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Laura

En el aeropuerto de Ferihegy me convocaron por megafonía a responder una llamada telefónica. Por la particular pronunciación de la voz húngara, descifré mi apellido antes de mi nombre a la tercera llamada. La otra palabra que alcancé a entender, telephone, me llevó a un mostrador de la compañía aérea en la que había viajado. Me indicaron en qué cabina podía recibir la llamada. La organización había tenido problemas con el vehículo que vendría a recogerme para llevarme al hotel, y me avisaban que estaban tramitando el alquiler de un coche, que pondrían a mi disposición mientras durara la avería. El alquiler estaría listo en media hora, dijeron.

Supe disculpar las molestias, qué remedio, y pensé en aprovechar el tiempo libre para llamar a casa. Loli no estaba, pero no le dejé mensaje en el contestador, habían pasado ya muchos días desde la última vez que había llamado, y no me pareció oportuno. Probé una segunda vez, y lo mismo. Probaría más tarde, desde el hotel.

La segunda convocatoria de la megafonía fue más clara que la anterior, con mi apellido por delante, y para entregarme por fin, las llaves del coche.

El paisaje del camino desde Ferihegy a Budapest es triste, o era que algún tipo de nostalgia comenzaba a ganarme. Una urgencia por saber de Loli me fue creciendo en el viaje. Me encontré deseando llegar al hotel para llamarla, cuando me pareció ver una cara familiar sobre un muro al pasar, no tuve tiempo de saber a quién se podía parecer.

Encontré el hotel por el cartel de neón en lo alto, después de dar algunas vueltas por la ciudad; el hall me esperaba una pequeña delegación de funcionarios de la municipalidad de Budapest, promotora del concierto, que se atropellaban por dirigirse más a la traductora que a mí, que no tengo ninguna posibilidad con los idiomas eslavos. La pobre muchacha me traducía una de cada cinco frases, y yo no podía saber si lo que los funcionarios querían era darme oficialmente la bienvenida o formar su propia escala musical con ella.

El barullo terminó por conseguir que fuera menos importante el protocolo que mis ganas de terminar de llegar. Mascullé una excusa aproximada sonriendo a mis interlocutores, me excusé con la traductora, que se llamaba Ana, y subí a mi habitación.

Dolores atendió la llamada con tono grave.

  • Dónde estás?
  • En Budapest, acabo de llegar al hotel.
  • Ah, qué bien.

Decididamente no estaba predispuesta al diálogo amable. Tal vez estuviera cansada, o le doliera la cabeza. O los días que hacía que no la llamaba.

  • Te llevo un regalo de Alemania –quise amenizar-, un juego de vajilla de porcelana. Lo vi, y pensé en vos.
  • Un juego de platos, qué romántico.

A esas alturas del diálogo, mi experiencia ya me había hecho saber que cualquier tema que sacara, por inocuo que fuera, iba a ser motivo de pelea por parte de Loli. Más para ahorrar tiempo que por otro motivo, quise enfrentar de una vez la tormenta que se me hacía inevitable. Probé.

  • Loli, ¿estás bien? –pregunté, sabiendo que sería el detonante.
  • No, no estoy bien –y hablaba más consigo misma, apenas controlándose-, no estoy bien.
  • ¿Qué pasa? –casi me alarmé. Era la precisa pregunta que ella esperaba.
  • Nada, no pasa nada; estás sin llamarme una semana, pero no pasa nada. Tranquilo, vos hacé la tuya. No hay ningún problema.
  • Te llamé un par de veces, pero no te encontré…
  • Sí, claro –siguió la diatriba-, justo llamaste cuando estaba afuera, mirá qué casualidad.
  • Loli -traté de calmarla sin creerlo posible- qué pasa, tranquilizate un momento, por favor…
  • Mirá, no puedo tranquilizarme, mejor tranquilizate vos, si podés.
  • ¿Pero qué pasa?
  • ¿Y todavía me lo preguntás?

Hizo un silencio, recordando las palabras que posiblemente había preparado mil veces y que no me diría en ese momento. Dijo otras, más significativas.

  • Hablé con Rebeca.

El silencio fue mío entonces, y no prometía ser breve. Ella se apiadó, y no lo hizo durar más de lo necesario para que se convirtiera en una respuesta.

