No es la primera vez que en Anthropologies se habla de teoría queer. Recientemente, el 8 de agosto de este año, Azalí Macías publica en esta misma página su artículo Hablemos de chic@s, en el cual, entre otras cuestiones, nos habla de la clasificación de los sexos y de la consecuente asignación de roles respectivos que acaecen en nuestra cultura. En dicho ensayo se presenta la teoría queer como un discurso disidente que pretende dinamitar el encierro del sexo, el género y la sexualidad en categorías-estanco, para hacer de ellos espacios más ampliamente transitables. Quisiera tomar el relevo del artículo de Azalí Macías a partir de su párrafo final: repasar categorías, ahondar en clasificaciones, repensarse a uno mismo, plantearnos si somos quienes nos hacen creer. Ello me hace recordar una propuesta defendida ya más allá del mundo queer: no es el sexo el que determina al género, sino que es el género el que configura el sexo (Coll-Planas, 2013:30)[1]. Y voy a utilizar para ilustrar dicha propuesta un ejemplo mediáticamente conocido: el caso de Andreja Pejic.[2]

Andreja Pejic[3] es un personaje del mundo de la moda dado a conocer hace algunos años por su androginia. Joven, de largo 1cabello, silueta ambigua y sin miedo al maquillaje, surcó pasarelas tanto femeninas como masculinas dándose a conocer como Andrej, un hombre que no obstante figuraba en las listas de mujeres más deseadas. Apareció pues como un actor que subvertía el mito del dimorfismo sexual, una prueba de que la feminidad no tiene que ser patrimonio exclusivo de mujeres. Y lo más explosivo es que fue aceptado y popularizado así: no ya como hombre o mujer, sino como un sexo percibido de forma difusa, logró ser respaldado por industrias que construyen y promueven  la belleza, y que hicieron de Andrej una fuente de riqueza y deseo. Si bien su éxito en el mundo de la moda formó parte del devenir expansionista del capitalismo, también constituyó una oportunidad para vindicar la visibilización de cuerpos alternativos.

No obstante, a finales de julio de este año, Andrej sorprendió con una noticia inesperada: añadiendo una –a final a su nombre, declaró haber culminado un proceso de reasignación de sexo y su intención de no volver a desfilar ataviada de forma masculina. Lo sorprendente del asunto no es que una persona trans se haya sometido a tratamientos o intervenciones cualesquiera libremente escogidos, sino la razón por la cual una persona que, de forma imprevista, se ha hecho un hueco reconocido en la esfera pública encarnando en un cuerpo los dos polos del binarismo sexual, decide renunciar a tal privilegio. Al menos, quienes sigan la teoría queer podrían preguntarse por qué un transgénero no sólo tolerado sino alabado, abandona su posición más allá de la dicotomía para sumergirse en ella, cuando la máxima aspiración queer es precisamente escapar de unas taxonomías que son vividas como cárceles.

Sin duda, la respuesta más simple e inmediata sería porque le da la gana, o porque así será más feliz. Por supuesto, la alteración del propio cuerpo es una elección que atañe a la individualidad y que no tiene que ser justificada, evaluada o juzgada. Sin embargo, transformar la dimensión corpórea de un individuo no puede ser sino resultado de un proceso de introspección y meditación en pos del hallazgo, la génesis o la reconstrucción de la identidad. Y cuando se habla de identidad, desde una perspectiva antropológica, ya no se habla únicamente de una cuestión de índole personal, sino que atañe a lo social y a lo cultural. Indiscutiblemente hay factores particulares del sujeto en cuestión, pero también ineludiblemente existen motivaciones, influencias, sugestiones y orientaciones de carácter extrapersonal. Y es en este punto en el que retomo lo antes mencionado: si es el género el que hace al sexo, ¿qué vivencias socioculturales de género habrá experimentado Andreja Pejic para pasar de ser o representarse como un varón educado como hombre a una persona transgénero que no altera su cuerpo y juega con la identidad? ¿Y qué vivencias le habrían encaminado después hacia su integración en el canon de lo femenino, buscando una correspondencia inequívoca cuerpo-identidad? Para ello no podemos sino basarnos en las palabras de la misma Andreja, pero dado que se está hablando no solamente de su individualidad sino del tratamiento externo a su experiencia de género, voy a ahondar también en el análisis que algunos diarios hicieron de la noticia en su día.

En El País[4], desde el día 29 de julio puede encontrarse el siguiente titular: Andrej Pejic ya es una mujer. Ello sugiere que no lo era antes, de modo que se ha vuelto mujer ahora que se ha culminado su reasignación sexual. El artículo no aclara en qué consiste tal culminación; podríamos deducir que, en última instancia, alude a la transformación visible de sus genitales externos. De modo que, articulando tales ideas, El País promulga que alguien que interviene médicamente sus genitales, motivado por el sentimiento de pertenencia o vivencia de un género (mujer), no forma parte de él hasta que pueda aparentar tener, en este caso, una vagina. El artículo insiste en que a partir de ahora es Andreja Pejic; siendo así, ¿quién era antes? ¿No era ya Andreja cuando decidió construirse una vagina? ¿No participaba ya en el sentirse mujer previamente a elegir entrar en un quirófano para modificar su aparato genital? Yo diría que sí, si bien, entonces, ¿para qué ha necesitado deconstruir y construir su carne y su piel? ¿Quizás para sentirse/parecer/ser más mujer? ¿Hay grados en el ser mujer? Parece lógico pensar que por una cuestión de supervivencia a las presiones, o necesidad de adaptación, o deseo de aceptación, una persona transexual pueda desear transformar algunas secciones de su cuerpo. Pero, ¿lo necesitaba Andrej? ¿Acaso no podía declarar que su identidad orbitaba en torno a lo femenino sin intervenir su cuerpo? Quizás no lo necesitase pero aun así lo desease. Entonces, ¿qué deseo puede guiar un cuerpo hacia el padecimiento, el marcaje, la mutilación médica?

