Manuel Antonio Gamarra García. Nací en 1982 en Alhendín, un pueblo al pie de Sierra Nevada, Granada. Allí crecí y me formé, y desde que tengo recuerdo comenzó mi relación con la lectura y la escritura.

Vivo a caballo entre Granada y París, dos ciudades que me inspiran y me llenan, una por ser mi tierra, otra por enseñarme la vida.

Trabajo de Geómetro para subsistir y escribo para vivir.

He participado en varios certámenes literarios en los que he resultado ganador en unos, finalista en otros y colaborador en muchos.

Me apasiona la escritura y me dedico con pasión a ella, siempre que el trabajo me lo permite.

Mi vida es sencilla, me gusta disfrutar del arte y tener largas conversaciones con amigos sobre filosofía, materia que me fascina, y como no, ponerme frente a un papel con un bolígrafo en la terraza de un bar, mientras me inspira la siempre sugerente figura de la Alhambra.

 

Mi querido público

Al nivel del décimo-quinto piso volví a sufrir una arcada, algo sólido se me había atrancado en la garganta y me impedía respirar normalmente. Pero al llegar al decimonoveno,  definitivamente sentí  que me ahogaba. Corrí como alma en pena para llegar a mi apartamento, pero en la mitad del pasillo, justo a la altura de la puerta de Sofía, mi vecina caribeña, una explosión me subió del estómago y me llenó súbitamente la boca.

Al fin podía respirar normalmente, sin embargo, en la oscuridad del pasillo repartido en mil pedazos yacía, un pajarito de cristal. Llegué a reconocerlo como escombro de ave porque al menos, consiguió salvar su cabecita de gorrión asustado antes de desintegrarse contra el suelo. Resignado, recogí los pedazos barriéndolos con la palma de la mano, mientras las puertas del pasillo me enviaban en la oscuridad su mirada acusatoria.

Aunque pueda parecer extraño, ni siquiera me extrañé. En aquella época estaba ya más que acostumbrado a los desbarajustes de mi cuerpo y a las metáforas del alma, pues ya había tenido una temporada en la que me había dado por orinar. Si, señoras y señores, no se me adelanten que ya sé que todo el mundo orina, pero no de aquella manera y no por los motivos que yo voy a relatar a continuación: todo empezó al día siguiente de que María me dejara a causa de mis problemas con el alcohol. Debo reconocer que mi relación con la botella se había intensificado en los últimos tiempos, y por supuesto, no hablo de la mujer de un expresidente, sino de esa esbelta señorita de vidrio a la que en ciertas épocas de la vida, verle el culo se convierte en una tarea demasiado habitual. Pero no me extenderé en mi problema con la bebida y voy a decir simplemente que María me puso las maletas en la puerta un martes lluvioso de febrero, y al portazo en las narices le precedió la sentencia: “no me llames aunque te mueras, borracho”. Sentí entonces que mi único objetivo en la tierra era cumplir rigurosamente  la cadena perpetua a la que había sido condenado, sin embargo, al día siguiente empecé a orinar  y mis problemas pasaron a ser otros.