  • No puedo más. Mejor dejarlo ahí. Cuando vuelvas lo hablamos cara a cara, así, por teléfono no me sirve. Pero no tengas ninguna urgencia en volver.

Me había quedado sin palabras. Era una posibilidad que no había tenido en cuenta. Colgamos. Ella colgó.

Mi vida había cambiado en unos minutos, aunque tal vez no fueran estos últimos, mejor sería decir que me había enterado en unos minutos de que mi vida había cambiado hacía ya un tiempo, y era éste el momento de sobreponerse al cambio drástico y todavía a la sorpresa. Busqué el aire de la calle. El viento que me despejara y me salvara de pensamientos.

La ciudad mejora la impresión que deja la llegada, aunque el esplendor haya pasado. Caminé junto al río hasta llegar al Teatro de la Opera. El concierto estaba anunciado en la fachada con un gran cartel, con mi foto. Junto a la puerta de cristal, pude ver a lo lejos a Johann, que conversaba con un hombre calvo. Hice lo posible para que no me viera, quería seguir caminando solo un rato más.

Entré en uno de los puentes que cruzan el Danubio, para bajar en una isla en medio del río. Todo lo que buscaba en ese momento estaba ahí, silencio y árboles. Uno de los caminos del parque se internaba en una zona especialmente frondosa de la isla, y por ahí caminé. En una casa junto al camino habían pegado un cartel de publicidad del concierto, me costó reconocer mi imagen, pero era yo. Habían utilizado una foto de un par de años atrás, que me había hecho un incompetente, que se decía fotógrafo, y que siempre rechacé. ¿Sería el mismo cartel que había visto en el camino desde el aeropuerto?

Nunca antes me había separado, y era apenas un teórico del divorcio. Los quince años con una mujer que se terminaban me daban sentimientos contradictorios, una pena líquida que me ahogaba por los años y las cosas que pasamos, y que no se repetirían, con el aire promisorio de lo nuevo que vendría. Los dos eran uno solo, y ninguno se podía experimentar por separado.

Lo terrible del caso era que con esos sentimientos llenándome tendría que tomar decisiones, y enfrentar las que ella tomara. Vendrían los inventarios, las posturas irreductibles, la educación de los chicos. Conocía casos de separaciones dignos de una novela de angustia, y hasta de terror. Aunque no, no era así Dolores, nunca perdería el norte. Tampoco volvería a hacer el amor con ella. Los últimos tiempos habían sido aburridos, pero en mi memoria estaban los primeros, aquellos en los que cualquier roce tenía destino de cama o de sofá, o de mesada de la cocina, o de la alfombra que compramos exclusivamente para hacer el amor, y que habíamos puesto en el cuarto de al música. Claro que aquellos tiempos tampoco volverían si siguiéramos juntos, y tal vez sí con alguien nuevo.

Las comparaciones son estúpidas, pero tuve que considerar que las experiencias eróticas que había tenido con la excusa de la búsqueda musical, me habían devuelto la fe en el erotismo, que había perdido años atrás, pero no llegaron a la altura de mi memoria de los primeros años con Loli.

Noté que la perspectiva de la separación me dejaba sin ese ansia de buscar que me había despertado después de la tarde de Rebeca. Ahora que no tendría ningún impedimento moral, si la moral es nuestra interpretación de la opinión de los demás, también perdía la motivación. En los avatares del pensamiento comenzaba a descubrir mis propias contradicciones.

Se me había terminado la isla de ida y de vuelta, y caminé de regreso a Pest. La tarde me llevó a la calle Vaci, la peatonal del centro de la ciudad.

Varias de las fachadas de los edificios conservaban, como yo, los impactos de proyectiles de alguna guerra pasada y no demasiado reciente en esta calle, por donde pasar es casi obligatorio. Menos la espalda que los pies me invitaron con suma insistencia a descansar en una de las terrazas que ocupan la calle, para retomar fuerzas antes de volver a enfrentarme con la liturgia de la gira.

Era agradable determinar un espacio de soledad, cono si me declarara libre a tiempo fijo para mirarme la verdad. No había diarios que leer si no se conocía el idioma magyar. Pero la gente iba y venía. De cara a la avenida del puente de Elizabeth, me dediqué a mirarme la punta del zapato, las caras de la gente.

