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La censura se ha tratado siempre de un instrumento que han empleado las distintas ideologías con intereses políticos, bien como una campaña de desprestigio al contrincante, bien como el arma de manipulación para toda una sociedad. Por desgracia, nuestros dirigentes políticos se han apoyado también en la Justicia -que se supone ciega- para llevar a juicio a raperos por sus letras, a artistas por una exposición o a humoristas por el chiste o la broma que todos hemos podido ver por televisión o por las redes sociales. Así, convertimos a los jueces en críticos de arte, en musicólogos y en maestros de la moral, capaces de discernir, no ya lo legal de lo ilegal, sino entre el buen gusto y el mal gusto, lo que es ofensivo y lo que no lo es.

El mensaje cala, por supuesto, y de la censura impuesta por políticos o magistrados llegamos a algo que es, si cabe, más preocupante en una sociedad que mira hacia el progreso: la autocensura. La sombra de la corrección política nos persigue en cada momento de nuestra vida, en una conversación con compañeros o amigos y en las redes sociales, donde las discusiones sobre cualquier tema alcanzan su cénit de insultos, odio y rencor bajo seudónimos, personas que se esconden de sus propias palabras con total impunidad. Es esta corrección política la que hace que la libertad de expresión adopte un sentido contradictorio, pues todos somos libres de expresar lo que pensamos, siempre y cuando el mensaje en cuestión no ofenda a nadie. Entonces… ¿en qué consiste esa supuesta libertad de expresión? Según parece, se trata de decir lo que otros quieren escuchar y no lo que queremos expresar.

Víctor Lapuente, en su artículo para El País Vivimos en Matrix, señala que un grupo de científicos ha elaborado una serie de experimentos con los se puede demostrar que cuando un fenómeno se vuelve menos frecuente, ampliamos su definición, añadimos a un concepto más elementos. De este modo, una mirada más larga de lo normal se puede considerar como un acoso incipiente o una mueca de indiferencia se puede confundir con un rostro amenazante, un chiste o una broma -generalmente de humor negro– se relaciona con el pensamiento de esa persona, que será tachada de machista, racista, discriminador, insensible… Establecemos reglas morales que se amplían con el tiempo, limitan nuestra capacidad de expresarnos o de actuar libremente. Son etiquetas, muchas de ellas injustas, que nos incitan al miedo y a la autocensura, nos hacen vivir en una ansiedad social permanente pues resulta imposible hacer un comentario incapaz de ofender o por el que nadie se pueda dar por aludido, quizás, por buscar en él una literalidad que no existe o una intención que no había. Además, mucha de la censura que nos hacemos entre nosotros es hipócrita ya que, aunque no nos guste y nos cueste reconocerlo, todos alguna vez nos hemos reído de un chiste cuyo contenido puede ser entendido como racista o machista. Y, sin embargo, nos sentimos mal por ello porque el humor es el único género de ficción al que se le dan connotaciones negativas. Vivimos tan pegados a la realidad y a la ofensa personal que no sabemos separar entre la realidad y la ficción. Porque el arte y el humor son ficción, interpretaciones y caricaturas de la realidad.

No obstante, esto no es necesariamente negativo. Si ampliamos el sentido de la ofensa, quiere decir que evolucionamos y que nos convertimos en seres más conscientes del dolor ajeno, hacemos que la sociedad progrese. El problema nace en el momento en que este progreso nos impide ver más allá de nosotros mismos y, al igual que los esclavos en la caverna de Platón, solo creemos aquello que podemos ver y no nos esforzamos por mirar más allá y en entender que, detrás de la literalidad del humor o del arte, existe una denuncia social, una crítica social.

A pesar de todo, parecemos retroceder en la Historia y regresamos a unos años en que se cortaban escenas de películas, en que ciertos libros estaban prohibidos o en un momento en el que un comentario contrario al régimen no sólo podía costar la libertad, sino también la vida. En la actualidad, una twittera es condenada a un año de cárcel por un chiste sobre Carrero Blanco, un rapero es sentenciado por injurias a la Corona y enaltecimiento del terrorismo y un humorista es linchado públicamente por sonarse en una bandera, en el contexto de un programa de humor y como representante de un papel que no escribió. Entretanto, periodistas de cadenas de radio nacionales hablan de bombardear Cataluña para acabar con el independentismo, el Gobierno secuestra libros con información peligrosa sobre su partido en una Comunidad Autónoma –Fariña– y los políticos nos estafan, lanzan falsas promesas que nunca cumplen, se escudan en unos símbolos nacionales que sirven a sus propios intereses y enaltecen a una dictadura que parece resistir su extinción. La ficción se explota y se limita, se convierte en el peor de los delitos –pero… ¿el arte tiene la capacidad de delinquir?– mientras que la realidad pasa desapercibida y los mensajes que sí suponen una amenaza para nuestro Estado de Derecho, de racismo, xenofobia, intolerancia, violencia, etc., quedan sólo para aquellos que los creen y se pierden para el resto.

La corrección política y la manipulación de diversos grupos políticos llevan a la deriva a una sociedad que ha aprendido a quejarse, a sentirse ofendido, y ha perdido el sentido del humor o toda capacidad crítica con los que hacer frente al mundo y a su realidad. Luchamos y nos manifestamos en aras del progreso, al mismo tiempo que, como nuestros propios censores, limitamos nuestros derechos y nos cargamos con nuestras propias cadenas. Hemos perdido nuestra personalidad.

De nuevo, como en la caverna de Platón, los esclavos ignorantes se dedican a humillar a aquel que consiguió liberarse y ver más allá. Por desgracia, la Policía del Pensamiento que imaginara George Orwell para 1984 está cada vez más cerca.

Rodolfo Padilla Sánchez

Referencias

https://elpais.com/elpais/2018/08/06/opinion/1533565241_030266.html

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