“Los hombres usan máscaras para embellecerse. Pero a diferencia de la mujer, la decisión de embellecerse de un hombre siempre es un deseo de muerte”

Yukio Mishima

 

El año 1948 no sería usual desde su comienzo; en los últimos días de Enero moría asesinado Mahatma Gandhi, y a mediados de Marzo se iniciaba en Europa el plan Marshall, con la idea de que los Estados Unidos recuperasen un continente que se había desangrado. En Diciembre, y paradójicamente el mismo día 10, se creaba la República Popular de Corea del Norte y se decretaba en Nueva York la Declaración universal de los derechos humanos.

Parecía que aquel fuese el año en el que muchas máscaras cayeran para que la realidad mostrase su rostro más cruel; el fundamentalismo capaz de asesinar al mayor promulgador de la paz por preferir dar el gobierno indio a los musulmanes antes de que se desmembrara su país, un colonialismo de nueva generación en el cual el nuevo gigante mundial mostraba sus bonanzas a cambio de la omnipresencia, el radicalismo capaz de dividir sin sentido un país por la mitad separando para siempre a miembros de una misma familia y un papel mojado que no se cumplió desde el mismo momento de su firma.flickr-135021035-medium (licencia libre)

Sin embargo aquel año aún había una máscara que debía ser fulminada. Esta no tuvo ninguna trascendencia para la historia universal pero si para la personal de un Kimitake Hiraoka que decidía mostrarse tal cual era, desde aquel momento en adelante.

Nacido en el seno de una familia media, siempre se vanaglorió de pertenecer a una casta de ascendencia samurái, lo que le llevo a forjarse una ideología prematura muy marcada que en occidente describiríamos comúnmente como fascismo. Tal vez su nombre no les diga nada, pero sí su pseudónimo: Yukio Mishima, una de las principales figuras de la literatura japonesa y máximo exponente de la novela intimista.

Y es que en 1948 se publicaba la que es para muchos su mejor novela “Confesiones de una máscara”. En ella se cuenta cómo va desarrollando una sexualidad muy marcada desde una infancia gobernada por una abuela sobreprotectora y totalitaria que actúa como cacique familiar. Lejos del concepto de sexualidad que tenemos él mismo se va acercando a lo oscuro, a lo feo, y también a lo sangriento como medio de expresión de lo erótico; hombres que marchan sudorosos y hacen que al joven, tal vez aún niño, Kimitake le tiemblen todos los cimientos ante lo que se ha establecido en su entorno y esa línea que marca lo que está bien y lo que está mal.

Resulta llamativo también como mira obstinadamente las imágenes de un guerrero ensangrentado en la guerra de los cien años, y como en esas láminas cuanto más ensangrentado sale más tremendamente bellas le resultan, la decepción llega cuando descubre que el que creía guerrero no lo es tal si no que se trata de Juana de Arco. Se puede concluir por lo tanto, que según una perspectiva sexual nos encontramos ante un caso de homosexualidad hematofílica.

Poco a poco se va desarrollando el hombre, el Kimitake Hiraoka o Yukio Mishima que será hasta el final de sus días, pero según lo va haciendo ha de ir maquillando todo eso porque aquello que le atrae no es ni mucho menos algo que pueda decirse. Puesta la máscara solo queda confesar…

Hay una frase en la obra que creo que tiene un sentido literal para lo que trata de describir “un día, de repente, descubrí que me habían dejado sólo en una roca” sin embargo, refleja muy bien el sentido del libro, probablemente sin quererlo. El adolescente que se siente cada vez más y más sólo, cada vez más aislado en medio de una familia de buenas costumbres, de ascendencia samurái, de la cual se sentía muy orgulloso. Lo que hace al verse sólo en aquel sitio también refleja la personalidad de Mishima, simplemente comienza a masturbarse. Algo que como él mismo confiesa “era mi voluntad de resistir a la costumbre de…”, sin embargo parece que no lo conseguía en demasía pues en alguna de sus biografías aparece que llega a estar anémico de tanto hacerlo. Esta tendencia al onanismo contrasta con su personalidad pues se trataba de una persona profundamente disciplinada, educado en los valores del bushido, del cual llegó a escribir una versión moderna para los tiempos que le tocaron vivir.

Además de la perspectiva histórica, se puede hacer una lectura sexual del personaje y sacar conclusiones desde el punto de vista del análisis sexológico. Podemos tomar este caso como un buen ejemplo paradójico de lo que muchos teóricos sexuales han señalado en más de una ocasión: la sexualidad es parte de la idiosincrasia individual, y no atiende a estereotipos ni perfiles claros. Una de las partes más atrayentes de la sexualidad es el hecho de que obedece a causas aún inexploradas. ¿Quién hubiera imaginado que Kimitake Hiraoka habría decidido dirigir su sexualidad hacia el derramamiento de sangre? Es importante tener en cuenta que, no siempre un tipo de educación o ambiente social determinan el mismo tipo de preferencias sexuales, lo que hace que las personas tengan muchas más profundidad y nos muestren matices tan sorprendentes como el que nos atañe.

Pese a todo lo que aquí se cuenta lo que ha quedado para la historia es la espectacularidad de su muerte, acaecida el 25 de Noviembre de 1970, a esa fecha ya había sido propuesto tres veces para ganar el premio Nobel, realizándose el sepukku, suicidio ritual, tras intentar un fallido golpe de estado para devolver al Japón su tradición feudal y que el emperador volviera a ocupar su lugar. Paradójicamente para un final de vida espectacular la persona que debía de llevar a cabo la decapitación final del rito era Masakatsu Morita, el cual podría haber sido su amante durante gran parte de su vida y tal vez por ello no lo realizó correctamente.

 

Rubén Blasco

Azalí Macías

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