Con alevosía, mientras miraba caminar hacia mí a un señor de bigote frondoso, una voz de mujer dijo a mis espaldas:

  • ¡Profesor, dichosos los ojos…!

Primero el idioma y enseguida la voz, los reconocí como una parte de mi historia, y aquella ciudad extraña y cerrada, se abrió para mí como si el mundo me perteneciera.

  • No –dije estupefacto, sin girarme, pero sabiendo quien estaba detrás de mí.
  • No, ¿qué?- preguntó la risa de la voz de mujer.
  • Que no, que no puede ser, que me quedé dormido en una silla en Budapest y sueño con vos.
  • Como piropo no está mal, pero ¿de veras creés que es un sueño?
  • No puede ser otra cosa.
  • ¿Por qué no te das vuelta y lo comprobás? -desafió la voz de Laura.

Me incorporé primero, y di un paso al costado. Antes de girarme sentí un rayo de pavor de la imagen que pudiera aparecer del futuro de Laura, del presente de aquella Laura que había visto por última vez hacía tantos años. La voz envejece siempre menos que nosotros. En un tiempo mínimo iba a ser esclavo de ese conocimiento. La conciencia de que el encuentro era ya próximo e inevitable, quitó sentido al miedo.

Para borrar diecisiete años basta con una torsión de uno mismo. Ella sonreía en calma, como si las angustias que acababa de pasar ella las hubiera superado. Se había cortado el pelo, que era ahora algo más claro, y las arrugas dejaban adivinar por dónde irían a aparecer. Los años le habían sentado tan bien, que no podían medirse en años.

  • Efectivamente, estoy soñando.
  • ¡Tonto! ¡Vení y dame un beso!

Los del contacto de los cuerpos eran diecisiete años distintos, y también los deshicimos. Otros eran los de sabernos las vidas, los siguientes.

  • Pero, decime una cosa, tantos años sin vernos, vos y yo, y nos venimos a encontrar en Hungría?
  • Viste lo que son las cosas?-dijo ella, poniéndome a la distancia de sus brazos. Dejame que te mire.
  • Mirá, pero no te asustes.
  • Estás igual.
  • ¡Pará, che, antes mentías mejor! –me quejé.
  • ¿Cuándo, si yo no miento? Yo digo igual que en los afiches. Budapest está llena de tu cara.
  • ¿Viste? Pasado mañana toco. ¿Y vos qué andás haciendo por acá?
  • Lo mismo que vos, trabajar. Estoy preparando una cesión de pinturas de mi museo al de Budapest. Bueno, donde trabajo. Controlo que vayan a estar cómodos, ¿sabés?
  • Qué casualidad, ¿no creés?
  • No, no creo, desde que me enteré que ibas a estar por estos días, que traté de que coincidiéramos! Sé que antes estuviste en Alemania. Y en Francia.
  • Tuvimos que cambiar alguna fecha, no sé por qué problemas, a mí me dicen hay que ir para allá, y voy para allá, para acá, vamos. Me van llevando donde quieren.
  • ¡Ja ja, sos una mercancía!
  • ¡Un cuadro! ¡Soy como un cuadro que se mueve! Bueno, hay trabajos peores.
  • Y peores situaciones –se entristeció-, tenés razón.

Quise retomar el buen camino, aprovechando que Laura pedía su café espresso.

  • Bueno, contame, qué estuviste haciendo que no me llamabas…
  • Vos tampoco, eh? Una historia más o menos común, conocí a un tipo, me casé, me avivé, me separé, tengo dos hijos divinos. Ahora vivo en Vincennes, un pueblito precioso, cerquita de París. Sola, gracias a dios. Mis hijos se quedaron en Toulouse, por los estudios. No creo que vuelvan después a vivir con mamá, son muy independientes. Sobre todo Michelle, que está hecha toda una mujer.
  • Y estás bien…
  • Sí, bárbara, estoy de maravillas, mirá; acepté un montón de cosas, de situaciones, así las tuve que pasar también, y cada vez me hago menos problemas por menos cosas. Dicen que eso es la madurez. ¿Y vos? ¿Estás bien?

Este era uno de esos momentos en los que cualquier decisión es la errónea, porque todas las opciones son correctas, sobre todo la que se desecha. Si le decía que estaba mal, mentía, porque no lo estaba, excepción del asunto reciente de la llamada por teléfono, que me preocupaba. Lo contrario era al revés. Opté por equivocarme sin definirme.

