Sugar y el extraño aprendizaje de ser humano
Este texto contiene spoilers de las dos temporadas de Sugar.
El extranjero
Hay algo extraño en la manera en que John Sugar mira. No es exactamente curiosidad ni desconfianza: es una atención demasiado cuidadosa para un detective privado. Observa habitaciones, cuerpos, silencios y esas pequeñas ceremonias con las que los humanos organizamos nuestras vidas. Mira Los Ángeles como quien ha llegado a una ciudad extranjera. Mira, sobre todo, las películas.
A primera vista, Sugar, creada por Mark Protosevich y protagonizada por Colin Farrell, parece una historia reconocible: un investigador privado recibe el encargo de encontrar a Olivia Siegel, la nieta desaparecida de un poderoso productor de Hollywood, y se interna en una ciudad hecha de dinero, secretos, violencia y apariencias. Hay coches, hoteles, familias ricas, cadáveres y hombres que mienten. Hay, en definitiva, casi todo lo que esperamos de un noir.
Sugar es demasiado educado, demasiado limpio, demasiado enamorado del cine y demasiado poco interesado en comportarse como el detective duro que conocemos. Sus reglas parecen pertenecer a otro mundo. Literalmente.
Cuando descubrimos qué es, la revelación no funciona únicamente como un giro argumental: cambia nuestra manera de mirar todo lo anterior. Aquel detective extraño era, en realidad, un extranjero.
Y entonces la ciudad cambia también. La ciencia ficción utiliza al extraterrestre para hacer algo que la antropología conoce bien: convertir lo familiar en extraño. Lo que para nosotros es natural —cómo saludamos, cómo amamos, cómo mentimos, cómo construimos una familia o cómo justificamos la violencia— puede parecer un conjunto de rituales incomprensibles cuando se observa desde fuera.
Sugar tiene una ventaja que nosotros hemos perdido: sabe que está mirando una cultura. Nosotros nacemos dentro. Por eso resulta tan interesante que el observador sea precisamente quien viene de fuera. En Sugar, la cámara se da la vuelta: nosotros somos los nativos; Sugar es el extranjero.
Aprender a ser humano.
Sugar llega a la Tierra para observar y reportar. En principio, su misión exige distancia: mirar, comprender y no intervenir. Sin embargo, observar a los humanos resulta mucho más sencillo cuando no te importan. En cuanto alguien empieza a importarte, la distancia se vuelve un lujo.
Ahí comienza la humanización. No cuando Sugar descubre que tiene emociones, sino mucho antes: cuando aprende a imitar. Aprende nuestros códigos, nuestras formas de relacionarnos, nuestras pequeñas reglas y hasta la manera en que un detective debe comportarse. Y quizá aquí la serie plantea una pregunta incómoda: ¿cuánto de nuestra propia identidad es también una forma sofisticada de imitación?
Un niño aprende primero a comportarse y después a comprender; un extranjero aprende una costumbre antes de conocer toda su historia. Sugar vive permanentemente en ese territorio intermedio.
Por eso la palabra asimilación adquiere tanta importancia. Para su especie no es una metáfora, sino un peligro: permanecer demasiado tiempo entre humanos puede alterar la relación de un extraterrestre con su propia identidad. El suicidio de Henry lleva esa idea a un lugar mucho más oscuro. Para los extraterrestres, esa posibilidad resulta prácticamente incomprensible, y su historia introduce la posibilidad de que la Tierra no solo modifique sus costumbres, sino también la percepción de sí mismos. Más adelante, Peg amplía esa misma advertencia.
Entonces la asimilación deja de significar simplemente parecerse a los humanos. Significa algo más inquietante: olvidar quién eras antes de aprender a serlo.
Las películas que enseñan a mirar
Y entonces está el cine.
Sugar ve películas constantemente. No son simplemente películas que le gustan. Son un archivo, una biblioteca y, sobre todo, un manual de instrucciones para comprender a los humanos. La primera temporada está atravesada por títulos como Kiss Me Deadly, The Big Heat, Gilda, Johnny Guitar, In a Lonely Place, Sunset Boulevard, Double Indemnity, The Third Man, The Night of the Hunter, Touch of Evil, Vertigo y The Lady from Shanghai. No son referencias escogidas al azar: son películas de detectives, dobles, deseo, violencia, corrupción, obsesión y personas que no son exactamente quienes parecen ser.