Primero oriné a tiempo parcial durante unos cuantos días. Lo hacía desde la vuelta del trabajo a altas horas de la noche, hasta que el sueño me podía y el grifo se cortaba. Después el problema se hizo intermitente, y orinaba cada diez minutos. Regué entonces portales, esquinas, árboles, aceras y todos los lugares típicos, y la cosa se me puso cuesta arriba cuando el chorro se hizo constante y tuve que volver a las épocas de pañal y pantalones chorreando. Se me volvió entonces el mundo amarillo, el aire salado y todo lo que comía me sabía a espárragos trigueros, y llegué a odiar a toda la fauna universal cuando una manada de perros callejeros se unió a la tragicomedia de mi vida, esperándome en todas mis salidas con la única intención de olerme en la entrepierna. Yo, que todavía no estaba acostumbrado a estas cosas, llegué a temer  un poco por mi vida y un mucho por mi aparato reproductor, pero después de los análisis correspondientes, el médico me sentenció con salud de caballo, y próstata de toro, y no me quedó más remedio que acudir al párroco que me introdujo en la gran familia de los cristianos para pedir asesoramiento. Éste, un santurrón experto en exorcismos, apasionado por toda clase de invasiones fantasmales me explicó que según el concilio vaticano del año tropecientos, los desequilibrios del espíritu están estrechamente ligados con las evacuaciones urinarias, y no se le ocurrió otra cosa que recetarme baños de aguarrás y agua bendita, acompañados con sesiones de oración y penitencia.  No se si  la oración porque aburría o el aguarrás porque picaba, pero no surgieron efecto alguno en mi vejiga pero si terminaron por agotar la poca fe que me quedaba, y solo conseguí librarme de una muerte inminente por deshidratación, cuando conseguí comprender que lo que salía por mi apreciado “phalos” en forma de agua, urea y sal (lo que en cristiano no viene a ser otra cosa que meados) no era más que vino, cerveza, wiski, ron, absenta… mezclados con grandes dosis de complejo de culpabilidad. No volví a tocar el alcohol, y hasta hoy, ni una gota más de las que me procuran mis dos riñones.  Si madame et monsieur, se lo que ustedes piensan y estoy totalmente de acuerdo, el complejo de culpabilidad, los remordimientos, las ganas de ser otra persona es lo que me ha llevado a estar hoy de este lado del escenario, viendo sus caritas de admiración con mi mejor cara de agradecimiento. Pero debo añadir sinceramente, que esto no es ni el principio, pues el simbolismo de mi cuerpo a lo largo y ancho de mi trayectoria, dejó hace tiempo de ser un castigo para convertirse en un arte reconocido en todos los círculos de las artes y las ciencias de los cuatro puntos cardinales. Pero no corramos demasiado,  porque para que comprendan el porqué de tanto reconocimiento público, tanta expectación y tanta fanfarria debo contar algunos casos que me han llevado hoy a recoger este prestigioso premio.        Y no me quiero emocionar, que luego me pongo a escupir pajaritos y no hay quien me pare y ya no puedo continuar con lo que hoy he venido hacer aquí. Pues hubo una época, también por causa de los desamores, en  la que estuve sangrando versos de amor por las narices durante meses. Sangré a Neruda, Benedetti, Bécquer,  todos los poetas del 27 y el 98, en consonante, asonante y verso libre, y casi me vuelvo loco cuando empecé a sangrar a Byron, Verlaine y Rimbaud en su lengua materna. Yo que en aquel tiempo no tenia ni idea de idiomas extranjeros, perdí de un golpe de párpado la pasión por la literatura y no tuve otra elección que enterarme de que aquellos ríos de sangre que entristecían el ambiente y hacían que en el vecindario me miraran de reojo hasta los vendedores de cupones, no eran porque Alicia me hubiera dejado porque tuviésemos proyectos de vida diferentes como ella aseguraba, sino más bien, porque me había sustituido por un musculitos de gimnasio, compañero suyo del trabajo, que desbordaba virilidad por las cinco extremidades. Yo, achaqué aquella su decisión a mi exceso de romanticismo y a mi testosterona a mitad de precio; y fue al comprender eso, y hacerme el propósito de ser algo más masculino y no volver a enamorarme, cuando la corriente de poesía nasal se cortó.

Pero los pajaritos de cristal me agobiaron tanto tiempo, me deprimieron tanto y me tomaron tantas energías, que su estallido contra el suelo llegó a sonarme muchas veces a campanas que llaman a muerto. No comprendía la relación que tenían con mi vida, ni porqué brotaban en el momento justo de pasar por la puerta de la vecina. Empecé a sospechar de la relación entre Sofía y los pajaritos cuando sentí el ardor en mis mejillas al cruzarla en la entrada, y me di cuenta de que pensaba en ella más de lo que nuestra relación de peatones  anónimos me podía proporcionar. Yo, ya era plenamente consciente de que mi corazón andaba petrificado y mi flora intestinal perdía los pétalos por primavera debido a una alergia al amor mal curada y un constipado crónico de soledad y melancolía, y que los cambios producidos en mi personalidad, consecuencia de mis desequilibrios corporales me habían llevado irremediablemente a evitar los lazos sentimentales. Precisamente por eso, y por otras muchas razones que me ahorraré hoy aquí, me sorprendí al temerme enamorado y fue entonces cuando me obsesioné por su vida. Quería  saber que hacía en cada momento, y el tabique de papel de fumar de seis centímetros de espesor que separaba nuestras habitaciones me facilitó bastante el trabajo.

