La etnopediatría es una ciencia poco (o nada) conocida en el ámbito hispanohablante, que surgió en los años 90 con la intención de analizar la forma de criar en distintas culturas y sus consecuencias en el desarrollo infantil y en la salud y enfermedades de los distintos grupos humanos. Desde entonces, existen líneas de investigación sobre etnopediatría en universidades de Estados Unidos, como Emory, Harvard, Delaware, Massachusetts, Notre Dame o California, con investigadores tan interesantes como Carol Worthman, Robert Levine, Katherine Dettwyler, Edward Tronick o James McKenna.

Los etnopediatras llegaron a la conclusión de que el modelo de crianza, las distintas etnoteorías parentales, que son los modelos de atención y cuidados transmitidos por cada sociedad a través de la familia, determinaban la salud de los niños y de los adultos, pero también las características específicas de cada sociedad, como el grado de violencia. A través de los distintos estilos de crianza, cada sociedad transmite los valores que necesita, modelando así a los individuos desde la infancia. De la misma forma, la forma de tratar a los niños -esto ya lo decía Margaret Mead hace medio siglo- muestra la estructura de cualquier sociedad. En nuestro caso, por ejemplo, se caracteriza por la medicalización y patologización de procesos vitales, como el embarazo, el nacimiento, la menopausia, el envejecimiento o la muerte. Procesos naturales que se convierten en enfermedades y que requieren un alto grado de intervencionismo y de tratamiento, intentando controlar a toda costa nuestra parte biológica, dentro de la necesidad de control de nuestra cultura, aunque eso implique alterarla o destruirla.

La etnopediatría estudia todos los ámbitos sobre la infancia de nuestra especie en distintas sociedades: el embarazo, parto, lactancia y alimentación infantil, el grado de contacto físico en la crianza, el sueño infantil y el llanto. Es una ciencia interdisciplinar, ya que unifica la biología evolutiva, la psicología del desarrollo y la antropología cultural, para obtener una visión holística sobre procesos vitales tan relevantes como los primeros años de vida, que condicionan nuestra percepción del mundo, de las relaciones humanas y de nosotros mismos.

La etnopediatría ha demostrado que la eterna dicotomía en antropología entre biología y cultura es la clave para entender la salud y la enfermedad. El problema radica en que la biología de Homo Sapiens ha cambiado muy poco a lo largo del tiempo (desde la bipedestación y encefalización), mientras que la cultura, las respuestas a las necesidades físicas y emocionales en nuestra especie han sido (y son) distintas en distintas partes del mundo a lo largo de la historia de la humanidad. Existe, por tanto, un desajuste entre las necesidades biológicas de los niños, que son idénticas en la actualidad a las del Pleistoceno, y las respuestas culturales que damos a través de la crianza, que se han ido modificando a lo largo del tiempo y el espacio. El nivel de equilibrio entre la naturaleza y la cultura, entre la biología y la cultura, nos permite entender el grado de salud de las sociedades. Los bebés humanos necesitan lo mismo desde hace milenios, desde el inicio de la humanidad, pero la cultura ha alterado el equilibrio entre lo que necesitan y lo que les damos en distintas sociedades, condicionando su desarrollo. Necesitamos una perspectiva biológica y cultural de la crianza infantil para prevenir una gran cantidad de trastornos y enfermedades característicos de nuestras sociedades contemporáneas. De todas las culturas probablemente la nuestra es una de las que refleja mayor distancia entre las necesidades universales de los bebés y niños humanos y nuestras respuestas a través del modelo de crianza imperante. Un modelo que en el último siglo se ha caracterizado por embarazos y partos con un alto índice de intervencionismo médico -muy por encima de las recomendaciones de la OMS sobre atención en el parto normal-, la lactancia artificial a horas establecidas, la introducción de alimentos triturados de forma pautada sin posibilidad de experimentar con el sabor y textura de cada alimento, el escaso contacto físico, la independencia forzada para dormir, la consideración de que el llanto no tiene importancia y debe ignorarse o la idea de que los bebés pueden ser atendidos por cualquier persona.

Una interesante publicación en Behavioral and brain sciences de la Universidad de Columbia Británica en 2010 demostró que todas las generalizaciones sobre la naturaleza humana estaban basadas en sociedades WEIRD (acrónimo de occidentales, educadas, industrializadas, ricas y democráticas), que habían sido extrapoladas a la humanidad entera. No sé si existe un mayor ejemplo de etnocentrismo, prepotencia e ignorancia.

Los etnopediatras también comprobaron que existían ciertas características generales en las sociedades tradicionales que eran muy diferentes a las que encontraban en sociedades industrializadas, características que estaban relacionadas con los valores que cada sociedad requiere, valores que son fomentados o evitados. A pesar de que al generalizar siempre hay ejemplos que quedan fuera de la norma, es necesario para clasificar y buscar similitudes y diferencias que permitan establecer comparaciones.

