El verano nos gusta. Nos gusta mucho. Puede que sea porque lo asociamos a las vacaciones, al esparcimiento y a la posibilidad de disfrutar de largas tardes al aire libre, fuera de casa. En esta ocasión ha llegado tardío pero ya lo tenemos aquí con todo lo que eso implica tanto para lo bueno como para lo que no lo es tanto. Nuestra relación con el sol podría catalogarse como de amor-odio ya que su efecto, absolutamente imprescindible para nuestra vida, puede ser terriblemente nocivo si no lo disfrutamos con precaución. Y es que, como casi todo en esta vida, es beneficioso solo si es con moderación, control e información.

En pleno siglo XXI el canon de belleza, en relación a la piel, dicta una piel morena y bronceada. Esto es sinónimo de belleza. Sin embargo, no ha sido así a lo largo de la historia.

Con anterioridad y a principios del siglo XX se consideraba que la piel blanca y pálida era una demostración de salud y distinción. Tradicionalmente la piel bronceada se asociaba sobre todo, al trabajo en el campo. Pero todo cambio cuando hace más o menos un siglo, los médicos empezaron a recetar “baños de sol”, ya que, según algunos estudios, el sol podía combatir problemas como la anemia o la depresión. El mensaje tardo en calar, sobre todo en la alta sociedad y que cambio a raíz de una foto de Coco Chanel tomando el sol en 1923 y de la actriz y cantante Josephine Baker, ya que, muchos de sus seguidores intentaron conseguir un tono de piel “acaramelado” como el de ella a base de tomar el sol.

A partir de entonces, conseguir un bronceado fue un gesto que se convirtió en moda. Aunque también hay que decir, que cada vez hay más mujeres que se enorgullecen de lucir una piel blanca y sin bronceado. Por lo que podemos decir, que el cambio de paradigma en los cánones de belleza y con respecto al sol es algo cambiante en la sociedad y va a depender de diferentes factores.

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El sol como aliado: la producción de vitamina D

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La vitamina D es fundamental para nuestra salud. Aunque se llama vitamina funciona como una hormona. Está implicada en múltiples funciones imprescindibles para la vida como la absorción del calcio en el tubo digestivo, la fijación del calcio en los huesos, la regulación de la proliferación y diferenciación celular y la modulación del metabolismo del calcio y fósforo en el organismo.

Existe dos vías por las que el organismo puede obtener vitamina D:

  1. Alimentación: Las fuentes naturales de vitamina D son escasas y se basan fundamentalmente en pescado azul (sardinas, atún, arenques, salmón, etc.), en la yema del huevo y en los productos lácteos. Existen también algunos productos suplementados.
  2. Luz solar: La mayor parte de la vitamina D en nuestro organismo procede del sol a través de un proceso de obtención a través de la piel que es extraordinariamente eficiente.

El déficit de vitamina D no suele ser habitual en personas sanas, pero en los últimos tiempos, se está observando que es un problema de salud más frecuente de lo que se suponía. Este déficit puede producir, además de enfermedades óseas, propensión a enfermedades autoinmunes, cardiovasculares, diabetes e incluso cáncer. Para evitar esto es fundamental un correcto seguimiento en grupos con especial riesgo por su baja exposición a la luz solar por problemas de movilidad reducida o nula, en personas de edad avanzada o con otros problemas de salud asociados. En estos casos y de forma individualizada pueden prescribirse fármacos suplementarios.

El sol como enemigo: fotoenvejecimiento y cáncer de piel

Existen tres tipos de radiación solar:

  • Radiación Infrarroja (IR): Es la responsable del calor del sol. Supone el 49% de la radiación solar que recibimos.
  • Radiación visible: Representa el 42% de la radiación recibida.
  • Radiación ultravioleta: Es la radiación solar de mayor energía y, aunque supone únicamente el 9% de las radiaciones solares que nos llegan, es la que tenemos que tener en cuenta en la protección de nuestra salud. La radiación ultravioleta tiene la capacidad de romper moléculas en nuestro organismo formando los conocidos como “radicales libres” que son los responsables del envejecimiento prematuro y del desarrollo de cáncer. La radiación ultravioleta está a su vez formada por tres tipos de rayos:
    • Rayos ultravioleta A (UVA): Representan el 99% de la radiación ultravioleta que llega a la tierra. Son rayos con capacidad para penetrar en las capas más profundas de la piel. Deterioran la elastina y el colágeno y oxidan la melatonina. Son los responsables del bronceado directo que se produce con rapidez y del fotoenvejecimiento de la piel.
    • Rayos ultravioleta B (UVB): Representan el 1% de la radiación ultravioleta que nos llega. Son de mayor energía y más peligrosos que los UVA. Penetran poco en la piel por lo que son los responsables de las quemaduras, el eritema, el enrojecimiento cutáneo y el desarrollo de cáncer. Actúan produciendo melanina y bronceado a largo plazo.
    • Rayos ultravioleta C (UVC): Son los rayos ultravioleta de mayor energía. No es necesario protegernos de ellos porque son absorbidos en la capa de ozono y no llegan a nosotros.

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Actitud frente al sol

Es muy importante tener en cuenta es que el bronceado es la acumulación de melanina en las células de la piel y que es algo que ocurre como mecanismo de defensa. Una piel bronceada no representa una piel saludable sino una piel con signos de haberse defendido de una agresión. A esto hay que sumar que cuanto más bronceada está la piel menos posibilidad existe de absorción de vitamina D, lo que implica tener todos los inconvenientes y ninguna de las ventajas del sol. Hay que exponerse al sol y hay que hacerlo de manera segura, con la suficiente protección solar ante los rayos UVA y UVB, para que pueda absorberse la vitamina D necesaria sin sufrir ninguno de los efectos indeseados. La recomendación es salir al aire libre a diario pero convenientemente protegidos durante todo el año, extremando las precauciones en época estival.

Con información y responsabilidad podremos disfrutar de un, seguro, feliz verano.

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Amaia Castresana

Marta Valle

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