La serie hace algo todavía más interesante: utiliza esas películas para pensar. Cuando Sugar conduce por Los Ángeles y la imagen se cruza con Mike Hammer en Kiss Me Deadly, el homenaje al noir se convierte en algo íntimo: estamos entrando en la cabeza de Sugar. Cuando The Big Heat aparece asociada al arma que Ruby le entrega, la película dialoga con la relación del personaje con la violencia. El archivo cinematográfico deja de ser decoración y se convierte en una segunda voz narrativa.
Ahí aparece una de las paradojas más bonitas de la serie: Sugar aprende la realidad a través de la ficción.
Los humanos llevamos más de un siglo fabricando imágenes para contarnos quiénes somos. Sugar las utiliza como material antropológico: aprende qué aspecto tienen el amor y la violencia, y qué significa ser detective, viendo cómo los representamos.

Por eso In a Lonely Place resulta tan pertinente: una película sobre la dificultad de conocer realmente a alguien, sobre el amor atravesado por la violencia y sobre la distancia entre el personaje que creemos conocer y la persona que tenemos delante. Y Vertigo añade otra capa: una identidad puede construirse a partir de una imagen hasta que ya no sabemos si amamos a alguien o a la idea que hemos fabricado de esa persona.
El cine no le enseña solamente a Sugar qué mirar. También le enseña cómo mirar. Y, de paso, nos enseña a nosotros cómo mirar a Sugar.
Hollywood: una ciudad de máscaras
No hay lugar más apropiado para que un extraterrestre aprenda a ser humano que Hollywood. Una ciudad donde la identidad siempre ha tenido algo de actuación. Los actores interpretan personajes, los productores fabrican relatos y las personas aprenden a contar sus propias vidas como si fueran películas.
Sugar interpreta a un humano en un lugar donde interpretar es una profesión. Su trabajo consiste, además, en descubrir quién es realmente la gente mientras él mismo oculta quién es. La máscara funciona hasta que deja de sentirse como una máscara.
La ficción empieza a producir realidad. Sugar no solo representa a un detective: empieza a vivir como uno. No solo observa las relaciones humanas: empieza a establecerlas. No solo estudia el amor: empieza a sentirlo. La identidad deja de ser una actuación y empieza a convertirse en experiencia. Quizá ese sea el verdadero peligro de la asimilación: que llegue un momento en que ya no podamos distinguir entre la persona que decidimos interpretar y la persona en la que nos hemos convertido.
Amar es perder la distancia
Las reglas de su especie convierten las relaciones románticas con humanos en una zona peligrosa precisamente porque pueden favorecer la asimilación. Tiene sentido: amar a alguien destruye la comodidad del observador.
Puedes estudiar a una persona, investigar sus movimientos, reconstruir su pasado. Pero cuando esa persona te importa, deja de ser un caso. Se convierte en alguien. Y cuando el otro se convierte en alguien, ya no podemos mirar desde fuera.
Por eso amor y violencia terminan apareciendo tan cerca en Sugar. No porque sean equivalentes, sino porque ambos comienzan cuando dejamos de ser indiferentes. Mientras el otro sea abstracto, podemos observarlo. Cuando nos importa, tenemos que intervenir. Una intervención puede salvar, pero también puede hacer daño.
Sugar llega a la Tierra con una confianza casi conmovedora en la bondad humana. Poco a poco descubre nuestra crueldad, pero también nuestra capacidad para cuidar, sacrificarnos y amar. En la segunda temporada tiene que enfrentarse, además, a una violencia que antes parecía incompatible con quien era.
La pregunta deja entonces de ser si los humanos pueden corromper a Sugar. Es más incómoda: ¿qué ocurre cuando alguien empieza a compartir nuestras razones para hacer daño?
Djen: comprender o utilizar
Y aparece Djen. No como una simple antagonista, sino como otra respuesta posible a la experiencia de vivir entre humanos.
Los dos han observado la misma especie, pero no han extraído la misma conclusión. Sugar parece pensar que comprender al otro genera responsabilidad. Djen descubre que comprender al otro también proporciona poder.
La diferencia parece pequeña. No lo es. Porque conocer a alguien puede servir para cuidarlo, pero también para manipularlo. Comprender las debilidades de otra persona no obliga a respetarlas; puede convertirlas en herramientas.