  • Bien, o más o menos; justamente ahora, vengo de caminar por un parque, de tomar un helado, y de separarme de mi mujer. Por teléfono.
  • Qué le habrás hecho…

Su reproche era corporativista, en previsión de eventuales ofensas a lo femenino, y a la vez suave y sonreído.

  • Nada, che, qué le voy a hacer…
  • Bueno, no te preocupes, esas son las cosas del matrimonio, que siempre termina mal. Pero, ¿cómo por teléfono? Esa no la conocía, me la voy a anotar.
  • No, nada –traté de explicar, no demasiado- la llamé, y me dijo que no tuviera apuro en volver. Mirá la frase.
  • Mmmhhh!

Todas las significaciones del fonema que cruzaron mi cabeza son menos que las que podrían pasar por una de mujer.

  • ¿Qué?
  • No, nada. En confianza, algo le hiciste.
  • En confianza –respondí de frente-, eso depende de quien lo mire. ¿Vas a venir al concierto?
  • No pude conseguir entrada. Una verdadera pena.
  • Vas a tener que ser invitada del artista.

Laura había aceptado cambiar de tema sin oponer resistencia. Y caminamos por Vaci. El concierto era dos días más tarde y ella estaba preciosa. A estas alturas me había olvidado de la desazón de mi paseo por la isla. Pensé dedicarle todos mis días en Budapest, con la excepción de las horas del ensayo y el concierto.

  • ¿Cómo serán tus días por aquí?- comencé a investigar, a proponer.
  • Pensaba irme esta noche, tengo que visitar un museo en Brno mañana, y después tengo que volver a París.
  • No, quedate un par de días más, hasta pasado mañana por lo menos!
  • Claro, tu invitación cambió todo. ¿Cómo voy a despreciar al artista? Pero tengo que irme esta noche a Brno, espero volver a tiempo para tu noche.

 Entendí de sus palabras lo que mi deseo quiso. Mi noche no sería mi noche sólo por tocar en un teatro húngaro, si ella estaba ahí. Algo más habría. Recorrí los años hacia atrás, hasta recuperar aquella torpeza de la inexperiencia, y me acerqué a ella, para besarla. Me recibió y aceptó y devolvió el beso por un segundo, después de apartó.

  • Perdoname, no puedo, no sé.
  • No, perdoname vos –fue mi inhábil respuesta.
  • No sé, no sé si está bien, ¿sabés?, vos te acabás de separar, en realidad no te separaste…

Argumentar para conseguir algo de una mujer es algo penoso a lo que todavía no llegué. Acepté en silencio sus dudas femeninas. Nada hay más definitivo.

  • Tengo que irme –dijo-, tengo que preparar el equipaje, y llegar al aeropuerto temprano.
  • Te llevo.
  • Prefiero ir sola, gracias. No te ofendas.
  • Quedate tranquila.

Se fue sin despedirse apenas, paró un taxi para cruzar el puente hacia el lado de Buda. Antes de subir dijo:

  • Voy a hacer lo que pueda para venir al concierto.

Fue suficiente.

Suficiente para que mis horas hasta el concierto estuvieran condicionadas en mayor o menor medida por la incertidumbre de su presencia esa noche. Tenía, a mi cuarentena, motivos para pensar que su duda se resolvería en mi contra, y también para lo contrario, y así lo hice. El segundo que prolongó el beso me prometía, el que le haya dado fin, me negaba; el huir en taxi me desplomaba, sus últimas palabras me hacían volar Volvía a adolescer en la quinta década de mi vida.

Los dioses del por si acaso, me trajeron de la duda al mundo, y le pedí a Johann que dejara en la boletería entradas a nombre de Laura. Dos, según indicación de las deidades. Hasta ese punto llegaba lo que podía hacer.

La noche de la actuación, llegué temprano al teatro. La Opera de Budapest tiene una ventanal al río, y ahí me senté durante casi dos horas a reflexionar sobre el paso del tiempo, el asunto más fácil sobre el que reflexionar con tamaña metáfora delante.

Presencié desde uno de los palcos la entrada del primer público a la platea. Enseguida preferí volver a bambalinas, y sofrenar la ansiedad de saber. Hay un momento en que el mundo exterior debe desaparecer, y estar solamente la música y yo. Canturreé algunas melodías en el piano del camerino, para entrar en esencias, y destapar el tarro.