Averigüe, y debo aclarar que no porque la espiara, que Sofía  llegaba del trabajo poco antes que yo y el nacimiento del pajarito, por el olor de caderas y aguas negras del Caribe que reinaba en el pasillo. Que se cortaba las uñas de los pies los jueves, por las canciones de cucarachas y el rumor de intimidad, y que quitaba el polvo los sábados entre las diez y el mediodía a ritmo de zouk, y todo eso repito, no porque la espiara, porque cuando comencé a espiarla me enteré de mucho más. Supe que los martes guisaba colombo, los jueves acras, y los viernes ayunaba, por  ya no recuerdo bien que tradición criolla o dietética, y no conseguí pegar ojo  cuando me di cuenta de que mi querida vecina descendía por los valles húmedos de sus pasiones silenciosas todos los días antes de dormir, por los gemidos ahogados de almohada y el pellizco genital que me hacia mojar decenas de pañuelos de papel con grandes dosis de frustración, y centenares de miles de seres microscópicos destinados a alargar el ombligo de alguien por una generación adicional.

Entre tanto, mi dosis de pajaritos aumentó a dos al día.

Imaginé en aquellas semanas confusas, toda suerte de conversaciones y encuentros fortuitos que no llegaban a realizarse por las trampas del espacio-tiempo. Saqué del empolvado baúl de mis años de ligón de discoteca mi repertorio de miradas de ascensores, volví al vicio de la poesía, los pensamientos románticos, y una noche de Julio, de esas en que el aire pesado de Andalucía adopta la forma de las mujeres de aquellas latitudes soñé que dormía junto a ella. Estaba lo que se dice enamorado hasta el fémur y mi obsesión pasó a ser directamente proporcional al número de pajaritos. Salían ya de mi boca en cualquier momento, disparados como balas, y del otro lado de la puerta de mi oficina se empezaba a dudar de mi torpeza, y de como en tan poco tiempo había podido pulirme la vajilla entera de la cantina. Así que para no sobresaltar más al personal tuve que anticiparme a la caída, y al estruendo que traía consigo, portando una boina de estilo vasco con la que me cubría la boca, recuperando con ella al pajarito en el instante de la erupción, salvándole así la vida.

Esto me permitió en unos días hacerme con una gran colección de cacatúas, golondrinas, gorriones, pollos, pavos, patos y gallinas ponedoras, que colocaba por fecha de nacimiento encima de la tele y que me hacían pensar en los calendarios de raya y árbol de los náufragos cinematográficos.

El caso es que un día no pude soportarlo más. Sentado en el sofá, sentí a toda la bandada contemplándome con sus miradas ausentes de aves embalsamadas desde lo alto del televisor, y hasta San Pancracio me señalaba con su dedo acusador sosteniendo una moneda de cinco duros en forma de donuts desde su espacio en la estantería, y tuve la sensación de que lo único que le impedía hacerme un corte de mangas era la rama seca de perejil que guardaba celosamente en la otra mano. Así que me levanté de un salto, abrí la puerta, ande diez metros, llamé al timbre de la vecina, y me sentí el bicho más despreciable de la tierra cuando oí pasos en el interior, y un ojo me miró por la mirilla, pero la puerta no se movió ni un milímetro. Con la dignidad no rota, ni destrozada sino lo que viene después, volví a casa, me eché agua en la cara y al ver mi reflejo en el televisor apagado, con todas sus canas, y todas sus entradas que más que entradas ya comenzaban a ser reventas, mis orejas de Carlos de Inglaterra, de Dumbo en edad escolar, le dije al del reflejo con tono de reproche y en segunda persona: “En que momento se te puso esa cara de pervertido”. Porque vamos, a esas alturas de la vida, yo ya me había dado por enterado de que la diferencia entre  un romántico apasionado y un acosador  no la determina un psicólogo, sino más bien, la delgada línea imaginaria que en los cánones de belleza actuales separa a los guapos del resto de la humanidad. Me dispuse entonces a buscar en el mueble bar un revitalizante y encontré mi vieja botella de absenta que termina por darte dolor de cabeza pero que te quita todo los demás, cuando de pronto sonó el timbre y -lo siento no pude abrirte, no estaba visible- me dijo. Lo único que acerté a decir fue -necesitaba sal. Si, ya sé que suena a frase hecha, pero guárdense su decepción porque una invitación a cenar se me vino inmediatamente después a la boca, cual pajarito de cristal.

