Abres Instagram, vas a la sección de “añadir historia” y seleccionas el efecto que complemente tu rostro para que refleje tu estado de ánimo, vaya acorde al tipo de contenido que publicas y genere ciertas reacciones en tus seguidores. Si hay algún detalle de la foto que no te convence, siempre le puedes aplicar un filtro, que para eso están.

Y ya lo tienes. Un rostro vestido y listo para poner en escena en el espacio sociodigital. En este caso, en Instagram.

Para toda ciencia que busque comprender y aproximarse al comportamiento humano, el hecho aparentemente sencillo de editar la imagen de un rostro le da un hilo bien largo del que tirar. Sobre todo, si no es solo la foto de un rostro, sino un selfie. Y sobre todo si con la edición de esa selfie se crea una representación controlada de una parte de nosotros mismos que queremos hacer visible ante los demás.

Como otras redes sociales, Instagram dispone de algunos elementos que crean un escenario experimental propicio para una performance del self: un usuario, que hace las veces de actor, se “viste” con las herramientas que la red pone a su disposición (historias, filtros, feed, reels) y crea su propia representación, su puesta en escena hacia una audiencia que puede ser pública o privada (sus seguidores). Acorde a este contexto plagado de códigos visuales compartidos, Instagram permite aplicar a sus fotografías un par de herramientas de edición: el filtro y el efecto.

Con el filtro es posible modificar el tono de la foto después de haberla tomado. El efecto, por otro lado, va un paso más allá. Como los filtros, los efectos añaden nuevas capas a la fotografía, esta vez en forma de ilustraciones, fondos, máscaras y complementos para la cabeza y el rostro. Lo que diferencia a los efectos de los filtros es que se pueden aplicar antes de tomar la fotografía porque funcionan con un sistema de reconocimiento facial que detecta el rostro y se acopla a él a tiempo real, de manera que el usuario puede interactuar con su propia imagen editada antes de compartirla. La interacción añadida por los efectos permite al usuario recibir un feedback inmediato de su propio rostro y, por ende, modificar tanto como quiera la imagen antes de publicarla.

El hecho de añadir un efecto a una fotografía en Instagram, tan cotidiano para muchos de nosotros, destapa una intencionalidad que puede ir más allá del juego. Entendido como forma de expresión, como posibilidad creativa, el efecto se asemeja a la máscara: oculta y revela información del usuario que se lo aplica. Oculta porque transforma, anula o disimula parte de su identidad para comunicar otra distinta. Expresa alguna cosa que el usuario resalta en detrimento de otras que quiere hacer menos visibles o explícitas.

La complejidad de esta contradicción entre revelar-ocultar es la complejidad que nos acerca a la interpretación de la máscara. Ya sea como objeto o como símbolo, los significados de la máscara sólo pueden comprenderse en el contexto que da sentido a su uso. Si bien abordar la máscara supone abrir, como diríamos, un melón muy grande, lo que me interesa compartir en este artículo es la comparación entre los efectos de Instagram y la máscara entendida desde su función social y expresiva.

Los efectos de Instagram, de igual manera que las máscaras, cobran mayor sentido cuando se portan; necesitan de un dueño que lleve a cabo ese enmascaramiento del canal por el que se expresa la identidad. Para la mayoría de los lectores ese canal sea, seguramente, el rostro. Señala David le Breton que “los únicos lugares desnudos del cuerpo son las manos y el rostro. A partir de nuestro rostro somos juzgados, reconocidos, amados, detestados”. No en vano hemos aprendido que “los ojos son el espejo del alma”, y parece cobrar todo el sentido del mundo cuando nos reconocemos en la mirada del otro o cuando sobran las palabras en una mirada que lo dice todo. Como canal principal de expresión de la identidad en (el mal llamado) occidente, al rostro se le aplica una máscara mínima que oculta los ojos, precisamente la parte de uno mismo que más fuerza adquiere cuando nos proyectamos hacia los demás. En nuestra cultura, esa máscara mínima toma la forma de antifaz, pero podría tomar la forma de cualquier otra parte del cuerpo que sirviera como canal de expresión de la identidad. Para los Kwakiutl (https://es.wikipedia.org/wiki/Kwakiutl), la puerta de entrada a esa idea occidental del alma es la boca, y en sus máscaras está representada con labios grandes y prominentes.

A diferencia de las máscaras como objetos, fabricadas con materiales específicos de una zona geográfica concreta, los efectos de Instagram están al alcance de todos los usuarios de la red y son de una amplísima variedad. Seleccionar el más conveniente se vuelve una tarea fundamental si se quiere generar una reacción específica en la audiencia digital.

Volver a la analogía con el imaginario teatral puede ayudarnos a entender la complejidad de esta interacción entre el enmascarado (en este caso, el usuario) y sus seguidores. El teatro requiere que tanto actores como espectadores hagan un ejercicio de credulidad: lo que se ve, lo que se representa es, temporalmente, real. Añadiendo un efecto al rostro, el usuario hace acto de presencia con un gesto que expresa lo que su rostro desnudo no puede. Pone en escena un personaje que moviliza emociones no solo a otros, sino a sí mismo, pues recibe también el impacto de su identidad proyectada y dramatizada. Podría decirse que el portador de la máscara digital es también su propio espectador. El efecto de Instagram le distancia de sí mismo, evidenciando que el rostro de la imagen no es del todo suyo. La proyección idealizada de su persona está a su alcance, momentáneamente.

Llegados a este punto, no viene mal rescatar la etimología de la palabra “persona”: “máscara de actor”, “instrumento para resonar” (per sonare). La identidad del usuario en Instagram, su forma de resonar en la red se entiende de manera muy bella a través de esta “persona” que comparte con sus seguidores. El complemento añadido, su máscara, le sirve como intermediario entre lo individual y lo colectivo, lo privado y lo público, permitiéndole potenciar la interacción con otros usuarios y así ganar visibilidad y presencia en Instagram.

No obstante, si podemos asociar la edición de un selfie a la creación de todo un teatro, también podemos hacer lo contrario: no retocar nuestras fotos para demostrar naturalidad en las redes, una manera de compartir nuestra realidad tal y como es.

Pero mientras hablamos de reproducir esta naturalidad, añadimos a la imagen hashtags como #nofilter o #natural, al mismo tiempo que seleccionamos cuidadosamente los elementos que saldrán en nuestra foto, el fondo, el ángulo, la cercanía con el rostro, la ropa que mostramos y la luz que más favorezca nuestras facciones. ¿No vemos en estas prácticas una especie de continuidad con el uso de las máscaras?

Acercarse a esta dimensión expresiva de redes sociales como Instagram abre la puerta a la reflexión sobre nuestras formas de proyectarnos en el espacio digital. Los efectos, como los filtros y otros elementos que componen Instagram, son una prueba tangible de que la representación de uno mismo puede estar tan simbólicamente cargada y tan pautada como establezcamos. No dejan de ser un componente más de una máscara que puede tomar múltiples formas.

Judit Pérez Soler

Instagram: @copyperez

Referencias

Imagen extraída de: https://www.xatakamovil.com/aplicaciones/como-buscar-usar-filtros-ocultos-para-fotografias-videos-historias-instagram

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