Si nos interrogamos acerca de los deseos de Andreja[5], el artículo recoge las siguientes palabras: “No sentía que fuera gay, pero tampoco sabía que existieran otras opciones. Gracias a Internet descubrí que existe una enorme comunidad de transexuales ahí fuera. Y que hay médicos, tratamientos, investigación para llevarlo a cabo”. En este testimonio encontramos, una vez más (además de la confusión sexualidad-género-sexo, dado que la homosexualidad y la transexualidad atañen a campos distintos), el reflejo de un hecho constatable: nos construimos en función de las posibilidades que nos son accesibles, de modo que resulta imposible desarrollar una personalidad que es culturalmente impensable en nuestro contexto. Es por ello que Andreja necesita descubrir a la comunidad  transexual y los procedimientos médicos respectivos para comenzar a imaginarse y a desearse como tal. Es ahí donde, según Coll-Planas, los referentes de género que nuestra cultura define como normativos nos motivan a transformar nuestros cuerpos, para ajustarse a dicho canon (Coll-Planas, 2013:30)[6]. Pero, ¿por qué experimentamos ese deseo?

El 28 de julio El Mundo se hacía también eco de la misma noticia[7], si bien en este diario prefirieron, a diferencia de en El País,  hablar de reasignación de género y no de sexo (lo cual da cuenta, nuevamente, del desconocimiento social de las fronteras sexo-género). Voy a resaltar que la modelo se presenta como una misma persona, con la salvedad de un sexo diferente. Pero, ¿acaso un cambio de sexo no influye en la personalidad, no marca diferencias en un ser humano? De no ser así, ¿cuál sería el objetivo de la transición? Cierto que es loable manifestar la intención de no borrar toda una vida pretérita para renacer como mujer, pero si la modelo sigue considerándose Andrej y minimiza el impacto en su propio autoconcepto tras una reasignación, ¿qué le motivó para ello? Una vez más, trataremos de encontrar respuestas en la obra de Coll-Planas: el género dota de significado a nuestros cuerpos, puesto que nos dice cómo interpretarlos (Coll-Planas, 2013:30). El género nos habilita para ser reconocidos, y es en ese reconocimiento social donde nace el espacio para la construcción identitaria2 (Coll-Planas, 2013:27). En palabras de Andreja, según El País, «siempre soñé con ser una niña (…) Uno de mis primeros recuerdos es dar vueltas con la falda de mi madre, intentando parecerme a una bailarina». Es decir, la tendencia temprana de un ser humano hacia hábitos culturalmente admitidos sólo en un género diferente del asignado se traduce en la sensación de pertenencia a dicho género, confiriendo sentido a la experiencia personal. Y dado que en nuestra sociedad la correspondencia género-sexo es más o menos estricta, su ausencia puede ser vivida de forma egodistónica. Y ya que Andreja señala la importancia de ser reconocido/a tal y como una/o se identifica a sí mismo/a, no parece ya extraño emplear la medicina como instrumento para acceder a ese reconocimiento que nos permite coexistir en sociedad.

El mayor sueño de Andreja, según El País, ha sido siempre estar cómoda en su propio cuerpo. Y sinceramente me alegro de que haya podido encontrar una vía para satisfacer su deseo. No pretendo con este ensayo cuestionar ni criticar decisiones que no me competen. Mi única intención ha sido detenerme a observar cómo el contexto nos humaniza de un modo particular, cómo nuestra posición en el mundo influye no sólo en nuestras percepciones y pensamientos sino que se inscribe en los cuerpos, y cómo a veces deberíamos ser más honestos para poder naturalizar las incoherencias y rarezas propias de toda cultura y todo ser humano que participa de una. Dicho ello, que cada persona se procure su propia felicidad como piense, pueda y desee.

Salmacis Avila

Referencias

[1] Coll-Planas, G., Dibujando el género. Ed. EGALES. Barcelona, 2013.

[2] Imagen: https://4.bp.blogspot.com/-Mwc_wGTWaRU/ToW_lImwJiI/AAAAAAAAL2Q/8_WLkRi4Ivo/s1600/61477-800w.jpg

[3] Consultado en http://los40.com/los40/2014/06/27/moda/1403885193_284662.html?rel=rosEP, a fecha 09/09/2014.

[4] Consultado en http://elpais.com/elpais/2014/07/28/gente/1406572235_058084.html, a fecha 02/09/2014.

[5] Imagen: https://media-cache-ec0.pinimg.com/736x/2e/df/5e/2edf5e4034bacde9db25b0da52866ac3.jpg

[6] Coll-Planas, G., Dibujando el género. Ed. EGALES. Barcelona, 2013.

[7] Consultado en http://www.elmundo.es/yodona/2014/07/28/53d61b92268e3ee24e8b4574.html?rel=rosEP, a fecha 26/08/2014.

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One thought on “Andreja Pejic, de transgénero a mujer”

  1. El quinto párrafo (bueno, y todo el texto :P) es sin duda algo que cualquiera debería leer para entender muchas de las dudas que surgen cuando se presenta un caso como el de Andreja, o similar, y no se es familiar con dicho tema. Pone a prueba muchas creencias erróneas que evidentemente se siguen transmitiendo y que pueden hacer mucho daño.

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