepción peligrosa y fantasmagórica nunca adquirirá mayor corporalidad y placidez que durante nuestra estancia latinoamericana que nos dejará a «Chile en el corazón», pues la exuberancia paisajística y gastronómica del país y la mirada antropológica de su cultura se concretará en la luz, la creatividad arrolladora y la confirmación de haber hallado la felicidad y el amor verdaderos encarnados por la poeta Marina Tapia.
Las tierras lejanas que visitaremos nos llevarán a la voluptuosidad de «Cruzar la estepa a lomos de un oso a medianoche» y a descubrir el propósito común de la versátil forma del iunx, beberemos el «Bálsamo de Fierabrás» como antídoto de un Stendhal hipocondríaco, nos convertiremos en programadores-ficcionadores del mundo mientras atravesamos «Las montañas flotantes de Plutón» y elaboraremos el insólito «Vino de viña submarina». En «Las islas de los bienaventurados» sabremos que la belleza se muestra en su plenitud cuando no hay hombres cerca, aunque podremos admirarla como apóstoles de un tiempo remoto «Caminando sobre el mar de Thetys» o en el vuelo de pájaros e insectos de «Tántalo», mientras los cronotopos de «Tulpas» nos hacen ver el pasado como un segundo corazón. Sin embargo, no todo será placer en el viaje: «Odiadores del silencio» intentarán perturbar nuestra paz y será difícil escapar de ellos porque, al contrario de las criaturas mitológicas, estas bestias aulladoras son humanas y estamos obligados a convivir entre ellas y afrontar sus ignominiosas masacres midiendo «El peso específico de la barbarie». En cualquier caso, al contrario que el pobre «Suertesquiva» perseguido por la fatalidad, nosotros contamos con el viento a favor y habrá suficientes momentos de dicha y armonía que nos inviten a la constante «Celebración», y si el proceso de la vida nos pesa, rodeados por el humo de «Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro» nos entregaremos con pasión al acto de escritura, a la epifanía de la creación como recurso para desembarazarnos de la angustia de la existencia.
Ángel Olgoso puede metamorfosearse y si lo conocemos como el capitán que nos guía en esta búsqueda ideal, cuando veamos los páramos helados del norte se transformará en el Gran Danés para predicar en favor del placer y descubrirnos «el límite indistinguible del silencio y la luz», aunque quienes sólo anhelan el miedo a la vida no lo escuchen; también será el astrónomo que en noches diáfanas nos muestre los «Asterismos de la constelación de la Osa Mayor» donde habitan toda clase de prodigios y parábolas que abren una brecha entre la realidad y la imaginación que nos invita a saltar, pero será en los días nublados cuando descifremos en las nubes epitafios de grandes imaginadores yacentes en la eternidad de la que de vez en cuando precipitan para regar los campos de la irrealidad y librarnos de la pesadilla del pragmatismo y las expectativas cumplidas. Y es que nuestro capitán particular se declara a sí mismo como un sempiterno habitante de las nubes, «desarmado ante el lado externo y utilitario de la realidad», incluso a partir del encuentro con su admirado Bioy Casares se atreve a calificarse como secundario por su timidez, cuando lo cierto es que en las nubes guarda el «Árbol candelabro» que desde el hallazgo de su «Kairós» en las luciérnagas de su Cúllar Vega natal no sólo alumbra, sino que mejora las leyes que rigen el mundo.
Al terminar el viaje y desembarcar estaremos embriagados por todas las experiencias vividas y estaremos convencidos no sólo de haber encontrado la belleza, sino también de disponer de las herramientas imprescindibles para repararla. La mirada melancólica y a veces descarnada de Olgoso nos demuestra que hemos entendido mal el pesimismo: no es angustia ni dolor, es una actitud crítica y de rebeldía ante los defectos del mundo que no incurra en la pasividad del conformismo, aunque todo a nuestro alrededor se desintegre. La visión olgosiana nos mantiene despiertos y lúcidos con la firme esperanza de que está en nuestra mano revertir la mezquindad.
Rodolfo Padilla Sanchez