Durante la ejecución, nada más existió. El aplauso final del público me despertó del vuelo, y regresé al tiempo donde suceden las cosas.

De algún rincón de mi memoria llegó entre los aplausos la Danza Pastorale de la Primavera, de Antonio Vivaldi. Nunca en la gira concedí un bis, y tampoco en esta oportunidad; sin esperar a que el público lo pidiera, ni a que huyera de mi cabeza, me senté al piano y toqué la pieza con una pasión consciente que no había sufrido durante el resto de la noche. La media luz en la que había quedado la platea, el iluminador tenía indicaciones de que no habría bis, me permitía ver la expresión entusiasta del público de las primeras filas. No estaba tocando para ellos. Mis manos, mi pasión, mi compositor, mi presencia en ese momento sobre el escenario hacían música exclusivamente para una posibilidad.

Al concluir, el público pidió otra. Pero no estaban ahí.

Miré sin sonrisa esa penumbra de caras, y salí del escenario. Me refugié en el camarín, con llave para lavarme los restos.

Estaba en la ducha cuando alguien golpeó a la puerta, lo escuché apenas y pregunté quién es, pero no hubo respuesta del otro lado. Al salir, un rato después, la imagen de Laura mirando el río, con un ramo de fresias en la mano, las olía hacia un lado.

En el momento de la revelación, dicen, recuperamos el sosiego. Me acerqué, cuidando de no deshacer el silencio, para devolverle la sorpresa de la calle Vaci. Pude llegar hasta la orilla misma de su pelo.

  • Con semejante metáfora delante, estarás meditando sobre el paso del tiempo…

 Ella se giró sin sorpresa, y me di cuenta de que había fingido no oír mis pasos.

  • El tiempo es un hijo de puta –dijo-, pero por ahora vamos ganando nosotros. Tomá, son para vos.

Me tendió las flores con la misma sonrisa de ilusión que le recordaba del colegio y, como entonces, parpadeó un par de veces mientras me miraba.

  • Gracias, hacía mucho tiempo que no me regalaban flores.
  • Me encantó el concierto, me hizo acordar a cuando cantábamos en los fogones, y vos tocabas la guitarra; al final siempre dejábamos de cantar para escucharte.
  • Che, cómo se te ocurre! –la reprendí en broma- Qué diría Beethoven si te escuchara! ¡Y qué diría Charly!
  • ¡Y Vivaldi! –aportó.

Nos reímos, y todo fue apareciendo a su debido tiempo.

– ¿Sabés? –dije-, anoche estuve paseando por acá, cerca de la Opera, y vi que hacen recorridos en barquitos por el río. ¿Te animás?

  • ¡Claro! Pero, ¿estaremos a tiempo? Mirá que es tarde…

Miré mi reloj, y faltaban ocho minutos para las diez. Nos quedaba probar si llegábamos al último.

  • Sale dentro de ocho minutos, y hay un embarcadero en la otra cuadra. ¿Llegamos?

Yo tenía la ventaja de haberme cambiado de ropa, iba más cómodo que ella, que vestía de platea de Opera, incluidos unos tacos altos que, aunque dominaba con elegancia, no son adecuados para la carrera. Bajamos por el montacargas, que estaba abierto, y corrimos por la explanada hacía el río. Llegábamos caminando a un ritmo vivo, pero no hubiera sido como correr. Claro, correr con tacos altos debe de ser un ejercicio verdaderamente dificultoso, y de riesgo moderado; en un impulso hice detener a Laura y la levanté en brazos; mi cuerpo todavía estaba para estos romanticismos. Y el de ella.

Así llegamos al barquito, que levantó el puente y zarpó apenas unos segundos después.

  • Ya no estoy para estos trotes –exageré el cansancio-, fijate si alguien tiene un pulmotor. Preguntale al capitán.
  • ¡Me volvés a sorprender! ¡Estás en forma!

Cumplidos los cumplidos, nos acomodamos en unos asientos de la popa, escorados a babor. Había poca gente en ese último viaje del día, y se notaba algo de desidia en los modos de la tripulación. Nos dejaron unos auriculares descuajeringados, para seguir la narración que en ocho idiomas ofrecía la empresa sobre la historia de la ciudad y de los edificios que veríamos durante el recorrido. Los dejamos a un lado, y al otro.