Al día siguiente fuimos de cena, y días después ya paseábamos por el parque manos agarradas, comíamos helados de chocolate, buscábamos animalitos en las nubes -Alfonso quita las manos de ahí que yo no soy de esas- besitos, caricias, hablábamos en susurros muchas veces, otras tantas a gritos, e incluso, alcanzamos rápidamente el altísimo nivel de llevar profundas conversaciones sin pronunciar una sola vocal. Todo iba bien, todo iba perfecto y de pajaritos ni rastro, ni por aquí ni por allá en dos semanas con todos sus días. Hasta que una mañana, mientras estoy en la cocina abriendo una lata de atún sin abre-fácil, no se si por el esfuerzo o por el exceso de concentración, un pajarito discretamente se me escapa de la boca y se precipita en el lavadero. Sorprendido, anonadado y al cuadrado de cabreado elevado a muchas veces, tuve la certeza de que los pajaritos, no eran aves de paso, sino que habían vuelto para quedarse.

Así fue hasta hoy. Gracias al Señor, no he tenido ni un día sin pajaritos. Porque mi querido público, lo mejor de las desgracias es cuando uno sabe convertirlas en bendiciones. No, no me aplaudan todavía, porque mi historia no termina aquí ni mucho menos. Al contrario, ya casi llegamos al principio.

Mi historia con Sofía continuó a pesar de mi manía de andar por ahí escupiendo pajaritos. Continuó,  pero debo decir que por pura inercia, y se llenó rápidamente de una rutina tan lenta y agradable para los dos, que podíamos responder a la clásica pregunta sin que nos temblara la honestidad con un casi sincero: estupendamente. No tardé en aborrecer el colombo de los martes y los acras de los jueves, el mafé bambara se me atravesó profundamente en el apetito,  y las oraciones indias que recitaba cada amanecer en una sola nota se me clavaron en el oído untadas en su grave voz de mulata. Terminé por darme cuenta de que nuestro idilio había terminado cuando su amasijo alámbrico de pelos africanos empezó a hurgar en las noches mis orificios nasales, produciéndome picores insoportables e invasiones oníricas de hormigas, así que no nos quedó más remedio que separarnos.

Así, infeliz y solo, continúe mi camino, hasta aquel mediodía de Agosto en el que todo cambió. Estaba yo sentado en la terraza de un bar del centro de Granada  dándole vueltas a mi problema, pajarito va, pajarito viene,  cuando un ladrillo se precipitó desde el quinto piso de una obra, asesinó en el acto a un turista griego y dejó otros cinco gravemente heridos del susto. Mientras tanto,  un grupo de japoneses que andaba por allí fotografiando despiadadamente la Alhambra, olvidó de inmediato el milenario castillo para apuntar hasta el último zoom, hacia la trágica escena.

Ante esto, distraído por  el alboroto, pronuncié estas palabras: “todo horror es un espectáculo”.

Se dan cuenta señoras y señores, “todo horror es un espectáculo” creo que es lo único inteligente que he dicho nunca, y gracias a Dios, que me dio por escucharlo, porque cambió radicalmente mi vida.

