Los zapatos le mantenían pegado al suelo, pero la cabeza le acercaba cada vez más al cielo. Temía que su ombligo algún día no aguantara la presión y se convirtiera en dos mitades separadas por sus propios sueños.

Pensaba que rascarse era la manera que tenía el cuerpo de pedirle cariño en distintas partes del cuerpo. Se había dado cuenta de que unas necesitaban más dedicación que otras, quizá las orejas se sentían muy solas tan alejadas la una de la otra y por eso le picaban tanto, la entrepierna le hacía saber continuamente que además del placer sexual necesitaba de sus caricias y ese sitio de la espalda al que nunca llegaba le recordaba que también en el amor había imposibles.

No le gustaban personas concretas, si no algunas partes de alguna gente. Los brazos de su amigo David, esa nariz tan respingona de su profesora de piano, las piernas tatuadas del chico que tenía sentado en frente en el metro. Pero descubrió que, contra todo pronóstico, cuando las juntas de manera artificial, no forman el “todo perfecto” que había imaginado cuando empezó a descuartizarlos.

No entendía bien el chino, ni el árabe ni ese inglés tan arcaico en el que le hablaba, sin embargo, comprendía perfectamente el mensaje que aquel rubio enorme le estaba transmitiendo al pasarse el pulgar por el cuello mientras le miraba fijamente a los ojos.

El tren sólo pasa una vez en la vida le dijeron, pero descubrió que si te esfuerzas, te sacas el carnet de maquinista e inviertes tus recursos, el tren pasaba muchas más veces.

Llegó Agosto y cogió vacaciones de todo, incluso de ella misma.

Decidió ponerse gafas; le quedaba pensar si graduadas para verlo todo con más nitidez u opacas para ser feliz en su ignorancia.

Se había dado cuenta de que la evolución hacía a las personas cada vez menos humanas, la tecnología ganaba terreno y nos alejamos de los procesos naturales. Tal vez así pasara más desapercibido el pequeño motor de moto que tenía por corazón.

Azalí Macías

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