La segunda temporada lleva esa idea hasta un extremo literal: Djen rompe las reglas de observación y establece alianzas con humanos poderosos alrededor de un proyecto destinado a controlar el clima. Su reencuentro con Sugar revela que la mujer que él buscaba ya no es exactamente la hermana que recordaba.
Aparece la traición. No solo la traición entre hermanos, sino la traición a las reglas de su propia especie y, sobre todo, la decisión de convertir a otros seres en medios para alcanzar un fin.
Djen no necesita odiar a los humanos para utilizarlos. Quizá eso sea mucho más inquietante. Porque la deshumanización no siempre comienza con el odio. A veces comienza simplemente cuando dejamos de preguntarnos quién hay al otro lado.
El Otro.
Y aquí Sugar deja de ser únicamente una historia de extraterrestres, porque la pregunta por el Otro resulta demasiado contemporánea.
Vivimos en un momento marcado por guerras, migraciones, crisis climática y una creciente polarización. En Europa, distintos estudios han documentado el avance de fuerzas de la nueva derecha y la centralidad creciente de cuestiones como identidad nacional, inmigración, soberanía y políticas climáticas. No hace falta convertir Sugar en una alegoría partidista para formular una pregunta más profunda: ¿qué ocurre cuando dejamos de ver al diferente como alguien y empezamos a verlo como un problema?
Ahí aparece el racismo: una persona deja de ser individuo y pasa a representar una categoría. Aparece la xenofobia: el extranjero deja de ser alguien que llega y se convierte en una amenaza abstracta. Aparece la guerra: vidas concretas pueden reducirse a cifras necesarias para alcanzar una victoria. Y aparece también el conflicto climático: la tensión entre proteger un futuro colectivo y la posibilidad de tratar a determinadas personas como el coste inevitable de conseguirlo.
No hace falta convertir a Djen en la representación de una ideología concreta. Es más interesante utilizarla para pensar en una lógica mucho más antigua: la instrumentalización del otro.
En la política, en la guerra, en la economía o incluso en nuestras relaciones personales, la pregunta vuelve una y otra vez: ¿en qué momento dejamos de tratar a una persona como un fin y empezamos a tratarla como un medio?
Sugar parece responder de una manera sencilla: si el otro importa, no puede ser solamente un instrumento. Djen parece haber aprendido exactamente lo contrario. Quizá esa sea la distancia que realmente separa a ambos: no el planeta del que proceden, ni su biología, sino lo que hacen después de mirar.
Volver a mirar.
Quizá por eso el extraterrestre sea una figura tan útil para Sugar. No está ahí para demostrarnos que existe vida inteligente fuera de la Tierra. Está ahí para que volvamos a mirar esta. Para recordarnos que nuestras costumbres son aprendidas, nuestras fronteras construidas y aquello que llamamos normal extraño desde fuera.
Sugar llegó a la Tierra para observar. Después quiso comprender. Después quiso proteger. Después amó. Y, en algún momento, dejó de poder mirar desde fuera.
Ha perdido, ha sido traicionado y ha tenido que enfrentarse a su propia violencia. Ha descubierto que alguien a quien ama puede perseguir un objetivo que él considera insoportable y, sin embargo, sigue siendo Sugar.
Tal vez la identidad no sea aquello que conservamos intacto, sino aquello que permanece reconocible después de haber sido transformado.
Por eso la última pregunta de Sugar no debería ser si Sugar se ha convertido en humano. Quizá debería ser otra: ¿qué nos convierte realmente en humanos?
No el lugar donde nacemos. No el cuerpo que tenemos. Ni siquiera las reglas que aprendemos.Tal vez sea algo mucho más sencillo y mucho más difícil: reconocer que el otro es alguien. Que no es una categoría, un problema, un instrumento, una cifra o un enemigo antes de que hayamos decidido conocerlo.
Sugar llega de otro mundo y aprende todo esto mirando a los humanos. Nosotros nacemos aquí y, a veces, necesitamos que un extraterrestre nos recuerde que todavía no hemos terminado de aprenderlo.
Quizá esa sea la verdadera asimilación. No convertirse en otro, sino descubrir que, después de haber mirado de verdad a alguien, ya no puedes volver a ser únicamente un observador.
Las películas pueden enseñarte cómo mirar. La vida decide que haces después.
LUCIA GARCIA MARTINEZ
IG @luciaenelmar