Empecé escupiendo gorriones por 5 euros la hora en las fiestas de cumpleaños, palomas a 10 en bodas por la iglesia y 15 por lo civil, me negué a animar entierros aunque no me faltaron proposiciones y amenicé con gaviotas el congreso de un gran partido político. Pero el impulso definitivo a mi carrera llegó el día en que, sin esperármelo, me invitaron a la exposición anual de arte contemporáneo de Paris. Allí estaba yo, escupiendo pajaritos en el stand contiguo de Mirco Coproc, un reconocido artista serbio que presentaba su máxima obra: un globo que el mismo había inflado cuando era niño y que hoy se exponía como el último soplo de aire de la antigua Yugoslavia. Mientras el globo bailaba por la sala al ritmo que le imponía el aire acondicionado y los franceses se dejaban la voz: “¡magnifique! ¡bravo!” yo escupía pajaritos sin cesar, y en poco más de un rato ya tenía cientos de “gabachos” que se admiraban incrédulos con las erupciones de mi arte.

Me hice célebre en menos que canta un gallo. Mi móvil sonaba en todos los idiomas: me querían en Tokio, Nueva York, Macao, Londres… pero el atractivo ambiente bohemio de París me hizo instalarme de alquiler en un pequeño apartamento en el céntrico barrio de Les Marais. De un día para otro empecé a amasar grandes sumas de dinero, codearme con “la creme de la creme” y llevar una vida de lujos y desenfreno: desayunaba en Café Chic, almorzaba en Maxim’s, y en mis interminables noches movía el esqueleto al ritmo del disparo de las botellas de champagne.           Lo mismo me daba actuar en Moulin Rouge, que en Lido, que en cualquier sala de espectáculos del otro lado del planeta que se pudiera permitir pagar mi elevado caché.

Si antes tenía dificultad para conservar una pareja, ahora eran tantas las mujeres que se turnaban en mi vida que me costaba trabajo hasta retener los nombres. Las tuve de todos los colores y religiones, de todos los países e ideologías, de todas las tallas y estaturas, y os aseguro que estuve enamorado de todas y cada una, aunque solo fuera por diez minutos, y de algunas incluso menos.

La verdad es que he tenido mucho éxito, todo ha ido sobre ruedas desde el principio, aunque siempre, desde aquel primer pajarito en la puerta de mi vecina, he tenido que lidiar con la sensación de llevar un chino en el zapato, algo que no va bien y que yo nunca he sabido identificar.

Porque los pajaritos tienen la propiedad de esperanzar a los incrédulos, enderezar a los torcidos, dar un rayito de luz a los desamparados y simplificar a los banqueros, abogados y ministros, aunque solo sea durante la media hora que estoy en el escenario. Pero a mi, a mi me han vaciado por completo. A veces tuve la sensación de que todos y cada uno de ellos salían de mi cuerpo llevándose algo consigo.

Hasta hace poco, quizás dos semanas, en que cansado de vagar a lo largo y ancho del mapa con mi espectáculo de titirimundi, decidí volver al barrio que me vio crecer. Pasee por las estrechas calles, las sinuosas cuestas, los laberintos morunos de mi tan olvidada Granada. Necesitaba hablar con alguien de confianza, comer de mis propias raíces y el paseo me llevó casi sin querer a la puerta de la persona que mejor me había comprendido en la vida; la sola mujer que me supo escuchar y entender pacientemente; la única que me aconsejó y me consoló en este camino empedrado al que llamamos mundo: mi peluquera de toda la vida.

Me sorprendí al ver que mi pequeña peluquería de otro tiempo, había sido transformada por Carmelita en un gabinete psicológico, donde según el cartel de la entrada se cortaba el pelo, se lavaba, se peinaba, se ponían mechas y extensiones, se daban masajes, pero también se echaban las cartas, se leían las manos, se daban consejos y se garantizaba la felicidad por 7 días, devolviéndose los 20 euros de la sesión en caso de penas y lástimas posteriores. No se si por toda una vida mirando de cerca las cabezas de la gente o por la literatura de autoayuda que se amontona desordenada desde hace más de dos décadas en los estantes, pero siempre tuve la certeza de que Carmelita ha comprendido desde su rinconcito en Calle Elvira, lo más profundo de la condición humana.