Entre los valores de las sociedades tradicionales, la etnopediatría comprobó el énfasis en el grupo por encima de cada individuo, la ayuda mutua, cooperación, solidaridad social, reciprocidad o integración social; mientras que las sociedades industrializadas muestran como valores predominantes el individualismo, la competitividad, la independencia o la propiedad privada. Estos rasgos tenían (y tienen) como consecuencia distinto grado de respeto o confrontación con las necesidades de los bebés y los niños en los grupos humanos.

¿Cuáles son las necesidades universales de la infancia? Un embarazo y parto respetuosos con la fisiología humana, la necesidad de exterogestación (gestación fuera del útero) debido a la prematuridad y vulnerabilidad de nuestra especie por razones biológicas, lactancia a demanda y autorregulación en la alimentación, contacto físico, atención en el sueño y el llanto, y presencia para establecer un apego adecuado. Todas ellas son estrategias de adaptación y supervivencia seleccionadas durante la evolución de la humanidad.

¿Es compatible lo que nuestra biología necesita con nuestra forma de vida? ¿Con las políticas sociales que no valoran los cuidados en etapas tan importantes como la primera infancia? En sociedades, como la nuestra, que equiparan conciliación con institucionalización desde 0 meses -en lugar de proporcionar la posibilidad de ampliar las licencias de maternidad y paternidad hasta el primer año de vida, como en algunos países nórdicos-, me temo que la biología pierde y que las consecuencias las estamos sufriendo desde hace años en salud y enfermedad.

La importancia que nuestra sociedad concede a la maternidad y la infancia se demuestra de muchas formas: que la lactancia materna sea relegada a lugares específicos, muchas veces dentro (o al lado) de baños públicos, en el hecho de que los niños no son bienvenidos en todas partes, en algunos espacios no son aceptados, como restaurantes, hoteles, viajes. Tampoco en acontecimientos y rituales sociales, como bodas o fiestas. De hecho, hay espacios públicos que prohíben directamente la entrada a los niños, mientras que sería impensable que prohibirían el acceso a ningún otro colectivo social, como mujeres o personas racializadas. Somos la primera sociedad que reniega de su futuro, porque los niños son el futuro y la supervivencia de nuestra cultura, independientemente de si los niños son míos o tuyos. Esto es algo que tienen muy claro en otras culturas: los niños son un bien del grupo y atañen al colectivo social.

En cuanto a las consecuencias de los modelos de crianza y de los primeros años de vida, la etnopediatría coincide con las conclusiones de las investigaciones de los últimos años sobre neurociencias, neurobiología del apego, epigenética, neuropediatría, neurología perinatal, psicología perinatal y psiquiatría perinatal, en la importancia de la etapa perinatal en la salud durante toda la vida. El porcentaje de trastornos y enfermedades, que crece cada año, exclusivos de las culturas industrializadas o postindustriales, como los trastornos de alimentación (anorexia, bulimia, sobrepeso), los trastornos de comportamiento (déficit de atención, hiperactividad, trastornos del espectro autista), desorden de integración sensorial, fobias específicas, ansiedad y estrés crónico en la infancia, depresión o suicidio, debería hacernos reflexionar sobre la relación entre nuestra forma de vida y nuestra salud, sobre todo en la infancia.

María José Garrido Mayo

*Nota biográfica

María José Garrido Mayo es Doctora en Antropología, con especialización en Etnopediatría y Antropología de la maternidad y la infancia. También es Licenciada en Antropología Social y Cultural, así como Licenciada en Prehistoria y Arqueología.

Ha  formado parte, durante los últimos años, del grupo de investigación GESSA (Estudios Sociales Aplicados) en la Universidad de Extremadura, desde donde ha investigado la relación entre sociedad, infancia y salud.

Ha publicado artículos científicos relacionados con estos temas en Revistas internacionales de Antropología e impartido ponencias y cursos sobre antropología y salud maternoinfantil tanto en el ámbito universitario como sanitario. Es autora de los libros Etnopediatría: infancia, biología y cultura, publicado en la editorial Ob Stare y Redes de maternidad y crianza, publicado en la colección de ciencias sociales de Ediciones Liliputienses.

Es consejera europea del Consejo Independiente de Protección a la Infancia y colabora, como experta externa, en la evaluación de proyectos para la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica de Chile.

   Send article as PDF   
anthropologies

3 comentarios sobre “Etnopediatría: antropología de la maternidad y la infancia”

  1. Hola, Georgina, gracias por tu comentario.
    Es una manera de categorizar las sociedades modernas por su estructura social y económica que aún se sigue usando, aunque también se utiliza sociedades postindustriales o contemporáneas. En el texto aparece porque así las denominaron los etnopediatras en los años 90 en sus investigaciones.
    Un saludo
    María José Garrido Mayo

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.