Imagen1

Donald #Trump no gobierna: interpreta. Interpreta al líder fuerte, al #empresario infalible, al salvador de una nación que, según su relato, siempre está a punto de ser destruida por otros. Su regreso al poder no ha significado una corrección de excesos pasados, sino su radicalización. Venezuela, Groenlandia, la #política migratoria, la lista Epstein y hasta la autopromoción cinematográfica forman parte de un mismo patrón: la #política entendida como #espectáculo narcisista, donde la verdad es un estorbo y la ética, una variable opcional.

En el terreno migratorio, #Trump ha vuelto a desplegar su arsenal retórico y operativo con una crudeza aún mayor. Las deportaciones masivas no son presentadas como una tragedia humana, sino como un logro administrativo. El ICE se convierte en protagonista, reforzado y celebrado, mientras las redadas y expulsiones se exhiben como signos de orden. En este discurso no hay espacio para matices: el inmigrante es una amenaza, un número, un enemigo. Resulta irónico, y profundamente revelador, que #Trump parezca olvidar que él mismo es hijo y nieto de inmigrantes, beneficiario directo de esa misma historia que ahora criminaliza.

Más grave aún es su amnesia histórica deliberada respecto a los verdaderos habitantes originarios del territorio. #Trump habla de “auténticos americanos” mientras las tribus indígenas continúan siendo empujadas fuera del escenario público, relegadas a reservas simbólicas, despojadas de visibilidad #política real y de derechos efectivos. En su narrativa, los pueblos originarios no existen; estorban. Estados Unidos es presentado como una nación blanca, fortificada, homogénea, donde la historia comienza convenientemente cuando conviene al poder.

En #política exterior, Venezuela sigue siendo su espantajo favorito. #Trump no ha tratado la crisis venezolana como una tragedia humana, sino como una herramienta propagandística. Ha reducido un conflicto complejo a una consigna anticomunista diseñada para consumo interno. Las sanciones, lejos de aliviar el sufrimiento, han profundizado el colapso, pero el fracaso nunca se reconoce. Porque para #Trump, Venezuela no es un país: es una advertencia útil, una amenaza abstracta que justifica su retórica agresiva y sus amenazas abiertas a otros países de Latinoamérica. Quien no se alinea, recibe castigo; quien disiente, presión. La diplomacia es sustituida por el chantaje y el insulto.

Groenlandia fue la expresión más transparente de su visión del mundo: territorios como mercancía, soberanía como obstáculo, pueblos como detalle irrelevante. Cuando propuso “comprarla”, no estaba bromeando; estaba revelando su concepción #empresarial de la geopolítica. Y cuando fue rechazado, reaccionó como siempre: con ofensa personal, cancelaciones diplomáticas y desprecio. #Trump no entiende la #política internacional como cooperación entre iguales, sino como una transacción donde él siempre debe ganar.

Pero si hay un tema que condensa el lado más oscuro y perturbador de su figura, ese es el caso Epstein. No porque exista una condena judicial contra #Trump, no la hay, sino por la constelación de silencios, contradicciones y cercanías incómodas que rodean su nombre.

#Trump fue parte del mismo círculo social que Jeffrey Epstein, fue fotografiado con él y habló públicamente de su relación en el pasado. Su nombre aparece mencionado en documentos y archivos del caso, como el de muchas otras figuras poderosas. Y aunque no existe una acusación formal ni una condena por delitos de pedofilia, sí existe algo igualmente inquietante: la falta de un interés real por esclarecerlo todo.

El autoproclamado enemigo del “estado profundo” ha sido extraordinariamente prudente cuando se trata de exigir transparencia total. Ha preferido insinuaciones vagas, ataques selectivos y teorías convenientes antes que una investigación exhaustiva que pudiera incomodar a su propio entorno. En el universo trumpista, la indignación moral tiene límites muy claros: se ejerce contra los adversarios, nunca contra el sistema del que él mismo se beneficia. La lista Epstein se convierte así en un símbolo perfecto de la impunidad estructural, donde los nombres poderosos flotan en una zona gris protegida del alcance real de la justicia.

Y como si todo esto no bastara, #Trump ha vuelto a poner el foco en sí mismo con una operación de autopromoción que roza la caricatura: un documental millonario centrado en Melania. Una inversión descomunal destinada a pulir la imagen íntima del poder, en un momento de deportaciones masivas, crisis sociales y tensiones internacionales. El proyecto, hasta ahora, no ha tenido el impacto cultural ni #político esperado, pero cumple su verdadera función: alimentar el espejo narcisista. Para #Trump, incluso el cine es campaña, incluso la vida privada es propaganda.

Lo que une todas estas piezas no es el azar, sino una lógica coherente: #Trump gobierna desde el yo. Desde la necesidad constante de atención, dominación y validación. Venezuela es un eslogan, Groenlandia un botín imaginario, los inmigrantes un enemigo funcional, los pueblos indígenas un recuerdo incómodo, Epstein un tema que conviene no cerrar del todo, y Melania una extensión de la marca.

Al final, #Trump no es solo un político polémico: es la cristalización de un sistema que tolera el abuso, la mentira y el #espectáculo mientras se presenten con suficiente convicción. Un narcisista que ha convertido el poder en escenario y la impunidad en método. Y mientras la realidad intenta abrirse paso entre gritos, documentales y amenazas, él sigue adelante, convencido de que, si controla el relato el tiempo suficiente, la verdad acabará rindiéndose.

Conxi Far

X y bluesky @RataDesletrada Instagram @conxi_far_

Puedes leer la primera parte, aquí: https://www.anthropologies.es/el-show-de-trump/

 

Anthropologies
info@anthropologies.es
Balón de fútbol en línea de gol como símbolo del deporte popular Entrada anterior Fútbol y perspectiva de género: desigualdad, estereotipos y referentes en el deporte
Simulación digital y tecnologías de la información en la cultura contemporánea Entrada siguiente La simulación y sus metáforas: tecnologías de la información, cognición y empobrecimiento de la experiencia.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.