Primero debía ser la puesta al día sentimental. No había vuelto a llamar a Dolores, un poco por respeto, un poco por desidia. Resumí mi matrimonio como dos años de gloria, y el resto igualado en la monotonía. No mencioné mis últimos quehaceres amorosos, porque no valían nada. Ella se había casado y separado, ya lo sabía, pero no la razón, si es que alguna vez hay una sola. En su caso fue la literatura. Sucedía que el tipo era profesor de física en una universidad francesa, y le propusieron la redacción conjunta de un ensayo biográfico sobre Erwin Schrödinger. Fue un trabajo arduo, y que le insumió tiempo, que quitó a su familia. Los problemas sobrevinieron cuando aparecieron más trabajos arduos, que le insumieron más y más tiempo al profesor, metido a escritor. Ella se cansó dos veces, a la tercera se fue.

  • ¿Sabés una cosa? –dijo-, pensé mucho en vos esos días.
  • Me lo decís en serio…
  • Claro que te lo digo en serio, tonto; necesitaba alguien para charlar, alguien que me escuchara.

Debí haber sido muy transparente en mi expresión, porque dejó la oración por la mitad.

  • Pero yo no estaba.
  • No, no estabas, hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
  • Y qué hiciste?
  • Nada –respondió sorprendida-, qué voy a hacer?
  • Digo, cómo te alivianaste, quién te escuchó…
  • No sé, no me acuerdo, alguna amiga seguramente; te digo que me acordé de vos esos días porque pocas personas conocí que supieran escuchar como vos sabés. Y en ese momento pensé que sería bueno encontrarte.

Habíamos crecido lo suficiente para saber y entender que la sinceridad no es necesariamente cruda. La miré con la mirada más desprovista de despecho que supe.

  • Sabés Laura, que haber sido tu confidente fue, desde el punto de vista erótico pragmático, uno de los errores más importantes de mi vida.
  • ¿¡Por qué!? – se asombró ella. Luego recapacitó. – A mí me hiciste mucho bien –agregó.

Era ocioso y molesto explicar de qué manera funcionan las aspiraciones de un varón joven respecto de sus coetáneas. Nos ahorré la exposición con un silencio y luego un:

  • Sí, ya lo sé.

Ella también se abstuvo de preguntar.

  • Te voy a contar una cosa, pero no lo digas a nadie.
  • Contá –pedí, sin disimular mi interés.

Se arrellanó en el asiento, se acercó con la postura de confidencia que conocía, las caras a tiro.

  • Vos te acordás de aquella noche, en casa, que mis viejos se habían ido a Brasil?
  • Algún dato más? -pedí, aunque me acordaba de cada minuto de esa noche.
  • Sí, el día que me peleé con Eduardo, ¿no te acordás?; ¿o era Carlos? Bueno, no recuerdo exactamente, pero me había peleado con un novio, y estaba muy mal, y vos viniste y estuvimos charlando hasta que amaneció.
  • Algo creo recordar –concedí.
  • Te quedaste a dormir, y yo te pedí que no me dejaras sola. Entonces vos pusiste un colchón al lado de mi cama, y me diste la mano, y entonces me dormí tranquila.
  • No me lo recuerdes… -dije entre dientes, sin que oyera. Ella siguió con su relato, como si yo no lo conociera.
  • Me desperté a media mañana y vos seguías ahí, dormido en el colchón. Me produjo una ternura tan grande que habría hecho el amor con vos en ese mismo momento.
  • ¿Ah, sí? –dije, como quien despierta de un letargo de muchos años.
  • Sí, ¿no te acordás lo que te dije? Te dije ‘tengo mimos’.
  • Es verdad, de eso sí que me acuerdo…
  • Y de lo que pasó después, ¿te acordás?

De haber sabido entonces lo que me había hecho perder, habría desarrollado un contraedipo con mi madre como objeto. Unos minutos después de la escena que escribía Laura, el teléfono de su casa sonó a Apocalipsis amoroso sin yo saberlo, la mujer que me había dado la vida estaba preocupada por mí.

  • Me acuerdo.
  • Muchas veces me pregunté qué habría pasado si no hubiera sonado el teléfono esa mañana. Habríamos vivido de otra manera, probablemente.