– ¡Y luego dicen que la tele engorda, si es que está el tío cebado!- Dijo mientras me abrazaba y una ráfaga de besos de tía-abuela me rechinaba en la mejilla. Diez minutos después estaba literalmente en sus manos. En cuanto me senté y eché la cabeza hacia atrás para comenzar el lavado, como por arte de magia solté todo lo que tenia dentro. No hubo ni un pajarito que interrumpiera mis lamentos, el relato angustiado de mi agitada vida. Mi desconsuelo, mi soledad, alguna lágrima se me escapó no lo niego, pero evité con todas mis fuerzas terminar haciendo pucheros.

Cuando yo ya había terminado y ella aun estaba depilándome las cejas, me miró fijamente a los ojos y me dijo con su cuidado acento andaluz: “Eres un insatisfecho. Los pajaritos de cristal no son más que la prueba de tu infelicidad y por eso no serás nunca capaz de hacerlos volar, ya que no eres constante, y por muchas boinas que compres, el destino de tus pajaritos como el de tus romances, es el de estrellarse contra el suelo”.

Salí de allí con el corazón llorado, lavado y bien peinado. Había visto la luz. Estaba tan claro lo que mi cuerpo quería decir con sus erupciones. Gracias a Carmelita, ahora sabía que si quería obtener algún día la felicidad, debía aplicarme en mis relaciones. Una tarea nada fácil para mí teniendo en cuenta mi egocentrismo innato, pero al menos, ya sabía dónde estaba el tumor.

Sé que algunos me juzgaran, pero sinceramente, desde el primer lunes de mi edad adulta mi vida de pareja fue un sinónimo de mi soltería. Nunca pude anticiparme a los deseos de la persona que me acompañó, y siempre me di cuenta de lo que le faltaba cuando ya era demasiado tarde. Las mujeres han pasado por mi vida como los días y las horas, en un inevitable fluir que nunca he sabido detener. En cuanto algo me disgusta, las despido, les digo adiós, o simplemente las dejo marchar, esperando sin más pena a la siguiente. Estaba tan claro.

Sentía que debía tomar una decisión, elegir entre ser feliz, y la fama, el dinero y el reconocimiento, e hice, lo que hacía en los viejos tiempos en caso de duda: discutirlo con una buena botella de wiski escoces.

Entre vaso y vaso, tome la determinación que les voy a confesar a continuación: La gente pasa por este purgatorio terrenal corriendo tras un Ferrari, un Rolex o el último I-phone, sin embargo, seguimos imaginándonos el paraíso como una selva paleolítica en la que todos vamos vestidos con una hoja de parra. La felicidad, que palabra tan bonita, pero ¿acaso conocen ustedes a alguien que se case con ella, y deje colgado en el altar a un millón de euros contantes y cantantes? Pues yo no. Todo el mundo se queda con el dinero, pensando que ya se las ingeniará con él, para alcanzar el codiciado bien. La felicidad. Si, si, para mí como para ustedes catedráticos, artistas, políticos, y mis más fieles seguidores del pueblo llano, la felicidad no es más que un concepto de principios de siglo, completamente pasado de moda. Porque hoy, después de haber leído todos los artículos escritos y por escribir de todos los periódicos de economía, con una tasa de paro que ronda el 25% y una Europa que se hunde. Yo. Puedo jurarles, con mi mano derecha sobre mi diploma de la EGB,  mi filosofía de barra, y mí retórica de camarero, que el dinero es lo único que me importa. Y que seguiré escupiendo mis amados pajaritos por todas las esquinas del globo, mi querido público, por todos los grandes eventos.  Que si verdaderamente hay un vacío en mi espíritu, que al menos, no lo haya en mi bolsillo, aunque la fecha de caducidad de mis amores me haga desdichado, porque mientras el público siga ovacionándome, el show debe continuar, señoras y señores, y yo seguiré aquí para todos ustedes, hasta que me vistan de pino, hasta que los gusanos de la tierra se coman hasta el último pedacito de cristal que quede incrustado en lo más profundo, de mis inagotables ganas de estar vivo. Muchas Gracias.

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6 comentarios sobre “Manuel Gamarra”

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