Era una emoción considerable la que estaba sobrellevando, no era cuestión de sumarle metafísica.

  • Pero vivimos como vivimos, y está bien que fuera así. Y está bien que ahora estemos donde estamos.

No quise continuar más el recuerdo, y la besé con la demora de tantos días en los labios. Ella no pudo mentir, también me esperaba desde largo. Quisimos repetir el beso cuando terminó, pero era otro, uno nuevo y creciente que no se saciaba en las lenguas, y que necesitaba de brazos, de manos, de miradas. Un señor de la primera fila de butacas del barco miró hacia donde estábamos, y no sonrió. Los ojos de los demás son el complemento de los nuestros, no era habitual ver a dos adultos en ese trance, pero ¿cómo podría explicarle los años de nuestra soledad que estaban muriendo en ese mismo instante? Ni aunque supiera cómo! Carraspeó, y deshizo la imagen de Laura colgada de mi cuello, regalándome la boca, dándose por aludida.

  • ¡Uy! ¡Como dos chicos! –dijo, dulcísima.

Reacomodé lo reacomodable, y le sonreí. Ella buscó el origen de la tos censora, pero el hombre ya miraba las luces del río. El barco estaba pasando frente al Parlamento iluminado, el final del viaje estaba cerca.

El hotel, en otras circunstancias, estaría a un paseo de distancia. Subimos a un taxi que esperaba la llegada de los turistas. El trayecto fue suficiente para que nos descubriéramos nuevos territorios de la piel.

Dentro de la habitación la urgencia se detuvo. Teníamos los dos algo de sabiduría para guiarnos los pasos. El tiempo que estábamos a punto de cerrar, era la suma de su ausencia y mi deseo primero.

Transformé una caricia en el primer acto de desvestirla, ella me devolvió sosiego. Dejó que la desnudara por completo antes de moverse, para que la mirara sin tiempo. Esa especie de amor que es el deseo antiguo hizo el milagro, o la naturaleza o los dioses que protegen a los amantes pacientes, el cuerpo desnudo de Laura era la forma de la sensualidad. Las líneas curvas parecían trazadas por un maestro del amor. La cadera bailaba la quietud, los pechos me miraban a los ojos, los hombros hablaban en silencio. Sólo unos minutos más tarde se movió lentamente para recostarse sobre la cama y llamarme a su lado. Me acerqué hasta uno de los lados y ella comenzó su tarea. El cinturón lo tenía a mano, y me quedé a medio desvestir en un momento. Un anticipo de sus intimidades desbocó mi corazón. Los sentidos comenzaban a ser concientes de sí mismos, el tacto revelaba la cálida humedad, la vista se extasiaba en el primer vaivén vertical, el oído a nadie le importaba todavía. Fue breve el primer contacto, siempre lo es. Terminó de desnudarme entonces, de rodillas sobre la cama, yo había optado por seguir su ejemplo de dejar hacer. Ya nos habíamos quedado a solas, sin pudores, sin temores. Las pieles terminaron de apagar el tiempo sin tocarse, no hubo un poro sin reconocer en cada cuerpo. No era frecuente en mí este absoluto, siempre había entendido como una debilidad mi propia desnudez, como estar desamparado ante lo que me rodeara. Con ella no me sucedió, antes lo contrario, nunca mi identidad había sido tan expuesta, nunca me había sentido tan yo mismo. No hubo cuentas, hubo alaridos; no hubo cálculos, hubo entrega. Tuvimos entre nosotros la intensidad. En medio del agua descubrí la medida de la distancia en el tiempo que nos separaba de aquellos días de adolescencia, la visión del lunar azul del hombro derecho de Laura se unió con su recuerdo. Tan cerca tuve de mí el sentimiento de eternidad, tan claramente revelado me fue el infinito, que no fui capaz de contener el llanto. Ella me miró, y lloramos juntos las mismas lágrimas antiguas.

Estuvimos abrazados, desnudos y temblando durante varios minutos. Éramos nosotros. Después volvimos la liturgia del hombre y la mujer. Durante la cena, que nos sirvió como una excepción el servicio de habitaciones, nos reímos de algunos nombres de aquellos años. En uno de los silencios le pregunté:

  • ¿Fue cosa de Vivaldi?

Una sonrisa fue su toda respuesta.

Fernando Blasco

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